jueves, 28 de febrero de 2013

El interior de Edward/Capitulo 10 11 12


Summary: Él la protegió cuando era una niña, fue el protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de mujer... para rompérselo.

Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado. El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera. La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado, ¿la querrá ahora?

El engaño y la traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los suyos y a la mujer que ha reclamado como suya.

Capitulo 10

Él no necesitó las revistas y no le estorbaron los alborotos. La libido de Edward estaba desatada y lo único que necesitó fue el recuerdo de cómo se sentía Bella, su dulce calor y las ondulantes contracciones de su apretada vagina, para tener a sus soldaditos resbalándose en el envase como el doctor requería.
Regresó al laboratorio al poco tiempo de dejarlo, colocó los envases sellados con una tapa sobre la mesa antes de volverse hacia Jace.
— ¿Qué más tengo que esperar? —Gruñó— Primero violo a mi compañera, ahora estoy en el laboratorio de Frankenstein masturbándome. ¿Algo más con que divertirnos?
Jace se rió entre dientes, sin embargo Doc Martin sólo gruñó con la distraída atención de un hombre absorto en lo que fuera que el microscopio le decía.

— Vamos. Tengo los informes arriba en la oficina. Por como pintan las cosas parece como si tuviéramos varias órdenes saliendo, aunque no hemos descifrado ese código completamente aún. Nuestros informantes están nerviosos como el infierno, y el dinero ha comenzado a circular en cuentas selectas otra vez. Sebastian tiene a sus fuentes trabajando tiempo extra, como así también los hermanos, pero podrían pasar días antes de que sepamos qué diablos está pasando.
La historia de sus vidas, refunfuñó Edward. Los pasados tres meses habían sido como tres años. El progreso que hicieron revelándose ellos mismos ante una sociedad compasiva estuvo marcado por cada obstáculo que el Consejo colocó ante ellos. Aún más alarmante fue la aparición de varios grupos realizando una agenda sobre “sangre pura”. Las Castas no eran humanas, habían declarado. Su ADN animal los excluía de cualquier derecho humano sobre los que hubieran tenido derecho. Los bastardos eran monstruos fanáticos y crecían en número diariamente.
— Tenemos las cercas del perímetro alambradas con cable para sonido y listas para grabar. —Dijo Edward mientras tomaban rápidamente las escaleras que llevaban al segundo piso— Los animales fueron liberados la semana pasada y están trabajando afuera maravillosamente. Sólo asegúrate de mantener a Clary en las áreas protegidas hasta que sepamos qué tan bien está trabajando la conexión de Patch con ellos.
Patch era un enigma, y a menudo una preocupación. Él era el único de las Castas hasta ahora que mostraba una conexión natural con los felinos depredadores que formaban parte de la estructura del ADN de las distintas Castas. Había un tigre de Bengala, un león y dos pumas protegiendo ahora el bosque. Todas hembras. Todas bajo el control de Patch Cipriano.
— Hasta ahora, estan tan domesticados como gatitos. —Jace gruñó mientras entraban en la oficina— Pero mantengo un ojo sobre las cosas. Sebastian y Gray se mudan a la casa esta noche para reforzar la seguridad de Clary y nosotros hemos hecho regresar a la mayor parte de nuestra gente dentro de los perímetros hasta que sepamos qué diablos está pasando.
— ¿Para qué necesitarán una compañera antes de la concepción? —Dijo Edward frunciendo el ceño mientras levantaba varios de los informes que había y los comenzaba a leer— Debe haber algo que estén buscando.
— Voy a asumir, como hace Doc, que tiene algo que ver con las hormonas que las marca genéticamente. —Dijo Jace— Produce la feromona que instintivamente pone sobre aviso a todos los otros hombres, incluyendo aquellos que no son de las Castas. Combina eso con las calidades afrodisíacas y ahí tienes lo que esos malditos bastardos están tramando.
— ¿Hay algo de la Casta de los Lobos? —Preguntó Edward, mirando los papeles.
El solitario, cauteloso grupo de los Lobos había hecho contacto menos de dos meses antes. Se había asumido que habían muerto en las explosiones del laboratorio durante el intento de rescate, aunque Edward había sospechado otra cosa. Los Felinos habían hecho el trabajo preliminar de contacto inmediatamente, al enterarse de su existencia, y se habían asegurado que todo estuviera en su lugar para ayudarles si lo necesitaban.
— Su enlace, Faith, está en el lugar de reunión. Son cautelosos, sin embargo, aún más de lo que eran al principio. Están trabajando con el embajador que el Presidente asignó para las Castas, así que confío en que saldrá todo bien. Mientras tanto, tenemos al jodido Consejo con el que tratar. Entonces, no, nos estamos divirtiendo aún.
