lunes, 18 de febrero de 2013

El Interior de Edward/Capitulo 1 y 2



Él la protegió cuando era una niña, fue el protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de mujer... para rompérselo.

Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado. El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera. La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado, ¿la querrá ahora?

El engaño y la traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los suyos y a la mujer que ha reclamado como suya

Capítulo 1

Quince meses después.

— Si tú adviertes la pequeña marca en su hombro, entonces verás que parece ser un mordisco de amor. —El reportero señaló un moretón en la fotografía de Clary Wayland, en su cuello— No lo hemos confirmado, pero los rumores sugieren que es una marca de apareamiento. Esto significa que existe un reconocimiento instintivo de apareamiento entre la Casta Felina de Jace Wayland, y su esposa. La marca, así como también el semen y una hormona que está esencialmente en su saliva, actúa como un afrodisíaco en la hembra. Las castas felinas niegan esto, pero los informes que fueron rescatados de los laboratorios donde las pruebas se habían efectuado prueban esta suposición...
Bella estaba en shock. Se levantó bajo la mirada de su padre, mirando el noticiero, sintiendo que la sangre escapaba de su cara mientras sus ojos se dirigían hacia la marca revelada por la foto. Sería fácil decir que no era más que un mordisco de amor, sólo que tras varias fotografías tomadas en el transcurso de los tres últimos meses, las marcas nunca se alteraron, nunca se curaron. Los informes que sustrajeron de los laboratorios donde se habían criado los especimenes, decían que nunca lo haría.
Bella, posó la mano sobre su hombro, cubriendo la marca que ella sabía, había marcado su propia carne, tal como le había hecho la esposa de Jace.

