Summary: Él la protegió cuando era una niña, fue el
protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de
mujer... para rompérselo.
Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado.
El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos
genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han
asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera.
La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que
hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado,
¿la querrá ahora?
El engaño y la
traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella
tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma
con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que
enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los
suyos y a la mujer que ha reclamado como suya.
Capitulo 4
Esto no le estaba sucediendo a ella. Bella trató de
convencerse a sí misma que la enfadada arremetida del pueblo en las montañas
fue todo una pesadilla. Ella se despertaría pronto. Por supuesto que lo haría.
Era simplemente la tensión nerviosa. No era todos los días que uno se enteraba
que una se había apareado con una nueva especie de humano que incluso no sabía
que existía.
— ¿Estás bien? —Mike la miró preocupadamente desde el asiento
del conductor del camión, sus cejas rojas bajaron sobre el azul claro de sus
ojos.
Bella agarró la correa sobre su cabeza más firmemente
cuando el dobló otra curva. Sin duda alguna él iba a terminar cayendo por uno
de los traicioneros acantilados y matándolos a ambos. Él conducía como un loco.
Su vida podía haberse deteriorado rápidamente, pero eso no quería decir que
ella quisiese morir en cualquier momento próximo.
— ¿No vas un poco rápido? —le preguntó, luchando por
mantener la calma a pesar del frenético andar de su corazón.
— Estamos casi allí. Quiero asegurarme que no estamos
siendo seguidos. —Él se volvió rápidamente hacia otro camino lateral, rebotando
sobre un camino áspero de grava que conducía a través de un área densamente
arbolada.— Me dirijo a mi cabaña de caza. Afortunadamente, son lo
suficientemente altos para que los teléfonos celulares operen y Edward no
tendrá problema aterrizando allí.
Ella pestañeó confusamente.— ¿De qué estás hablando?
Edward no vendría por ella; Él no iba a rescatarla.
¿Ellos no lo sabían? ¿No eran conscientes de que él se había librado de ella
meses atrás?
Él suspiró bruscamente.— Eso fue para mantener su vida,
Bella. El mundo lo sabe ahora, y estoy seguro que es el camino de Edward.
Cuando consiga estar lo suficientemente cerca él me telefoneará. Edward lo sabe
y los tipos malos lo saben. Ya tú no estás más a salvo aquí.
Ella se tragó después el espesor en su garganta,
luchando contra el revoltillo de su estómago. Ella había visto reportes de “los
tipos malos” Los monstruos eran más como eso. Mantener el control no era una
cosa fácil. Dios ayúdale a ella, ella había visto más que un informe en las
noticias con respecto al destino de las pobres almas a que el Consejo había
señalado. Era la peor pesadilla que podía haber imaginado.
— Dios mío —ella murmuró desoladamente.— Estoy segura
que me despertaré pronto. Pero Edward no estará aquí, Mike. A él no le importó cuando
hizo esa marca y sin duda alguna no le importará ahora.
Él se había pasado una década sacándola de una
raspadura detrás de otra. Él había alcanzado su límite y ahora ella sabía que
no podría depender de su ayuda para sacarla de esto.
Mike gruñó mientras le lanzaba una mirada incrédula.—
Te entretienes con esos sueños, Bella, y cuando tú veas que Edward sea seguro
le dejará enterarse de ese pequeño secreto.
Ella negó con la cabeza y comenzó a rezar. Analizaba
seriamente cualquier opción que la sacara de este problema en particular.
Bella cerró sus ojos e inspiró profundamente mientras
el estridente sonido de su celular empezó a sonar.
— ¿Sí? —Mike ladró en el pequeño teléfono. Él guardó
silencio por largos momentos.
— Estoy en camino hacia allí. ¿Cuál es tu hora
prevista de llegada?
Bella deseó que poderse pellizcar a sí misma y
despertarse. Ella escuchó sólo lejanamente la conversación unilateral, tratando
de eludir el hecho de que el pasado estaba cerca de morderla en el trasero.
Justamente lo que necesitaba, alguna otra cosa para desestabilizar la pequeña y
agradable rutina que había establecido para sí misma. Podría no ser feliz, pero
estaba contenta. La satisfacción era una cosa buena.
— Dicho así —él anunció suavemente, su voz
triunfante.— Edward estará aquí dentro de treinta minutos. Deberíamos estar
seguros por largo tiempo.
La incredulidad se propagó a través de ella. ¿Él
estaría aquí? ¿Después de quince largos y tortuosos meses de valerse por si
misma, él estaría aquí? Eso era verdaderamente amistoso de parte de él, pensó,
considerando que era su jodida culpa que ella estuviera en este enredo para
comenzar.