Edward maldijo silenciosamente. El Consejo había tenido una reacción rápida. Cambiaban sus códigos y contraseñas lo suficiente a menudo como para volver loco a Sebastian tratando de resolverlas. Los soldados estaban siendo intercambiados constantemente. Algunas no eran más que distracciones, mientras que otros regularmente intentaban romper los esfuerzos diplomáticos entre las Castas y el gobierno que los protegía.
— No podemos estar en estado de alerta para siempre. —Suspiró Edward, meneando su cabeza— Los hombres se pondrán demasiado complacientes cuando nada ocurra.
— Aún no podemos darle una oportunidad a golpear, tampoco. —Suspiró Jace— Sebastian debería estar aquí esta noche. Calcularemos nuestro mejor curso de acción y seguiremos a partir de ahí. Pero del aspecto general de estos informes, Bella es nuestra preocupación principal. ¿Ahora cuán peligrosa será ella personalmente? —La voz de Jace se endureció mientras hacía esta pregunta.
Edward colocó los papeles otra vez sobre el escritorio y se volvió para enfrentar a su líder. Él sabía qué estaba preguntando Jace. Dada la historia del padre de Bella sobre negocios ilegales y sabrosas transacciones comerciales, tenía sentido cuestionar la lealtad de la hija también. Al menos, en el mayor de los casos. Pero si había una cosa que Edward sabía acerca de Bella, era el hecho que ella no era para nada como su padre.
— No más que lo sería Clary. —No tenía duda sobre la lealtad de Bella, sólo sobre su amor— Tú la has conocido más tiempo que yo, Jace. Ella nunca ha traicionado a un amigo o una confianza. Pero está asustada, y más que probablemente empeñada en conseguir mi sangre cuando se despierte. No puedo pensar que ella sería un peligro para nadie salvo para mí.
Jace asintió.
— Es lo que mismo que yo creo. Pero tenemos que estar seguros. Lo que sea que creas que le has hecho, arréglalo. Confía en mí, una compañera airada es más de lo que con que tú quieres tratar.
La expresión en su cara era tan de saber sobre qué estaba hablando, que Edward no pudo evitar reírse. Él sabía exactamente lo que sufrió Jace cuando él tuvo que soportar el ataque de su pendenciera esposa. Ella tenía una boca que podía castrar a un hombre a veinte pasos, y si eso no era efectivo, entonces él pasaba la noche en uno de los dormitorios vacíos hasta que se le pasaba la ira.
— Tendré que contarle sobre su casa. —Suspiró él.
Con su casa destruida, Edward sabía que ella no tenía nada que ahora la atara a su infancia o pasado. Todo se había ido, destruido en un cruel, despiadado acto en contra de una mujer inocente de los delitos que el Consejo atribuía a las Castas. Pero ella era una compañera. En cualquier forma que pudieran hacerle daño, se lo harían.
— Tú preocúpate por Bella, yo me ocuparé del resto de esto. —Jace pasó sus dedos cansadamente por su pelo— Necesitaremos hacer planes para empezar a construir cabañas dentro de la propiedad, sin embargo. Si no, esta casa podría terminar llenándose rápidamente con el repiqueteo de pequeños pies.
Él no sonó enojado por eso, meramente preocupado.
— Los niños estarán en más peligro que nosotros, Jace. —Dijo Edward suavemente— Doc necesita resolver cómo controlar esto antes que se nos vaya de las manos.
— A Clary se le pasó la excitación cuando concibió. —Jace sacudió su cabeza— Ella no ha padecido eso desde entonces, aunque mi ADN todavía la marca —Él sonaba encantado— Ella todavía la lleva.
No estaban totalmente seguros sobre cómo había ocurrido, pero Clary todavía portaba vestigios del ADN único de Jace en su sangre. No había cambiado su cuerpo, ni había cambiado su genética de ningún modo. Más bien, había marcado su sangre, su saliva, inclusive su sudor, con vestigios de la misma variación hormonal que Jace portaba.
Él debería haberse mantenido lejos de Bella, pensó Edward cansadamente mientras veía las sombras en los ojos de Jace. Preocupado constantemente que de alguna forma, de algún modo, el Consejo lograra poner sus manos sobre Clary y su hijo sin nacer. Durante las alertas Jace raramente dormía y revisaba y volvía a revisar la seguridad cada maldita hora.
— No puedo dejarla ir. —Murmuró Edward. Sólo deseaba poder hacerlo.
— Lo sé. —Jace pasó sus manos sobre su cara, cansadamente— Sé exactamente cómo te sientes.


Capítulo 11

Bella se despertó, bañada en sudor, su carne se sentía irritada y adolorida. Sus pechos estaban hinchados, sus pezones latían. Entre sus muslos su vagina se apretaba con fuerza, goteaba, mientras recordaba los empujes duramente controlados del pene de Edward dentro de su estrecho canal.
No había sido el interludio romántico con el que ella siempre había fantaseado. No hubo luz de velas, ni un Edward de rodillas mendigando su perdón, en lugar de eso, había encontrado un calor relampagueante, intensidad, y alguna desesperación innombrables rugiendo entre los dos que se había rehusado a ser ignorada. El orgasmo que había sentido había lanzado al viento todas sus nociones preconcebidas de lo que podía ser un orgasmo, por la ventana abierta. Ahora, si sólo pudiese conseguir que lo hiciese nuevamente.
