Él la protegió cuando era una niña, fue el protagonista de
todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de mujer... para
rompérselo.
Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado.
El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos
genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han
asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera.
La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que
hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado,
¿la querrá ahora?
Prólogo
Junio
Sandy Hook, Kentucky
— ¿Bella, caray, en qué
tipo de problema estás metida esta vez? —Bella Swan trató de suprimir una
abierta sonrisa cuando escuchó la voz de Edward haciendo eco a través del
corredor de las celdas de la cárcel del condado. Se recostó en la incómoda
litera, fingiendo indiferencia. De ninguna manera, le daría la oportunidad de
ver cuanto la podía intimidar. Y vaya que él podía intimidarla.
Bueno con 1’80 de
altura, su cuerpo era una masa de poderosos músculos, su expresión a menudo
salvaje, remota. Él podía lograr que su corazón latiera fuertemente con una
combinación de miedo y excitación. El miedo era algo que podía manejar. Era la
excitación con lo que a menudo tenía más problemas. La primera vez que la
sintió había sido justo después de haber alcanzado los dieciséis años. Se había
intensificado varios meses después de su cumpleaños número 22. Había noches en
las que ella se quemaba por él, y eso la aterrorizaba.
Dio la bienvenida a la
sensación de la piedra fresca en su espalda, aliviando un poco el calor
asfixiante que la rodeaba. El calor que sentía dentro de ella, era más ardiente
todavía. El acondicionador de aire había estado averiado toda la noche y las
celdas eran sofocantes. Gracias al viejo Mort, el carcelero, que había abierto
las ventanas, con lo cual ella había dejado de sufrir.
Las fuertes pisadas de
las botas de Edward en el piso de piedra la causaron un sobresalto. Sólo
caminaba de esa manera cuando estaba enfadado. Cuidadosamente compuso una
expresión de diversión aburrida en su cara. No haría nada para dejarle saber,
que ella se asustaba de muerte cuándo él se enfadaba.
No, Edward no la
lastimaría. Instintivamente sabía que él nunca le pondría la mano encima. Pero
había algo en él cuando se enfurecía. Algo primitivo, predador. No era un
hombre al que ella se arriesgara a hacerle enojar demasiadas veces.
Desafortunadamente, los problemas parecían encontrarla y frecuentemente, Edward
parecía rescatarla de una u otra manera. Ella estaba aterrorizada de que un día
él se cansara de ser su caballero de brillante armadura y se desentendiera
completamente de ella.
En unos segundos él
estuvo de pie en la puerta de la celda, sus manos apoyadas en sus delgadas
caderas, el ceño fruncido grabado sobre su orgulloso rostro, que hacía
oscurecer el sol. Demonios, él le hacia querer rozarse contra él, como un gato.
Era alto y musculoso, con hombros anchos, su pecho poderoso seguido de un
abdomen plano, que hacía que anhelara tocarlo.
Largas y poderosas
piernas recubiertas con una cómoda mezclilla y no había manera en la que ella
dejase de contemplar la protuberancia entre sus muslos que parecía demasiado
buena para ser cierta. Precipitadamente ella sacudió con fuerza su mirada de
regreso a su cara.
Sus ojos estaban fijos
en ella ahora, el brillante verde jade ardiendo con furia. Ella tragó saliva.
De ninguna manera estaba complacido con ella esta mañana.
— No hice nada. —Ella se
recobró rápidamente, permitiendo que toda la excitación que sentía le sirviera
de combustible para su cólera.— Estaba solo de pie allí, Edward. Palabra. Ese
sheriff ha perdido el juicio.
Ella luchó por ocultar
su diversión. Por supuesto, él sabía que mentía. Siempre sabía cuándo mentía.
— Debería dejar que te
pudrieras aquí. —Ella adoraba ese gruñido en su voz cuando estaba enfadado. Su
voz decrecía y vibraba casi... como un gato. Amaba a los gatos.
Bella puso los ojos en
blanco, aunque los músculos de su estómago se estremecieron en reacción.
Literalmente podía sentir sus pechos hinchándose, sus pezones enhiestos ante su
voz, y ella supo que él no se había perdido su reacción.
Instantáneamente su
expresión se apagó. Sin cólera, sin ira. Como un maldito robot. Toda la
expresión en su rostro parecía que se cerraba herméticamente, fríamente,
causando que ella temblara en reacción. Lo odiaba cuando hacía eso, odiaba
cuando se escondía ante cualquier respuesta de su cuerpo.
