Summary: Él la protegió cuando era una niña, fue el
protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de
mujer... para rompérselo.
Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado.
El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos
genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han
asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera.
La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que
hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado,
¿la querrá ahora?
El engaño y la
traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella
tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma
con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que
enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los
suyos y a la mujer que ha reclamado como suya.
Capítulo 7
¿Qué estaba mal en ella?
Bella se sentía febril, desconcertada, casi aturdida con el deseo sexual que
amenazaba con hacerla caer de rodillas por su intensidad. Mientras Edward la
conducía escaleras arriba ella luchó con la debilidad que la hacía agradecer la
mano firme que aferraba su brazo. El cuerpo de él era grande, tan duro y cálido
junto a ella que podía sentir como el calor irradiaba de él.
Su mano la sostenía,
pero todo en lo que ella podía pensar era en tenerla recorriendo su cuerpo,
acariciándola, calmando los fuegos que ardían en lo más profundo de su vientre.
Nunca se había vuelto tan loca con el deseo. No, no era simplemente deseo. Iba
más allá de la lujuria. Era una obsesión, un hambre que la recorría,
convirtiendo su exigencia en algo casi irresistible.
— ¿Qué me has hecho?
—Ella trató de librarse de él, apartarse del placer insidioso que calentaba su
cuerpo ante su contacto, pero él no la soltó—. Esto ya no tiene gracia, Edward.
Estoy harta de este trato silencioso, estilo machoman.
Entraron en una amplia
sala. En un extremo del cuarto había un escritorio color cereza con un
ordenador, una impresora y un fax. Él la condujo pasando al lado de una zona de
descanso con un equipo para el entretenimiento que la habría impresionado si
tuviese tiempo para preocuparse de alguna otra cosa que no fuese el furioso
ardor de su sexo.
La llevó a través de
otra puerta abierta, entrando en el dormitorio. La habitación estaba débilmente
iluminada, con un mobiliario de color cereza oscuro y unas gruesas cortinas que
ensombrecían el ambiente, provocando una sensación íntima y erótica.
En el extremo más
alejado del cuarto había una cama larga con forma de trineo, el colchón y el
somier eran tan gruesos que tendría que dar un salto para poder sentarse en
ella. Tenía un edredón color burdeos oscuro doblado hacia atrás y gruesos
cojines ahuecados y colocados contra el cabecero.
Ella se estremeció
imaginándose a sí misma allí con Edward, su cuerpo cubriendo el suyo, sus manos
acariciándola. Se mordió el labio, luchando contra el gemido que amenazaba con
escapar de su garganta.
— Contéstame, maldito
seas —Bella se volvió hacia él con furia mientras él se apartaba, cerrando la
puerta tras ellos.
Ella le miró a los ojos…
esos profundos, brillantes ojos. Los ojos de un depredador. Ahora podía ver la
evidencia de su ADN único. En los altos pómulos, en su mirada estrecha.
— Te estás calentando
—le respondió él, sus dedos alcanzando los botones de su blanca camisa mientras
ella le observaba desabotonarlos lentamente.
Las rodillas de ella se
debilitaban con cada botón suelto, exponiendo más de su bronceada y lustrosa
piel. Sacudió su cabeza, deseando cerrar los ojos, para escapar del poder que
súbitamente él tenía sobre ella. Deseaba que se sacase la camisa. Deseaba
pasear los dedos sobre los prominentes músculos del cuerpo de él, sentir su
cálida dureza, tocarle, saborearle tal como había soñado meses atrás.
Entonces las palabras de
él la golpearon. Te estás calentando.
Sintió como su corazón se aceleraba con el miedo. Parpadeó mirándole. Cada
respiración de su pecho se le hacía difícil y dolorosa.
—¿Qué quieres decir?
—Tragó con dificultad, luchando contra su conmoción.
Edward se sacudió la
camisa de los hombros, los músculos duros y bien formados de su pecho y brazos
se flexionaron con poder y fuerza.