Tendría que encontrarlo primero, después de todo. Miró alrededor del cuarto. La noche finalmente parecía haber caído. El cuarto estaba más oscuro que antes, iluminado sólo por el tenue brillo de la lámpara a un lado de la cama. La oscura y pesada madera del mobiliario le daba al cuarto una sensación protectora. Tosca, libre de adornos, y aún así era exactamente como era Edward.
Al otro lado del cuarto una enorme pintura de él apoyado delante del garaje que había poseído en Sandy Hook colgaba en un lugar destacado. Varios trofeos que él había ganado en concursos de tiro eran exhibidos en la mesa bajo el cuadro. Edward no había sido una persona excesivamente pública, pero había sido bien conocido. Bien conocido y alguien en quien se confiaba.
Ella intentó controlar sus pensamientos, para luchar contra la insidiosa excitación que crecía en su interior. Él le había dicho que estaba en celo. Que ella sería incapaz de negársele a él. Incapaz de impedir su toque. Que esto estaba más allá de cualquier negativa; era como una bestia dando zarpazos en su útero, gritando en demanda del orgasmo explosivo que él la había hecho sentir antes.
Ella gimió débilmente mientras se ponía de lado, asombrándose de los espasmos que se producían en su bajo vientre. Con cada espasmo su vagina pulsaba y latía en acompañamiento. Con cada serpenteante contracción su cólera aumentaba. Edward le había hecho esto. Donde antes su excitación y necesidad de él habían sido sólo una hipersensible irritación, ahora se sentía más bien como una agonía.
— Dios mío, esto sólo me podía ocurrir a mí —murmuró en el silencioso cuarto mientras clavaba sus ojos en la pared de enfrente.
— No exactamente. —Una compasiva voz femenina provino de detrás de ella, haciendo que Bella saltara con fuerza de la cama, agarrando firmemente el edredón contra sus pechos desnudos mientras sus ojos se ampliaban.
Ella recordaba haber conocido a Clary el día anterior, aunque sólo vagamente. Su mente estaba consumida con los recuerdos del calor, la loca necesidad que la había atormentado. Y Edward. Salvaje, feroz, decidido a reclamarla a pesar de que él había sido quien la había abandonado meses antes.
La otra mujer la miró con sus profundos ojos verdes repletos de compasión. Ella era delgada, más o menos de la altura de Bella, con cabello largo, pelirrojo. Su expresión era tranquila, empática, e hizo que una bola se posicionara en la garganta de Bella. Ella nunca había tenido verdaderos amigos, al menos no desde el momento en que había conocido a su padre, y la ternura de esta mujer la hizo darse cuenta de todo lo que se había perdido durante esos años.
Clary, a pesar del lujoso entorno de la hacienda y de lo que Bella recordaba de la casa, no parecía adoptar una actitud de -señora del feudo-. Estaba vestida con pantalones vaqueros desgastados, una camisa de algodón color crema suelta y zapatillas de lona. Ella parecía más del tipo que acampaba al aire libre que de las que supervisan una mansión.
— ¿Dónde está Edward? —Ella miró alrededor del cuarto para asegurarse de que él no estaba allí.
— Él está con Jace en este momento. Él es el jefe de seguridad aquí en la hacienda, y alguna de las nuevas medidas que están implementándose en este lugar precisaban de su atención. —Clary se paró de la silla en la que había estado sentada y caminó suavemente hacia la cama.
— Tengo algunas ropas que te deberían servir en el cuarto de baño si quieres bañarte y vestirte. Te sugeriría un baño por ahora. Parece aliviar lo peor de los efectos copulativos durante algún tiempo.
Bella sintió que el calor subía a su cara mientras la otra mujer mencionaba el deseo demente que la había mantenido en sus garras hacía no mucho. Ella podía controlar su deseo del hombre hasta que doliese, pero esto era ridículo.
— ¿Por un corto tiempo? —Le preguntó ferozmente, frunciendo el ceño. — No. —Ella sacudió su cabeza a esto último.— Algo tiene que detener esto. Ahora. —No podría aceptar ninguna otra cosa.
Podía sentir el calor elevándose en su cuerpo otra vez. Su piel se sentía irritada, sensitiva, sus pechos hinchados, su clítoris latiendo en demanda. Ella no podría controlar esto. Había sido malo antes, pero esto era peor de lo que pudo haberse imaginado.
Se preguntó si Edward estaba siendo afectado por esto. Probablemente no. Y si algún hombre se lo merecía, era él.
Clary suspiró. — Los efectos son temporales, Bella, pero no sin un precio seguro. Toma un baño mientras bajo y te subo la cena. Hablaremos cuando estés lista.
Ella empezó a salir del cuarto, dejando a Bella con demasiadas malditas preguntas y ninguna respuesta.