— ¿Me vas a sacar de
aquí o qué? —Ladró, dolida por su reacción.— Se está horriblemente caliente
aquí, Edward, y cada vez aumenta más la temperatura. —En más de una forma.
Él suspiró luego sacudió
la cabeza, como si el problema no fuera más de lo que él había esperado de ella
tan temprano por la mañana. Al menos su mirada no era aquella mirada tan
indiferente que ella odiaba.
— Debería azotar tu
trasero. —Él se hizo a un lado cuando el carcelero, bien entrado en sus
cincuenta y tantos años, sonreía abiertamente, y abría la puerta de la celda.
Bella no luchó contra el
temblor que sintió sobre su cuerpo ante el oscuro sonido de su voz. Él la
podría zurrar cualquier día pensó. Mientras él la tocara. ¿Tal vez él la
besaría y la zurraría más tarde? Sus pensamientos hicieron que suprimiera una
sonrisa así como también su trémula respuesta.
— Dame una zurra, papi
—Dijo arrastrando las palabras, mientras se levantaba del catre y pasaba por la
puerta.
Él bufó disgustado.
— Tu padre obviamente
descuidó la disciplina contigo o si no tú no llegarías tan lejos.
Bella caminó a toda
prisa tras él, y llegó hasta donde el sherriff había dejado su mochila en el
viejo escritorio de Mort la noche anterior. Ella se obligó a seguir a Edward, y
se agachó a recogerla, sintiendo la mirada de Edward en su trasero como una caricia.
Se levantó, acomodó la
correa sobre su brazo y se volvió hacia él con una brillante sonrisa.
— Estoy lista siempre
que tú lo estés. ¿Crees que Jesamine me dejaría quedar con ella por algún
tiempo? Esa vieja casa se está volviendo aburrida este verano.
Para ser honesta, se
estaba poniendo terrorífica. No sabía quién le estaba jugando pequeñas bromas
últimamente, pero iba a enterarse. Ella estaría un día o dos sin saberlo, como
la noche anterior, pero eventualmente daría con los culpables.
La mirada dura que él le
dirigió le aseguró que no se le había escapado su pequeña mentira. Sabía
condenadamente bien, que ella no pediría quedarse con su hermana a menos que
estuviese muerta de miedo. Consideró pedirle que la dejara quedarse en su casa.
Pero sabía de su debilidad por él y estaba aterrorizada de implorarle que la
tocara. La intimidad y el aislamiento de la quietud de su casa sólo
destrozarían el control por el que ella trabajaba tan duro, sin embargo. Ella
no quería mendigar su toque. No quería arriesgarse a la angustia de que él la
rechazara.
Esta reacción hacia él
se escapaba de su control, admitió ante sí misma. Le echaba la culpa a su falta
de habilidades sociales, o a su miedo a tener citas con el paso de los años.
Ella no sabía cuándo realmente un tipo quería salir a divertirse con ella o
cuando trataba de encontrar una forma para vengarse de su padre.
Desafortunadamente, ella pagó a menudo los innumerables delitos insignificantes
y criminales, que su padre, Charlie había cometido a menudo.
— Jesamine está de viaje
esta semana. —Agarró su brazo firmemente cuando ella hizo ademán de adelantarse
a él otra vez.— De todas formas, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que comiste por
última vez?
Sabía que había perdido
peso el mes pasado. El miedo y la preocupación tenían una manera de afectar su
apetito en el mejor de los casos.
— ¿Por qué?, ayer, creo.
—Ella trató de argüir con astucia esa mentira, sin embargo por el apretón de
sus dedos en su brazo, tuvo la sensación de que había fallado— Vamos Edward. Tú
me sacaste bajo fianza como un buen niño, ahora solamente iré a casa y esperaré
algunos días hasta que te recuperes. ¿Todavía tengo empleo? —Ella giró la
mirada hacia atrás, hacía él, cuando la golpeó el pensamiento. Necesitaba ese
trabajo.
— Deberías regresar a la
escuela, en lugar de trabajar en un grasiento garaje, —Graznó, mientras la
conducía al exterior hacia su camioneta.— ¿Cuándo regresa tu padre?
— Infiernos si lo sé.
—Suspiró, refrenando su arrepentimiento al pensar en el colegio. No era que no
hubiese querido ir, demonios. Pero necesitaba comer, también. Las dos cosas no
se llevaban bien. — Se largó la semana pasada. Dejó una nota diciendo que
llamaría. No le he visto desde entonces.