Bella lo miró por encima mientras él ajustaba el
teléfono celular de regreso a su cinturón. Ella frunció el ceño, mirándole
intensamente. No había conocido a Mike por mucho tiempo, admitió, pero él era
repentinamente diferente, más duro y cortante de lo que había estado
acostumbrada. Le recordó con inquietud a Edward. Esos ojos entrecerrados, una
mirada peligrosa que aseguraba que cualquiera que se atreviera a oponérsele
podría estar a punto de experimentar un daño.
Ella apretó sus dientes, absteniéndose de decir
cualquier cosa en respuesta. ¿Qué podía decir que fuera menos que una cortesía
hacia Edward? Él creó este enredo, luego la dejó para sufrir las consecuencias.
Arreglarlo sería una maldita cosa buena que él debía hacer.
— Ya llegamos. —Él inclinó la cabeza hacia adelante
mientras Bella se volvió a mirar la cabaña que apareció cuando ellos dieron una
vuelta en el camino.
Situados bajo una espesa vegetación de árboles, la
pequeña cabaña y el garaje adjunto serían condenadamente invisibles desde el
aire, y así como difícil de encontrar por tierra. Él entró dentro del tosco
garaje, apagó el motor y brincó fuera del vehículo.
Bella se movió mucho más lento. Tenía que haber una
manera de salir de esto, pensó al borde de la desesperación. Cosas como ésta no
podían sucederle a personas como ella. Se suponía que su vida era tranquila.
Ella era torpe. Aburrida. Infiernos, Edward no la había querido cuando tuvo la
oportunidad, qué hizo que cualquiera con una mente lúcida pensara que él la
querría ahora?
Él la había despedido del trabajo que ella amaba, el
único escape que había conocido desde su exigente padre. Él había desaparecido
por meses. Ni siquiera le había hablado las pocas veces que ellos se habían
encontrado durante el año. Una marca en su cuello no iba a cambiar eso, ¿o si?
No hasta donde ella estaba enterada eso no lo cambiaría.
El interior de la cabaña estaba decorado por la mano
de un avaro. Había un solo sofá delante de una chimenea sin usar, una mesa de
cocina polvorienta y cuatro sillas. Ninguna alfombra, ninguna cortina y ni
ningún detestable polvo cerca de la frondosa planta de petunias.
— El baño está en la parte trasera. —Él apuntó hacia
la puerta cerrada en el extremo más alejado.— Estás en tu casa.
Él era demasiado informal, demasiado complacido con
su repentino papel de rescatador y guardián hasta que Edward apareciese.
— ¿Por qué estás haciendo esto? —Ella se volvió hacia
él, observándolo cuidadosamente.
Él la miró, sus ojos brillando por la sorpresa.—
¿Haciendo qué?
— Ayudándome, así que es cierto que Edward aparecerá.
¿Qué significa eso para ti?
Él arqueó una ceja flamantemente coloreada, la
diversión reemplazando la confusión.— Sólo ayudaba, Bella.
— Tonterías —masculló ella, negando con la cabeza.—
No soy estúpida. Hay más que eso. ¿Qué?
Ella necesitaba darle sentido, aun si esa era la
única mano amiga que le había sido ofrecida.
Él suspiró fuertemente.— Más o menos, eso es todo el
asunto —le dijo firmemente a ella.— Ayudo a Edward y a los demás cuando puedo.
Eso es todo. Además, tú eres una amiga. Te habría ayudado de cualquier manera.
Lo que todavía no respondía completamente a su
pregunta.
— ¿Por qué está él aquí? —Ella pasó sus dedos por su
pelo enmarañado, ignorando el temblor en su mano.— Esa marca no significó nada
cuando él la hizo. ¿Por qué debería serlo ahora? —Ésta era la pregunta que la
atormentaba más que las demás.
— Tú le puedes preguntar cuando él venga. Voy afuera
para asegurarme de que no fuimos seguidos. Quédate en la cabaña. —Él soltó el
teléfono celular a su lado.— El número de Edward es el primero codificado. Si
algo ocurre, llámalo. ¿Me escuchas?
Ella lo miró cuando él colocó el teléfono sobre la
mesa, sintiendo su boca seca por el temor.— ¿Qué podría ocurrir?
Ella encontró su mirada cuando levantó la cabeza, su
corazón corría en advertencia. Él la miró, su expresión sombría.
— Como dije, otros habran visto esa transmisión. Y
algunos de ellos están un poco más cerca del infierno de lo que Edward estuvo.
Sólo quiero ser cauteloso.
Ella tragó tensamente.— ¿Los mercenarios? —Ella había
escuchado los reportes de las constantes batallas que Edward y su familia
habían combatido a través de los años con los hombres enviados para
recapturarlos o matarlos.
Una tenue luz de simpatía iluminó sus ojos.— Sí —él
murmuró finalmente.— Pero deberíamos estar seguros. Sólo unas cuantas personas
conocen acerca de este lugar, y a veces alguien deduce de donde somos, Edward
debería mantenerte sana y segura y dondequiera que él piense que es más
conveniente. Tú estarás bien.