— Espera. —Bella envolvió el edredón a su alrededor mientras se deslizaba de la alta cama. Maldita fuera, ¿Edward había pensado alguna vez en lo malditamente alto que era?— Dime cómo detener esto ahora.
La mirada en la cara de Clary cuando se dio la vuelta era sombría.
— No lo puedes detener ahora. Tiene que seguir su curso. Ahora ve a tomar un baño. El tiempo que aguantaras esperando a Edward es limitado. Sé que tienes preguntas, y algunas de ellas yo las puedo responder. Pero no hasta que estés más cómoda.
Bella expelió una fuerte respiración, quedándose con la mirada fija en la expresión implacable de la otra mujer. Ella se veía más que decidida, y Bella tuvo la sensación de que era muy capaz de salirse con la suya.
— Esto apesta —ella mordió las palabras, volviendo la espalda a Clary.— Si quisiera tomar un baño primero habría preguntado. —Sin embargo, caminó con paso decidido hacia el cuarto de baño, determinada a terminar con eso y luego que sus preguntas fueran respondidas tan pronto como fuese posible.
Clary había estado en lo correcto, sin embargo. El baño pareció aliviar el calor que ya había empezado atormentarla. Por supuesto, Bella optó por un baño frío, temblando bajo el agua más fría que pudo aguantar sobre su piel y gradualmente añadiendo más hasta se volvía tolerable.
El cuarto de baño era un sueño. Suelos de mármol italiano, un lavamanos de porcelana en un gabinete de color cereza. En medio del cuarto había una enorme tina lo bastante grande como para que entraran tres personas adultas. Una ducha estaba colocada en una esquina lejana.
Contra la pared del frente de la puerta había una silla color azul cielo estilo Reina Ana, y al lado de ella, una antigua mesa color cereza. Los gabinetes estaban colocados en el interior de los muros, y los rincones decorativos contenían una variedad de chucherías caras. Era opulento y confortable al mismo tiempo. Y diferente de cualquier cosa que Bella alguna vez hubiese experimentado.
Cuándo sintió que podría aguantar el caminar sin primero ser follada, salió de la tina, se secó el pelo y rápidamente se vistió con el largo traje de noche que la otra mujer le había dado. No había bragas, pero no quiso tentar su suerte en este punto si permitía que cualquier cosa la tocara en su excesivamente sensitiva vagina.
La cena estaba lista. Estaba esperando en el cuarto de estar, sobre la mesa de vidrio situada al lado de las puertas corredizas del balcón. Era una comida ligera y Clary hizo guardia sobre ella cada segundo, asegurándose de que ella lo terminara antes de cubrir la bandeja para luego sentarse en la silla y mirarla silenciosamente.
— De acuerdo, respuestas —Bella le recordó.— ¿Qué me hizo él y que puedo hacer para deshacerme de ello?
Sería mejor que las respuestas viniesen rápido, pensó, porque las pequeñas contracciones en su útero estaban a punto de volverla loca.
— Concepción. —Bella se congeló al oír las palabras de la otra mujer.— Es la única cosa que aquieta el calor. Pero tú no estarás libre de Edward, ni siquiera así. La naturaleza es un poco más lista de lo que hemos querido acreditarle por aquí. Tú y Edward nunca seréis capaces de separaros. Tú siempre serás una parte de él, a través del niño que concebirás del mismo modo en que la hormona nunca abandonará completamente tu cuerpo. Tú eres su consorte. Para siempre.
Bella clavó los ojos en la otra mujer un largo y silencioso minuto. Si Clary no se hubiese visto tan seria, entonces Bella se habría reído en su cara. Desafortunadamente, ahora no tenía exactamente ganas de pasar un buen rato divertido en una situación que rápidamente estaba bordeando la locura de una pesadilla.
— Con un demonio si es que lo soy. —Bella saltó precipitadamente sobre sus pies, prestando poca atención a la silla que salió volando detrás de ella, volteándose en el piso alfombrado.
Esto no era bueno. Ella se quedó con la mirada fija en la expresión calma de Clary, sintiendo pánico en su interior mientras la otra mujer la miraba casi con pena.
— Bella, necesitas entende...
— No, necesitas entender —replicó furiosamente mientras introducía sus dedos desesperadamente en su pelo.— No pregunté eso. No le pregunté a él por qué había dejado esta estúpida marca sobre mí y sin ninguna duda no le he pedido a él que me besara. No aceptaré esto.
¿Un niño? ¿Ella tenía que quedarse embarazada primero? Traer al mundo a un bebé que tendría a cada mercenario y criminal de baja estofa intentando secuestrarlo. Para tomarlo en sus brazos y tener que cuidarlo de un grupo de monstruos que haría sólo Dios sabe qué cosa con él.
El horror la recorrió mientras sus manos presionaban su estómago y su mente batallaba para rechazar cualquier conclusión. Ella no lo podría hacerlo. Dios la ayudase, ella no sobreviviría.