— Exactamente lo que
dije. —Su voz fue dura, pero su mirada ardía, brillante lujuria líquida en las
profundidades de color jade—. Estás caliente, Bella. Tu cuerpo se prepara a sí
mismo, asegurándose de que ninguno de nosotros pueda negarse a lo que la
naturaleza exige.
Él dejó caer la camisa
al suelo mientras se acercaba para sentarse en el lecho. Sus ojos no se
apartaron de ella, paseándose por su cuerpo, oscureciéndose, ardiendo, mientras
observaba como los pechos de ella se alzaban en su búsqueda de oxígeno.
Dios, ella deseaba
saborearle. El vientre de él era plano, duro, con las marcadas abdominales
flexionándose al quitarse las botas.
— ¿Cómo? —Ella no le
encontraba sentido a nada que no fuese el hambre que asaltaba su cuerpo—. Nunca
ha sido como esto. Ni siquiera después de que me mordieses. ¿Por qué ahora?
Él se puso en pie,
elevándose sobre ella, acercándosele lentamente, su mirada fija en la de ella.
— No te había besado, Bella
—le dijo suavemente, mientras devoraba el espacio entre ellos.
El olor de su cuerpo
invadió los sentidos de ella. Era masculino, caliente y oscuro, cautivándola
hasta hacerla estremecer.
— Que... —Ella sacudió
la cabeza, luchando contra el deseo de tocarle, de saborearle—. ¿Qué tiene que
ver el beso? Maldita sea, Edward —Sus puños se apretaron mientras se obligaba a
apartarse de él, a luchar contra el hambre devastador que tronaba por su
cuerpo.
— El beso liberó una
hormona especial que pasó de mi cuerpo al tuyo —Él se le acercó, acechándola
mientras ella continuaba apartándose—. Una hormona que aparece solamente cuando
toco a mi compañera. Cuando te toqué a ti. Me permitió marcarte, una prueba física
para otros de que me perteneces. No era suficiente aumentar tus sentidos o tu
deseo sexual para llegar a este estado. Solamente mi beso puede hacer eso, Bella.
Mi beso te ha marcado de una manera tal que la naturaleza no te permitirá
negarte.
Su voz era ronca,
profunda, casi retumbante, y Bella se echó hacia atrás contra la pared,
mirándole con horror, furiosa.
— Dios mío. Tú lo
sabías. —Casi se sobresaltó ante el chillido de su voz. Sonaba tan
conmocionada, tan asustada, como ella sabía que se sentía—. Cuando me besaste,
sabías que me haría esto. Sabías lo que ocurriría.
Las manos de él se
aplastaron contra la pared junto a ella, con una expresión salvaje en su
rostro, casi fiero, mientras mostraba sus dientes con un gruñido de
advertencia. Ella se sobresaltó, sus ojos abriéndose de par en par, su sexo
palpitando ante el sonido.
— No me rechazarás esta
vez, Bella —La voz de él retumbó de poder, con determinación— Esta vez, no
escaparás de mí.
Debería luchar contra
él, se dijo a sí misma. Debería apartarse de él, tendría que subirle las
pelotas hasta la garganta de un rodillazo si él no se hubiera abalanzado sobre
ella, con la lengua perforando su boca mientras sus labios cubrían los de ella.
En el instante en que lo hizo, cada célula de su cuerpo aulló de alivio, y la
furia que corría a través de ella se disolvió en el ardiente deseo que sentía.
Dulce, oscura miel que
invadía sus sentidos de nuevo. Ella sollozó ante la acometida, sus manos
elevándose para aferrar su cintura, sus uñas clavándose en su carne mientras la
sensación de la piel de él parecía hundirse en todas sus células. Ella gimió,
su lengua se envolvió con la de él mientras una voz interior le gritaba
advirtiéndola. Peligro. Tentación. ¡Huye!
