Él la protegió cuando era una niña, fue el protagonista de
todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de mujer... para
rompérselo.
Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado.
El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos
genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han
asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera.
La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que
hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado,
¿la querrá ahora?
Capítulo 1
Quince
meses después.
— Si tú adviertes la
pequeña marca en su hombro, entonces verás que parece ser un mordisco de amor.
—El reportero señaló un moretón en la fotografía de Clary Wayland, en su
cuello— No lo hemos confirmado, pero los rumores sugieren que es una marca de
apareamiento. Esto significa que existe un reconocimiento instintivo de
apareamiento entre la
Casta Felina de Jace Wayland, y su esposa. La marca, así como
también el semen y una hormona que está esencialmente en su saliva, actúa como
un afrodisíaco en la hembra. Las castas felinas niegan esto, pero los informes
que fueron rescatados de los laboratorios donde las pruebas se habían efectuado
prueban esta suposición...
Bella estaba en shock.
Se levantó bajo la mirada de su padre, mirando el noticiero, sintiendo que la
sangre escapaba de su cara mientras sus ojos se dirigían hacia la marca
revelada por la foto. Sería fácil decir que no era más que un mordisco de amor,
sólo que tras varias fotografías tomadas en el transcurso de los tres últimos
meses, las marcas nunca se alteraron, nunca se curaron. Los informes que
sustrajeron de los laboratorios donde se habían criado los especimenes, decían
que nunca lo haría.
Bella, posó la mano
sobre su hombro, cubriendo la marca que ella sabía, había marcado su propia
carne, tal como le había hecho la esposa de Jace.
— ¿Qué diablos se
posesionó de ti, para follar con ese fenómeno? —Le dijo con desdén su padre
mientras caminaba de arriba abajo por la habitación, su respiración entrecortada,
con la furia perfilando cada milímetro de su cuerpo.
Charlie Swan era un
hombre grande, no tan musculoso y alto como Edward, pero lo suficientemente
fuerte como para que su cólera causara que Bella se sobresaltara al recordar
sus palizas. Era una adulta ahora. No toleraría nunca un sólo golpe más de él,
pero nunca había superado su miedo hacia él. Su miedo, o su odio.
— Regresa a dondequiera
de donde hayas vuelto. —Le dijo duramente, mientras continuaba clavando los
ojos en la pantalla de televisión.— Están equivocados.
Ella había sobrevivido
muy bien sin Edward, aún después de la forma que él marcó su piel, y destruyó
sus sueños. Había sobrevivido a las amenazas interminables y los intentos de
ataques que los acreedores de su padre habían escenificado, y lo había hecho
sola. Podría y sobreviviría también a esto.
— ¿Piensas que me puedes
mentir? —Espetó, mientras se ponía al lado de ella. La sacudió con fuerza,
hasta que pudo ver su mirada frente a ella, sus ojos ensombreciéndose de
furia.— Te miras en el espejo las suficientes veces como para ver esa marca
repugnante en tu cuello, Bella? ¿O te asquea demasiado recordar cómo te abriste
de piernas para un animal?
Bella le dirigió una
mirada suspicaz. Él no se preocupaba por ella de ninguna manera y ella tenía el
suficiente juicio como para saberlo. Dudaba que a él le importara con quien
follara, lo cual quería decir que había más en su cólera que cualquier
preocupación paternal o insulto personal.
— Quita tus manos de mí
antes de que telefonee a tu último patrón y le deje saber exactamente dónde
diablos estás. —Dijo en voz baja, pero sin disfrazar el odio que brotó dentro
de ella hacia su padre.
Ella no le había visto
más que media docena de veces en los pasados tres años. Ninguna de esas visitas
había sido agradable. Esta lo era mucho menos.
— Bella, lo has
arruinado todo. —Gritó retrocediendo furiosamente, soltándola.— Casi te casé,
chica. El señor Tearns habría pagado por usarte, mientras que tú dejaste que
ese gato lo tuviera por nada.
