Summary: Él la protegió cuando era una niña, fue el
protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de
mujer... para rompérselo.
Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado.
El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos
genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han
asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera.
La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que
hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado,
¿la querrá ahora?
El engaño y la
traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella
tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma
con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que
enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los
suyos y a la mujer que ha reclamado como suya.
Capítulo 1
Quince
meses después.
— Si tú adviertes la
pequeña marca en su hombro, entonces verás que parece ser un mordisco de amor.
—El reportero señaló un moretón en la fotografía de Clary Wayland, en su
cuello— No lo hemos confirmado, pero los rumores sugieren que es una marca de
apareamiento. Esto significa que existe un reconocimiento instintivo de
apareamiento entre la
Casta Felina de Jace Wayland, y su esposa. La marca, así como
también el semen y una hormona que está esencialmente en su saliva, actúa como
un afrodisíaco en la hembra. Las castas felinas niegan esto, pero los informes
que fueron rescatados de los laboratorios donde las pruebas se habían efectuado
prueban esta suposición...
Bella estaba en shock.
Se levantó bajo la mirada de su padre, mirando el noticiero, sintiendo que la
sangre escapaba de su cara mientras sus ojos se dirigían hacia la marca revelada
por la foto. Sería fácil decir que no era más que un mordisco de amor, sólo que
tras varias fotografías tomadas en el transcurso de los tres últimos meses, las
marcas nunca se alteraron, nunca se curaron. Los informes que sustrajeron de
los laboratorios donde se habían criado los especimenes, decían que nunca lo
haría.
Bella, posó la mano
sobre su hombro, cubriendo la marca que ella sabía, había marcado su propia
carne, tal como le había hecho la esposa de Jace.
— ¿Qué diablos se
posesionó de ti, para follar con ese fenómeno? —Le dijo con desdén su padre
mientras caminaba de arriba abajo por la habitación, su respiración
entrecortada, con la furia perfilando cada milímetro de su cuerpo.
Charlie Swan era un
hombre grande, no tan musculoso y alto como Edward, pero lo suficientemente
fuerte como para que su cólera causara que Bella se sobresaltara al recordar
sus palizas. Era una adulta ahora. No toleraría nunca un sólo golpe más de él,
pero nunca había superado su miedo hacia él. Su miedo, o su odio.
— Regresa a dondequiera
de donde hayas vuelto. —Le dijo duramente, mientras continuaba clavando los
ojos en la pantalla de televisión.— Están equivocados.
Ella había sobrevivido
muy bien sin Edward, aún después de la forma que él marcó su piel, y destruyó
sus sueños. Había sobrevivido a las amenazas interminables y los intentos de
ataques que los acreedores de su padre habían escenificado, y lo había hecho
sola. Podría y sobreviviría también a esto.
— ¿Piensas que me puedes
mentir? —Espetó, mientras se ponía al lado de ella. La sacudió con fuerza,
hasta que pudo ver su mirada frente a ella, sus ojos ensombreciéndose de
furia.— Te miras en el espejo las suficientes veces como para ver esa marca
repugnante en tu cuello, Bella? ¿O te asquea demasiado recordar cómo te abriste
de piernas para un animal?
Bella le dirigió una
mirada suspicaz. Él no se preocupaba por ella de ninguna manera y ella tenía el
suficiente juicio como para saberlo. Dudaba que a él le importara con quien
follara, lo cual quería decir que había más en su cólera que cualquier
preocupación paternal o insulto personal.
— Quita tus manos de mí
antes de que telefonee a tu último patrón y le deje saber exactamente dónde
diablos estás. —Dijo en voz baja, pero sin disfrazar el odio que brotó dentro
de ella hacia su padre.
Ella no le había visto
más que media docena de veces en los pasados tres años. Ninguna de esas visitas
había sido agradable. Esta lo era mucho menos.
— Bella, lo has
arruinado todo. —Gritó retrocediendo furiosamente, soltándola.— Casi te casé,
chica. El señor Tearns habría pagado por usarte, mientras que tú dejaste que
ese gato lo tuviera por nada.
Ah, entonces, ahora
tenemos la historia real, pensó burlona. Qué típico de Charlie. Casarla con su
jefe, sin embargo, eso era un tanto extremo.
— ¿Casarme? ¿Con tu
jefe? —Ella se rió de él— ¿Es por eso qué regresaste, Charlie? ¿Piensas que
haría algo así como mantener una conversación con las serpientes con la que te
juntas? Creo que no. Mantente tú solo. Es lo que yo hago.