— ¿Qué diablos se posesionó de ti, para follar con ese fenómeno? —Le dijo con desdén su padre mientras caminaba de arriba abajo por la habitación, su respiración entrecortada, con la furia perfilando cada milímetro de su cuerpo.
Charlie Swan era un hombre grande, no tan musculoso y alto como Edward, pero lo suficientemente fuerte como para que su cólera causara que Bella se sobresaltara al recordar sus palizas. Era una adulta ahora. No toleraría nunca un sólo golpe más de él, pero nunca había superado su miedo hacia él. Su miedo, o su odio.
— Regresa a dondequiera de donde hayas vuelto. —Le dijo duramente, mientras continuaba clavando los ojos en la pantalla de televisión.— Están equivocados.
Ella había sobrevivido muy bien sin Edward, aún después de la forma que él marcó su piel, y destruyó sus sueños. Había sobrevivido a las amenazas interminables y los intentos de ataques que los acreedores de su padre habían escenificado, y lo había hecho sola. Podría y sobreviviría también a esto.
— ¿Piensas que me puedes mentir? —Espetó, mientras se ponía al lado de ella. La sacudió con fuerza, hasta que pudo ver su mirada frente a ella, sus ojos ensombreciéndose de furia.— Te miras en el espejo las suficientes veces como para ver esa marca repugnante en tu cuello, Bella? ¿O te asquea demasiado recordar cómo te abriste de piernas para un animal?
Bella le dirigió una mirada suspicaz. Él no se preocupaba por ella de ninguna manera y ella tenía el suficiente juicio como para saberlo. Dudaba que a él le importara con quien follara, lo cual quería decir que había más en su cólera que cualquier preocupación paternal o insulto personal.
— Quita tus manos de mí antes de que telefonee a tu último patrón y le deje saber exactamente dónde diablos estás. —Dijo en voz baja, pero sin disfrazar el odio que brotó dentro de ella hacia su padre.
Ella no le había visto más que media docena de veces en los pasados tres años. Ninguna de esas visitas había sido agradable. Esta lo era mucho menos.
— Bella, lo has arruinado todo. —Gritó retrocediendo furiosamente, soltándola.— Casi te casé, chica. El señor Tearns habría pagado por usarte, mientras que tú dejaste que ese gato lo tuviera por nada.
Ah, entonces, ahora tenemos la historia real, pensó burlona. Qué típico de Charlie. Casarla con su jefe, sin embargo, eso era un tanto extremo.
— ¿Casarme? ¿Con tu jefe? —Ella se rió de él— ¿Es por eso qué regresaste, Charlie? ¿Piensas que haría algo así como mantener una conversación con las serpientes con la que te juntas? Creo que no. Mantente tú solo. Es lo que yo hago.
Lo que había hecho siempre. Se volvió hacia la televisión, con la respiración entrecortada ante la entrevista grabada con los cinco Felinos. La voz del Edward envió una oleada de calor a través de su cuerpo contra la que ni siquiera intentó luchar. Había aprendido a través de los años a no oponerse a eso. Era peor si lo hacía.
— Dejarte follar por un animal. —Se burló otra vez— Tendrás suerte de vivir si cualquiera ve esa marca en tu cuello, Bella. Apuesto a que a esos bastardos del Consejo les gustaría tenerte.
El temor la recorrió al volverse hacia su padre. ¿Qué tan desesperado estaba él?, se preguntó Ella no era tan estúpida como para pensar que cualquier sentimiento paternal le detendría antes de vender su información al mejor postor. La entregaría en un segundo, si es que no lo había hecho ya.
— No me mires así, putita. —Su boca se torció con repugnancia— No se lo diré a nadie. Caramba, no quiero que nadie sepa que mi hija folló con un sucio gato.
Ella casi se sobresaltó con el término. Casi. Ella no había follado con el; Demonios, él aún no la había besado. Todo lo que él había hecho era marcarla, dejarla arruinada para siempre para cualquier otro hombre, luego la dejó de una manera que hacía palidecer las deserciones de su padre en comparación.