No es que a ella
realmente le importase el no verle pronto. Aún cuando él estaba en casa, estaba
sola. A menos que él necesitase dinero y ella no tuviera para darle. Entonces
las cosas realmente se ponían interesantes.
Él tiró con fuerza de la
puerta del camión para abrirla sin soltar su brazo. Ella le contempló, tragando
con fuerza ante la mirada de sus ojos. Estaban más oscuros de lo normal,
brillando intensamente con alguna emoción que hizo que le recorriera una ola de
calor a través de su cuerpo, hizo a sus muslos hormiguear, y contraerse a su
vagina. Por una vez, la estaba mirando como algo más que a una chiquilla
molesta.
— ¿Qué sucedió anoche?
—Uh oh. Él usaba ese tono que no toleraba negativas. El que hacía que su
corazón apresurará la marcha en su pecho y a su sangre bombear duro y pesado en
sus venas.
Ella se encogió de
hombros descuidadamente.— Algunos niños haciendo travesuras, probablemente. Tú
sabes cómo son.
Él guardó silencio por
unos largos momentos.
— ¿Qué ha pasado? —Otra
vez su voz se escuchó como trueno. Ella tembló ante eso.
—Alguien trató de forzar
la entrada a la casa, ¿vale? —Trató de zafarse de su agarre pero fue imposible
librarse de él.— Los perseguí hasta la carretera principal antes de poder
disparar. Luego disparé. Desafortunadamente, el viejo Reverendo Weber se
atravesó, salía o entraba, o yo disparaba al coche equivocado. Todavía no sé
cómo se escaparon de mí.
Ella no había estado
disparando a matar. Sólo intentaba asustarlos un poco. Afortunadamente el
Reverendo parecía tener sentido del humor y sólo exigió una noche en prisión
para enseñarle una lección. No era su primera noche allí. Dudaba que fuera la
última.
— ¿Les disparaste?
—Demonios. Él estaba realmente disgustado ahora.— ¿Por qué no me lo contaste a
mí, Bella? ¿Qué diablos estabas haciendo con una pistola? —Su voz había decrecido
en vez de aumentar. Esa no era nunca una buena señal.
— Sé usarla. —Ella se
contorsionó ante su agarre, pero fue más que consciente del hecho de que él le
había dejado desasirse únicamente porque el lo permitió, no ella.— Demonios, Edward,
ya estoy cansada de esos bastardos tratando de atormentarme. Cada vez que Charlie
se va, tiran la misma mierda sobre mí.
La aterrorizaban. Edward
no estaba al tanto de las llamadas telefónicas. Ella nunca podría revelarle las
notas breves, horripilantemente descriptivas tampoco. Palideció sólo de pensar
en ellas. Eran gráficas, explícitas y aterradoras.
— Sube a la camioneta.
—Ella nunca le había escuchado ese tono antes. El peligro resonaba alrededor de
ella y el temblor que le sobrevino, no tuvo nada que ver con la excitación y sí
mucho con el temor.
Ella hizo lo que le
ordenó, aunque le vigiló atentamente. La puerta golpeó ruidosamente detrás de
ella y Edward se dirigió con paso majestuoso alrededor de la camioneta, no dijo
otra palabra hasta que estuvo dentro del vehículo en el lado del conductor.
— ¿Qué hizo él esta vez?
—Ella asumió que él se refería a su padre.
Ella se encogió de
hombros cuidadosamente.
— No lo sé. Llegó tarde
la semana pasada, puso algunas ropas en una mochila, me dijo que me quedara con
unos amigos y salió.
— ¿Y tú estás todavía en
la casa, por qué? —Dijo gruñendo. Hombre, era un animal cuando se enfadaba,
pensó inquietamente. Esa voz profunda la volvía loca, sin embargo.
— ¿Y en dónde voy a
quedarme? —Su risa fue de auto burla. No era como si ella tuviera un montón de
elecciones.— Telefoneé a Jesamine, pero no me contestó. Te telefoneé una vez o
dos, pero no estabas por ahí tampoco. Sólo quedábamos el arma de fuego y yo. El
arma siempre está allí.
A ella no le gustó la
mirada que él le dirigió. Furiosa y... hambrienta. La miró como si estuviese
buscando comida y la considerara una presa fácil de repente. Agitó su cabeza,
el asombro brillando en sus ojos.