Lo que había hecho siempre.
Se volvió hacia la televisión, con la respiración entrecortada ante la
entrevista grabada con los cinco Felinos. La voz del Edward envió una oleada de
calor a través de su cuerpo contra la que ni siquiera intentó luchar. Había
aprendido a través de los años a no oponerse a eso. Era peor si lo hacía.
— Dejarte follar por un
animal. —Se burló otra vez— Tendrás suerte de vivir si cualquiera ve esa marca
en tu cuello, Bella. Apuesto a que a esos bastardos del Consejo les gustaría
tenerte.
El temor la recorrió al
volverse hacia su padre. ¿Qué tan desesperado estaba él?, se preguntó Ella no
era tan estúpida como para pensar que cualquier sentimiento paternal le
detendría antes de vender su información al mejor postor. La entregaría en un
segundo, si es que no lo había hecho ya.
— No me mires así,
putita. —Su boca se torció con repugnancia— No se lo diré a nadie. Caramba, no
quiero que nadie sepa que mi hija folló con un sucio gato.
Ella casi se sobresaltó
con el término. Casi. Ella no había follado con el; Demonios, él aún no la
había besado. Todo lo que él había hecho era marcarla, dejarla arruinada para
siempre para cualquier otro hombre, luego la dejó de una manera que hacía
palidecer las deserciones de su padre en comparación.
—Vete, Charlie. —Dijo
mientras apagaba la televisión— No te necesito aquí ahora más de lo que te he
necesitado durante los últimos años. No tengo dinero, y no quiero aguantar tus
groserías. Sólo vete.
Había aprendido que no
le serviría de nada necesitarlo. Al minuto que pensaba que podía ayudarla, él
corría.
—Tú puedes usar esto, Bella.
—Dijo finalmente, con voz nasal, tratando de engatusarla— Podríamos contar una
historia que nos podría hacer millonarios. No tendríamos que preocuparnos nunca
más por nada.
El horror se deslizó
sobre ella en oleadas. No lo había visto en meses, y ahora él estaba aquí. Con
otro plan, otra idea para enriquecerse rápidamente y otra vez a él no le
importaría usarla para lograrlo.
Era hora de partir.
Silenciosamente admitió para sí misma que no había ninguna posibilidad de que
su padre alguna vez guardara el secreto sobre esto. Quizá tendría un par de
días a lo sumo para conseguir reunir sus cosas y correr.
Ella se quedó mirando
fijamente alrededor de la pequeña casa en la que había vivido toda su vida. No
era mucho, pero era todo lo que tenía. El hogar que su madre había soñado, pero
que no había vivido lo suficiente como para disfrutarlo. Ella lo perdería
ahora.
La pequeña cabaña no era
ya la casucha que había sido. El trabajo que había encontrado en Morehead como
contable le había dado lo necesario para arreglarla; Nuevas cortinas y aparatos
domésticos, un confortable sofá en color verde oscuro que hacía juego con las
sillas, una pequeña mesa de café color cereza y mesas esquineras haciendo
juego, encima de cada una de ellas una lámpara de cristal. Y ella tenía una
cama nueva en vez del colchón en el piso que había usado durante años. Y ahora
iba a tener que alejarse de todo eso.
— Fuera, —Le dijo otra
vez— Y cierra tu boca a menos que quieras morir. ¿Realmente el Consejo suena
como algo con lo que tú te quieras involucrar, Charlie? Te matarían antes de
pagarte un centavo. —No había ninguna oportunidad de que él le hiciera caso.
La furia fluyó a través
de sus venas como un ácido, dejando fuera la paz que había logrado encontrar en
su vida en los pasados quince meses. Justo lo que ella necesitaba. Involucrarse
en algo tan peligroso que hacía parecer los delitos de su padre como fiestas de
Té.
— Me iré. Pero
regresaré. Piensa en esto, Bella. El bastardo te folló y se largó. ¿Qué le
debes? Hazle pagar, como debiste hacerlo desde el principio.
Dirigiéndole una mirada
enfadada, fue hacia la puerta cerrándola de golpe, dejándola sola otra vez. Bella
sacudió la cabeza cansadamente mientras se sentaba de golpe en el sofá nuevo,
de un cuero que notaba suave y confortable bajo su cuerpo.
— ¿Dios mío, y ahora
qué? —Ella levantó la vista hacia el cielo raso, tratando de contener sus
lágrimas y la realidad de este nuevo golpe.