Ah, entonces, ahora
tenemos la historia real, pensó burlona. Qué típico de Charlie. Casarla con su
jefe, sin embargo, eso era un tanto extremo.
— ¿Casarme? ¿Con tu
jefe? —Ella se rió de él— ¿Es por eso qué regresaste, Charlie? ¿Piensas que
haría algo así como mantener una conversación con las serpientes con la que te
juntas? Creo que no. Mantente tú solo. Es lo que yo hago.
Lo que había hecho
siempre. Se volvió hacia la televisión, con la respiración entrecortada ante la
entrevista grabada con los cinco Felinos. La voz del Edward envió una oleada de
calor a través de su cuerpo contra la que ni siquiera intentó luchar. Había
aprendido a través de los años a no oponerse a eso. Era peor si lo hacía.
— Dejarte follar por un
animal. —Se burló otra vez— Tendrás suerte de vivir si cualquiera ve esa marca
en tu cuello, Bella. Apuesto a que a esos bastardos del Consejo les gustaría
tenerte.
El temor la recorrió al
volverse hacia su padre. ¿Qué tan desesperado estaba él?, se preguntó Ella no
era tan estúpida como para pensar que cualquier sentimiento paternal le
detendría antes de vender su información al mejor postor. La entregaría en un
segundo, si es que no lo había hecho ya.
— No me mires así,
putita. —Su boca se torció con repugnancia— No se lo diré a nadie. Caramba, no
quiero que nadie sepa que mi hija folló con un sucio gato.
Ella casi se sobresaltó
con el término. Casi. Ella no había follado con el; Demonios, él aún no la
había besado. Todo lo que él había hecho era marcarla, dejarla arruinada para
siempre para cualquier otro hombre, luego la dejó de una manera que hacía
palidecer las deserciones de su padre en comparación.
—Vete, Charlie. —Dijo
mientras apagaba la televisión— No te necesito aquí ahora más de lo que te he
necesitado durante los últimos años. No tengo dinero, y no quiero aguantar tus
groserías. Sólo vete.
Había aprendido que no
le serviría de nada necesitarlo. Al minuto que pensaba que podía ayudarla, él
corría.
—Tú puedes usar esto, Bella.
—Dijo finalmente, con voz nasal, tratando de engatusarla— Podríamos contar una
historia que nos podría hacer millonarios. No tendríamos que preocuparnos nunca
más por nada.
El horror se deslizó
sobre ella en oleadas. No lo había visto en meses, y ahora él estaba aquí. Con
otro plan, otra idea para enriquecerse rápidamente y otra vez a él no le
importaría usarla para lograrlo.
Era hora de partir.
Silenciosamente admitió para sí misma que no había ninguna posibilidad de que
su padre alguna vez guardara el secreto sobre esto. Quizá tendría un par de
días a lo sumo para conseguir reunir sus cosas y correr.
Ella se quedó mirando
fijamente alrededor de la pequeña casa en la que había vivido toda su vida. No
era mucho, pero era todo lo que tenía. El hogar que su madre había soñado, pero
que no había vivido lo suficiente como para disfrutarlo. Ella lo perdería
ahora.
La pequeña cabaña no era
ya la casucha que había sido. El trabajo que había encontrado en Morehead como
contable le había dado lo necesario para arreglarla; Nuevas cortinas y aparatos
domésticos, un confortable sofá en color verde oscuro que hacía juego con las
sillas, una pequeña mesa de café color cereza y mesas esquineras haciendo
juego, encima de cada una de ellas una lámpara de cristal. Y ella tenía una
cama nueva en vez del colchón en el piso que había usado durante años. Y ahora
iba a tener que alejarse de todo eso.
— Fuera, —Le dijo otra
vez— Y cierra tu boca a menos que quieras morir. ¿Realmente el Consejo suena
como algo con lo que tú te quieras involucrar, Charlie? Te matarían antes de
pagarte un centavo. —No había ninguna oportunidad de que él le hiciera caso.