Él no la tocó con nada
más que sus labios, con su lengua, y era voraz en su exigencia. Sus fuertes
dientes mordisquearon las curvas de la boca de ella. Su lengua alivió el
pequeño dolor para a continuación entrar y salir exigente hasta que ella cerró
sus labios sobre ella, desesperada por mantenerle dentro de su boca mientras
peleaba por encontrar sentido a su sabor, a su poder sobre ella.
Él gruñó. Un felino
rugido ronco de deseo cuando ella aferró la lengua de él, lamiéndola, gimiendo
con el ligero sabor a miel, necesitando aún más. Las manos de él aferraron su
cabeza mientras sus labios se movieron sobre los de ella, volviéndola loca con
la caliente y sensual provocación de cada profunda caricia.
Segundo a segundo ella
podía sentir como su cuerpo ardía cada vez más. Sus pechos le dolían, los
pezones eran como puntos duros ansiosos por atraer la atención de él mientras
su torso se frotaba contra ellos.
— Dios, sabes tan bien
—La voz ronca de él hizo que ella se estremeciese de placer. Él se echó hacia
atrás, observándola, sus ojos entrecerrados, intensos—. Me pregunto cuánto
mejor sabrá el resto de ti.
Su rodilla se deslizó
entre las piernas de ella, presionando contra el sensible montículo entre sus
muslos.
— No me hagas esto, Edward
—susurró ella con desesperación, sus manos se apretaron alrededor de la cintura
de él mientras se estremecía con un exquisito dolor que la acercaba demasiado
al intenso placer.
El duro muslo de él se
frotó contra su sexo y ella se preguntó si él podía sentir la humedad que
rezumaba de su cuerpo. Ella deseaba apartarse de él y también deseaba atraerle
más hacia ella. Las necesidades en conflicto dentro de ella luchaban la una
contra la otra, sosteniendo una loca batalla por la supremacía.
— ¿Hacer qué? ¿Hacerte
mía? —gruño él—. Ya está hecho, Bella. No puedo deshacerlo. Y tan seguro como
el infierno que no me arrepiento.
Sus labios se movieron
hacia la oreja de ella, su lengua formando sensuales remolinos a su alrededor
mientras ella luchaba por respirar.
— No puedo hacer esto
—gritó ella, a pesar de que su cuerpo se contorsionaba contra el de él,
ansiando su contacto, queriendo sentir el calor y la dureza que él la ofrecía.
Su cabeza cayó hacia
atrás contra la pared mientras los labios de él se abrían paso bajando por su
cuello. Los dedos de él tiraron de los botones de su blusa, liberando el tejido
mientras el aire alrededor de ellos se calentaba con su abrasadora necesidad.
— Calla, cariño —murmuró
Edward mientras acariciaba la piel de su cuello con los labios—. Todo irá bien.
Lo prometo.
Él apartó la blusa de
los hombros de ella, bajándola por sus brazos mientras apartaba las manos de
ella de su cintura para permitir que la prenda cayese al suelo. Era la
sensación más erótica que ella hubiese sentido en toda su vida, las manos de
él, rugosas y cálidas, recorriendo su carne, apartando la ropa que se
interponía entre su contacto y la piel de ella.
— Qué hermosos —murmuró
él mientras miraba fijamente los senos de ella—. Tan grandes y llenos. No puedo
esperar a llevarme uno de esos pequeños y duros pezones a la boca, Bella.
Ella gimió ante sus
palabras, quedándose muy quieta ante él, sus senos apretándose contra el
sujetador de encaje. La cabeza de él se alzó, sus ojos se pasearon sobre las
llenas curvas que subían y bajaban tan rápidamente. Ella deseaba cerrar los
ojos para escapar de la intensidad de los sentimientos que la bombardeaban. Al
mismo tiempo, deseaba estar segura de no perderse ni un segundo de poder ver o
sentir el poder tras la repentina hambre de él por ella.
— Estoy asustada —Bella
tembló con fuerza, luchando contra la abrumadora lujuria con cada latido de su
corazón. Esta necesidad no era natural. Ella siempre le había deseado, siempre
había soñado con su beso y su contacto, pero no como ahora. No como esta
exigencia embriagadora y primitiva que no podía controlar—. Edward. Haz que
pare. Haz que pare ahora, maldita sea.