Ella no quería irse de
la casa. Había luchado la mayor parte de su vida para quedarse ahí, para
mantener unidos los frágiles retazos de días más felices y consolarse con
ellos. Ahora estos le estaban siendo robados igualmente.
Tendría que arreglar el
camión. Era más confiable que el automóvil, y la llevaría más lejos.
Desafortunadamente, igual que el automóvil, no estaba en la mejor forma. Pero
podría arreglarse. Y mejor se concentraría en eso pronto, porque sin duda
alguna su padre no esperaría mucho antes de tratar de venderla al mejor postor.
Se estremeció de miedo.
— ¿Por qué hiciste esto,
Edward? —Murmuró con sombrío pesar en la sala de estar vacía, con su vacío
corazón.
Había estado sola desde
el día que Dayan le había dado la carta que Edward le había enviado. Al
principio había tenido citas, determinada a recuperarse del rechazo del hombre
que ella siempre soñó con amar. Pero se había dado cuenta rápidamente de que su
cuerpo nunca aceptaría el toque de otro hombre, y su corazón ansió lo que ella
sabía que nunca podría tener. Pero algunas veces como hoy, cuando necesitaba
desesperadamente un hombro para llorar, estar sola era realmente una mierda.
Capítulo 2
Bella se quedó con la
mirada fija en la camioneta en la que estaba trabajando a altas horas de la
tarde y suspiró cansadamente cuando finalmente admitió el fracaso. Justamente
no iba a poder arreglarla hoy, no importa cuánto lo desease. Y el tiempo se
acababa.
El temblor que algunas
veces se presentaba en sus manos, y el dolor en la boca de su estómago, fueron
demasiado severos, y el miedo propagándose a través de su mente hizo poco para
permitirle la concentración que necesitaba para arreglar aquel vehículo terco.
Su padre no esperaría mucho antes de empezar a moverse. Cuando él lo hiciese,
su vida no valdría absolutamente nada. Por si no fuera poco tenía que controlar
los efectos de lo que le había hecho Edward, necesitándolo constantemente, de
cualquier manera.
Estaba empeorando. La
debilidad que la atacó, llegó acompañada por una excitación que vino justamente
con el dolor. Éste fue uno de los ataques más severos que ella había sufrido en
los pasados meses, y el conocimiento de dónde venía le aterraba.
Agachó su cabeza
cansadamente, reforzó sus manos en el frente del vehículo y negó con la cabeza.
Quiso correr, esconderse. Quiso regresar a un tiempo pasado en el que podía
soñar, caer en la comodidad de esos sueños, pero la realidad rehusó permitirle
unas vacaciones que necesitaba desesperadamente.
No había ninguna
escapatoria para las noticias, no podía escapar de la cruda realidad, y ésta explotó
a través de su mundo. Bella había tratado de sepultarse en el trabajo en vez de
estar pegada a la pantalla de televisión, como muchos otros. O peor, ser
entrevistada por uno de los muchos periodistas de la televisión que habían
invadido el pequeño pueblo de Sandy Hook, en Kentucky. Los había ignorado a
todos, hasta que su padre había impuesto la verdad a la fuerza en ella.
Afortunadamente, hasta
ahora ella había logrado evitar a los reporteros intrépidos y los periodistas
sospechosos. Habían otros menos renuentes a hablar y esas entrevistas se
emitían varias veces al día. Como si el mundo no tuviera bastante de esas
sensaciones nuevas.
El proyecto Alpha. La
creación de un ejército especial diseñado para ganar batallas, y para cazar a
la presa. Un ejército en parte animal, instintivo en sus respuestas luchadoras
y en su salvajismo. Los rumores y las insinuaciones sugerían que sus increíbles
habilidades para la pelea se debían a la genética animal impresa en su código
genético. Había sido dado a entender que la sexualidad de las criaturas
predominaba también sobre el comportamiento sexual humano.
Las fugas que se habían
dado entre los científicos que habían probado las cinco Razas y la esposa de Jace
Waylands, Clary Morgenstern, sugerían la posibilidad de una infección hormonal,
una “marca” biológica que había atado a Clary a Jace.
Bella tembló cuando
recordó la noticia. Su mano se fue instintivamente a su cuello, palpando su
“marca”. No tenía importancia que las Castas negaran todo esto firmemente o que
tantos otros dentro del campo científico se mofaran del tema. Ella sabía que
era verdad. Lo sabía porque llevaba la marca de Edward; A menudo, padecía
dolorosamente una excitación que no podía ser satisfecha, sin importar lo que
intentara para eliminarla. Excitación que tampoco podía ser aliviada por otro.