— Bella, negarlo no ayudará. —Clary se puso lentamente de pie.— He estado donde tú estás. Sé qué tan confundida estás y qué tan aterrorizada te sientes. Pero tu no pediste esto, tampoco. No de cualquier forma. Tú puedes resolver esto con Edward.
Bella se quedó con la mirada fija sin parpadear. Podía sentir la histeria creciendo dentro de su mente mientras luchaba por aceptar lo que consideraba inaceptable.
— ¿Resolver qué con él? —finalmente gruñó furiosamente— ¿Separar mis piernas de modo que él pueda preñarme y luego abandonarme otra vez? Oh, si claro, déjanos hablar de eso. Su historia precedente apesta, Clary, y no estoy dispuesta a encarar las consecuencias de esto sola. Y sin duda alguna no con un niño cuya misma existencia estará en peligro desde el momento de su concepción.
Clary frunció el ceño.— Edward nunca te abandonaría, Bella.
Ella se rió. Ella no podía ayudarla. Clary se veía tan sincera, tan pero tan segura del honor de Edward, que era todo lo que podría hacer.— Así pues dime, Clary, ¿cómo he obtenido esta marca? ¿Dónde diablos ha estado él el último año poco más o menos?
— Edward no sabía acerca de la marca...
— Así es que pueden marcar a quienquiera que deseen y luego, como cualquier gato viejo, saltar y correr a la siguiente. —Bella apretó sus puños como si furia la abrumase.
— Bella, tienes que entender... —Clary hizo un nuevo intento.
— Equivocada. —La mano de Bella cortó a través del aire cuando rechazó la súplica de Clary.— No tengo que entender ninguna mierda, Clary. Ésta es mi vida. Cualquier niño concebido será mío. No le permitiré hacerme esto. Y sin duda alguna no le permitiré dejarme embarazada y luego decidir que él necesita a alguien que es más mujer que yo otra vez.
El pensamiento de Edward tocando a otra mujer la casi la volvió loca de pesar.
— Bella, Edward no haría eso —protestó Clary.— Estarás protegida y tu niño aún más.
Bella bufó con incredulidad.
— Jace podría ser más que un hombre respecto a eso, Clary, pero he visto el trabajo de Edward de primera mano. No gracias. Nada de bebés. Ningún Edward. ¿Dónde diablos estoy y cómo hago ahora para volver a casa?
— ¿Qué casa? —La voz del Edward, de baja entonación y furiosa, gruñó desde la puerta.— Se incendió hasta el suelo antes de que aterrizáramos aquí en la hacienda. Parece ser que estás ineludiblemente comprometida con el gato, cariño.


Capítulo 12

— ¡Edward! —La voz de Clary parecía indiferente, pero la conmoción impresa en ella era evidente.— Eso ha sido totalmente impropio.
Sin embargo, Bella no le dio oportunidad para disculparse. Se abalanzó sobre él, la furia y la cólera combinadas con un dolor tan vibrante que sintió como si fuese a destruirla.
— ¿Te pedí que me trajeses aquí? —Le gritó furiosamente mientras empujaba sus anchos e inamovibles hombros.— Mira lo que has hecho, Edward. Hiciste que mi propio cuerpo se volviese contra mí. Ahora algún bastardo ha quemado mi casa porque yo no estaba allí. Tú dejaste que quemasen mi casa. —Ella no podía creerlo, no podía procesar el hecho de que nunca volvería a ver su hogar.
La mera idea era algo que no podía considerar. Su hogar era real. Su hogar fue todo lo que tuvo cuando Edward decidió que ya no la deseaba. Que necesitaba a alguien más mayor, o más experimentada, o lo que fuese que ella no era pero que alguna otra persona sí sería.
El dolor que crecía en su interior iba a matarla. No el dolor físico que le retorcía las entrañas cuando la agonizante excitación la atravesaba, sino el profundo dolor en el alma por haber perdido su último refugio para su propia tranquilidad de espíritu.
— ¡Mira lo que has hecho! —Gritó ella otra vez, con el puño volando hacia el rostro de él, la violencia surgiendo en su interior como una ola gigantesca de abrumante emoción.
— Dios, Bella... —Él la estrechó entre sus brazos, apretándolos fuertemente alrededor de ella, sosteniéndola mientras ella todavía luchaba contra él, porque que Dios la ayudase, no había nada ni nadie más contra el que luchar.— Lo siento, nena. Lo siento tanto.
El silencio llenó el cuarto. Bella luchó para mantenerse en pie. Él la retuvo contra su cuerpo, una firme roca, como siempre era. Un refugio que ella sabía le podría ser arrebatado en cualquier momento.
— Déjame ir. —Pero no intentó liberarse.
Una mano mantuvo su cabeza contra el pecho de él, la otra rodeó su cintura, protegiéndola de la violencia que ardía en su interior.
— Acababa de comprar una silla nueva. —Murmuró ella. Tembló y luchó contra la reacción. Dios, ¿se había perdido todo?