— Debes de estar loca,
—Dijo finalmente suspirando— Ciertamente, demente. ¿Buen Dios, Bella, por qué
no dejaste un mensaje?
— ¿Cuántos quieres que
deje? —Gritó volviéndose hacia él. Ella no había dormido en una semana; estaba
hambrienta y enferma de miedo.— Llamé durante tres días, Edward, y dejé los
mensajes. ¿Por qué no compruebas la maldita máquina? Mejor aún, ve a gruñirles
a las malditas personas que no han arreglado la recepción del teléfono móvil en
este condado aún. Incluso tu móvil no respondía y para entonces estaba cansada
de implorar tu ayuda. —Como eso no era inusual en la pequeña y montañosa área
en la que ellos vivían, él se calmó, sus manos apretando el volante.
— No hubo ningún
mensaje. —Peligroso, retumbante él sólo se estaba poniendo más furioso a cada
momento.
— Entonces uno de tus
hermanos los borró —Le dijo, enojada.— Dejé los mensajes, Edward. Me sorprendió
cuando llegaste esta mañana. Cuando el sheriff dijo que él tuvo que dejarte un
mensaje...
— No hubo mensaje. —Su
voz aminoró aún más.— El sheriff me buscó en el garaje esta mañana.
Ella bufó.
— Entonces ahí lo tienes.
¿Te dijo él que te dejó un mensaje anoche?
— No. Pero le preguntaré
acerca de eso. —Por el tono de su voz, se dio cuenta de que él buscaría
respuestas, también.
Su mirada, parpadeó
cuando él clavó los ojos en ella fijamente. Sus ojos eran oscuros e intensos.
La mirada la recordó que era mujer, y le hizo ansiar cosas que a menudo la
ruborizaban cuando pensaba en ellas. Él raramente la miraba de esa manera. Que
lo hiciera ahora la descolocó completamente.
— Puedes quedarte en mi
oficina, sobre el garaje. —Él encendió el motor alejándose de la cárcel
mientras hablaba.— Hay una buena cama y una pequeña cocina allá arriba. Nadie
te molestará.
Pero ella no quería
estar sola. Estaba aburrida de eso.— Mira, sólo llévame de regreso a mi casa.
Estoy segura de que Charlie estará pronto de regreso.
Él bufó ante eso.
— No tengo tiempo de
sacarte bajo fianza de la cárcel cada mañana, Bella. Iremos por tus cosas y te
llevaré al garaje. Regresarás a la escuela este otoño...
— No tengo dinero aún...
— Yo puedo pagarlo. —Gruñó,
su mirada fija desviándose hacia ella, su furia casi tangible ahora.— Cierra la
boca y escúchame para variar antes de que ese padre loco que tienes, te mate.
El tono de su voz
aumentaba con cada palabra. Bella le miró cautelosamente. Ella nunca le había
escuchado alzar la voz.
— No necesito tu
caridad. —Dijo cruzando los brazos sobre sus pechos, quedándose con la mirada
fija en el parabrisas, su pecho pesado con la cólera y dolor.— Soy una mujer
adulta, Edward. Todo lo que necesito es el maldito trabajo.
— Estás a punto de
obtener algo que vas lamentar y sin duda alguna no necesitas eso ahora mismo.
—Su cabeza se movió para todos lados, cuando el camión se sacudió con fuerza al
hacer un alto detrás del garaje.
Él estaba perdiendo la
paciencia; lo podía sentir. Como la electricidad, la tensión entre ellos
comenzaba a crujir, apretándose sobre ella, casi bloqueando su respiración.
Era todavía temprano por
la mañana, horas antes de que el garaje abriera. La parte de atrás estaba
desierta, oculta por una cerca alta, dejándolos resguardados, ocultos. La
intimidad de eso la golpeó como una tonelada de ladrillos. De pronto estuvo
repentinamente jadeante, dolorida, y demasiado consciente del hombre que estaba
a su lado.
La estaba mirando con
esa expresión que nunca fallaba en excitarla. Y estaba excitada. Bella era
virgen, pero no era estúpida.
— ¿Lo lamentaré? —Las
palabras pasaron por sus labios antes de que ella las pudiera detener.
Un sonrojo quemó su cara
cuando lo vio de reojo, moviendo la cabeza, sintiéndose inmadura y estúpida,
ahora que sabía que tenía la razón.