En los quince meses que
habían transcurrido desde los momentos robados que ella había compartido con él
fuera del garaje, había sido incapaz de dar a cualquier otro hombre permiso
para tocarla. El mismo pensamiento de permitírselo a alguien, exceptuando a Edward,
la hacía sentirse mal.
Ella dejó caer la llave
mecánica que estaba usando en la reparación del camión y saltó de la caja de
madera que usaba para alcanzar la altura adicional que necesitaba para llegar
hasta el motor.
Estaba enojada, la
cólera pulsaba a través de su sistema. Una cólera abrasadora, que la dejaba
indefensa para hacer frente a la realidad. Él la había marcado sabiendo que la
engañaba. Sabiendo que él la estaba atando, comprometiéndola a él de una forma
de la que nunca ella podría escapar, para luego marcharse como si esto nunca
hubiera ocurrido.
¿Ella lo tomaba en
serio? Claro que no, gruñó ella. Caramba, No. ¿Por qué iba a hacerlo? Cerró de
golpe el capó del camión y caminó furiosamente de vuelta a la casa.
Esto tenía que
detenerse. Ella había estado temblando de cólera, con emociones a las que no
quería hacer frente desde que el primer periodista golpeó su puerta. La
situación había empeorado al soportar el constante estremecimiento del cual no
podía deshacerse, la irritación si cualquiera la tocaba, los bruscos cambios de
ánimo que a menudo la molestaban sin cesar; Había un sentimiento profundo,
abrumador de traición.
Ella se lavó
rápidamente, y se puso unos pantalones vaqueros limpios y una blusa ligera
antes de coger las llaves de su coche perfectamente puesto a punto y el bolso.
Necesitaba comprar comestibles y tal vez un set de bujías para el motor de ese
camión estúpido, pensó. Y sobre todo, necesitaba olvidarse de Edward, lo quisiera
su cuerpo o no.
El paseo en coche hasta
Sandy Hook le llevó menos de veinte minutos. Conducir dentro del pueblo tomó
más tiempo. El turismo había crecido como la espuma, Pero no era eso lo que le
molestaba, sino los mismos habitantes del pueblo y todo la chismería que habían
logrado crear. Carteles en los que le leía “A casa de las Castas” se podían
leer en cada una de las entradas del pueblo. Varios moteles nuevos estaban
siendo construidos y varias casas tenían colgados carteles anunciando cuartos
de alquiler. Todavía se organizaban excursiones que recorrían el desfiladero y
los acantilados donde se sabía que Jace y su familia a menudo cazaban y se
escondían. De todas formas nuevas mentiras e historias se inventaban
diariamente para los centenares de turistas que llegaban al pequeño pueblo.
Para cuando frenó el
automóvil junto al almacén, Bella estaba irritada y su nivel de paciencia se
encontraba en el punto más bajo, lo cual no era una buena forma de empezar.
Tenía la sensación de que sólo gruñendo había conseguido abrirse camino hacia
el mostrador y comprar los repuestos que ella necesitaba para arreglar el
camión.
— ¿Cómo vas, Bella?
—Colapsado y al parecer casi tan frustrado como ella, Mike Newton le dio los
recambios que había comprado en una bolsa de plástico pequeña, mientras miraba
coléricamente detrás de ella, hacia el exterior de la tienda.— Las caravanas de
las periodistas están bloqueando de nuevo el parking. Son unos brutos
estúpidos.
Bella miró por encima de
su hombro hacia las grandes ventas que daban al estacionamiento. Dos grandes
remolques de las cadenas de noticias bloqueaban el camino de acceso y varios
periodistas pululaban alrededor de los clientes que habían dejado la tienda
intentando dirigirles la palabra. Ella notó como el corazón saltaba en su pecho
y apretó las palmas de sus manos de repente mojadas por la aprensión.
Bella comprobó que el
cuello de su camisa escondía la marca en su hombro. Sin duda alguna no
necesitaba que cualquiera pudiera verla.
— Son una molestia. —Le
dijo a Mike con una sonrisa cómplice.— Esperemos que me dejen salir de aquí
pronto. Quiero arreglar ese camión antes del anochecer.
Antes hubiera preferido
ocultarse en el infierno que salir de la tienda para encontrarlos. Estar tan
cerca de esos buitres listos y ambiciosos ávidos de nuevas noticias era
realmente excesivo para sus nervios. Especialmente conociendo a su padre.