— Bella, lo siento. —Susurró él contra su cabello— No debí contártelo de esta manera, nena. Lo siento.
Ella se sobresaltó echándose hacia atrás, apartándose de él, desesperada por escapar del dolor que reverberaba en su alma. Ahora ya no quedaba nada que pudiesen destruir, nada que pudiesen arrebatarle. Nada excepto el niño, si ella permitía su concepción.
— Bien. —Exhaló con rudeza.— Infiernos. —No sabía qué decir o qué hacer. Se sentía rota en pedazos, deslumbrada por los acontecimientos que ocurrían con demasiada rapidez para permitirle coger aliento o para encontrarle sentido.
Inspiró con fuerza, introduciendo los dedos en los bolsillos de su bata, peleando contra el pánico que crecía en su interior. De acuerdo, no podía matarle. Estaba segura de que los demás miembros de la familia de él considerarían que no existía tal posibilidad. No importaba lo desesperadamente que necesitase su sangre ahora. Estaba bien. Solamente era una casa. Lo dejaría tras ella. Debería haberse esperado esto.
Las pequeñas palabras de ánimo no ayudaban. Podía sentir algo en el interior de su pecho que crecía con el dolor ante el recuerdo del hogar que poco a poco había construido con sus propias manos. Las ampenes y la sangre lo habían hecho más merecedor de vivir en él, lo habían convertido en algo más digno de poseer que la monstruosidad que había sido cuando ella era más joven.
— Bella, ahora tienes un hogar aquí... —La voz de Edward sólo aumentó su furia. Era suave, lleno de remordimiento. Como si el dolor de ella rompiese algo en su interior. La pérdida de su hogar no era nada comparado con la agonía que pasó cuando le perdió a él.
— ¿Lo tengo? —Ella liberó la acumulación de adrenalina que exigía pelea, mientras se giraba para enfrentarle, mirándole con siniestra cólera.— ¿Contigo, debo suponer?
— Conmigo. —La expresión de él se endureció mientras decía la palabra.
— Pobre Edward. —Se burló ella.— Te quedarás conmigo después de todo. Pero no soy exactamente lo que imaginabas para una futura compañera, ¿verdad?
Él la miró con un ligero ceño y no poca calidez en sus ojos.
— De hecho nunca imaginé a nadie más. —Se encogió de hombros, confundiéndola aún más.— Aunque puedo decir que no pareces precisamente feliz.
¿Y por qué parecía molestarle tanto que ella no estuviese encantada?
¿Entonces dónde estaba el hombre que había decidido que necesitaba a una mujer mejor de lo que era ella? Su actitud no tenía sentido para ella. A menos que solamente fuese por la hormona o lo que fuese que la estaba volviendo loca. La idea de que una droga, no importaba que fuese natural, era su único vínculo rompió su corazón.
— No “precisamente feliz” es una descripción muy ligera de mi reacción. —Se aseguró de que su sonrisa fuese todo dientes y nada de calidez. Su sexo estaba lo bastante caliente para compensarlo, aunque no tenía ninguna intención de permitirle saberlo tan pronto. La adrenalina que corría por su sistema intentaba aumentar más la excitación que sentía.— ¿Dónde está mi ropa? —Ignoró los calambres en su vientre mientras le volvía la espalda.
Ahora ni siquiera tenía un hogar, y no podía permitirse creer que cualquier cosa que pudiese tener con Edward duraría más allá de que la dejase embarazada. ¿Qué sería de ella entonces? Tenía que irse, tenía que huir, o nunca estaría libre de él.
Edward suspiró con fuerza tras ella.
— Sé que estás asustada, Bella.
— No estoy asustada. —Contuvo un estremecimiento de pura sensación cuando el calor chisporroteó entre sus muslos. Se aseguró de que la mirada que le devolvió brillase con su necesidad de castigarle.— Estoy loca. Así que apártate de mí antes de que te arranque la cabeza como debí hacer cuando pusiste tu maldita marca sobre mí. ¿Dónde diablos está mi ropa?
Volvió a entrar en el dormitorio, decidida a ignorar al hombre que acechaba tras ella. Podía sentirle y él ni siquiera la estaba tocando.
— Tu ropa se está lavando. —Le dijo él, su voz tan suave, tan cuidadosamente controlada mientras se acercaba a ella.— Bella, estás dolida. No tiene que ser de esta manera.
Bella se detuvo a los pies de la cama, agarrándose al estribo con desesperación mientras su estómago se contraía casi con violencia. Cerró sus ojos, oponiéndose al hombre, luchando contra el conocimiento de lo que ocurría en su interior. Dios, era tan débil, porque sabía que aún sin la intensidad de la antinatural excitación, le sería muy duro resistirse a él, mantener su furia. Su voz era suave, arrepentida, recordándola los años en que siempre había estado allí para ella. Recordándola lo mucho que le amaba, lo mucho que le había dolido cuando repentinamente él ya no estuvo en vida.