— Olvídalo. —Ella negó
con la cabeza fijando la mirada en el patio desierto.—Seguramente no me refería
a eso.
Pero sí lo había hecho.
Era lo suficientemente honesta consigo misma para saberlo.
— Bella. —Su voz fue más
suave ahora, resonando con un poder, una emoción ardiente que hizo que su
corazón triplicara la velocidad.
— Mira, no necesito
ningún dulce discurso. —Dijo ella, luchando por esconder su humillación. ¿Dios,
cuándo aprendería a callarse la boca?— ¿Por qué no me llevas a casa y nos
olvidamos de que alguna vez dije una palabra?
— ¿Piensas que nada me
gustaría más que tenerte en mi cama? ¿Darte lo que sé que ambos queremos?
Ella se calmó. Gimió.
Oh... Dios, ese pequeño sonido patético no vino de su garganta. Ella volvió a
mirarle, sintiendo la desesperación que peleaba dentro de ella fluyendo hacia
la superficie.
Estaba allí en su cara.
Duras líneas de arrepentimiento, el hambre que sólo vislumbraba ocasionalmente
en sus ojos.
— Pero tu no...
—murmuró, su corazón rompiéndose— ¿lo harás?
— Mírate. —Dijo
quedamente, aunque su voz era ruda— Tan inocente y dulce y no tienes ni idea
del animal que tratas de soltar aquí.
— Tú no me lastimarías.
—Ella supo eso. Supo que si ella se entregaba a él, entonces él podría romper
su corazón, pero nunca la lastimaría físicamente.
— No puedes estar segura
de eso, Bella. —Él levantó su mano del volante, extendiendo la mano para tocar
su mejilla.
El calor de las puntas
de sus dedos llenas de callos, el toque de su pulgar en sus labios hizo que
dejara escapar un sollozo de necesidad de su garganta. Ella tenía que tocarle,
saborearle. Su lengua se asomó a hurtadillas, golpeando sobre su carne cuando
ambos gimieron. Los sonidos se escuchaban ardientes, hambrientos, llenando el
interior de vehículo con una tensión que se ajustó a cada célula de su cuerpo.
— Tú haces que me duela.
—Ella no podría detener las palabras o la necesidad.— Algunas veces no puedo
aguantarlo, Edward. Te necesito tanto. Te amo.
Habían sido amigos
durante años. Su cabaña no estaba muy distante de la de ella y él había sido
una presencia constante en su vida. Tanto era así, que ella se preguntaba si
podría sobrevivir sin él.
Él tragó fuertemente.
— No sabes lo que estás
diciendo.
— Te he amado desde que
tenía once años de edad, Edward. Desde que tú me cargaste fuera de la maldita
montaña y me llevaste de regreso a la casa de tu madre. ¿No sabes que me
posees? —Odiaba esa idea. Odiaba cuánto le necesitaba, cuánto le ansiaba.— ¿Soy
tan terrible, Edward, que incluso tú no me quieres? —¿Tenían razón los
mojigatos que la juzgaban por las acciones de Charlie? ¿Estaba ella en cierta
forma manchada? ¿Era indigna de su amor? La idea le perforaba el alma.
Los ojos de Edward
llamearon con hambre, como si sus palabras hubieran dejado suelto algo dentro
de él que ya no podía contener. La esperanza se despertó dentro de ella. Una
excitación ardiente se desplazó, en las profundidades ya húmedas de sus partes
íntimas.
— ¿No te quiero? —Dijo
casi gruñendo.— Demonios, Bella, te sentirías aterrorizada si tuvieses idea de
lo qué yo quiero de ti.
No había ninguna cosa
que él pudiera querer de ella, y que ella no quisiera darle.
— Entonces es tuyo.
—Murmuró ella con su pulgar acariciando a través de su mandíbula, acercándose
lentamente a sus labios.— Cualquier cosa, Edward. Moriría por ti.
— Eres todavía una niña.
—Gimió él, su pulgar presionado en contra de sus labios hasta que ella lo
envolvió en el calor de su boca.— Dios, Bella... —Ella le mordió, sujetándole
allí con su lengua acariciando su aspereza.
Bella siempre había
odiado su falta de control, la necesidad hambrienta que a menudo la empujaba a
que la lastimaran, a revelar sus emociones en la forma que permitiera a
cualquiera lastimarla. Estaba hambrienta, muerta de hambre por Edward de una
manera en la que ella nunca estuvo por ningún otro. Ella le necesitaba ahora,
como necesitaba el aire para respirar.