Él cambió de dirección antes de que ella pudiera
hacer comentarios y abandonó el refugio. Sólo entonces ella advirtió la pistola
que él llevaba en su otra mano. Era negra, letal, y él sin duda alguna la
llevaba como si supiese lo que estaba haciendo con eso.
Maravilloso. Ella se derrumbó en una de las
polvorientas sillas de la cocina y se quedó mirando alrededor del único cuarto
de la cabaña con una sensación de desesperación. Los mercenarios estaban detrás
de ella. Justo lo que necesitaba encima de todo lo demás.
Levantó su mano, frotando la marca en su cuello que
le había causado tantos problemas. Dolía más de lo normal. No un dolor muy
fuerte, más bien uno acompañado de retazos de placer, recordándole el tacto
increíblemente sensual de la boca de Edward allí. Sus dientes raspándole la
piel, su lengua humedeciéndola acaloradamente. Se estremeció incontrolablemente
ante el recuerdo.
Llevando su mano de vuelta abajo, Bella clavó los
ojos en el teléfono celular por un largo segundo antes de que ella se pusiera
de pie y se paseó hacia la pequeña y polvorienta ventana, al lado de la puerta.
Ella lo podría telefonear. Ella le debería dejar saber simplemente cuánto
apreciaba el enredo en que ella estaba ahora mismo. Maldición, él la quería
fuera de su vida, lo había dejado claro. ¿Cómo se suponía que debía sentirse
bien con cualquier ayuda que él le diera ahora?
Se quedó con la mirada fija fuera de la ventana,
sabiendo que por ahora, no podía hacer nada. Esa sensación de impotencia la
devoraba. Ella odiaba estar bajo la dependencia de cualquiera, especialmente
por su vida.
Como se quedó mirando el bosque, pudo ver a Mike
escudriñando el área densamente arbolada. Su cuerpo zigzagueó dentro y fuera de
los árboles, relajado, pero en guardia. Él le recordaba a algunos de aquellos
tipos militares cuyos perfiles había visto durante las pocas veces que encontró
el tiempo para ver televisión.
El tiempo estaba pasando demasiado condenadamente
rápido. No tenía oportunidad de pensar, comenzar a acostumbrarse a cambios
súbitos alrededor de ella. No tenía tiempo para prepararse para confrontar a Edward
nuevamente. Parecieron meros minutos antes de que Mike volviese a entrar a la
cabaña y tomara el teléfono celular. Él la recorrió con la mirada cuando él
codificó la llamada.
— Escucho al helicóptero. ¿Qué
de ti? —preguntó quedamente, sus ojos azul pálido fríos y seguros.— Bien.
Estamos seguros y sanos hasta el momento. Yo haré que te espere en el claro.
—Él desconectó luego miró encima de ella.— ¿Lista para ir?
— No. —Ella metió sus manos a la fuerza en los
bolsillos de sus pantalones vaqueros. Despiértate ahora, pensó ella
desesperadamente. Vamos, Bella, es tiempo de despertar.
— Lástima. —Él sonrió abiertamente como si él fuera
más que consciente del hecho de que ella estaba desesperada por negar que esto
estaba ocurriendo.— Tiempo de moverse.
Capítulo 5
Era surrealista. Bella
permaneció de pie junto a la verja del pequeño claro, mirando cómo el
helicóptero se acercaba y ejecutaba un perfecto aterrizaje. Indicándole que
permaneciera atrás, Mike se agachó y corrió hacia la pequeña aeronave mientras Bella
trataba de aquietar los latidos de su corazón.
Quería girarse y correr;
escapar hacia la vida que había llevado antes del desafortunado viaje a la
ciudad menos de una hora atrás. Pero instintivamente sabía que no había
escapatoria. Se preguntó con algo de distancia si de verdad ella quería
escapar. ¿No había soñado con él cada noche, no le había anhelado cada minuto
desde que se fue de su vida?
Cuando Edward saltó del
helicóptero cada célula de su cuerpo despertó a la vida. Entre sus muslos, un
pulso urgente de deseo comenzó a latir, humedeciéndola, acercándola,
preparándola para él. Su respiración se quedó atrapada en su pecho y, no por
primera vez, se vio atrapada con la guardia baja por la ruda sexualidad que
parecía brillar alrededor de él.
Él vestía vaqueros.
Caían bajos sobre sus caderas, cariñosamente abrazando sus musculosos muslos y
sus largas piernas. El ancho y oscuro cinturón acentuaba la camiseta blanca y
los planos contornos de su abdomen. Sus hombros eran anchos. Su demoníaco pelo
negro estaba atado en la nuca, dándole una apariencia salvaje, carnal, que
atravesó como una lanza su coño. Sintió sus jugos salir de su caliente vagina,
su cuerpo empezando a doler, a latir para él.