La furia fluyó a través
de sus venas como un ácido, dejando fuera la paz que había logrado encontrar en
su vida en los pasados quince meses. Justo lo que ella necesitaba. Involucrarse
en algo tan peligroso que hacía parecer los delitos de su padre como fiestas de
Té.
— Me iré. Pero
regresaré. Piensa en esto, Bella. El bastardo te folló y se largó. ¿Qué le
debes? Hazle pagar, como debiste hacerlo desde el principio.
Dirigiéndole una mirada
enfadada, fue hacia la puerta cerrándola de golpe, dejándola sola otra vez. Bella
sacudió la cabeza cansadamente mientras se sentaba de golpe en el sofá nuevo,
de un cuero que notaba suave y confortable bajo su cuerpo.
— ¿Dios mío, y ahora
qué? —Ella levantó la vista hacia el cielo raso, tratando de contener sus
lágrimas y la realidad de este nuevo golpe.
Ella no quería irse de
la casa. Había luchado la mayor parte de su vida para quedarse ahí, para
mantener unidos los frágiles retazos de días más felices y consolarse con
ellos. Ahora estos le estaban siendo robados igualmente.
Tendría que arreglar el
camión. Era más confiable que el automóvil, y la llevaría más lejos.
Desafortunadamente, igual que el automóvil, no estaba en la mejor forma. Pero
podría arreglarse. Y mejor se concentraría en eso pronto, porque sin duda
alguna su padre no esperaría mucho antes de tratar de venderla al mejor postor.
Se estremeció de miedo.
— ¿Por qué hiciste esto,
Edward? —Murmuró con sombrío pesar en la sala de estar vacía, con su vacío
corazón.
Había estado sola desde
el día que Dayan le había dado la carta que Edward le había enviado. Al
principio había tenido citas, determinada a recuperarse del rechazo del hombre
que ella siempre soñó con amar. Pero se había dado cuenta rápidamente de que su
cuerpo nunca aceptaría el toque de otro hombre, y su corazón ansió lo que ella
sabía que nunca podría tener. Pero algunas veces como hoy, cuando necesitaba
desesperadamente un hombro para llorar, estar sola era realmente una mierda.
Capítulo 2
Bella se quedó con la
mirada fija en la camioneta en la que estaba trabajando a altas horas de la
tarde y suspiró cansadamente cuando finalmente admitió el fracaso. Justamente
no iba a poder arreglarla hoy, no importa cuánto lo desease. Y el tiempo se
acababa.
El temblor que algunas
veces se presentaba en sus manos, y el dolor en la boca de su estómago, fueron
demasiado severos, y el miedo propagándose a través de su mente hizo poco para
permitirle la concentración que necesitaba para arreglar aquel vehículo terco.
Su padre no esperaría mucho antes de empezar a moverse. Cuando él lo hiciese,
su vida no valdría absolutamente nada. Por si no fuera poco tenía que controlar
los efectos de lo que le había hecho Edward, necesitándolo constantemente, de
cualquier manera.
Estaba empeorando. La
debilidad que la atacó, llegó acompañada por una excitación que vino justamente
con el dolor. Éste fue uno de los ataques más severos que ella había sufrido en
los pasados meses, y el conocimiento de dónde venía le aterraba.
Agachó su cabeza
cansadamente, reforzó sus manos en el frente del vehículo y negó con la cabeza.
Quiso correr, esconderse. Quiso regresar a un tiempo pasado en el que podía
soñar, caer en la comodidad de esos sueños, pero la realidad rehusó permitirle
unas vacaciones que necesitaba desesperadamente.
No había ninguna
escapatoria para las noticias, no podía escapar de la cruda realidad, y ésta
explotó a través de su mundo. Bella había tratado de sepultarse en el trabajo
en vez de estar pegada a la pantalla de televisión, como muchos otros. O peor,
ser entrevistada por uno de los muchos periodistas de la televisión que habían
invadido el pequeño pueblo de Sandy Hook, en Kentucky. Los había ignorado a
todos, hasta que su padre había impuesto la verdad a la fuerza en ella.