—Vete, Charlie. —Dijo mientras apagaba la televisión— No te necesito aquí ahora más de lo que te he necesitado durante los últimos años. No tengo dinero, y no quiero aguantar tus groserías. Sólo vete.
Había aprendido que no le serviría de nada necesitarlo. Al minuto que pensaba que podía ayudarla, él corría.
—Tú puedes usar esto, Bella. —Dijo finalmente, con voz nasal, tratando de engatusarla— Podríamos contar una historia que nos podría hacer millonarios. No tendríamos que preocuparnos nunca más por nada.
El horror se deslizó sobre ella en oleadas. No lo había visto en meses, y ahora él estaba aquí. Con otro plan, otra idea para enriquecerse rápidamente y otra vez a él no le importaría usarla para lograrlo.
Era hora de partir. Silenciosamente admitió para sí misma que no había ninguna posibilidad de que su padre alguna vez guardara el secreto sobre esto. Quizá tendría un par de días a lo sumo para conseguir reunir sus cosas y correr.
Ella se quedó mirando fijamente alrededor de la pequeña casa en la que había vivido toda su vida. No era mucho, pero era todo lo que tenía. El hogar que su madre había soñado, pero que no había vivido lo suficiente como para disfrutarlo. Ella lo perdería ahora.
La pequeña cabaña no era ya la casucha que había sido. El trabajo que había encontrado en Morehead como contable le había dado lo necesario para arreglarla; Nuevas cortinas y aparatos domésticos, un confortable sofá en color verde oscuro que hacía juego con las sillas, una pequeña mesa de café color cereza y mesas esquineras haciendo juego, encima de cada una de ellas una lámpara de cristal. Y ella tenía una cama nueva en vez del colchón en el piso que había usado durante años. Y ahora iba a tener que alejarse de todo eso.
— Fuera, —Le dijo otra vez— Y cierra tu boca a menos que quieras morir. ¿Realmente el Consejo suena como algo con lo que tú te quieras involucrar, Charlie? Te matarían antes de pagarte un centavo. —No había ninguna oportunidad de que él le hiciera caso.
La furia fluyó a través de sus venas como un ácido, dejando fuera la paz que había logrado encontrar en su vida en los pasados quince meses. Justo lo que ella necesitaba. Involucrarse en algo tan peligroso que hacía parecer los delitos de su padre como fiestas de Té.
— Me iré. Pero regresaré. Piensa en esto, Bella. El bastardo te folló y se largó. ¿Qué le debes? Hazle pagar, como debiste hacerlo desde el principio.
Dirigiéndole una mirada enfadada, fue hacia la puerta cerrándola de golpe, dejándola sola otra vez. Bella sacudió la cabeza cansadamente mientras se sentaba de golpe en el sofá nuevo, de un cuero que notaba suave y confortable bajo su cuerpo.
— ¿Dios mío, y ahora qué? —Ella levantó la vista hacia el cielo raso, tratando de contener sus lágrimas y la realidad de este nuevo golpe.
Ella no quería irse de la casa. Había luchado la mayor parte de su vida para quedarse ahí, para mantener unidos los frágiles retazos de días más felices y consolarse con ellos. Ahora estos le estaban siendo robados igualmente.
Tendría que arreglar el camión. Era más confiable que el automóvil, y la llevaría más lejos. Desafortunadamente, igual que el automóvil, no estaba en la mejor forma. Pero podría arreglarse. Y mejor se concentraría en eso pronto, porque sin duda alguna su padre no esperaría mucho antes de tratar de venderla al mejor postor.
Se estremeció de miedo.
— ¿Por qué hiciste esto, Edward? —Murmuró con sombrío pesar en la sala de estar vacía, con su vacío corazón.
Había estado sola desde el día que Dayan le había dado la carta que Edward le había enviado. Al principio había tenido citas, determinada a recuperarse del rechazo del hombre que ella siempre soñó con amar. Pero se había dado cuenta rápidamente de que su cuerpo nunca aceptaría el toque de otro hombre, y su corazón ansió lo que ella sabía que nunca podría tener. Pero algunas veces como hoy, cuando necesitaba desesperadamente un hombro para llorar, estar sola era realmente una mierda.