Ella agachó su cabeza
cuando se abrió camino hacia la salida, encaminándose al coche había
estacionado en el lado más alejado del parking. A ser posible no quería ver su
cara capturada por el objetivo de una cámara errante, o uno de esos estúpidos
micrófonos casi incrustado debajo de su nariz.
— ¡Allí está! —El grito
resonó cuando ella intentaba escabullirse cuando caminaba a lo largo del
edificio.
Bella apenas tuvo tiempo
durante un segundo para sentir una oleada de condolencia hacia cualquiera que
los periodistas persiguieran. Justo en ese momento alguien la agarró desde
atrás haciéndola retroceder dando tumbos, estirando con tanta fuerza del cuello
de su camisa que se desgarró. El terror la inundó como una ola gigantesca
cuando esas manos duras la sujetaron, sus caras brillando intermitentemente
delante de sus ojos, y un micrófono fue puesto de golpe ante su cara.
— ¿Quién es tu pareja, Isabella?
—Los ojos fanáticos de un periodista hambriento encontraron los suyos, mientras
ella peleaba para liberarse— ¿Quién te marcó? ¿Estás en celo? ¿Has sido
probada?
Gritó furiosamente,
forcejeando contra los brazos que la sujetaban, y los cuerpos masculinos
sudorosos rodeándola. Dejó caer el bolso y los paquetes para poder arañarlos o
pelear con ellos.
— ¿Quién es él? ¿Nos lo
vas a decir? ¿Te gusta joder con un animal?
Sus voces se alzaban
disonantes, elevándose y protestando, haciendo eco a su alrededor cuando ella
pateó fuertemente a los periodistas y arañando las manos que la tenían sujeta,
peleando desesperadamente para liberarse.
Bella no se daba cuenta
de que estaba llorando. Ignoraba que las cámaras percibían cada quejido, cada
grito ronco que resonaba a su alrededor. Su visión estaba deslumbrada, borrosa
por el miedo y la furia y el instinto abrumador de oponer resistencia. Oyó el
tejido de su camisa al rasgarse cuando finalmente derramó lágrimas y consiguió
liberarse de las manos ásperas que la sujetaban. No vaciló, no miró hacia
atrás, Sólo corrió. No sabía en qué dirección iba, no sabía dónde ir, a quién
recurrir. Su único pensamiento era escapar.
— ¡Bella! —Le gritó la
voz de Mike Newton, aguda por el pánico cuando ella pasó el lado de la tienda.—
Ve hacia el camión. Allí detrás. —Él le hizo señas frenéticamente, sus ojos de
azul claro brillando intensamente por la furia en su cara pálida— Son unos
hijos de puta. Vamos, date prisa.
La muchedumbre corría
detrás de ellos, cuando él abrió de golpe la puerta del camión y ella brincó
adentro. Cerró la puerta bloqueándola, mientras varias cámaras y micrófonos se
aplastaban contra las ventanillas.
El camión pesado se
sacudió con fuerza cuando Mike lo puso en marcha, y empezó a avanzar con los
reporteros y los buscadores hambrientos de curiosidad intentando bloquearlo.
— ¡Pasaré por encima de
vosotros! ¡Malditos necios! —Les gritó Mike, su cara usualmente pálida
sonrojada por la cólera, y su pelo rojo de punta, mientras presionaba el pie a
fondo para dar gas y acelerar el camión.
Chocaron sobre una
cuneta, derraparon a lo largo de varios metros y casi acabaron estrellándose
contra las oficinas de la compañía de seguros del pueblo.
— ¡Qué hijos de puta!
—Maldijo Mike, aunque la excitación resonaba en su voz, a la vez que giraba por
un callejón estrecho, y aumentaba la velocidad del camión, cuyas ruedas
empezaron a chirriar mientras él cambiaba de dirección de repente para acceder
a una de las calles secundarias que se dirigían fuera del pueblo— ¿Estás bien?
Ella miró fijamente
hacia atrás, sacudiendo la cabeza, confundida, todavía estremeciéndose, con su
estómago intentando rebelarse, ¿Qué diablos había ocurrido? Su piel todavía le
ardía por la presión poco familiar del hombre que la había mantenido aprisionada,
protestando por el contacto, anhelando el toque de Edward.
Ella negó con la cabeza,
luchando por mantener una semblanza de control. ¡Dios mío! ¡Ellos lo sabían! Charlie
no había perdido el tiempo en delatarla.