Ni siquiera el temor a la concepción podía atenuar los deseos que recorrían su cuerpo como una marea de sensaciones. ¿Cómo se suponía que iba a negarse a él? ¿Cómo podía luchar contra su propio cuerpo, sus necesidades o su corazón?
— Estoy bien. —Escupió las palabras entre sus dientes apretados.— Búscame algo de ropa. Quiero salir de aquí.
Si podía simplemente alejarse de él, pensó con desesperación. No había sido tan malo, tan intenso, hasta que él volvió a aparecer en su vida. Si podía marcharse, tal vez fuese más fácil; volver a la ligera molestia que había sido antes.
— No te irás, Bella. —Sus manos se posaron con fuerza sobre los hombros de ella, sus pulgares aflojando los tensos músculos mientras ella luchaba contra los escalofríos de placer que le provocaba su contacto.
Las callosas yemas de sus pulgares raspaban su piel, calentando su carne, haciéndola gemir con el placer que atravesaba su cuerpo. Su contacto era exquisito, su olor envolviéndola con una calidez que la quemaba hasta el alma.
— No puedo hacer esto. —Murmuró ella, luchando contra las lágrimas que espesaban su garganta. Necesitaba mucho más de él.— Todo está ocurriendo demasiado deprisa.
— No tienes que hacer nada, cariño. —Le prometió él con gentileza, sus labios susurrando sobre la marca que le había hecho tanto tiempo atrás. Haciéndola temblar de anhelo.— Me ocuparé de todo, Bella. Lo prometo.
Cada célula de su cuerpo gritó de placer cuando la lengua de él acarició la pequeña herida. Podría negarse, se aseguró a sí misma, si pudiese atravesar la telaraña de excitación y necesidad que latía en su interior, dejándola sin aliento bajo el contacto de él. ¿Cómo podía hacerle esto? ¿Cómo podía la naturaleza ser tan cruel dándole esta ventaja sobre ella?
— Puedo oler tu excitación. —Susurró él en su oído.— Es como crema caliente y dulce. Me atrae, Bella. No deseo más que ponerme de rodillas, subirte el camisón hasta las caderas y enterrar mi lengua en tu coño caliente.
Ella tembló violentamente ante sus palabras, un gemido de anhelo escapó de su garganta mientras él dejaba caer la bata de sus hombros. Se sentía débil, aturdida, incapaz de oponerse a él cuando en realidad le deseaba con cada pulgada de su cuerpo.
— Eres tan caliente, tan suave y tentadora, me haces perder completamente el control. Me vuelves loco, Bella, estoy tan hambriento de ti que apenas puedo pensar en otra cosa más que en saborearte.
Su lengua lamió el hombro, rugosa, ligeramente áspera, provocando un gemido de placer de los labios de ella debido a la sensación. Sus manos bajaron los finos tirantes del camisón por los hombros de ella mientras sus labios dejaban un reguero de cálidos besos en su brazo.
— Antes perdí el control. —El camisón resbaló sobre los pezones endurecidos, pero ella no tuvo ocasión de echar de menos su abrigo.
Las manos de Edward cubrieron los hinchados montículos, con las palmas sobre las sensibles puntas, frotándolas ligeramente mientras ella gemía ante el incremento de placer. Eso era bueno. Demasiado bueno. Demasiado caliente.
Ella se quedó mirando fijamente sus manos, asombrada por el contraste entre la oscura piel de él y su propia carne más pálida. Era tan erótico, ver como la tocaba, observar las diferencias entre el cuerpo duro y musculoso de él y el suyo más suave.
— Ahora no perderé el control. Te enseñaré lo bueno que puede ser, cariño.
Su voz era ronca, una sensual caricia para sus sentidos. El camisón se deslizó por sus caderas, acariciándola mientras continuaba su descenso hasta terminar finalmente a sus pies.
— Ves, todo lo que tienes que hacer es relajarte. —Le aseguró él, su voz tranquilizándola y a la vez atacando sus sentidos, mientras sus manos acariciaban sus senos.— Deja que te muestre lo que nos hemos perdido durante todos esos meses.
— Tú me dejaste. —Ella luchó por respirar, por encontrar la fuerza que necesitaba para negarse. Pero no estaba allí. Su cuerpo se imponía sobre su mente, dejándola sin objeciones y sin miedos.
— Tú no me dejaste elección, Bella. —Sus manos ahuecaron sus pechos, entre un dedo y su pulgar agarró un pezón, haciendo imposible que ella pudiese pensar o hablar.
¿Ella no le dejó elección? Ella le amaba, le necesitaba, hasta que la pura intensidad de esos anhelos casi la habían destruido. ¿Y él afirmaba que ella no le había dejado elección? Deseó enfurecerse, gritarle, pero todo lo que pudo hacer fue boquear bajo su exigente contacto.
Las yemas de sus pulgares comenzaron a frotar los pezones, y a continuación con la ayuda de sus dedos índice los agarró con una firme presión tirando de ellos lentamente.