Afortunadamente, hasta
ahora ella había logrado evitar a los reporteros intrépidos y los periodistas
sospechosos. Habían otros menos renuentes a hablar y esas entrevistas se
emitían varias veces al día. Como si el mundo no tuviera bastante de esas sensaciones
nuevas.
El proyecto Alpha. La
creación de un ejército especial diseñado para ganar batallas, y para cazar a
la presa. Un ejército en parte animal, instintivo en sus respuestas luchadoras
y en su salvajismo. Los rumores y las insinuaciones sugerían que sus increíbles
habilidades para la pelea se debían a la genética animal impresa en su código
genético. Había sido dado a entender que la sexualidad de las criaturas
predominaba también sobre el comportamiento sexual humano.
Las fugas que se habían
dado entre los científicos que habían probado las cinco Razas y la esposa de Jace
Waylands, Clary Morgenstern, sugerían la posibilidad de una infección hormonal,
una “marca” biológica que había atado a Clary a Jace.
Bella tembló cuando
recordó la noticia. Su mano se fue instintivamente a su cuello, palpando su
“marca”. No tenía importancia que las Castas negaran todo esto firmemente o que
tantos otros dentro del campo científico se mofaran del tema. Ella sabía que
era verdad. Lo sabía porque llevaba la marca de Edward; A menudo, padecía
dolorosamente una excitación que no podía ser satisfecha, sin importar lo que
intentara para eliminarla. Excitación que tampoco podía ser aliviada por otro.
En los quince meses que
habían transcurrido desde los momentos robados que ella había compartido con él
fuera del garaje, había sido incapaz de dar a cualquier otro hombre permiso
para tocarla. El mismo pensamiento de permitírselo a alguien, exceptuando a Edward,
la hacía sentirse mal.
Ella dejó caer la llave
mecánica que estaba usando en la reparación del camión y saltó de la caja de
madera que usaba para alcanzar la altura adicional que necesitaba para llegar
hasta el motor.
Estaba enojada, la
cólera pulsaba a través de su sistema. Una cólera abrasadora, que la dejaba
indefensa para hacer frente a la realidad. Él la había marcado sabiendo que la
engañaba. Sabiendo que él la estaba atando, comprometiéndola a él de una forma
de la que nunca ella podría escapar, para luego marcharse como si esto nunca
hubiera ocurrido.
¿Ella lo tomaba en
serio? Claro que no, gruñó ella. Caramba, No. ¿Por qué iba a hacerlo? Cerró de
golpe el capó del camión y caminó furiosamente de vuelta a la casa.
Esto tenía que
detenerse. Ella había estado temblando de cólera, con emociones a las que no
quería hacer frente desde que el primer periodista golpeó su puerta. La
situación había empeorado al soportar el constante estremecimiento del cual no
podía deshacerse, la irritación si cualquiera la tocaba, los bruscos cambios de
ánimo que a menudo la molestaban sin cesar; Había un sentimiento profundo,
abrumador de traición.
Ella se lavó
rápidamente, y se puso unos pantalones vaqueros limpios y una blusa ligera
antes de coger las llaves de su coche perfectamente puesto a punto y el bolso.
Necesitaba comprar comestibles y tal vez un set de bujías para el motor de ese
camión estúpido, pensó. Y sobre todo, necesitaba olvidarse de Edward, lo
quisiera su cuerpo o no.
El paseo en coche hasta
Sandy Hook le llevó menos de veinte minutos. Conducir dentro del pueblo tomó
más tiempo. El turismo había crecido como la espuma, Pero no era eso lo que le
molestaba, sino los mismos habitantes del pueblo y todo la chismería que habían
logrado crear. Carteles en los que le leía “A casa de las Castas” se podían
leer en cada una de las entradas del pueblo. Varios moteles nuevos estaban
siendo construidos y varias casas tenían colgados carteles anunciando cuartos
de alquiler. Todavía se organizaban excursiones que recorrían el desfiladero y
los acantilados donde se sabía que Jace y su familia a menudo cazaban y se
escondían. De todas formas nuevas mentiras e historias se inventaban
diariamente para los centenares de turistas que llegaban al pequeño pueblo.