Capítulo 2

Bella se quedó con la mirada fija en la camioneta en la que estaba trabajando a altas horas de la tarde y suspiró cansadamente cuando finalmente admitió el fracaso. Justamente no iba a poder arreglarla hoy, no importa cuánto lo desease. Y el tiempo se acababa.
El temblor que algunas veces se presentaba en sus manos, y el dolor en la boca de su estómago, fueron demasiado severos, y el miedo propagándose a través de su mente hizo poco para permitirle la concentración que necesitaba para arreglar aquel vehículo terco. Su padre no esperaría mucho antes de empezar a moverse. Cuando él lo hiciese, su vida no valdría absolutamente nada. Por si no fuera poco tenía que controlar los efectos de lo que le había hecho Edward, necesitándolo constantemente, de cualquier manera.
Estaba empeorando. La debilidad que la atacó, llegó acompañada por una excitación que vino justamente con el dolor. Éste fue uno de los ataques más severos que ella había sufrido en los pasados meses, y el conocimiento de dónde venía le aterraba.
Agachó su cabeza cansadamente, reforzó sus manos en el frente del vehículo y negó con la cabeza. Quiso correr, esconderse. Quiso regresar a un tiempo pasado en el que podía soñar, caer en la comodidad de esos sueños, pero la realidad rehusó permitirle unas vacaciones que necesitaba desesperadamente.
No había ninguna escapatoria para las noticias, no podía escapar de la cruda realidad, y ésta explotó a través de su mundo. Bella había tratado de sepultarse en el trabajo en vez de estar pegada a la pantalla de televisión, como muchos otros. O peor, ser entrevistada por uno de los muchos periodistas de la televisión que habían invadido el pequeño pueblo de Sandy Hook, en Kentucky. Los había ignorado a todos, hasta que su padre había impuesto la verdad a la fuerza en ella.
Afortunadamente, hasta ahora ella había logrado evitar a los reporteros intrépidos y los periodistas sospechosos. Habían otros menos renuentes a hablar y esas entrevistas se emitían varias veces al día. Como si el mundo no tuviera bastante de esas sensaciones nuevas.
El proyecto Alpha. La creación de un ejército especial diseñado para ganar batallas, y para cazar a la presa. Un ejército en parte animal, instintivo en sus respuestas luchadoras y en su salvajismo. Los rumores y las insinuaciones sugerían que sus increíbles habilidades para la pelea se debían a la genética animal impresa en su código genético. Había sido dado a entender que la sexualidad de las criaturas predominaba también sobre el comportamiento sexual humano.
Las fugas que se habían dado entre los científicos que habían probado las cinco Razas y la esposa de Jace Waylands, Clary Morgenstern, sugerían la posibilidad de una infección hormonal, una “marca” biológica que había atado a Clary a Jace.
Bella tembló cuando recordó la noticia. Su mano se fue instintivamente a su cuello, palpando su “marca”. No tenía importancia que las Castas negaran todo esto firmemente o que tantos otros dentro del campo científico se mofaran del tema. Ella sabía que era verdad. Lo sabía porque llevaba la marca de Edward; A menudo, padecía dolorosamente una excitación que no podía ser satisfecha, sin importar lo que intentara para eliminarla. Excitación que tampoco podía ser aliviada por otro.
En los quince meses que habían transcurrido desde los momentos robados que ella había compartido con él fuera del garaje, había sido incapaz de dar a cualquier otro hombre permiso para tocarla. El mismo pensamiento de permitírselo a alguien, exceptuando a Edward, la hacía sentirse mal.
Ella dejó caer la llave mecánica que estaba usando en la reparación del camión y saltó de la caja de madera que usaba para alcanzar la altura adicional que necesitaba para llegar hasta el motor.
Estaba enojada, la cólera pulsaba a través de su sistema. Una cólera abrasadora, que la dejaba indefensa para hacer frente a la realidad. Él la había marcado sabiendo que la engañaba. Sabiendo que él la estaba atando, comprometiéndola a él de una forma de la que nunca ella podría escapar, para luego marcharse como si esto nunca hubiera ocurrido.
¿Ella lo tomaba en serio? Claro que no, gruñó ella. Caramba, No. ¿Por qué iba a hacerlo? Cerró de golpe el capó del camión y caminó furiosamente de vuelta a la casa.