— Llévame a casa. —Ella
se sobresaltó con el sonido ronco de su voz, el dolor que reflejaba.— Necesito
ir a casa.
— Te esperarán allí, Bella.
—Le dijo él suavemente, mientras el motor del camión aflojaba y lo dirigía por
una carretera pronunciada que serpenteaba bordeando los acantilados fuera de
pueblo.— Necesitas esconderte por algún tiempo, y pensar en lo que vas a hacer
ahora.
— ¿Y qué voy a hacer
ahora? —Murmuró ella con la voz rota, frotándose los brazos, e intentando
librarse de la sensación del tacto indeseado de otra persona. No tenía ni idea
de lo que podría hacer. Su padre había sido más rápido de lo que ella había
esperado. Él debía haberla traicionado ya antes de haberse presentado en la
casa.
Ella no podría volver a
casa. Mike tenía razón. La encontrarían allí. Invadirían su casa. No tenía
dónde esconderse de ellos. Pero, ¿qué otra cosa le quedaba?
— Sé de un lugar...
—Suspiró finalmente Mike.—.... Estarás a salvo allí durante algún tiempo, si es
que no nos alcanzan antes de que logremos llegar. Todo va a estar bien, Bella,
al menos hasta que podamos contactar con Jace. Y tú sabes que tienes que
llamarle.
Él la miró fija y
duramente, sus ojos todavía brillando intensamente con toda esa adrenalina
producida por la velocidad de la persecución.
No, no era a Jace a
quién ella tenía que llamar, pensó Bella. Él no tenía la culpa. Fue Edward y
por Dios, que Edward iba a pagarlo. Tenía las manos agarrotadas a causa de la
furia que la recorría. Si ella conseguía ponerle las manos encima, le iba a
matar. Y su padre, que no era nada mejor que un mercenario en venta al mejor
postor, iba a ser el siguiente.
Capítulo 3
Los hombros de Edward se
estremecieron cuando los últimos rayos del sol de primavera que se colaban por
la ventana detrás de él, lo rozaron, empapando su camisa y calentándole la piel.
Esto era lo mejor de estar fuera y era la única cosa que podía permitirse de
momento.
Habiendo estado atrapado
dentro de los límites de la mansión el Orgullo Felino, donde vivía ahora no
debería considerarlo una privación. Aunque fuera espacioso las paredes
parecieron acercarse a él, el dolor del confinamiento en su mente, le hizo
recordar cosas que era mejor olvidar. Y como siempre cuándo él procuraba evitar
el recuerdo de su creación, el tiempo pasado confinado en los laboratorios,
como conejillo de indias a la merced de sus investigadores, sus pensamientos se
fueron hacía unos ojos profundamente chocolates, una piel tan suave y sedosa
como un sueño, y que hacía que el calor de su excitación encendiera su mente.
Bella. En las pocas
semanas transcurridas, los pensamientos sobre ella se habían hechos más fuertes
que antes. Su necesidad de ella sólo crecía y no disminuía como él había
pensado. Y esto lo preocupaba. Él conocía mucho de los detalles del
acoplamiento de Jace con Clary. Conocía los signos. Él también había soportado
aquellos síntomas durante un tiempo, sólo que no eran tan extremos, no tan
fuertes. Pero entonces, él todavía no había besado a su compañera. No había
permitido que la hormona se liberarse en su cuerpo de la misma manera.
Si ella fuera su
compañera, entonces llevaría su señal. Ni una sola vez en los meses que habían
pasado antes de su salida de Sandy Hook, había estado lo bastante cerca para
comprobar si la leve herida, que nunca llegaba a curarse estropeaba la piel de
su hombro. No era que no la hubiera buscado. Pero acercarse a ella había sido
imposible.
Ella no se dirigía a él.
Si lo veía venir se iba por otro camino. Si él conseguía encontrarse con su
mirada, entonces la furia encendía sus ojos: brillantes por la ira femenina, él
intentó clasificar la causa de su cólera. ¿Él no había honrado su deseo, él la
había abandonado? No la había llamado, ni visitado. Él no había hablado del
pasado. ¿Qué derecho tenía a estar enfadada? ¿Qué derecho tenía él de
preocuparse? Seguramente si la hubiera marcado, algunos signos serían
evidentes. Clary había pasado por el infierno, se había consumido de dolor
durante la primera fase, su estado era tal que si Doc Martin no hubiera
sospechado la causa, ellos probablemente habrían tenido que hospitalizarla.