Para cuando frenó el
automóvil junto al almacén, Bella estaba irritada y su nivel de paciencia se
encontraba en el punto más bajo, lo cual no era una buena forma de empezar.
Tenía la sensación de que sólo gruñendo había conseguido abrirse camino hacia
el mostrador y comprar los repuestos que ella necesitaba para arreglar el
camión.
— ¿Cómo vas, Bella?
—Colapsado y al parecer casi tan frustrado como ella, Mike Newton le dio los
recambios que había comprado en una bolsa de plástico pequeña, mientras miraba
coléricamente detrás de ella, hacia el exterior de la tienda.— Las caravanas de
las periodistas están bloqueando de nuevo el parking. Son unos brutos
estúpidos.
Bella miró por encima de
su hombro hacia las grandes ventas que daban al estacionamiento. Dos grandes
remolques de las cadenas de noticias bloqueaban el camino de acceso y varios
periodistas pululaban alrededor de los clientes que habían dejado la tienda
intentando dirigirles la palabra. Ella notó como el corazón saltaba en su pecho
y apretó las palmas de sus manos de repente mojadas por la aprensión.
Bella comprobó que el
cuello de su camisa escondía la marca en su hombro. Sin duda alguna no
necesitaba que cualquiera pudiera verla.
— Son una molestia. —Le
dijo a Mike con una sonrisa cómplice.— Esperemos que me dejen salir de aquí
pronto. Quiero arreglar ese camión antes del anochecer.
Antes hubiera preferido
ocultarse en el infierno que salir de la tienda para encontrarlos. Estar tan
cerca de esos buitres listos y ambiciosos ávidos de nuevas noticias era
realmente excesivo para sus nervios. Especialmente conociendo a su padre.
Ella agachó su cabeza
cuando se abrió camino hacia la salida, encaminándose al coche había
estacionado en el lado más alejado del parking. A ser posible no quería ver su
cara capturada por el objetivo de una cámara errante, o uno de esos estúpidos
micrófonos casi incrustado debajo de su nariz.
— ¡Allí está! —El grito
resonó cuando ella intentaba escabullirse cuando caminaba a lo largo del
edificio.
Bella apenas tuvo tiempo
durante un segundo para sentir una oleada de condolencia hacia cualquiera que
los periodistas persiguieran. Justo en ese momento alguien la agarró desde
atrás haciéndola retroceder dando tumbos, estirando con tanta fuerza del cuello
de su camisa que se desgarró. El terror la inundó como una ola gigantesca
cuando esas manos duras la sujetaron, sus caras brillando intermitentemente
delante de sus ojos, y un micrófono fue puesto de golpe ante su cara.
— ¿Quién es tu pareja, Isabella?
—Los ojos fanáticos de un periodista hambriento encontraron los suyos, mientras
ella peleaba para liberarse— ¿Quién te marcó? ¿Estás en celo? ¿Has sido
probada?
Gritó furiosamente,
forcejeando contra los brazos que la sujetaban, y los cuerpos masculinos
sudorosos rodeándola. Dejó caer el bolso y los paquetes para poder arañarlos o
pelear con ellos.
— ¿Quién es él? ¿Nos lo
vas a decir? ¿Te gusta joder con un animal?
Sus voces se alzaban
disonantes, elevándose y protestando, haciendo eco a su alrededor cuando ella
pateó fuertemente a los periodistas y arañando las manos que la tenían sujeta,
peleando desesperadamente para liberarse.
Bella no se daba cuenta
de que estaba llorando. Ignoraba que las cámaras percibían cada quejido, cada
grito ronco que resonaba a su alrededor. Su visión estaba deslumbrada, borrosa
por el miedo y la furia y el instinto abrumador de oponer resistencia. Oyó el
tejido de su camisa al rasgarse cuando finalmente derramó lágrimas y consiguió
liberarse de las manos ásperas que la sujetaban. No vaciló, no miró hacia
atrás, Sólo corrió. No sabía en qué dirección iba, no sabía dónde ir, a quién
recurrir. Su único pensamiento era escapar.