Ella se echó hacia atrás
cuando sintió su mirada posarse en ella, sus largas piernas cubriendo
rápidamente la distancia entre ella y el helicóptero. Podía ver el fiero
propósito en su bronceada cara, su intención de reclamarla. Ella tembló con un
miedo repentino. Éste no era el hombre que había conocido antes. El hombre que
había sido gentil, considerado, su beso un suspiro de pasión, su toque
contenido.
Ella sintió la
respiración sollozante que escapó de su garganta mientras continuaba marcha
atrás, sus piernas débiles, su mente consumida con la visión que acechaba hacia
ella. Él estaba actuando por instinto. Ya no era controlado, como siempre le
había conocido ella. Era más duro, salvaje. Y la aterrorizaba.
— Edward —ella se detuvo
cuando su espalda encontró la áspera corteza de un árbol detrás de ella.
Él se detuvo a centímetros
de ella, sus ojos, chocolates brillantes, intensos, abrumadores. En ese
momento, quince meses de dolor y rabia la sobrecogieron. Aquí estaba él,
mirándola fijamente como si pensara que podía devorarla de un solo mordisco,
después de haber destruido cada uno de los sueños que alguna vez hubiera tenido
en su corazón.
Su puño se cerró, y
antes de saber lo que estaba siquiera pensando, lanzó toda su fuerza en un
puñetazo contra los duros y apretados músculos de su estómago. Tuvo la
sensación de que se había hecho más daño ella en el puño que a él.
— Condenación —gritó
ella al ver que él apenas se sobresaltaba, pero endurecía su cuerpo y
estrechaba sus ojos con rabia.— Mira lo que has hecho con mi vida. Gracias por
nada, Edward.
— Mía —gruñó él. El
sonido se hizo eco en el cuerpo de ella, en su alma, y sintió vacilar su
respiración, sus ojos abriéndose ante el sonido primitivo.
Antes de que pudiera
reaccionar, él cogió sus manos, sujetándolas hacia atrás contra el árbol,
ignorando sus frenéticos movimientos, sus estranguladas maldiciones.
Se acercó más a ella, su
expresión intensa, primaria. Su mirada mantuvo cautiva la de ella mientras su
largo cuerpo inmovilizaba el suyo, más pequeño, contra el tronco. Bella luchó
por respirar, por introducir el precioso aire en su cuerpo, por aclarar el
deseo aturdidor que dispersaba su mente. Podía olerle: un hambre oscura, una
intensa y acalorada lujuria masculina. La esencia de él envolvió sus sentidos,
ahogándola con el conocimiento poco prometedor de que él había ido a ella
simplemente porque sus instintos animales se lo pedían, no porque el hombre en
él la deseara.
— ¡Déjame ir! —gritó,
tratando de pegarle, de romper el abrazo que era a la vez fiero y gentil.
Estaba temblando, estremeciéndose con su propia ansiedad y sus propias
emociones, y con su necesidad de lastimarle tanto como ella se sentía lastimada
ahora.
Él se acercó más, su
duro pecho presionando contra sus senos, sensibilizando sus pezones incluso a
través del sujetador y la rota camisa. Su cabeza estaba presionada hacia atrás
contra el árbol, sus labios abiertos mientras ella trataba de respirar, de
ignorar la llamada del deseo caliente que recorría su cuerpo mientras se
mezclaba con la abrasadora furia.
Y entonces él gruñó. Su
labio superior se levantó hacia arriba, revelando los largos y peligrosos
caninos a ambos lados de su boca. El sonido; una mezcla de advertencia de
peligro y excitación; llegó un segundo antes de que su cabeza descendiera y sus
labios calientes y demandantes cubrieran los de ella.
Ella se habría caído si
él no la estuviera sujetando. Los fuertes brazos se estrecharon a su alrededor,
acercándola más aún mientras su cabeza giraba, adaptando sus labios alrededor
de los de ella, su lengua presionando forzadamente en su boca.
Narcotizante,
estimulante, el toque era relámpago y fuego, un pantano de conflictivas sensaciones
que atravesaron su cuerpo como una gran ola de impresiones, abrumándola con su
fuerza. Sus dedos se curvaron, sus manos intentando zafarse del agarre de las
de él. Sus uñas se clavaron en sus propias palmas mientras ella lloriqueaba
contra el empuje exigente de su lengua. Dios, su sabor. Miel oscura, dulce y
tentadora, atrayéndola con la promesa de la pasión incluso aunque la empujara a
una lujuria que amenazaba con destruirla.
La lengua de ella abarcó
la de él. Sintiendo las pequeñas e hinchadas glándulas a ambos lados, gimió de
placer ante el sabor liberado tras acariciarlas. Necesitaba más. Tenía que
llenarse con él, descubrir la promesa plena, intoxicante, de su intrigante
sabor.
Su lengua presionó más
demandante contra la de ella. Un gruñido llenó el aire alrededor de ellos,
completamente felino, masculino, una demanda que atravesó su vientre.
Bella permitió a su
propia lengua acariciar, saborear y a pesar de todo él quiso más. Cuando los
labios de ella se acercaron más a los de él, su boca saboreando el dulce elixir
de su gusto, su gemido la estremeció. Eso era lo que él quería de ella. Sus
labios se enterraron en los de ella, su boca presionando en la prieta gruta de
su boca mientras los sentidos femeninos se sobresaturaban con el sabor liberado
en el interior de su boca.
Ella estaba de puntillas
intentando alcanzarle. Él liberó sus manos entonces, pensando que ella ya no
tenía más ganas de pelear. Esas manos se agarraron a sus bíceps, sus uñas
mordiendo a través de la tela de la camisa, sintiendo los músculos firmes y
prietos mientras él la alzaba más cerca. Edward la presionó contra el árbol,
uno de sus muslos insinuándose entre los de ella, meciéndose contra su corazón
de mujer. Dulce cielo. Su cabeza flotó con el placer, con el exquisito calor
que de pronto comenzó a crecer profundamente dentro de su vientre.
Ella se apretó más
contra su muslo, gimiendo ante la presión contra su creciente clítoris,
necesitando más, mucho más de lo que él le estaba dando. El motor del
helicóptero era un ruido distante, el viento soplando alrededor de ellos,
provocado por la rotación de las hélices, era simplemente una caricia para su
altamente sensibilizado cuerpo.
— ¡Edward, por el amor
de Dios, ahora! —la voz de Mike fue una intrusión que ella se esforzó en negar.
No ahora, nada podía separarles ahora. No hasta que ella se hubiera llenado con
el sabor de él, hasta que hubiera tenido suficiente para calmar el hambre
dolorosa que arañaba en las profundidades de su vagina.
— No —murmuró
desesperadamente mientras él levantaba la cabeza, su mirada estrechándose,
clavada fijamente en ella, abrasando con el calor de la lujuria y un leve
brillo de furia.
— Mía —gruñó de nuevo
como si intentara forzarla a admitir eso.
Bella sacudió la cabeza,
temblando, necesitando más besos, más de las narcotizantes sensaciones que
llenaban su cuerpo con pesada sensualidad.
— No hay tiempo —gritó Mike
de nuevo, su cuerpo era un borrón nebuloso en el límite de la visión de Bella—
Maldición, métela en el helicóptero antes de que te atrapen en tierra. ¿Quieres
perderla para siempre?
Edward no habló. Perdió
un segundo en lanzar al otro hombre una mirada furiosa antes de que sus brazos
se apretaran fuertemente alrededor de la cintura de Bella, arrastrándola hacia
delante, moviéndose rápidamente hacia el helicóptero que les esperaba en el
claro.
Bella peleó por mover
sus pies, por mantenerse con él, por expresar en voz alta sus protestas, su
rabia, pero nada pareció funcionar. Sus sentidos estaban nublados, tan mareados
que temió que iba a perder su propia noción de la realidad.
— Justo en el maldito
tiempo —una extraña voz masculina habló mientras Edward prácticamente obligaba
a Bella a entrar en el helicóptero.
Tan pronto como él saltó
junto a ella y cerró la puerta de un portazo el aparato despegó en el aire. La
emergente energía se hizo eco a través del cuerpo de Bella, la vibración de los
motores casi causaba dolor en sus sensibilizados nervios.
Ella miró a Edward
confundida, asustada. Él la miraba, sus ojos entrecerrados, la lujuria
brillando en las profundidades verdes, la determinación marcando sus orgullosos
rasgos. Ése no era el hombre gentil que la había protegido durante años. No era
el tierno amante que la había dejado en el garaje meses atrás, prometiendo
volver. Éste era un lado de Edward que ella nunca había visto. Sentía a la vez
deseo y temor hacia él, sintiéndose perdida con las conflictivas sensaciones
que crecían en su interior.
— ¿Qué me has hecho?
—ella murmuró las palabras mientras su cuerpo comenzaba a doler, a rogar por su
toque, su beso. Sólo una vez más, gritaba algo agónicamente en el interior de
ella. Un toque, un sabor…
— Te hice mía —las
palabras salieron de su boca en dirección a ella. Lentamente, claramente.— Mía,
Bella. Para siempre.
Ella abrió ampliamente
los ojos. Pánico y lujuria se alternaron en su cuerpo, latiendo a través de sus
venas, introduciendo fuegos en sus pechos, en su vientre, en su vagina. Ella
estaba ardiendo, ansiando su toque.
Bella sacudió la cabeza,
peleando contra su confusión y el súbito miedo de lo que él exactamente le
había hecho. Se tragó un gemido mientras su vientre se ondulaba; sintiendo su
coño contraerse en espasmos mientras un estremecimiento sacudía su columna
vertebral, desde su cuero cabelludo, mientras el calor comenzaba a crecer.
Peleó por respirar
mientras veía dilatarse las aletas de la nariz de Edward, mientras veía cómo se
oscurecían aún más sus ojos como si algún tipo de estímulo hubiera llegado a
sus sentidos. Las mejillas de él se sonrojaron bajo el bronceado, sus labios se
llenaron pareciendo más sensuales. Sus ojos brillaron con una intensidad
sexual.
Bella se humedeció sus
secos labios nerviosamente, queriendo, necesitando
tocarle, pero sintiéndose aterrorizada ante el intenso deseo que comenzaba a
crecer en su interior, justo debajo de su piel, como un fuego interno que la
quemara a través de sus terminaciones nerviosas. Sus puños se cerraron mientras
luchaba contra la espiral de sensaciones, determinada a controlarlas, lo mismo
que había hecho meses atrás.
Pero no había sido tan
malo entonces, susurró una parte de ella. La hambrienta necesidad que la había
consumido entonces había sido irritante, incómoda, pero nada como eso. Esto era
intenso, iba creciendo lentamente, sobrecogiéndola como si fluyera a través de
su sistema.
Ella se esforzó en
desviar la mirada de la de él, girando la cabeza y mirando desesperadamente
hacia el exterior por la ventana del helicóptero. Edward estaba apretado contra
ella, su contorno pegado al de ella, un brazo colocado a su alrededor, sus
dedos jugando distraídamente con las hebras de su pelo que colgaban por la
parte trasera de su camisa. Ella cerró los ojos mientras respiraba con
dificultad. Podría resistir la tentación que la devoraba viva. Seguro que
podría. Lo había hecho antes.
Se mordió los labios
cuando sintió los dedos de él mover su cabello, colocándolo detrás de sus
hombros, revelando la pequeña marca situada justo debajo de su cuello. Ella
hubiera vuelto la cabeza, hubiera desviado la mirada si él no se hubiera movido
para sujetarla en su sitio.
Bella lloriqueó. Ella no
podría ayudarle. Cuando su lengua acarició la diminuta herida, acercando su
boca sobre ella y succionando suavemente la carne, tiernamente, entonces su
vientre se convulsionó. Su coño latió, pulsó, enviándola hacia un deleite casi
orgásmico mientras sentía los dientes arañar suavemente la superficie de la
marca que él le había hecho. Sus manos se agarraron con fuerza a su antebrazo
mientras él lo deslizaba sobre su pecho, su mano sujetando su otro hombro manteniéndola
quieta mientras el la torturaba, la atormentaba.
— Por favor —ella supo
que él no podía oírla, y no tenía aliento suficiente como para gritar mientras
el placer quemaba su cuerpo, descendiendo desde el lugar en el que su boca la
mantenía cautiva hasta sus duros, sensibles pezones, y bajando hasta su
palpitante clítoris y su húmedo coño. La estaba destruyendo.
Él apartó suavemente su
boca mientras volvía de vuelta a su asiento. Pero no hubo alivio para Bella.
Apretó sus dientes, maldiciéndole, maldiciéndose a sí misma, y jurando morir de
agonía antes que rogarle que la tomara, antes que rogarle que aliviara la
necesidad que parecía crecer más que disminuir con la distancia que él había
interpuesto entre ellos.
Eso no era bueno. No era
bueno para nada.
Capítulo 6
La vida no podía ser
mucho más dulce por lo que a Edward concernía. El viaje de vuelta desde las
colinas del este de Kentucky a la mansión de Virginia se hizo rápida y
eficazmente, en el potente y pequeño helicóptero que las Fuerzas Armadas tan
gentilmente les habían garantizado. Se habían obtenido unos cuantos beneficios
extra al hacer que una sociedad se enfrentase a un gobierno cuyos líderes
habían estado metidos hasta el cuello en los pequeños experimentos corruptos
que los había creado.
Su cuerpo vibraba de
deseo, armonizando perfectamente con la excitación que surgía en el cuerpo de Bella.
Podía oler su calor y eso iba a volverlo loco. Su miembro le dolía como una
herida abierta, pulsando y latiendo bajo la restricción de sus vaqueros.
Él observó el terreno
que había tras las ventanas del helicóptero, rastreando cada punto de
referencia, contando los minutos hasta que pudiera llevársela a la cama,
separar sus muslos y hundirse en las acaloradas profundidades de su pequeño y
mojado coño.
Había esperado quince
meses. Quince largos y miserables meses. Un doloroso y vacío hueco había echado
raíces en su alma durante ese tiempo. Había deseado, de forma tortuosa e
interminable, una mujer, una única mujer. Había sido incapaz de tocar a otra,
incapaz de tolerar el aroma de lujuria de cualquier otra mujer mientras el de Bella
permanecía tan profundamente dentro de él.
Era una de las razones
que él nunca había entendido por qué ella había dejado la corta y escueta nota
en su escritorio tanto tiempo atrás. Ninguna otra mujer le había afectado como
ella lo había hecho. Y él había sabido de hecho que ella le había deseado a él
también. Así que, ¿por qué había ella retrocedido? Él aún tenía la nota. Aún
sentía la furia y la dolorosa traición que aquellas palabras le habían
producido.
Él se había negado a sí
mismo durante todos esos meses en lo referente a Bella. Luchó con su deseo y su
hambre porque no quería obligarla a responder por qué y por quién estaba en
contra de sus deseos. Supo todo el rato que su decisión había sido la mejor. No
la culpaba, no tenía la menor intención de hacerla pagar por el infierno que
había hecho pasar a su cuerpo. Pero, maldita sea si la dejaba marchar de nuevo.
Su beso le aseguraba que
Bella nunca se alejaría de él de la misma manera que otras veces. La hormona
que estaba suelta en su cuerpo la prepararía y aumentaría su excitación hasta
el punto que ella sería incapaz de negar su contacto. Ella tendría suerte si
pudiese caminar de nuevo cuando él terminase de saciar su hambre de ella. Tenía
muchísimo tiempo que recuperar.
— Ya estamos llegando.
—Vociferó Patch cuando la mansión estuvo a la vista.
Eran tres plantas de
majestuosa y graciosa elegancia. Los balcones envolvían cada planta, con altas
columnas que los sostenían y daban a la blanca monstruosidad un aire de
comodidad refinada. La casa de la vieja plantación se había mantenido en
excelentes condiciones. Los anteriores propietarios habían hecho todo lo que
habían podido para mantener intacto el aire histórico de la casa, mientras que
en el interior, las renovaciones habían asegurado al propietario todas las
comodidades.
Su brazo de apoyó sobro
la espalda de Bella mientras sentía cómo ella se ponía rígida. El oscuro aroma
a miedo se mezcló con su terrenal y dulce deseo. Pero en vez de aliviar su
necesidad, el miedo parecía que sólo intensificaba el adictivo olor. La
adrenalina que corría a través de su cuerpo hizo que la hormona se propagara
mucho más rápido a través de su sistema.
El helicóptero aterrizó
con suave eficiencia, posándose en la pista de aterrizaje y apagándose
lentamente mientras Edward desabrochaba su cinturón de seguridad y el de Bella.
Él miró sus ojos, su cuerpo tensándose al ver la dilatación de sus pupilas, y
el rubor en sus mejillas. Sus ojos chocolates brillaban con hambre. Su cuerpo
temblaba por él.
— ¿Qué me has hecho, Edward?
—Su voz estaba ronca, estaba confundida, mientras Will y Patch se bajaban del
helicóptero.
— Vamos, iremos hacia la
casa y te lo explicaré todo. —Él saltó del helicóptero antes de que se parara
del todo, mientras agarraba su cintura con sus manos y la ayudaba a levantarse
del asiento.
Ella jadeó mientras él
la atraía hacia su pecho antes de permitir que sus pies tocasen el suelo. La
sensual resistencia de su cuerpo contra el suyo le hicieron gruñir de
excitación. Gracias a Dios que no habían llegado muy lejos.
Edward agarró su mano y
la empujó hacia el Jeep que Will había llevado a un lado de la pista de
aterrizaje. Sus dedos temblaron bajo los de él, pero no mucho más que su
cuerpo. Él podía sentir los delicados estremecimientos que le ocurrían a ella
cuando la ayudó a subirse al Jeep, y observó en su mirada cómo trataba
desesperadamente de no perder el control.
Su beso había hecho
exactamente lo que Jace les había advertido a todos ellos meses atrás. La
hormona sexual existente en las glándulas de su lengua se había diseminado casi
inmediatamente en su sistema mientras él la besaba. Su nivel de calor se había
elevado, la necesidad de tocarle, saborearle, se había apoderado de ella. Pero
no era tan grande como su necesidad de ella.
Él se había encontrado
indefenso esta vez, atrapado en el ansia de un hambre que no podía contener y
que no tenía ganas de esconder. El animal de su interior ya había sido negado
una vez anteriormente. No lo volvería a ser más.
— La casa en la que
vivimos ahora perteneció anteriormente al Consejo de Genética. —Le dijo él a
ella, tratando de calmarse mientras Will conducía por la carretera pavimentada
que les llevaba a la mansión.— Ahora es nuestra base de operaciones. Estamos a
salvo aquí, protegidos por completo por gente de nuestro tipo, que crecen a
diario. Tú también estarás a salvo aquí, Bella.
— ¿De verdad? —Su tono
le aseguró que ella no estaba tan segura. Lástima. Él no iba a dejarla marchar.