Esto tenía que detenerse. Ella había estado temblando de cólera, con emociones a las que no quería hacer frente desde que el primer periodista golpeó su puerta. La situación había empeorado al soportar el constante estremecimiento del cual no podía deshacerse, la irritación si cualquiera la tocaba, los bruscos cambios de ánimo que a menudo la molestaban sin cesar; Había un sentimiento profundo, abrumador de traición.
Ella se lavó rápidamente, y se puso unos pantalones vaqueros limpios y una blusa ligera antes de coger las llaves de su coche perfectamente puesto a punto y el bolso. Necesitaba comprar comestibles y tal vez un set de bujías para el motor de ese camión estúpido, pensó. Y sobre todo, necesitaba olvidarse de Edward, lo quisiera su cuerpo o no.
El paseo en coche hasta Sandy Hook le llevó menos de veinte minutos. Conducir dentro del pueblo tomó más tiempo. El turismo había crecido como la espuma, Pero no era eso lo que le molestaba, sino los mismos habitantes del pueblo y todo la chismería que habían logrado crear. Carteles en los que le leía “A casa de las Castas” se podían leer en cada una de las entradas del pueblo. Varios moteles nuevos estaban siendo construidos y varias casas tenían colgados carteles anunciando cuartos de alquiler. Todavía se organizaban excursiones que recorrían el desfiladero y los acantilados donde se sabía que Jace y su familia a menudo cazaban y se escondían. De todas formas nuevas mentiras e historias se inventaban diariamente para los centenares de turistas que llegaban al pequeño pueblo.
Para cuando frenó el automóvil junto al almacén, Bella estaba irritada y su nivel de paciencia se encontraba en el punto más bajo, lo cual no era una buena forma de empezar. Tenía la sensación de que sólo gruñendo había conseguido abrirse camino hacia el mostrador y comprar los repuestos que ella necesitaba para arreglar el camión.
— ¿Cómo vas, Bella? —Colapsado y al parecer casi tan frustrado como ella, Mike Newton le dio los recambios que había comprado en una bolsa de plástico pequeña, mientras miraba coléricamente detrás de ella, hacia el exterior de la tienda.— Las caravanas de las periodistas están bloqueando de nuevo el parking. Son unos brutos estúpidos.
Bella miró por encima de su hombro hacia las grandes ventas que daban al estacionamiento. Dos grandes remolques de las cadenas de noticias bloqueaban el camino de acceso y varios periodistas pululaban alrededor de los clientes que habían dejado la tienda intentando dirigirles la palabra. Ella notó como el corazón saltaba en su pecho y apretó las palmas de sus manos de repente mojadas por la aprensión.
Bella comprobó que el cuello de su camisa escondía la marca en su hombro. Sin duda alguna no necesitaba que cualquiera pudiera verla.
— Son una molestia. —Le dijo a Mike con una sonrisa cómplice.— Esperemos que me dejen salir de aquí pronto. Quiero arreglar ese camión antes del anochecer.
Antes hubiera preferido ocultarse en el infierno que salir de la tienda para encontrarlos. Estar tan cerca de esos buitres listos y ambiciosos ávidos de nuevas noticias era realmente excesivo para sus nervios. Especialmente conociendo a su padre.
Ella agachó su cabeza cuando se abrió camino hacia la salida, encaminándose al coche había estacionado en el lado más alejado del parking. A ser posible no quería ver su cara capturada por el objetivo de una cámara errante, o uno de esos estúpidos micrófonos casi incrustado debajo de su nariz.
— ¡Allí está! —El grito resonó cuando ella intentaba escabullirse cuando caminaba a lo largo del edificio.
Bella apenas tuvo tiempo durante un segundo para sentir una oleada de condolencia hacia cualquiera que los periodistas persiguieran. Justo en ese momento alguien la agarró desde atrás haciéndola retroceder dando tumbos, estirando con tanta fuerza del cuello de su camisa que se desgarró. El terror la inundó como una ola gigantesca cuando esas manos duras la sujetaron, sus caras brillando intermitentemente delante de sus ojos, y un micrófono fue puesto de golpe ante su cara.
— ¿Quién es tu pareja, Isabella? —Los ojos fanáticos de un periodista hambriento encontraron los suyos, mientras ella peleaba para liberarse— ¿Quién te marcó? ¿Estás en celo? ¿Has sido probada?
Gritó furiosamente, forcejeando contra los brazos que la sujetaban, y los cuerpos masculinos sudorosos rodeándola. Dejó caer el bolso y los paquetes para poder arañarlos o pelear con ellos.