Edward siempre se
mantenía al corriente sobre el estado de Bella. Ella no había mostrado ninguna
enfermedad insólita, tampoco los registros que él había obtenido durante meses,
presentaban cuadros que requirieran hospitalización. Su cuerpo todavía dolía
por ella. Dolido de una manera que lo dejaba frustrado e irritable, apenas
capaz de mantener su mente concentrada en el trabajo que debería realizar,
antes que preocuparse por la mujer que no podía tener.
Levantó la mirada de la
lectura, cuando delante de él la puerta de la oficina se abrió con un
estallido.
— Pon las noticias. —Jesamine
se precipitó en la oficina de Edward que compartía con Jace, dentro de la
mansión que una vez había poseído el Consejo de Genética. Unos ciento cincuenta
acres en las montañas de Virginia donados a las Castas Felinas, con Jace y Edward
como supervisores por el momento, a la espera de que el cargo de gobernador
pudiera ser creado. Cosa que se figuraban que iba a llevar años.
Edward alzó la vista del
listado de ordenador que había estado leyendo, cuando Jesamine conectó la
televisión y encendió la pantalla grande de plasma que colgaba en la pared de
enfrente. La irritación estalló a través de sus sentidos, debido a la
interrupción.
Ellos tenían pendientes
tres informes para estudiar de Castas de Felinos que pedían entrar, pero más
inquietante eran los informes sobre otras varias Castas que habían sido
creadas. Detectar los rumores y decidir si tenían una base sólida era de hecho
un proceso aburrido. Leyendo rápidamente los raros códigos impares que usaron
los soldados del Consejo y las innumerables transmisiones que ellos registraban
era aún más difícil. No tenía tiempo para las noticias.
La imagen que apareció a
través de la pantalla congeló su corazón. Los ojos impacientes y la voz
excitada del periodista enfriaron la sangre en sus venas. Al reconocer la cara
de la mujer, lanzó un gruñido que retumbó en su pecho.
— Isabella Swan,
mecánico a tiempo parcial y contable de Sandy Hook, quien también lleva la
marca de las criaturas conocidas como las Castas Felinas... —La camisa de Bella
fue rasgada, su voz sonó ronca cuando ella gritó de dolor y la cámara enfocó la
pequeña marca, parecida a una contusión incrustada en su hombro.
Edward se levantó
despacio sobre sus pies, un temblor recorrió su cuerpo cuando los
acontecimientos de aquel día robado llegaron a su mente; su boca sobre su
carne, sus colmillos arañando la piel mientras él la lamía con su lengua. Su
sabor había subido a su cabeza más rápido que el licor. Incluso ahora quince
meses más tarde, ella atormentaba sus sentidos sin piedad.
— ¿Señorita Swan, cómo
se siente al ser parte de un animal? —Otro reportero ahogó sus gritos cuando
ella lo agarró y le dio patadas para liberarse. Impaciente, las expresiones
casi fanáticas de los periodistas y espectadores lo pusieron enfermo.
El miedo en su expresión
le retorcía de rabia su estómago. ¿Con qué derecho la tocaban? ¿Cómo se
atrevían a utilizarla para sus bárbaras demostraciones de esa manera? Él gruñó
silenciosamente una promesa de venganza en su cerebro.
Ésta era una de las
escenas más horrorosas que había visto alguna vez en su vida. Los ojos de Isabella
estaban casi negros debido al shock y al dolor, cuando las manos que intentaban
agarrarla empujaron su cabeza para mostrar la señal en relieve la cual pulsaba
cuando el periodista hablaba sobre los supuestos hábitos de acoplamientos de
las Castas Felinas.
Él se acercó despacio al
televisor, sus ojos centrados en la marca... su marca, su mujer. Él sintió que
su corazón palpitaba furiosamente, la sangre hirviendo en sus venas al ver su
propiedad en otras manos masculinas, ella todavía luchaba, su piel delicada se
contusionó cuando ellos la agarraron.
Edward era apenas
consciente de los gruñidos que resonaban en su pecho, completamente animales
mientras miraba.
— ¡Dejadla ir,
bastardos! — Una voz masculina familiar se unió al tumulto cuando uno de los
empleados de la tienda de accesorios para automóvil, tiró a varios de ellos
conteniéndolos, encerrándolos en la pared detrás de él.