— ¡Edward! —Gritó ella, sintiendo la llamarada de placer que pasó de sus pezones a su vagina, haciendo que se arquease contra él. Sus manos se echaron hacia atrás y se apoyaron sobre sus muslos duros y musculosos.
— ¿Te gusta, nena? —Él lo repitió, y Bella pensó que explotaría por el creciente calor— Ahora usaré mis dientes, —susurró él en su oído— mientras tiro y empujo, los lameré con la lengua, los chuparé con mi boca y haré que te corras solamente con esa sensación.
Y podría. Ella sabía que podría. Su orgasmo ya se estaba preparando, el placer amenazando con alcanzar su clímax en las atormentadas profundidades de sus entrañas. Entonces él se detuvo. Bella lloriqueó por la ausencia de caricias en sus pezones. Pero luego gruñó de placer cuando los dientes de él pellizcaron la marca de su cuello un segundo antes de posar su boca sobre ella y comenzar a chupar, a pesar de que había amenazado con hacerlo en sus pezones.
Su cabeza cayó hacia atrás contra el pecho de él. Se percató apenas de que él se estaba quitando la ropa, sacándose primero la camisa, y después los zapatos y los vaqueros. Su pecho acarició la espalda de ella, haciéndola temblar ante la sensación del ligero, casi invisible, vello que lo cubría. Lo había notado años atrás, pero había olvidado lo pecaminosamente erótico que era sentirlo sobre su propia piel.
—Así, cariño. —Murmuró él, su aliento soplando sobre la marca, provocando el temblor en ella.— Sólo disfruta. Siente lo malditamente bueno que puede ser. Eres tan dulce y suave, tan firme y caliente cuando estoy dentro de ti. Tan solo tocarte es el mayor placer que he conocido en mi vida.
— Me estás matando. —Su pecho se tensó con la emoción, doliendo ante la necesidad de algo más que meramente su contacto físico.— ¿Cómo podré soportarlo cuando te marches otra vez?
Él gruñó, un sonido fiero y animal que casi logró que llegase al orgasmo debido al impacto en sus sentidos. Que Dios la ayudase, ¿cómo podía algo tan salvaje sonar tan malditamente erótico?
— No existe una maldita forma de que te deje ir ahora, Bella. —Le dijo él, su voz sombría, sus manos aferrando las caderas de ella, apretándola con fuerza entre sus muslos.
Tenía la pene tiesa y gruesa, caliente y dura. Parecía ardiente acero mientras la presionaba contra el centro de su trasero. Ella se frotó contra ella, moviendo las caderas, forzando su intrusión entre las dos nalgas para que presionase con más profundidad entre ellas.
Tras ella, Edward inspiró profundamente un segundo antes de que una triste risa reverberase en su pecho.
—No me tientes. —Le advirtió con la voz vibrando de excitación.— Estoy ya a punto de perder el control, Bella. —Ella casi podía imaginar la sexy sonrisa que notaba en su voz. Del tipo que hacía que su corazón saltase por los pícaros pensamientos que le inspiraba. El pequeño ladeo, el destello de los dientes mientras los verdes ojos chispeaban con humor y calidez.
— ¿Por qué deberías llevar tú el control? —Ella luchó por respirar, por evitar suplicarle que la hiciese ya suya, rápido y fuerte, tal como había hecho antes. — No te importó robar lo que era mío.
— Ah, cariño. —Él se movió lentamente, pasando uno de los brazos bajo sus muslos y el otro bajo sus hombros, levantándola— Mi control te traerá más placer del que nunca podrías imaginar.
Ella se quedó sin aliento, aferrándose a su cuello mientras le miraba sorprendida. Nadie excepto Edward la había llevado alguna vez en brazos. Lo había añorado. La hacía sentir tan femenina, había deseado tanto que él la sostuviese como ahora. Los ojos de él estaban oscuros y brillaban con caliente y desnuda lujuria mientras cruzaba la corta distancia hasta la cama.
La mantuvo cerca de él, segura, hasta que la depositó suavemente sobre el colchón.
— Quiero lamer cada milímetro de tu cuerpo. —Gruñó él— Pero no sé si podré hacer más que saborear tus labios antes de que necesite poseerte.
Él se arrodilló a su lado, la mirada posesiva, brillante con su creciente deseo, mientras la paseaba sobre ella. Su cuerpo era una obra de arte. Su pecho y brazos se flexionaban con poder, su firme abdomen ondeaba con fuerza, y su pene… Ella tragó con esfuerzo mientras pasaba su mano a lo largo de su muslo para alcanzarla. Parecía acero revestido de seda y el oscuro glande palpitaba de vida. Su vista provocaba que sus flujos se derramasen de su sexo hambriento.
— No. —Él atrapó su mano antes de que pudiese tocarle— Tócame, Bella, y perderé todo el control. Sólo relájate. Deja que te muestre lo bueno que puede ser.

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