Su coño palpitó con una
exigencia tal que le quitó la respiración. Ella intentó respirar, casi gritando
cuando los labios de él se frotaron sobre la suave carne que sobresalía de la
copa de su sostén.
— Pronto te aliviarás, Bella
—le prometió él, su voz tan ronca, tan ruda, provocó que ella temblase de
placer mientras los dedos de él soltaban el cierre del sujetador— Tan pronto
como te tenga en esa cama y me deslice entre esos preciosos muslos, todo será
mucho mejor.
Capítulo 8
Bella se retiró asustada y en estado de shok ante las
palabras que Edward le murmuró al oído. ¿Que estarían mejor? ¿Tan pronto
hiciera qué?
Ella le empujó por los hombros, ignorando los
retortijones de su vientre, la humedad que se deslizaba de su atormentado coño.
— Creo que no. —Se estremeció ante la necesidad.— Edward,
espera. Tenemos que hablar de esto.
Oh, esto no estaba bien, en absoluto. Su cuerpo
invalidaba su mente y no podría retener las riendas del deseo el tiempo suficiente
como para entender la situación.
Su lengua arrasaba las cimas de sus pechos. Dulce
señor, no era lisa y suave, como sería la de cualquier persona normal. Era
ligeramente áspera, caliente, raspando deliciosamente contra su piel. ¿Como se
sentiría contra sus pezones?
— Sabes tan bien, Bella. —Apretó sus hombros cuando
sumergió aún más su cabeza, hacia el interior de la curva de su pecho,
siguiendo el borde del encaje que aún cubría el montículo hinchado.— Tan
picante y dulce.
Sus manos se alejaron de la pared, bajando por su
espalda hasta que agarraron sus caderas, acunándola contra el duro muslo
situado entre los de ella.
— Edward —Tenía que hacer que se detuviera. ¿O no?
Le empujó de nuevo por los hombros, pero su cabeza retrocedió
hacia la pared cuando luchó contra la lujuria debilitadora que invadía su
sangre.
— Bella, no sé si puedo detenerme —susurró cuando sus
labios se introdujeron por debajo del sujetador, acercándose peligrosamente
hacía el duro pico de su pecho.
Podía sentir su aliento en la atormentada punta, cada
célula tensa ante el exquisito deseo cuando sus dientes tiraron del material,
apartándolo de su hinchada curva.
— Edward. No puedo... ¡Oh Dios! —Se arqueó entre sus
brazos cuando su lengua azotó el duro brote de su pezón. La electricidad se
disparó desde su pequeña protuberancia hasta su matriz, haciendo que el espasmo
de placer robara su aliento. De acuerdo, evidentemente no iba a ser capaz de
decir que no, pensó abstraída. Sin embargo, eso no significaba que tuviera que
dejarle vivir después de que le hiciera esto.
Su boca cubrió su pezón, chupando de él
desesperadamente, sus mejillas se flexionaron, su lengua raspó cuando ella
comenzó a contorsionarse contra su duro muslo. La presión en su clítoris era
destructiva, ahogándola en el placer y en la desesperación.
Fue débilmente consciente de cuando sus manos la
despojaron de sus vaqueros, deslizando el material hasta que él pudo sujetar
las suaves esferas de su culo Sus manos cubrieron la piel desnuda,
flexionándose, agarrando y dividiendo sus mejillas redondeadas cuando la movió
contra él.
— No puedo llegar a la cama —gruñó contra su pecho
cuando su muslo se movió apartándose del montículo atormentado de entre sus
muslos.— Ahora, aquí, Bella.
Apartó de un empujón sus pantalones hacia abajo con
una mano, la otra soltó sus vaqueros, librando de su confinamiento su largo y
grueso falo. No le llevó tiempo quitarse de una patada sus zapatos. No la dio
tiempo a que se negara. Antes de que pudiera expresar su confusión, la empujó
sobre sus rodillas, tirándose al suelo y colocándose detrás de ella.