Esto dio a Isabella la
posibilidad de tirar para liberarse. Ella no vaciló y empezó a correr. La
cámara la siguió, mostrando a un reportero corpulento que gritaba en pos de
ella, Bella se lanzó dentro del camión aparcado al lado, segundos antes de que
los periodistas enfurecidos llegaran.
La cámara usó el zoom
por la ventana cerrada cuando ella echó un vistazo hacia atrás. Su expresión
era de puro terror, sus ojos vidriosos, llena de rasguños, su camisa rasgada
sobre su cuerpo, mostrando los moretones de sus brazos y las curvas superiores
de sus pechos.
Cada instinto en el
cuerpo de Edward luchaba por el acoplamiento. Él reconoció que años antes Bella
había sido diferente, especial. Que algo en ella lo llamaba y le recordaba lo
que no tenía. Alejarse de ella había sido la cosa más difícil de su vida. Estar
lejos de ella ahora sería imposible.
— Necesito a Will y Patch.
—Los felinos eran tan fieros, encantadores y salvajes como él mismo podía ser— Jesamine...
— Estoy en ello. —Ella
ya tenía el teléfono en su oreja, gritando órdenes. Las armas, provisiones y un
helicóptero; llegar hasta el condado les llevaría poco más de una hora a
diferencia del trayecto de un día en coche.— Lo tendré listo en veinte minutos.
—Le dijo ella.
Él miró la pantalla y vio
al camión girar la esquina, rozar una cerca y desaparecer por un callejón. Era
una conexión en directo y se difundía internacionalmente. Él maldijo
suavemente, a cada científico de mierda y a cada soldado del Consejo de
Genética que muy probablemente miraban la noticia. Y él sabía condenadamente
bien que varios de aquellos soldados estaban de servicio en Sandy Hook.
Mike Newton era un
hombre bueno. Su amistad con Jace había dado pie a la noticia y a los rumores
que habían circulado durante meses. Pero él era solamente un hombre y a pesar
de su entrenamiento del ejercito, no era rival para los soldados que el Consejo
tendría destinados en el pueblo.
— Jace. Consigue
protección para ella. —Él llamó a su líder casi distraídamente, sintiendo que
su mundo se centraba de nuevo en el juego de la estrategia y el ataque.
— Lo conseguirá, Edward.
—La voz de Jace era ronca, peligrosamente fría.— Newton va con ella, él es
bueno. Tengo una idea bastante aproximada de donde se dirigirá y me pondré en
contacto con él cuando tú ya estés volando.
— El helicóptero está
calentando motores, Edward. —Informó Jesamine.— Están cargando. Will y Patch se
están dirigiendo hacía allí. Todo está a punto.
Los ojos de Edward se
estrecharon cuando él memorizó las caras de los hombres que estaban en la
pantalla. Unos cuantos eran ciudadanos del pequeño condado donde había crecido
y otros dos eran forasteros. Todos ellos pagarían.
El grito de Bella,
resonó en su cabeza otra vez, sus grandes ojos aterrorizados en su cara pálida.
Sus puños se apretaron con furia y sólo entonces se dio cuenta de que de su
garganta salían gruñidos entrecortados.
Edward no habló más
saliendo de la habitación. Conectó su radio y se dirigió rápidamente de la
oficina a la puerta de la calle de la mansión de tres pisos. Fuera un jeep lo
esperaba. El joven de la clase felina que conducía, pisó el acelerador a fondo
cuando él le apresuró hacia la pista de aterrizaje donde le esperaban.
— Buena suerte. —Le
deseó el joven mientras Edward saltaba del jeep dirigiéndose al helicóptero.
Corrió hacia la puerta
abierta del pequeño helicóptero y saltó dentro. Quince meses antes, él no
hubiera esperado nunca que estuviera dispuesto a obligar a una mujer a vivir
con él, pero sobretodo no había aspirado a proteger a una compañera en mucho
tiempo.
— Listo. —Gritó a Will
cuando éste echó un vistazo atrás en la cabina.
Él se colocó los
auriculares en su cabeza y se sujetó cuando despegaron. Cada segundo que
tardaba en llegar hasta ella era una eternidad. Una sonrisa afloró en sus labios.
Él había respetado sus deseos a lo largo de los meses porque era inconsciente
del proceso de acoplamiento instintivo. Ahora la bestia de su interior era
libre de reclamar lo que era suyo. Ella podría rabiar, ella podría resistirse,
ella podría odiarlo hasta que el infierno se helara y se abriera de par en par.
Pero ella era suya. Y pronto, muy pronto, ella descubriría que no había otro
destino para ninguno de los dos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario