sábado, 23 de febrero de 2013

El Interior de Edward/Capitulo 7 8 9



Summary: Él la protegió cuando era una niña, fue el protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de mujer... para rompérselo.

Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado. El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera. La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado, ¿la querrá ahora?

El engaño y la traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los suyos y a la mujer que ha reclamado como suya.


Capítulo 7

¿Qué estaba mal en ella? Bella se sentía febril, desconcertada, casi aturdida con el deseo sexual que amenazaba con hacerla caer de rodillas por su intensidad. Mientras Edward la conducía escaleras arriba ella luchó con la debilidad que la hacía agradecer la mano firme que aferraba su brazo. El cuerpo de él era grande, tan duro y cálido junto a ella que podía sentir como el calor irradiaba de él.
Su mano la sostenía, pero todo en lo que ella podía pensar era en tenerla recorriendo su cuerpo, acariciándola, calmando los fuegos que ardían en lo más profundo de su vientre. Nunca se había vuelto tan loca con el deseo. No, no era simplemente deseo. Iba más allá de la lujuria. Era una obsesión, un hambre que la recorría, convirtiendo su exigencia en algo casi irresistible.

— ¿Qué me has hecho? —Ella trató de librarse de él, apartarse del placer insidioso que calentaba su cuerpo ante su contacto, pero él no la soltó—. Esto ya no tiene gracia, Edward. Estoy harta de este trato silencioso, estilo machoman.
Entraron en una amplia sala. En un extremo del cuarto había un escritorio color cereza con un ordenador, una impresora y un fax. Él la condujo pasando al lado de una zona de descanso con un equipo para el entretenimiento que la habría impresionado si tuviese tiempo para preocuparse de alguna otra cosa que no fuese el furioso ardor de su sexo.
La llevó a través de otra puerta abierta, entrando en el dormitorio. La habitación estaba débilmente iluminada, con un mobiliario de color cereza oscuro y unas gruesas cortinas que ensombrecían el ambiente, provocando una sensación íntima y erótica.
En el extremo más alejado del cuarto había una cama larga con forma de trineo, el colchón y el somier eran tan gruesos que tendría que dar un salto para poder sentarse en ella. Tenía un edredón color burdeos oscuro doblado hacia atrás y gruesos cojines ahuecados y colocados contra el cabecero.
Ella se estremeció imaginándose a sí misma allí con Edward, su cuerpo cubriendo el suyo, sus manos acariciándola. Se mordió el labio, luchando contra el gemido que amenazaba con escapar de su garganta.
— Contéstame, maldito seas —Bella se volvió hacia él con furia mientras él se apartaba, cerrando la puerta tras ellos.
Ella le miró a los ojos… esos profundos, brillantes ojos. Los ojos de un depredador. Ahora podía ver la evidencia de su ADN único. En los altos pómulos, en su mirada estrecha.
— Te estás calentando —le respondió él, sus dedos alcanzando los botones de su blanca camisa mientras ella le observaba desabotonarlos lentamente.
Las rodillas de ella se debilitaban con cada botón suelto, exponiendo más de su bronceada y lustrosa piel. Sacudió su cabeza, deseando cerrar los ojos, para escapar del poder que súbitamente él tenía sobre ella. Deseaba que se sacase la camisa. Deseaba pasear los dedos sobre los prominentes músculos del cuerpo de él, sentir su cálida dureza, tocarle, saborearle tal como había soñado meses atrás.
Entonces las palabras de él la golpearon. Te estás calentando. Sintió como su corazón se aceleraba con el miedo. Parpadeó mirándole. Cada respiración de su pecho se le hacía difícil y dolorosa.
—¿Qué quieres decir? —Tragó con dificultad, luchando contra su conmoción.
Edward se sacudió la camisa de los hombros, los músculos duros y bien formados de su pecho y brazos se flexionaron con poder y fuerza.
— Exactamente lo que dije. —Su voz fue dura, pero su mirada ardía, brillante lujuria líquida en las profundidades de color jade—. Estás caliente, Bella. Tu cuerpo se prepara a sí mismo, asegurándose de que ninguno de nosotros pueda negarse a lo que la naturaleza exige.
Él dejó caer la camisa al suelo mientras se acercaba para sentarse en el lecho. Sus ojos no se apartaron de ella, paseándose por su cuerpo, oscureciéndose, ardiendo, mientras observaba como los pechos de ella se alzaban en su búsqueda de oxígeno.
Dios, ella deseaba saborearle. El vientre de él era plano, duro, con las marcadas abdominales flexionándose al quitarse las botas.
— ¿Cómo? —Ella no le encontraba sentido a nada que no fuese el hambre que asaltaba su cuerpo—. Nunca ha sido como esto. Ni siquiera después de que me mordieses. ¿Por qué ahora?
Él se puso en pie, elevándose sobre ella, acercándosele lentamente, su mirada fija en la de ella.
— No te había besado, Bella —le dijo suavemente, mientras devoraba el espacio entre ellos.
El olor de su cuerpo invadió los sentidos de ella. Era masculino, caliente y oscuro, cautivándola hasta hacerla estremecer.
— Que... —Ella sacudió la cabeza, luchando contra el deseo de tocarle, de saborearle—. ¿Qué tiene que ver el beso? Maldita sea, Edward —Sus puños se apretaron mientras se obligaba a apartarse de él, a luchar contra el hambre devastador que tronaba por su cuerpo.
— El beso liberó una hormona especial que pasó de mi cuerpo al tuyo —Él se le acercó, acechándola mientras ella continuaba apartándose—. Una hormona que aparece solamente cuando toco a mi compañera. Cuando te toqué a ti. Me permitió marcarte, una prueba física para otros de que me perteneces. No era suficiente aumentar tus sentidos o tu deseo sexual para llegar a este estado. Solamente mi beso puede hacer eso, Bella. Mi beso te ha marcado de una manera tal que la naturaleza no te permitirá negarte.
Su voz era ronca, profunda, casi retumbante, y Bella se echó hacia atrás contra la pared, mirándole con horror, furiosa.
— Dios mío. Tú lo sabías. —Casi se sobresaltó ante el chillido de su voz. Sonaba tan conmocionada, tan asustada, como ella sabía que se sentía—. Cuando me besaste, sabías que me haría esto. Sabías lo que ocurriría.
Las manos de él se aplastaron contra la pared junto a ella, con una expresión salvaje en su rostro, casi fiero, mientras mostraba sus dientes con un gruñido de advertencia. Ella se sobresaltó, sus ojos abriéndose de par en par, su sexo palpitando ante el sonido.
— No me rechazarás esta vez, Bella —La voz de él retumbó de poder, con determinación— Esta vez, no escaparás de mí.
Debería luchar contra él, se dijo a sí misma. Debería apartarse de él, tendría que subirle las pelotas hasta la garganta de un rodillazo si él no se hubiera abalanzado sobre ella, con la lengua perforando su boca mientras sus labios cubrían los de ella. En el instante en que lo hizo, cada célula de su cuerpo aulló de alivio, y la furia que corría a través de ella se disolvió en el ardiente deseo que sentía.
Dulce, oscura miel que invadía sus sentidos de nuevo. Ella sollozó ante la acometida, sus manos elevándose para aferrar su cintura, sus uñas clavándose en su carne mientras la sensación de la piel de él parecía hundirse en todas sus células. Ella gimió, su lengua se envolvió con la de él mientras una voz interior le gritaba advirtiéndola. Peligro. Tentación. ¡Huye!
Él no la tocó con nada más que sus labios, con su lengua, y era voraz en su exigencia. Sus fuertes dientes mordisquearon las curvas de la boca de ella. Su lengua alivió el pequeño dolor para a continuación entrar y salir exigente hasta que ella cerró sus labios sobre ella, desesperada por mantenerle dentro de su boca mientras peleaba por encontrar sentido a su sabor, a su poder sobre ella.
Él gruñó. Un felino rugido ronco de deseo cuando ella aferró la lengua de él, lamiéndola, gimiendo con el ligero sabor a miel, necesitando aún más. Las manos de él aferraron su cabeza mientras sus labios se movieron sobre los de ella, volviéndola loca con la caliente y sensual provocación de cada profunda caricia.
Segundo a segundo ella podía sentir como su cuerpo ardía cada vez más. Sus pechos le dolían, los pezones eran como puntos duros ansiosos por atraer la atención de él mientras su torso se frotaba contra ellos.
— Dios, sabes tan bien —La voz ronca de él hizo que ella se estremeciese de placer. Él se echó hacia atrás, observándola, sus ojos entrecerrados, intensos—. Me pregunto cuánto mejor sabrá el resto de ti.
Su rodilla se deslizó entre las piernas de ella, presionando contra el sensible montículo entre sus muslos.
— No me hagas esto, Edward —susurró ella con desesperación, sus manos se apretaron alrededor de la cintura de él mientras se estremecía con un exquisito dolor que la acercaba demasiado al intenso placer.
El duro muslo de él se frotó contra su sexo y ella se preguntó si él podía sentir la humedad que rezumaba de su cuerpo. Ella deseaba apartarse de él y también deseaba atraerle más hacia ella. Las necesidades en conflicto dentro de ella luchaban la una contra la otra, sosteniendo una loca batalla por la supremacía.
— ¿Hacer qué? ¿Hacerte mía? —gruño él—. Ya está hecho, Bella. No puedo deshacerlo. Y tan seguro como el infierno que no me arrepiento.
Sus labios se movieron hacia la oreja de ella, su lengua formando sensuales remolinos a su alrededor mientras ella luchaba por respirar.
— No puedo hacer esto —gritó ella, a pesar de que su cuerpo se contorsionaba contra el de él, ansiando su contacto, queriendo sentir el calor y la dureza que él la ofrecía.
Su cabeza cayó hacia atrás contra la pared mientras los labios de él se abrían paso bajando por su cuello. Los dedos de él tiraron de los botones de su blusa, liberando el tejido mientras el aire alrededor de ellos se calentaba con su abrasadora necesidad.
— Calla, cariño —murmuró Edward mientras acariciaba la piel de su cuello con los labios—. Todo irá bien. Lo prometo.
Él apartó la blusa de los hombros de ella, bajándola por sus brazos mientras apartaba las manos de ella de su cintura para permitir que la prenda cayese al suelo. Era la sensación más erótica que ella hubiese sentido en toda su vida, las manos de él, rugosas y cálidas, recorriendo su carne, apartando la ropa que se interponía entre su contacto y la piel de ella.
— Qué hermosos —murmuró él mientras miraba fijamente los senos de ella—. Tan grandes y llenos. No puedo esperar a llevarme uno de esos pequeños y duros pezones a la boca, Bella.
Ella gimió ante sus palabras, quedándose muy quieta ante él, sus senos apretándose contra el sujetador de encaje. La cabeza de él se alzó, sus ojos se pasearon sobre las llenas curvas que subían y bajaban tan rápidamente. Ella deseaba cerrar los ojos para escapar de la intensidad de los sentimientos que la bombardeaban. Al mismo tiempo, deseaba estar segura de no perderse ni un segundo de poder ver o sentir el poder tras la repentina hambre de él por ella.
— Estoy asustada —Bella tembló con fuerza, luchando contra la abrumadora lujuria con cada latido de su corazón. Esta necesidad no era natural. Ella siempre le había deseado, siempre había soñado con su beso y su contacto, pero no como ahora. No como esta exigencia embriagadora y primitiva que no podía controlar—. Edward. Haz que pare. Haz que pare ahora, maldita sea.
Su coño palpitó con una exigencia tal que le quitó la respiración. Ella intentó respirar, casi gritando cuando los labios de él se frotaron sobre la suave carne que sobresalía de la copa de su sostén.
— Pronto te aliviarás, Bella —le prometió él, su voz tan ronca, tan ruda, provocó que ella temblase de placer mientras los dedos de él soltaban el cierre del sujetador— Tan pronto como te tenga en esa cama y me deslice entre esos preciosos muslos, todo será mucho mejor.


Capítulo 8

Bella se retiró asustada y en estado de shok ante las palabras que Edward le murmuró al oído. ¿Que estarían mejor? ¿Tan pronto hiciera qué?
Ella le empujó por los hombros, ignorando los retortijones de su vientre, la humedad que se deslizaba de su atormentado coño.
— Creo que no. —Se estremeció ante la necesidad.— Edward, espera. Tenemos que hablar de esto.
Oh, esto no estaba bien, en absoluto. Su cuerpo invalidaba su mente y no podría retener las riendas del deseo el tiempo suficiente como para entender la situación.
Su lengua arrasaba las cimas de sus pechos. Dulce señor, no era lisa y suave, como sería la de cualquier persona normal. Era ligeramente áspera, caliente, raspando deliciosamente contra su piel. ¿Como se sentiría contra sus pezones?
— Sabes tan bien, Bella. —Apretó sus hombros cuando sumergió aún más su cabeza, hacia el interior de la curva de su pecho, siguiendo el borde del encaje que aún cubría el montículo hinchado.— Tan picante y dulce.
Sus manos se alejaron de la pared, bajando por su espalda hasta que agarraron sus caderas, acunándola contra el duro muslo situado entre los de ella.
— Edward —Tenía que hacer que se detuviera. ¿O no?
Le empujó de nuevo por los hombros, pero su cabeza retrocedió hacia la pared cuando luchó contra la lujuria debilitadora que invadía su sangre.
— Bella, no sé si puedo detenerme —susurró cuando sus labios se introdujeron por debajo del sujetador, acercándose peligrosamente hacía el duro pico de su pecho.
Podía sentir su aliento en la atormentada punta, cada célula tensa ante el exquisito deseo cuando sus dientes tiraron del material, apartándolo de su hinchada curva.
— Edward. No puedo... ¡Oh Dios! —Se arqueó entre sus brazos cuando su lengua azotó el duro brote de su pezón. La electricidad se disparó desde su pequeña protuberancia hasta su matriz, haciendo que el espasmo de placer robara su aliento. De acuerdo, evidentemente no iba a ser capaz de decir que no, pensó abstraída. Sin embargo, eso no significaba que tuviera que dejarle vivir después de que le hiciera esto.
Su boca cubrió su pezón, chupando de él desesperadamente, sus mejillas se flexionaron, su lengua raspó cuando ella comenzó a contorsionarse contra su duro muslo. La presión en su clítoris era destructiva, ahogándola en el placer y en la desesperación.
Fue débilmente consciente de cuando sus manos la despojaron de sus vaqueros, deslizando el material hasta que él pudo sujetar las suaves esferas de su culo Sus manos cubrieron la piel desnuda, flexionándose, agarrando y dividiendo sus mejillas redondeadas cuando la movió contra él.
— No puedo llegar a la cama —gruñó contra su pecho cuando su muslo se movió apartándose del montículo atormentado de entre sus muslos.— Ahora, aquí, Bella.
Apartó de un empujón sus pantalones hacia abajo con una mano, la otra soltó sus vaqueros, librando de su confinamiento su largo y grueso falo. No le llevó tiempo quitarse de una patada sus zapatos. No la dio tiempo a que se negara. Antes de que pudiera expresar su confusión, la empujó sobre sus rodillas, tirándose al suelo y colocándose detrás de ella.
— Edward. —Conmocionada, casi paralizada por las necesidades que la atormentaban por todas partes, haciendo que solo pudiera gemir su nombre cuando él la inclinó hacia adelante.
La sostuvo imperturbable, con los hombros en el suelo, las caderas levantadas, abriéndola para él, dándole acceso. No perdió tiempo en reclamar lo que creía que era suyo. Bella apenas tuvo tiempo de hacer una inspiración antes de sentir su gruesa erección presionando contra su sexo, deslizándose por la pequeña abertura hasta encontrar su vagina. La sujetó por las caderas, murmuró su nombre y empujó violentamente en su inexperto coño.
Bella gritó ante el dolor/placer que le produjo su duro empuje, al enterrarse completamente en ella. Edward maldijo, casi interrumpiéndose, pero sin llegar a detenerse. Ella se contorsionó bajo él, aterrada por las agudas contracciones de su vientre, por la intensidad de sus empujes y por las vertiginosas sensaciones que colisionaban en ella.
Pudo sentir como su falo la estiraba, los músculos de su vagina protestaron y dieron la bienvenida a la gruesa intrusión, sujetándolo fuerte cuando los sonidos de succión llenaron su cabeza. Estaba demasiado mojada, demasiado viva. Sus jugos se deslizaban por su coño, por sus muslos. El afilado mordisco de dolor debería haberla sacado de su excitación, debería haber hecho salir un grito de protesta, pero solo hizo que aumentara el placer.
Su mundo únicamente se centró en los empujes profundos, duros, del falo de Edward dentro de su apretada vagina. El agonizante placer que quemaba a través de su cuerpo, electrificando sus terminales nerviosas, quitándole la respiración cuando las sensaciones se amontonaron, unas encima de otras, ahogándola con su fuerza.
Sentir a Edward, con una mano sobre sus omóplatos, sosteniéndola inmóvil, y la otra sujetando su cadera para poder empujar con fuerza y profundamente dentro de su sensible coño, era casi imposible de soportar. No podía moverse, solo podía sentir, y lo que se sentía amenazada destruirla.
La alfombra bajo ella raspaba sus rodillas y la carne blanda de sus pechos, pero eran sensaciones insignificantes mezcladas con todas las demás. Un relámpago se disparó desde su coño a través de su matriz, crepitando por su piel cuando cruzó velozmente su cuerpo, llevándola más alto, conduciéndola más cerca de la destrucción.
Él la empujó de cabeza al éxtasis, su miembro proveyéndola de energía, llenándola, acariciando aún más su calor abrasador, y aumentándole.
— ¡No! —Trató de gritar cuando sintió que su matriz se contraía, ondeaba y se convulsionaba. Esto la mataría. Independientemente de la sensación, el poder que se formaba furiosamente dentro de ella... la mataría.
Entonces no tuvo aliento para gritar o llorar. Sus ojos se dilataron, su vista se nubló. Los músculos de su vagina se contrajeron contra su falo cuando sintió su brusco cambio. Era como si un pequeño pulgar se hubiera hinchado bajo la capucha acampanada de su erección, dilatándole, alojándole en el manojo de nervios que ella poseía dentro, acariciándola, vibrando, hasta que ella explotó.
— ¡Dios mío! ¡Bella! Cariño... —Intensamente, duramente, las cargas explosivas de caliente semen chocaron violentamente contra el canal ultra apretado, provocando otro pequeño temblor, otra explosión que la hizo abrir la boca, luchar por respirar para no sufrir un colapso en la alfombra.
¿Qué era eso? Se estremeció otra vez cuando Edward la siguió hacia abajo, gimiendo fuertemente cuando la pequeña caricia de la estimulación añadida le produjo estremecimientos a través de todo el cuerpo. Como si fuera… No. El pensamiento fue apartado a la fuerza, negado. No había características físicas de animal en él. Los científicos habían tranquilizado a la gente, sobre ellos. Aparte de que los caninos eran más largos, en todo lo demás eran totalmente humanos. ¿O no lo eran?
Luego no pudo pensar más. La siguiente explosión que le hizo derramar lágrimas fue brutal en su intensidad. Sólo pudo gritarle, sólo pudo dejarle tenerla, mientras Edward se colapsaba sobre ella. Su respiración era ruda, su cuerpo húmedo como el de ella ahora.
— Bella. —Su voz sonó atormentada, dolida, cuando luchó por recobrar el aliento.
— ¿Qué hiciste Edward? —murmuró; la niebla que cubría su vista poniéndose más oscura.— ¿Que hiciste...


CAPÍTULO 9

— Ella estará bien. —El Dr. Martin palmeó la fláccida mano de Bella mientras gentilmente la apoyaba en la cama al lado de su cuerpo inconsciente. Había finalmente terminado su examen. Sobre la mesa al lado de la cama estaban los frascos con las diversas muestras que él necesitaba.— Recuerda, ella sólo es la segunda compañera conocida, y su cuerpo ha estado bajo presión durante un año. Físicamente, podría ser muy diferente para ella que lo fue para Clary. Haré mis pruebas y veremos cómo está cuando se despierte.
Edward se quedó con la mirada clavada en Bella desde el otro lado de la cama, su conciencia quemándole con remordimiento. ¿Qué le había hecho? Por primera vez desde su infancia, el lado animal lo había controlado, en vez del humano. Cuando hubiera sido más importante, él se había olvidado que era un hombre.
— ¿Ella está durmiendo o inconsciente? —Edward casi se estremeció con el sonido de su voz y el dolor que rezumaba.
Doc le dirigió una mirada preocupada.— Está durmiendo, Edward. El día ha sido bastante accidentado para ella. Deja que su cuerpo descanse y su mente pueda manejarlo. Algunas veces eso es todo lo que salva a un alma. —Las sombras que se escondían en los ojos del científico daban testimonio de ese hecho— Tenerla en el laboratorio en la mañana es lo más importante. Le haremos algunas pruebas más, nos aseguraremos que coincidan con las lecturas que tenemos de Clary, y luego sólo queda esperar y ver.
Esperar y ver si ella concibe. Los puños de Edward se cerraron con una furia casi asesina. Desde el momento que había visto cómo era atacada en esa maldita televisión, su único pensamiento había sido tenerla. Marcarla. Asegurarse que ningún otro pudiera siquiera tocarla otra vez. Él empujó sus dedos cansadamente a través de su pelo mientras la miraba.
Ella estaba pálida. Oscuros círculos permanecían bajos sus ojos, resaltando el puñado de pecas que atravesaban su nariz. Ella lucía tan inocente... Diablos, ella había sido inocente. Una jodida virgen, y él la había tomado como un animal.
Se volvió hacia la ventana de su lado, echando para atrás las cortinas oscuras, mirando hacia los terrenos de la hacienda. Él la había arrancado de su casa, la había traído a un maldito campamento armado y la había molestado antes aún de tomarse el tiempo para explicarle los cambios que se estaban produciendo en su cuerpo después de su beso.
Él había sabido cuándo la besó lo que estaba haciendo. Había sabido qué ocurriría, pero él había sido incapaz de parar. La había protegido desde que era una niña, hasta que el momento en que ella realmente había necesitado su fuerza. Luego la había fallado. Él había dado permiso al animal de asumir el control y ahora Bella pagaría el precio.
— Edward, necesitaré muestras tuyas también. —Dijo Doc suavemente desde el final de la cama.— Tan pronto como sea posible, si no te importa.
Edward se retiró de la ventana, permitiendo que las cortinas volvieran a caer en su lugar.
— Cuando ella se despierte —dijo suavemente.— Bajaré entonces.
— Ahora, Edward. Puede no haber tiempo cuando ella se despierte. —Clary entró en ese momento, su voz firme.— Ve con Doc. Me sentaré aquí con Bella. Además, ella podría necesitar una influencia más tranquilizadora que lo que tú eres en este momento, cuando se despierte.
Edward deseaba negarlo, pero sabía que ella estaba en lo correcto. Bella no necesitaba enfrentarlo cuando ella se despertara. Diablos, él estaba aterrorizado de enfrentarla. De ver el odio y disgusto que ella seguramente debía sentir por él ahora. ¿Cómo la convencería él alguna vez de la forma en que llenaba su corazón cuando la había tomado poco menos que como un animal?
Mientras dejaba el cuarto él era consciente de Jace siguiéndole, sintió la extraña disconformidad en su líder, y suspiró cansadamente.
— Dispárame. —Masculló mientras entraban en el laboratorio del sótano de la mansión algunos minutos más tarde.
— ¿Cuál sería el motivo? —Preguntó Jace, un hilo de diversión distorsionando su profunda voz— Te disparo y mato al compañero de Bella. Ella puede no agradecérmelo más tarde.
Edward se quitó su camisa cuando el doctor le indicó que lo hiciera. Él sabía qué venía a continuación. La toma de muestras de sangre, saliva, semen y sudor. La lista seguía sin parar y el sólo pensarlo hizo que su cuerpo se crispara de disgusto.
— Ella podría matarme cuando me vuelva a ver. —Gruñó, su cólera creciendo por momentos— La tomé como un jodido animal, Jace. La drogué, luego la violé. Como un animal.
— Para, Edward. —Jace sacudió su cabeza, cruzando sus brazos sobre su pecho mientras sus ojos de un marrón dorado se estrechaban.— No fue una violación. Podía oler su excitación cuando tú la metiste en la casa. Y ambos sabemos que la hormona no reacciona a menos que tú estés con tu compañera.
— Ella dijo “no”. —Él sacudió su cabeza, incapaz de mirar a su líder a los ojos por más tiempo.— Ella dijo “no”, Jace, y yo la ignoré.
Edward extendió su brazo hacia el doctor y sus desagradables agujas mientras evitaba la mirada de Jace. Hijo de puta, esta no era la forma en que había previsto su primera vez con Bella. Él había deseado... infiernos, no, él había necesitado tocarla gentilmente, introducirla lentamente en el apareamiento.
— Mis estudios indican que la ferocidad del apareamiento es mutua, Edward. —Doc Martin deslizó la aguja en su brazo sin más que un pinchazo pequeño.— Espera y ve cómo se siente ella cuándo se despierte. El calor de la lujuria a menudo tiene poco sentido cuando la realidad regresa. Aún si no eres de la Casta.
— Ella no puede regresar, Edward. Tú sabes eso. —Le dijo Jace suavemente.— Además, tenemos otros problemas. Desde el momento en que esta historia saltó al aire, comenzó el movimiento entre los miembros del Consejo y sus soldados conocidos. Su casa estaba ardiendo antes de una hora y hay indicaciones que han dado la orden de salir a cogerla, cueste lo que cueste, antes de la concepción. Ella está más en peligro que lo que Clary lo estuvo.
El Consejo. En vez de negociar con Washington y tratar de jugar limpio, deberían haberse metido calladamente en las casas de los bastardos que daban las órdenes y rebanar sus gargantas. No merecían la misericordia que se les había dado.
En los pasados tres meses, desde el descubrimiento y rescate de otras casi cien Castas Felinas que Sebastian había localizado, el Consejo había emprendido una silenciosa, mortífera guerra contra ellos. No habían sido neutralizados como el gobierno había prometido que serían. No estaban indefensos como Sebastian había esperado ocurriría.
Sólo en el mes pasado, cuatro de sus enlaces entre el gobierno y las Fuerzas Armadas había sido asesinados. La última, una hembra joven, había sido devuelta a ellos en pedazos, literalmente. Y ahora Bella estaría aún más en peligro. Necesitaban que ella entendiera el proceso de apareamiento que había sido filtrado por los medios de comunicación. Necesitaban que comprendiera la mejor forma de controlar, o destruir, las creaciones que habían escapado de ellos. Edward estaba determinado a que cualquiera que tratara de cogerla moriría.
El labio de Edward se levantó con un gruñido.
— Déjalos que lo intenten, Jace. No jugaré limpio esta vez.
A través de los años habían tratado de ser compasivos. Corrieron en vez de matar, y mataron sólo cuando ninguna otra respuesta era posible. Habían ganado más diversión, más satisfacción, en ver a los soldados corriendo de regreso a la base en desgracia en vez de a pedazos. Pero si uno se atrevía a tocar a Bella, él juraba que habría bastantes malditos pedazos para cualquiera que tratara de juntarlos.
— Ninguno de nosotros jugará limpio en ese caso. —Le aseguró Jace.— Pero eso me preocupa. El Concejo se ha ocultado hasta ahora, con el informe de una segunda compañera de los Felinos, y repentinamente se mueven. Me deja preguntándome lo que han estado planeando mientras estuvieron tan silenciosos.
Edward gruñó. Habían estado esperando por el que cayera el otro zapato por tres meses, sabiendo que eventualmente llegaría el día en que tendrían que enfrentar a los monstruos de su pasado sin el apoyo público que habían acumulado. Pero moverse ahora no tenía sentido.
— ¿Qué es lo que quieren? —Edward meneó su cabeza.— Nadie ha tratado aún de amenazar a Clary desde que nos presentamos. ¿Por qué ahora?
— Porque Sebastian tiene a cada maldito agente de la C.I.A. en todo el mundo, jurando venganza si tocan a su hermanita, y él tiene el poder respaldándolo. —Jace gruñó— El apellido de la familia Morgenstern la protege, por ahora. No sé si tendría el mismo peso para Bella, o si ése es el por qué el Concejo no se ha movido aún. Es demasiado pronto para decirlo. Por el momento todo lo que tenemos son preguntas y suposiciones. Necesito más información para estar seguro de algo.
— Podrían ser las hormonas de hembra producidas durante la lujuria. —Dijo el doctor mientras introducía una esponja entre los labios de Edward y la pasaba bajo su lengua.
Edward frunció el ceño hacia el impaciente doctor mientras un gruñido bajo vibraba en su pecho.
— Detén eso. —Doc frunció el ceño ferozmente.— Recuerda quién te circuncidó a ti. Podría ser castración la próxima vez.
— Tendrías que tener la oportunidad primero. —Lanzó Edward, ignorando la risa ahogada del doctor mientras se alejaba con la muestra de saliva.— ¿Está poniéndose más gruñón o qué?
Jace sacudió su cabeza mientras le dirigía a Edward una mirada risueña.
— Me divierto con lo que puedo, crío. —Doc se quejó mientras hacía un lío con soluciones y frascos diversos en otra mesa.— Ahora, ve a hacer pipi en la taza para el buen doctor y consígueme algunos soldaditos mientras estás en eso, y luego puedes irte y volver a jugar.
Edward hizo una mueca mientras le dirigía al doctor una mirada asesina.
— Te estás volviendo malditamente extraño en tu vejez, Doc. —Gruñó mientras tomaba los dos pequeños envases plásticos del doctor y se iba pisando fuerte hacia el cuarto de baño al final del laboratorio.— Espero que tú al menos hayas dejado mis jodidas revistas aquí. Un hombre necesita más que tus cacareos para hacer salir a los soldados, sabes.

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