— ¿Quién es él? ¿Nos lo vas a decir? ¿Te gusta joder con un animal?
Sus voces se alzaban disonantes, elevándose y protestando, haciendo eco a su alrededor cuando ella pateó fuertemente a los periodistas y arañando las manos que la tenían sujeta, peleando desesperadamente para liberarse.
Bella no se daba cuenta de que estaba llorando. Ignoraba que las cámaras percibían cada quejido, cada grito ronco que resonaba a su alrededor. Su visión estaba deslumbrada, borrosa por el miedo y la furia y el instinto abrumador de oponer resistencia. Oyó el tejido de su camisa al rasgarse cuando finalmente derramó lágrimas y consiguió liberarse de las manos ásperas que la sujetaban. No vaciló, no miró hacia atrás, Sólo corrió. No sabía en qué dirección iba, no sabía dónde ir, a quién recurrir. Su único pensamiento era escapar.
— ¡Bella! —Le gritó la voz de Mike Newton, aguda por el pánico cuando ella pasó el lado de la tienda.— Ve hacia el camión. Allí detrás. —Él le hizo señas frenéticamente, sus ojos de azul claro brillando intensamente por la furia en su cara pálida— Son unos hijos de puta. Vamos, date prisa.
La muchedumbre corría detrás de ellos, cuando él abrió de golpe la puerta del camión y ella brincó adentro. Cerró la puerta bloqueándola, mientras varias cámaras y micrófonos se aplastaban contra las ventanillas.
El camión pesado se sacudió con fuerza cuando Mike lo puso en marcha, y empezó a avanzar con los reporteros y los buscadores hambrientos de curiosidad intentando bloquearlo.
— ¡Pasaré por encima de vosotros! ¡Malditos necios! —Les gritó Mike, su cara usualmente pálida sonrojada por la cólera, y su pelo rojo de punta, mientras presionaba el pie a fondo para dar gas y acelerar el camión.
Chocaron sobre una cuneta, derraparon a lo largo de varios metros y casi acabaron estrellándose contra las oficinas de la compañía de seguros del pueblo.
— ¡Qué hijos de puta! —Maldijo Mike, aunque la excitación resonaba en su voz, a la vez que giraba por un callejón estrecho, y aumentaba la velocidad del camión, cuyas ruedas empezaron a chirriar mientras él cambiaba de dirección de repente para acceder a una de las calles secundarias que se dirigían fuera del pueblo— ¿Estás bien?
Ella miró fijamente hacia atrás, sacudiendo la cabeza, confundida, todavía estremeciéndose, con su estómago intentando rebelarse, ¿Qué diablos había ocurrido? Su piel todavía le ardía por la presión poco familiar del hombre que la había mantenido aprisionada, protestando por el contacto, anhelando el toque de Edward.
Ella negó con la cabeza, luchando por mantener una semblanza de control. ¡Dios mío! ¡Ellos lo sabían! Charlie no había perdido el tiempo en delatarla.
— Llévame a casa. —Ella se sobresaltó con el sonido ronco de su voz, el dolor que reflejaba.— Necesito ir a casa.
— Te esperarán allí, Bella. —Le dijo él suavemente, mientras el motor del camión aflojaba y lo dirigía por una carretera pronunciada que serpenteaba bordeando los acantilados fuera de pueblo.— Necesitas esconderte por algún tiempo, y pensar en lo que vas a hacer ahora.
— ¿Y qué voy a hacer ahora? —Murmuró ella con la voz rota, frotándose los brazos, e intentando librarse de la sensación del tacto indeseado de otra persona. No tenía ni idea de lo que podría hacer. Su padre había sido más rápido de lo que ella había esperado. Él debía haberla traicionado ya antes de haberse presentado en la casa.
Ella no podría volver a casa. Mike tenía razón. La encontrarían allí. Invadirían su casa. No tenía dónde esconderse de ellos. Pero, ¿qué otra cosa le quedaba?
— Sé de un lugar... —Suspiró finalmente Mike.—.... Estarás a salvo allí durante algún tiempo, si es que no nos alcanzan antes de que logremos llegar. Todo va a estar bien, Bella, al menos hasta que podamos contactar con Jace. Y tú sabes que tienes que llamarle.
Él la miró fija y duramente, sus ojos todavía brillando intensamente con toda esa adrenalina producida por la velocidad de la persecución.
No, no era a Jace a quién ella tenía que llamar, pensó Bella. Él no tenía la culpa. Fue Edward y por Dios, que Edward iba a pagarlo. Tenía las manos agarrotadas a causa de la furia que la recorría. Si ella conseguía ponerle las manos encima, le iba a matar. Y su padre, que no era nada mejor que un mercenario en venta al mejor postor, iba a ser el siguiente.

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