— Déjate ir. —Murmuró Edward
mientras su otra mano la acercaba más a él— Veamos si puedo llenar tu boca de
algo muchísimo más agradable.
Antes de que ella
supiese qué ocurría, él la había inmovilizado en el asiento, levantándose sobre
ella mientras movía el resorte bajo el asiento para echarlo hacia atrás y
permitirle más espacio. Bella gimió, quedándose con la mirada fija en él,
mirándolo con aturdida incredulidad cuando él se movió entre sus muslos, el
calor duro, caliente de su miembro cubierto con el tejido de sus vaqueros
acoplándose entre sus muslos perfectamente.
— Edward... —Su vientre
se convulsionó entonces. Sintió casi lo mismo que un puñetazo en su estómago
que le hizo perder la respiración, dejándola jadeante.
— Siénteme, Bella —le
ordenó roncamente, moviéndose contra ella, sus ojos ensombreciéndose más cuando
sintió la humedad resbalándose entre sus muslos. ¿Sentirlo? ¿Cómo podría ella
sentir cualquier otra cosa que no fuera él?
Fue demasiado intenso.
Un grito entrecortado escapó de su garganta mientras se arqueaba contra él,
sintiendo sus pechos latir y la hinchazón de su clítoris. Sus manos agarraron
sus brazos como él se colocó encima de ella, su expresión convertida en una
mueca de disgusto, mientras la miraba.
— Te apuesto a que
estarás tan apretada que no duraré ni unos minutos dentro de ti. —Su voz estaba
rechinando, despertando sus sentidos en formas que ella nunca había imaginado.
— Compruébalo. —Ella
apenas podía respirar, y mucho menos hablar, pero forzó las palabras fuera de
sus labios, necesitándole ahora con un hambre devastadora que ella no podía
disipar.
Un toque. Eso fue todo
lo que había necesitado. Sólo un toque de él para destruir cualquier
autocontrol que ella tenía, o podría haber tenido.
Sus manos fueron a su
cintura, tirando de su camisa, sacándola con fuerza de sus jeans, desesperada
por tocarle, por saborearle. Quería pasar sus dedos por su pecho, probar los
duros músculos cincelados de su abdomen, aflojarle sus jeans y ver si su pene
era tan grueso y duro como se sentía.
— Adentro. —Él bajó su
cabeza hacia su cuello, arrastrando sus labios por él, su respiración caliente
y pesada contra su carne.— Me niego a follarte en el maldito asiento como un
adolescente.
— Necesito tocarte. —Sus
manos ondearon contra su piel, sus dedos se deslizaron en su calor, sus
sentidos sobrecargados con la percepción sedosa, la impresión de pequeños y
suaves vellos cubriendo lo qué ella había pensado era un pecho lampiño.
Él se sacudió con fuerza
contra ella, un gruñido primitivo puro saliendo de su garganta mientras sus
manos se dirigían hasta su abdomen, luego hacia la pretina de sus jeans. Sus
dedos se dirigieron a la hebilla ancha del cinturón, su mirada presa en la de
ella mientras deslizaba el cuero de su cinturón a través de la hebilla de
metal.
— No. No me gusta esto.
—Su mano cubrió la suya, aunque sus caderas empujaban ferozmente contra del
montículo de su vagina.— No así, Bella. Mete tu trasero en el garaje y piensa
en esto. Piensa en eso duro y profundo, cariño, porque te prometo, que una vez
que entre detrás de ti, te follaré. Duro, profundo y sin piedad. Y condenado si
te dejaré alejarte de mí una vez que lo haga. Así es que es mejor que estés
malditamente segura de que es eso lo que quieres.
Él se alejó de ella,
gimiendo ante el esfuerzo de hacerlo. La quería. El pensamiento entró en su
cerebro mientras el placer entibiaba su cuerpo. Bella se quedó con la mirada
fija en él, asombrada, un poco asustada, pero más que dispuesta a darle lo que
fuera que él necesitara de ella.
— Tengo que irme de aquí
antes de que te viole. —Él se echó para atrás, mirándola cuidadosamente cuando
ella se recostó en el asiento.— Abre el garaje para mí. Estaré de regreso más
tarde. Y piensa lo que te dije, Bella. Debes estar segura. Porque una vez que
te tome, no habrá escape. Recuerda eso. Ésta es tu última oportunidad, nena. No
tendré el control suficiente para darte otra oportunidad.