— Edward. —Conmocionada, casi paralizada por las
necesidades que la atormentaban por todas partes, haciendo que solo pudiera
gemir su nombre cuando él la inclinó hacia adelante.
La sostuvo imperturbable, con los hombros en el
suelo, las caderas levantadas, abriéndola para él, dándole acceso. No perdió
tiempo en reclamar lo que creía que era suyo. Bella apenas tuvo tiempo de hacer
una inspiración antes de sentir su gruesa erección presionando contra su sexo,
deslizándose por la pequeña abertura hasta encontrar su vagina. La sujetó por
las caderas, murmuró su nombre y empujó violentamente en su inexperto coño.
Bella gritó ante el dolor/placer que le produjo su
duro empuje, al enterrarse completamente en ella. Edward maldijo, casi
interrumpiéndose, pero sin llegar a detenerse. Ella se contorsionó bajo él,
aterrada por las agudas contracciones de su vientre, por la intensidad de sus
empujes y por las vertiginosas sensaciones que colisionaban en ella.
Pudo sentir como su falo la estiraba, los músculos de
su vagina protestaron y dieron la bienvenida a la gruesa intrusión, sujetándolo
fuerte cuando los sonidos de succión llenaron su cabeza. Estaba demasiado
mojada, demasiado viva. Sus jugos se deslizaban por su coño, por sus muslos. El
afilado mordisco de dolor debería haberla sacado de su excitación, debería
haber hecho salir un grito de protesta, pero solo hizo que aumentara el placer.
Su mundo únicamente se centró en los empujes
profundos, duros, del falo de Edward dentro de su apretada vagina. El
agonizante placer que quemaba a través de su cuerpo, electrificando sus
terminales nerviosas, quitándole la respiración cuando las sensaciones se
amontonaron, unas encima de otras, ahogándola con su fuerza.
Sentir a Edward, con una mano sobre sus omóplatos,
sosteniéndola inmóvil, y la otra sujetando su cadera para poder empujar con
fuerza y profundamente dentro de su sensible coño, era casi imposible de
soportar. No podía moverse, solo podía sentir, y lo que se sentía amenazada
destruirla.
La alfombra bajo ella raspaba sus rodillas y la carne
blanda de sus pechos, pero eran sensaciones insignificantes mezcladas con todas
las demás. Un relámpago se disparó desde su coño a través de su matriz,
crepitando por su piel cuando cruzó velozmente su cuerpo, llevándola más alto,
conduciéndola más cerca de la destrucción.
Él la empujó de cabeza al éxtasis, su miembro
proveyéndola de energía, llenándola, acariciando aún más su calor abrasador, y
aumentándole.
— ¡No! —Trató de gritar cuando sintió que su matriz
se contraía, ondeaba y se convulsionaba. Esto la mataría. Independientemente de
la sensación, el poder que se formaba furiosamente dentro de ella... la
mataría.
Entonces no tuvo aliento para gritar o llorar. Sus ojos
se dilataron, su vista se nubló. Los músculos de su vagina se contrajeron
contra su falo cuando sintió su brusco cambio. Era como si un pequeño pulgar se
hubiera hinchado bajo la capucha acampanada de su erección, dilatándole,
alojándole en el manojo de nervios que ella poseía dentro, acariciándola,
vibrando, hasta que ella explotó.
— ¡Dios mío! ¡Bella! Cariño... —Intensamente,
duramente, las cargas explosivas de caliente semen chocaron violentamente
contra el canal ultra apretado, provocando otro pequeño temblor, otra explosión
que la hizo abrir la boca, luchar por respirar para no sufrir un colapso en la
alfombra.
¿Qué era eso? Se estremeció otra vez cuando Edward la
siguió hacia abajo, gimiendo fuertemente cuando la pequeña caricia de la
estimulación añadida le produjo estremecimientos a través de todo el cuerpo.