Ella se mantuvo tan
alejada de él como él le permitió, que no era mucho. Ella estaba acalorada y
cariñosa, su aroma dulce y potente. Él había estado separado de ella demasiado
tiempo, tratando de ser noble, de protegerla de la verdad y del precio de estar
en sus brazos.
Edward dio un respingo
cuando ella le dirigió una mirada cargada de odio. Evidentemente, la mayor
parte de la confusión causada por los hechos del día se estaba evaporando. Ella
se estaba volviendo loca. Él ignoró el arranque agudo de excitación que retumbó
en sus venas al pensarlo. Sus ojos brillaban con furia y lujuria. Su aroma era
caliente y salvaje, y hacía que su pecho doliese con la necesidad de rugir a
modo de triunfo.
— Estaría segura donde
estaba... —dijo ella bruscamente—... si no hubiese sido por ti.
Su voz estaba marcada
por las emociones, las sensaciones que recorrían su cuerpo. Estaba luchando
contra ello, inconsciente de que al hacerlo, sólo haría que los síntomas
empeorasen. Edward reprimió una sonrisa. Su furia solo haría que su sangre
fuese más rápido, que la hormona fuera más rápida por su cuerpo, para crecer y
formarse hasta límites extremos.
— Hacen falta dos, Bella.
—Le dijo misteriosamente mientras el Jeep se estremecía al parar en la entrada
principal.
Grandes robles, de
muchos años de antigüedad, formaban una cúpula sobre el camino de acceso
circular, creciendo tan cercanos a la casa que ya habían pensado talar algunos.
Pero era imposible negar la majestuosidad y gracia de los árboles. Ellos habían
estado allí durante tanto tiempo, habían protegido la casa durante tantos años,
que era imposible destruirlos.
Mientras él la ayudaba a
salir del Jeep las grandes, dobles puertas principales se abrieron mientras Jace
y Clary saltaban al pavimento. La mirada del otro hombre era dura, aguda,
mientras inhalaba lentamente, haciendo que Edward estuviese más que consciente
que cualquier otro de la Casta
que se acercase se daría cuenta del estado de excitación de Bella.
Edward la condujo por
las anchas escaleras circulares para presentarle a la pareja, notando los
estremecimientos que ocurrían en su cuerpo. Estaba tensa, manteniéndose rígida
mientras se acercaban a Jace y Clary.
Él se encontró con la
mirada de Jace, y vio la preocupación en las profundidades de los ojos ámbar de
su líder.
— Bella, es un placer
volver a verte. —Dijo Jace gentilmente mientras se acercaban a la otra pareja.
Él no la tocó, no le ofreció estrecharle la mano, mientras Bella permanecía
rígida tras él— Permíteme presentarte a mi mujer, Clary. Clary, Bella Swan era
una buena amiga nuestra durante nuestra época en Sandy Hook.
— Hola, Bella. —La
sonrisa de Clary era gentil y su mirada oscilaba entre los dos— Siento que nos
hayamos tenido que conocernos bajo estas circunstancias.
— Encantada de
conocerte. —La voz de Bella era suave y ronca debido a la tensión mientras
pasaba las manos por sus hombros— También lo siento...
— No, por favor. —Clary
negó con la cabeza, con una pequeña sonrisa asomando a sus labios— Estos
hombres suelen sacudir la vida de una mujer más de lo que debería estar
permitido. Pero al final... —ella miró la expresión burlona de su marido—...
merecen la pena
— Creo que esperaré para
hacer comentarios sobre eso, —Bella respiró profundamente— si no te importa.
La mirada preocupada de Clary
reflejaba conocimiento mientras miraba a Edward. Ella, más que nadie, era muy
consciente de la necesidad pulsante que soportaba Bella y el estrés bajo el que
estaba.
— Lo entiendo
completamente, Bella. Si necesitas algo, háznoslo saber a cualquiera de
nosotros. Queremos que aquí te sientas como en casa.
Bella asintió,
murmurando unas gracias, pero Edward podía ver la fina película de sudor en sus
cejas y el rubor en sus mejillas.
— Por favor, entra. Edward
puede mostrarte tu habitación, donde podrás descansar hasta la cena. Podemos
charlar luego —Clary le frunció el ceño a Edward, con una oscura y
desaprobadora mirada de la que él se responsabilizó.
Entraron al vestíbulo de
mármol mientras Edward agarraba el brazo de Bella y la conducía a la ancha
escalera circular, a la derecha de la entrada principal. Su suite se encontraba
en la segunda planta, pero todo lo que le preocupaba era llevar a Bella a la
grande y bien hecha cama que los ocupaba. Allí él reivindicaría todo lo que
había sido suyo, todo lo que ella había tratado de negarles a ambos durante los
últimos, solitarios, y hambrientos meses. Allí ella pagaría.

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