— ¡Bella! —Le gritó la
voz de Mike Newton, aguda por el pánico cuando ella pasó el lado de la tienda.—
Ve hacia el camión. Allí detrás. —Él le hizo señas frenéticamente, sus ojos de
azul claro brillando intensamente por la furia en su cara pálida— Son unos
hijos de puta. Vamos, date prisa.
La muchedumbre corría
detrás de ellos, cuando él abrió de golpe la puerta del camión y ella brincó
adentro. Cerró la puerta bloqueándola, mientras varias cámaras y micrófonos se
aplastaban contra las ventanillas.
El camión pesado se
sacudió con fuerza cuando Mike lo puso en marcha, y empezó a avanzar con los
reporteros y los buscadores hambrientos de curiosidad intentando bloquearlo.
— ¡Pasaré por encima de
vosotros! ¡Malditos necios! —Les gritó Mike, su cara usualmente pálida
sonrojada por la cólera, y su pelo rojo de punta, mientras presionaba el pie a
fondo para dar gas y acelerar el camión.
Chocaron sobre una
cuneta, derraparon a lo largo de varios metros y casi acabaron estrellándose
contra las oficinas de la compañía de seguros del pueblo.
— ¡Qué hijos de puta!
—Maldijo Mike, aunque la excitación resonaba en su voz, a la vez que giraba por
un callejón estrecho, y aumentaba la velocidad del camión, cuyas ruedas
empezaron a chirriar mientras él cambiaba de dirección de repente para acceder
a una de las calles secundarias que se dirigían fuera del pueblo— ¿Estás bien?
Ella miró fijamente
hacia atrás, sacudiendo la cabeza, confundida, todavía estremeciéndose, con su
estómago intentando rebelarse, ¿Qué diablos había ocurrido? Su piel todavía le
ardía por la presión poco familiar del hombre que la había mantenido
aprisionada, protestando por el contacto, anhelando el toque de Edward.
Ella negó con la cabeza,
luchando por mantener una semblanza de control. ¡Dios mío! ¡Ellos lo sabían! Charlie
no había perdido el tiempo en delatarla.
— Llévame a casa. —Ella
se sobresaltó con el sonido ronco de su voz, el dolor que reflejaba.— Necesito
ir a casa.
— Te esperarán allí, Bella.
—Le dijo él suavemente, mientras el motor del camión aflojaba y lo dirigía por
una carretera pronunciada que serpenteaba bordeando los acantilados fuera de
pueblo.— Necesitas esconderte por algún tiempo, y pensar en lo que vas a hacer
ahora.
— ¿Y qué voy a hacer
ahora? —Murmuró ella con la voz rota, frotándose los brazos, e intentando
librarse de la sensación del tacto indeseado de otra persona. No tenía ni idea
de lo que podría hacer. Su padre había sido más rápido de lo que ella había
esperado. Él debía haberla traicionado ya antes de haberse presentado en la
casa.
Ella no podría volver a
casa. Mike tenía razón. La encontrarían allí. Invadirían su casa. No tenía
dónde esconderse de ellos. Pero, ¿qué otra cosa le quedaba?
— Sé de un lugar...
—Suspiró finalmente Mike.—.... Estarás a salvo allí durante algún tiempo, si es
que no nos alcanzan antes de que logremos llegar. Todo va a estar bien, Bella,
al menos hasta que podamos contactar con Jace. Y tú sabes que tienes que
llamarle.
Él la miró fija y
duramente, sus ojos todavía brillando intensamente con toda esa adrenalina
producida por la velocidad de la persecución.
No, no era a Jace a
quién ella tenía que llamar, pensó Bella. Él no tenía la culpa. Fue Edward y
por Dios, que Edward iba a pagarlo. Tenía las manos agarrotadas a causa de la
furia que la recorría. Si ella conseguía ponerle las manos encima, le iba a
matar. Y su padre, que no era nada mejor que un mercenario en venta al mejor
postor, iba a ser el siguiente.

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