Como si fuera… No. El pensamiento fue apartado a la fuerza, negado. No había
características físicas de animal en él. Los científicos habían tranquilizado a
la gente, sobre ellos. Aparte de que los caninos eran más largos, en todo lo
demás eran totalmente humanos. ¿O no lo eran?
Luego no pudo pensar más. La siguiente explosión que
le hizo derramar lágrimas fue brutal en su intensidad. Sólo pudo gritarle, sólo
pudo dejarle tenerla, mientras Edward se colapsaba sobre ella. Su respiración
era ruda, su cuerpo húmedo como el de ella ahora.
— Bella. —Su voz sonó atormentada, dolida, cuando
luchó por recobrar el aliento.
— ¿Qué hiciste Edward? —murmuró; la niebla que cubría
su vista poniéndose más oscura.— ¿Que hiciste...
CAPÍTULO 9
— Ella estará bien. —El Dr.
Martin palmeó la fláccida mano de Bella mientras gentilmente la apoyaba en la
cama al lado de su cuerpo inconsciente. Había finalmente terminado su examen.
Sobre la mesa al lado de la cama estaban los frascos con las diversas muestras
que él necesitaba.— Recuerda, ella sólo es la segunda compañera conocida, y su
cuerpo ha estado bajo presión durante un año. Físicamente, podría ser muy
diferente para ella que lo fue para Clary. Haré mis pruebas y veremos cómo está
cuando se despierte.
Edward se quedó con la
mirada clavada en Bella desde el otro lado de la cama, su conciencia quemándole
con remordimiento. ¿Qué le había hecho? Por primera vez desde su
infancia, el lado animal lo había controlado, en vez del humano. Cuando hubiera
sido más importante, él se había olvidado que era un hombre.
— ¿Ella está durmiendo o
inconsciente? —Edward casi se estremeció con el sonido de su voz y el dolor que
rezumaba.
Doc le dirigió una
mirada preocupada.— Está durmiendo, Edward. El día ha sido bastante accidentado
para ella. Deja que su cuerpo descanse y su mente pueda manejarlo. Algunas
veces eso es todo lo que salva a un alma. —Las sombras que se escondían en los
ojos del científico daban testimonio de ese hecho— Tenerla en el laboratorio en
la mañana es lo más importante. Le haremos algunas pruebas más, nos
aseguraremos que coincidan con las lecturas que tenemos de Clary, y luego sólo
queda esperar y ver.
Esperar y ver si ella
concibe. Los puños de Edward se cerraron con una furia casi asesina. Desde el
momento que había visto cómo era atacada en esa maldita televisión, su único
pensamiento había sido tenerla. Marcarla. Asegurarse que ningún otro pudiera
siquiera tocarla otra vez. Él empujó sus dedos cansadamente a través de su pelo
mientras la miraba.
Ella estaba pálida.
Oscuros círculos permanecían bajos sus ojos, resaltando el puñado de pecas que
atravesaban su nariz. Ella lucía tan inocente... Diablos, ella había sido
inocente. Una jodida virgen, y él la había tomado como un animal.
Se volvió hacia la
ventana de su lado, echando para atrás las cortinas oscuras, mirando hacia los
terrenos de la hacienda. Él la había arrancado de su casa, la había traído a un
maldito campamento armado y la había molestado antes aún de tomarse el tiempo
para explicarle los cambios que se estaban produciendo en su cuerpo después de
su beso.
Él había sabido cuándo
la besó lo que estaba haciendo. Había sabido qué ocurriría, pero él había sido
incapaz de parar. La había protegido desde que era una niña, hasta que el
momento en que ella realmente había necesitado su fuerza. Luego la había
fallado. Él había dado permiso al animal de asumir el control y ahora Bella
pagaría el precio.
— Edward, necesitaré
muestras tuyas también. —Dijo Doc suavemente desde el final de la cama.— Tan
pronto como sea posible, si no te importa.
Edward se retiró de la
ventana, permitiendo que las cortinas volvieran a caer en su lugar.
— Cuando ella se
despierte —dijo suavemente.— Bajaré entonces.
— Ahora, Edward. Puede
no haber tiempo cuando ella se despierte. —Clary entró en ese momento, su voz
firme.— Ve con Doc. Me sentaré aquí con Bella. Además, ella podría necesitar
una influencia más tranquilizadora que lo que tú eres en este momento, cuando
se despierte.
Edward deseaba negarlo,
pero sabía que ella estaba en lo correcto. Bella no necesitaba enfrentarlo
cuando ella se despertara. Diablos, él estaba aterrorizado de enfrentarla. De
ver el odio y disgusto que ella seguramente debía sentir por él ahora. ¿Cómo la
convencería él alguna vez de la forma en que llenaba su corazón cuando la había
tomado poco menos que como un animal?
Mientras dejaba el
cuarto él era consciente de Jace siguiéndole, sintió la extraña disconformidad
en su líder, y suspiró cansadamente.
— Dispárame. —Masculló
mientras entraban en el laboratorio del sótano de la mansión algunos minutos
más tarde.
— ¿Cuál sería el motivo?
—Preguntó Jace, un hilo de diversión distorsionando su profunda voz— Te disparo
y mato al compañero de Bella. Ella puede no agradecérmelo más tarde.
Edward se quitó su
camisa cuando el doctor le indicó que lo hiciera. Él sabía qué venía a
continuación. La toma de muestras de sangre, saliva, semen y sudor. La lista
seguía sin parar y el sólo pensarlo hizo que su cuerpo se crispara de disgusto.
— Ella podría matarme
cuando me vuelva a ver. —Gruñó, su cólera creciendo por momentos— La tomé como
un jodido animal, Jace. La drogué, luego la violé. Como un animal.
— Para, Edward. —Jace
sacudió su cabeza, cruzando sus brazos sobre su pecho mientras sus ojos de un
marrón dorado se estrechaban.— No fue una violación. Podía oler su excitación
cuando tú la metiste en la casa. Y ambos sabemos que la hormona no reacciona a
menos que tú estés con tu compañera.
— Ella dijo “no”. —Él
sacudió su cabeza, incapaz de mirar a su líder a los ojos por más tiempo.— Ella
dijo “no”, Jace, y yo la ignoré.
Edward extendió su brazo
hacia el doctor y sus desagradables agujas mientras evitaba la mirada de Jace.
Hijo de puta, esta no era la forma en que había previsto su primera vez con Bella.
Él había deseado... infiernos, no, él había necesitado tocarla
gentilmente, introducirla lentamente en el apareamiento.
— Mis estudios indican
que la ferocidad del apareamiento es mutua, Edward. —Doc Martin deslizó la
aguja en su brazo sin más que un pinchazo pequeño.— Espera y ve cómo se siente
ella cuándo se despierte. El calor de la lujuria a menudo tiene poco sentido
cuando la realidad regresa. Aún si no eres de la Casta.
— Ella no puede
regresar, Edward. Tú sabes eso. —Le dijo Jace suavemente.— Además, tenemos
otros problemas. Desde el momento en que esta historia saltó al aire, comenzó
el movimiento entre los miembros del Consejo y sus soldados conocidos. Su casa
estaba ardiendo antes de una hora y hay indicaciones que han dado la orden de
salir a cogerla, cueste lo que cueste, antes de la concepción. Ella está más en
peligro que lo que Clary lo estuvo.
El Consejo. En vez de
negociar con Washington y tratar de jugar limpio, deberían haberse metido
calladamente en las casas de los bastardos que daban las órdenes y rebanar sus
gargantas. No merecían la misericordia que se les había dado.
En los pasados tres
meses, desde el descubrimiento y rescate de otras casi cien Castas Felinas que Sebastian
había localizado, el Consejo había emprendido una silenciosa, mortífera guerra
contra ellos. No habían sido neutralizados como el gobierno había prometido que
serían. No estaban indefensos como Sebastian había esperado ocurriría.
Sólo en el mes pasado,
cuatro de sus enlaces entre el gobierno y las Fuerzas Armadas había sido
asesinados. La última, una hembra joven, había sido devuelta a ellos en
pedazos, literalmente. Y ahora Bella estaría aún más en peligro. Necesitaban
que ella entendiera el proceso de apareamiento que había sido filtrado por los
medios de comunicación. Necesitaban que comprendiera la mejor forma de
controlar, o destruir, las creaciones que habían escapado de ellos. Edward
estaba determinado a que cualquiera que tratara de cogerla moriría.
El labio de Edward se
levantó con un gruñido.
— Déjalos que lo
intenten, Jace. No jugaré limpio esta vez.
A través de los años
habían tratado de ser compasivos. Corrieron en vez de matar, y mataron sólo
cuando ninguna otra respuesta era posible. Habían ganado más diversión, más
satisfacción, en ver a los soldados corriendo de regreso a la base en desgracia
en vez de a pedazos. Pero si uno se atrevía a tocar a Bella, él juraba que
habría bastantes malditos pedazos para cualquiera que tratara de juntarlos.
— Ninguno de nosotros
jugará limpio en ese caso. —Le aseguró Jace.— Pero eso me preocupa. El Concejo
se ha ocultado hasta ahora, con el informe de una segunda compañera de los
Felinos, y repentinamente se mueven. Me deja preguntándome lo que han estado
planeando mientras estuvieron tan silenciosos.
Edward gruñó. Habían
estado esperando por el que cayera el otro zapato por tres meses, sabiendo que
eventualmente llegaría el día en que tendrían que enfrentar a los monstruos de
su pasado sin el apoyo público que habían acumulado. Pero moverse ahora no
tenía sentido.
— ¿Qué es lo que
quieren? —Edward meneó su cabeza.— Nadie ha tratado aún de amenazar a Clary
desde que nos presentamos. ¿Por qué ahora?
— Porque Sebastian tiene
a cada maldito agente de la C.I .A.
en todo el mundo, jurando venganza si tocan a su hermanita, y él tiene el poder
respaldándolo. —Jace gruñó— El apellido de la familia Morgenstern la protege,
por ahora. No sé si tendría el mismo peso para Bella, o si ése es el por qué el
Concejo no se ha movido aún. Es demasiado pronto para decirlo. Por el momento
todo lo que tenemos son preguntas y suposiciones. Necesito más información para
estar seguro de algo.
— Podrían ser las
hormonas de hembra producidas durante la lujuria. —Dijo el doctor mientras
introducía una esponja entre los labios de Edward y la pasaba bajo su lengua.
Edward frunció el ceño
hacia el impaciente doctor mientras un gruñido bajo vibraba en su pecho.
— Detén eso. —Doc
frunció el ceño ferozmente.— Recuerda quién te circuncidó a ti. Podría ser
castración la próxima vez.
— Tendrías que tener la
oportunidad primero. —Lanzó Edward, ignorando la risa ahogada del doctor
mientras se alejaba con la muestra de saliva.— ¿Está poniéndose más gruñón o
qué?
Jace sacudió su cabeza
mientras le dirigía a Edward una mirada risueña.
— Me divierto con lo que
puedo, crío. —Doc se quejó mientras hacía un lío con soluciones y frascos
diversos en otra mesa.— Ahora, ve a hacer pipi en la taza para el buen doctor y
consígueme algunos soldaditos mientras estás en eso, y luego puedes irte y
volver a jugar.
Edward hizo una mueca
mientras le dirigía al doctor una mirada asesina.
— Te estás volviendo
malditamente extraño en tu vejez, Doc. —Gruñó mientras tomaba los dos pequeños
envases plásticos del doctor y se iba pisando fuerte hacia el cuarto de baño al
final del laboratorio.— Espero que tú al menos hayas dejado mis jodidas
revistas aquí. Un hombre necesita más que tus cacareos para hacer salir a los
soldados, sabes.

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