—No quiero escapar. —Se
había prometido a sí misma que no imploraría, pero Dios sabía que ella estaba a
segundos de hacerlo.
Él respiraba fuerte,
pesado. Su cara ruborizada, sus ojos brillando intensamente con lujuria
extrema, imperturbable— Estaré de regreso esta tarde. Si esto pasa, entonces
quiero que esto pase bien, nena. Quiero que estés segura.
Ella trató de abrir la
puerta, buscando a tientas el picaporte de la camioneta. Antes de que pudiera
hacer más que empezar a salir él la tomó por la cintura, presionando su boca en
su cuello.
— Edward. —Su cuerpo
entero se debilitó, sus ojos se cerraron ante la sensación de él en su espalda,
sus brazos alrededor de ella, su lengua acariciando su piel.
— Necesito saborearte.
—En su voz, ella podía escuchar el esfuerzo que él hacía por apartarse de ella.
Su lengua era desigual,
áspera, casi como la de un gato, logrando que ella se estremeciera con el
placer sensual que cruzaba velozmente su cuerpo. Lamía su cuello hasta el punto
donde se encontraba con su hombro. Luego sus dientes rozaron su piel,
arrancando un gemido estrangulado de su garganta cuando la mordió apenas, un
placer casi dolor abrumándola, destruyéndola.
Sus manos posadas bajo
sus pechos, atrayéndola más fuerte contra su pecho mientras chupaba gentilmente
su piel, luego lamió sobre ella con un gruñido rudo de placer.
— Dios mío, qué bien
sabes... —murmuró él en su oído.— ¿Sabrás así de bien, Bella, cuándo lama tu
suave vagina? ¿Me volveré loco con tu dulzura?
— Oh Dios. —Su cabeza
cayó contra sus hombros, mientras que Edward, con sus labios y su lengua
continuaba atormentando su sensibilizada piel.
— Mejor será que
descanses hoy —Murmuró, mientras lentamente la soltaba.— Descansa bien, Bella,
porque si sigues aquí cuando regrese, pueden pasar muchos días antes de que
duermas otra vez.
Bella luchó por
respirar. Luchó por encontrar la fuerza para dejar la camioneta. No quería
dejarle ir, no quería darle la oportunidad de que él cambiara de idea y la
dejara con este dolor por siempre.
— No tengo que pensarlo.
—Le dijo sin mirarlo, aterrorizada de que si lo hacía, le rogaría que la
llevase con él— Te quiero ahora, Edward.
— Entonces eso no
cambiará en pocas horas. —Su voz sonaba estrangulada, ruda.— Ve. Antes de que
pierda todo el control.
Ella avanzó lentamente
fuera de la camioneta antes de girar para mirarlo nuevamente.
— ¿Regresarás? ¿Estás
seguro?
— Oh, claro que
regresaré. —Dijo suavemente— Lo podremos lamentar más tarde, Bella, pero
regresaré.
Ella cerró la puerta,
dejándole ir, así ella podría pensar y anticipar la noche.
La noche llegó, pero Edward
no lo hizo. Al día siguiente, su hermano Dayan estaba allí, y en sus manos
sostenía la destrucción de todos sus sueños. La carta que Edward le había
enviado había hecho pedazos todo dentro de ella.
“Tú eres solamente una niña, Bella. Soy un hombre maduro y necesito una
mujer que cubra completamente las necesidades que tengo. Alguien lo
suficientemente mayor, como para entender esas necesidades, no una pequeña virgen
inmadura. Ve a casa. Tú eres simplemente una niñita jugando a algo que tú y yo
sabemos que no puedes manejar. Pensándolo bien, he decidido que es mejor que
nuestra amistad termine. Estoy aburrido de rescatarte. Enfermo de la carga que
tú has colocado sobre mí para protegerte. Aprende a protegerte a ti misma, y a
crecer. No tengo idea de cómo criar a una niñita y no quiero comenzar contigo. Edward”
Ella regresó a su casa,
al silencio, a sus miedos, y a un hambre por Edward que había aumentado casi a proporciones
dolorosas. Y a la furia. La dulce furia, ardiente en contra de ambos, de Edward
y de ella misma. La niñita. Las palabras le causaron obsesión. Él no la había
follado, pero se había asegurado de que creciese rápidamente. Un día, juró, él
pagaría por esto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario