lunes, 18 de febrero de 2013

El Interior de Edward/Prologo



Él la protegió cuando era una niña, fue el protagonista de todas sus fantasías de adolescente y le robó su corazón de mujer... para rompérselo.

Ahora, quince meses más tarde, la noticia se ha desatado. El hombre al que ama pertenece a las Castas de los Felinos, humanos genéticamente alterados con los mayores predadores del mundo animal y que han asombrado al mundo entero al descubrirse su existencia. Y ella es su compañera. La marca en su cuello lo atestigua. El fuego que corre por su corazón y que hace que su cuerpo arda de deseo lo prueba. Pero él no la quiso en el pasado, ¿la querrá ahora?

El engaño y la traición, nacidos en el pasado, les persiguen en el presente y Edward y Bella tendrán que pelear por ese lazo que les une: un apareamiento en cuerpo y alma con un hombre que es a la vez mitad bestia. Pero, además, Edward tendrá que enfrentarse a las fuerzas que le crearon y que amenazan con destruir a los suyos y a la mujer que ha reclamado como suya.



Prólogo

Junio
Sandy Hook, Kentucky

— ¿Bella, caray, en qué tipo de problema estás metida esta vez? —Bella Swan trató de suprimir una abierta sonrisa cuando escuchó la voz de Edward haciendo eco a través del corredor de las celdas de la cárcel del condado. Se recostó en la incómoda litera, fingiendo indiferencia. De ninguna manera, le daría la oportunidad de ver cuanto la podía intimidar. Y vaya que él podía intimidarla.
Bueno con 1’80 de altura, su cuerpo era una masa de poderosos músculos, su expresión a menudo salvaje, remota. Él podía lograr que su corazón latiera fuertemente con una combinación de miedo y excitación. El miedo era algo que podía manejar. Era la excitación con lo que a menudo tenía más problemas. La primera vez que la sintió había sido justo después de haber alcanzado los dieciséis años. Se había intensificado varios meses después de su cumpleaños número 22. Había noches en las que ella se quemaba por él, y eso la aterrorizaba.
Dio la bienvenida a la sensación de la piedra fresca en su espalda, aliviando un poco el calor asfixiante que la rodeaba. El calor que sentía dentro de ella, era más ardiente todavía. El acondicionador de aire había estado averiado toda la noche y las celdas eran sofocantes. Gracias al viejo Mort, el carcelero, que había abierto las ventanas, con lo cual ella había dejado de sufrir.

Las fuertes pisadas de las botas de Edward en el piso de piedra la causaron un sobresalto. Sólo caminaba de esa manera cuando estaba enfadado. Cuidadosamente compuso una expresión de diversión aburrida en su cara. No haría nada para dejarle saber, que ella se asustaba de muerte cuándo él se enfadaba.
No, Edward no la lastimaría. Instintivamente sabía que él nunca le pondría la mano encima. Pero había algo en él cuando se enfurecía. Algo primitivo, predador. No era un hombre al que ella se arriesgara a hacerle enojar demasiadas veces. Desafortunadamente, los problemas parecían encontrarla y frecuentemente, Edward parecía rescatarla de una u otra manera. Ella estaba aterrorizada de que un día él se cansara de ser su caballero de brillante armadura y se desentendiera completamente de ella.
En unos segundos él estuvo de pie en la puerta de la celda, sus manos apoyadas en sus delgadas caderas, el ceño fruncido grabado sobre su orgulloso rostro, que hacía oscurecer el sol. Demonios, él le hacia querer rozarse contra él, como un gato. Era alto y musculoso, con hombros anchos, su pecho poderoso seguido de un abdomen plano, que hacía que anhelara tocarlo.
Largas y poderosas piernas recubiertas con una cómoda mezclilla y no había manera en la que ella dejase de contemplar la protuberancia entre sus muslos que parecía demasiado buena para ser cierta. Precipitadamente ella sacudió con fuerza su mirada de regreso a su cara.
Sus ojos estaban fijos en ella ahora, el brillante verde jade ardiendo con furia. Ella tragó saliva. De ninguna manera estaba complacido con ella esta mañana.
— No hice nada. —Ella se recobró rápidamente, permitiendo que toda la excitación que sentía le sirviera de combustible para su cólera.— Estaba solo de pie allí, Edward. Palabra. Ese sheriff ha perdido el juicio.
Ella luchó por ocultar su diversión. Por supuesto, él sabía que mentía. Siempre sabía cuándo mentía.
— Debería dejar que te pudrieras aquí. —Ella adoraba ese gruñido en su voz cuando estaba enfadado. Su voz decrecía y vibraba casi... como un gato. Amaba a los gatos.
Bella puso los ojos en blanco, aunque los músculos de su estómago se estremecieron en reacción. Literalmente podía sentir sus pechos hinchándose, sus pezones enhiestos ante su voz, y ella supo que él no se había perdido su reacción.
Instantáneamente su expresión se apagó. Sin cólera, sin ira. Como un maldito robot. Toda la expresión en su rostro parecía que se cerraba herméticamente, fríamente, causando que ella temblara en reacción. Lo odiaba cuando hacía eso, odiaba cuando se escondía ante cualquier respuesta de su cuerpo.
— ¿Me vas a sacar de aquí o qué? —Ladró, dolida por su reacción.— Se está horriblemente caliente aquí, Edward, y cada vez aumenta más la temperatura. —En más de una forma.
Él suspiró luego sacudió la cabeza, como si el problema no fuera más de lo que él había esperado de ella tan temprano por la mañana. Al menos su mirada no era aquella mirada tan indiferente que ella odiaba.
— Debería azotar tu trasero. —Él se hizo a un lado cuando el carcelero, bien entrado en sus cincuenta y tantos años, sonreía abiertamente, y abría la puerta de la celda.
Bella no luchó contra el temblor que sintió sobre su cuerpo ante el oscuro sonido de su voz. Él la podría zurrar cualquier día pensó. Mientras él la tocara. ¿Tal vez él la besaría y la zurraría más tarde? Sus pensamientos hicieron que suprimiera una sonrisa así como también su trémula respuesta.
— Dame una zurra, papi —Dijo arrastrando las palabras, mientras se levantaba del catre y pasaba por la puerta.
Él bufó disgustado.
— Tu padre obviamente descuidó la disciplina contigo o si no tú no llegarías tan lejos.
Bella caminó a toda prisa tras él, y llegó hasta donde el sherriff había dejado su mochila en el viejo escritorio de Mort la noche anterior. Ella se obligó a seguir a Edward, y se agachó a recogerla, sintiendo la mirada de Edward en su trasero como una caricia.
Se levantó, acomodó la correa sobre su brazo y se volvió hacia él con una brillante sonrisa.
— Estoy lista siempre que tú lo estés. ¿Crees que Jesamine me dejaría quedar con ella por algún tiempo? Esa vieja casa se está volviendo aburrida este verano.
Para ser honesta, se estaba poniendo terrorífica. No sabía quién le estaba jugando pequeñas bromas últimamente, pero iba a enterarse. Ella estaría un día o dos sin saberlo, como la noche anterior, pero eventualmente daría con los culpables.
La mirada dura que él le dirigió le aseguró que no se le había escapado su pequeña mentira. Sabía condenadamente bien, que ella no pediría quedarse con su hermana a menos que estuviese muerta de miedo. Consideró pedirle que la dejara quedarse en su casa. Pero sabía de su debilidad por él y estaba aterrorizada de implorarle que la tocara. La intimidad y el aislamiento de la quietud de su casa sólo destrozarían el control por el que ella trabajaba tan duro, sin embargo. Ella no quería mendigar su toque. No quería arriesgarse a la angustia de que él la rechazara.
Esta reacción hacia él se escapaba de su control, admitió ante sí misma. Le echaba la culpa a su falta de habilidades sociales, o a su miedo a tener citas con el paso de los años. Ella no sabía cuándo realmente un tipo quería salir a divertirse con ella o cuando trataba de encontrar una forma para vengarse de su padre. Desafortunadamente, ella pagó a menudo los innumerables delitos insignificantes y criminales, que su padre, Charlie había cometido a menudo.
— Jesamine está de viaje esta semana. —Agarró su brazo firmemente cuando ella hizo ademán de adelantarse a él otra vez.— De todas formas, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que comiste por última vez?
Sabía que había perdido peso el mes pasado. El miedo y la preocupación tenían una manera de afectar su apetito en el mejor de los casos.
— ¿Por qué?, ayer, creo. —Ella trató de argüir con astucia esa mentira, sin embargo por el apretón de sus dedos en su brazo, tuvo la sensación de que había fallado— Vamos Edward. Tú me sacaste bajo fianza como un buen niño, ahora solamente iré a casa y esperaré algunos días hasta que te recuperes. ¿Todavía tengo empleo? —Ella giró la mirada hacia atrás, hacía él, cuando la golpeó el pensamiento. Necesitaba ese trabajo.
— Deberías regresar a la escuela, en lugar de trabajar en un grasiento garaje, —Graznó, mientras la conducía al exterior hacia su camioneta.— ¿Cuándo regresa tu padre?
— Infiernos si lo sé. —Suspiró, refrenando su arrepentimiento al pensar en el colegio. No era que no hubiese querido ir, demonios. Pero necesitaba comer, también. Las dos cosas no se llevaban bien. — Se largó la semana pasada. Dejó una nota diciendo que llamaría. No le he visto desde entonces.
No es que a ella realmente le importase el no verle pronto. Aún cuando él estaba en casa, estaba sola. A menos que él necesitase dinero y ella no tuviera para darle. Entonces las cosas realmente se ponían interesantes.
Él tiró con fuerza de la puerta del camión para abrirla sin soltar su brazo. Ella le contempló, tragando con fuerza ante la mirada de sus ojos. Estaban más oscuros de lo normal, brillando intensamente con alguna emoción que hizo que le recorriera una ola de calor a través de su cuerpo, hizo a sus muslos hormiguear, y contraerse a su vagina. Por una vez, la estaba mirando como algo más que a una chiquilla molesta.
— ¿Qué sucedió anoche? —Uh oh. Él usaba ese tono que no toleraba negativas. El que hacía que su corazón apresurará la marcha en su pecho y a su sangre bombear duro y pesado en sus venas.
Ella se encogió de hombros descuidadamente.— Algunos niños haciendo travesuras, probablemente. Tú sabes cómo son.
Él guardó silencio por unos largos momentos.
— ¿Qué ha pasado? —Otra vez su voz se escuchó como trueno. Ella tembló ante eso.
—Alguien trató de forzar la entrada a la casa, ¿vale? —Trató de zafarse de su agarre pero fue imposible librarse de él.— Los perseguí hasta la carretera principal antes de poder disparar. Luego disparé. Desafortunadamente, el viejo Reverendo Weber se atravesó, salía o entraba, o yo disparaba al coche equivocado. Todavía no sé cómo se escaparon de mí.
Ella no había estado disparando a matar. Sólo intentaba asustarlos un poco. Afortunadamente el Reverendo parecía tener sentido del humor y sólo exigió una noche en prisión para enseñarle una lección. No era su primera noche allí. Dudaba que fuera la última.
— ¿Les disparaste? —Demonios. Él estaba realmente disgustado ahora.— ¿Por qué no me lo contaste a mí, Bella? ¿Qué diablos estabas haciendo con una pistola? —Su voz había decrecido en vez de aumentar. Esa no era nunca una buena señal.
— Sé usarla. —Ella se contorsionó ante su agarre, pero fue más que consciente del hecho de que él le había dejado desasirse únicamente porque el lo permitió, no ella.— Demonios, Edward, ya estoy cansada de esos bastardos tratando de atormentarme. Cada vez que Charlie se va, tiran la misma mierda sobre mí.
La aterrorizaban. Edward no estaba al tanto de las llamadas telefónicas. Ella nunca podría revelarle las notas breves, horripilantemente descriptivas tampoco. Palideció sólo de pensar en ellas. Eran gráficas, explícitas y aterradoras.
— Sube a la camioneta. —Ella nunca le había escuchado ese tono antes. El peligro resonaba alrededor de ella y el temblor que le sobrevino, no tuvo nada que ver con la excitación y sí mucho con el temor.
Ella hizo lo que le ordenó, aunque le vigiló atentamente. La puerta golpeó ruidosamente detrás de ella y Edward se dirigió con paso majestuoso alrededor de la camioneta, no dijo otra palabra hasta que estuvo dentro del vehículo en el lado del conductor.
— ¿Qué hizo él esta vez? —Ella asumió que él se refería a su padre.
Ella se encogió de hombros cuidadosamente.
— No lo sé. Llegó tarde la semana pasada, puso algunas ropas en una mochila, me dijo que me quedara con unos amigos y salió.
— ¿Y tú estás todavía en la casa, por qué? —Dijo gruñendo. Hombre, era un animal cuando se enfadaba, pensó inquietamente. Esa voz profunda la volvía loca, sin embargo.
— ¿Y en dónde voy a quedarme? —Su risa fue de auto burla. No era como si ella tuviera un montón de elecciones.— Telefoneé a Jesamine, pero no me contestó. Te telefoneé una vez o dos, pero no estabas por ahí tampoco. Sólo quedábamos el arma de fuego y yo. El arma siempre está allí.
A ella no le gustó la mirada que él le dirigió. Furiosa y... hambrienta. La miró como si estuviese buscando comida y la considerara una presa fácil de repente. Agitó su cabeza, el asombro brillando en sus ojos.
— Debes de estar loca, —Dijo finalmente suspirando— Ciertamente, demente. ¿Buen Dios, Bella, por qué no dejaste un mensaje?
— ¿Cuántos quieres que deje? —Gritó volviéndose hacia él. Ella no había dormido en una semana; estaba hambrienta y enferma de miedo.— Llamé durante tres días, Edward, y dejé los mensajes. ¿Por qué no compruebas la maldita máquina? Mejor aún, ve a gruñirles a las malditas personas que no han arreglado la recepción del teléfono móvil en este condado aún. Incluso tu móvil no respondía y para entonces estaba cansada de implorar tu ayuda. —Como eso no era inusual en la pequeña y montañosa área en la que ellos vivían, él se calmó, sus manos apretando el volante.
— No hubo ningún mensaje. —Peligroso, retumbante él sólo se estaba poniendo más furioso a cada momento.
— Entonces uno de tus hermanos los borró —Le dijo, enojada.— Dejé los mensajes, Edward. Me sorprendió cuando llegaste esta mañana. Cuando el sheriff dijo que él tuvo que dejarte un mensaje...
— No hubo mensaje. —Su voz aminoró aún más.— El sheriff me buscó en el garaje esta mañana.
Ella bufó.
— Entonces ahí lo tienes. ¿Te dijo él que te dejó un mensaje anoche?
— No. Pero le preguntaré acerca de eso. —Por el tono de su voz, se dio cuenta de que él buscaría respuestas, también.
Su mirada, parpadeó cuando él clavó los ojos en ella fijamente. Sus ojos eran oscuros e intensos. La mirada la recordó que era mujer, y le hizo ansiar cosas que a menudo la ruborizaban cuando pensaba en ellas. Él raramente la miraba de esa manera. Que lo hiciera ahora la descolocó completamente.
— Puedes quedarte en mi oficina, sobre el garaje. —Él encendió el motor alejándose de la cárcel mientras hablaba.— Hay una buena cama y una pequeña cocina allá arriba. Nadie te molestará.
Pero ella no quería estar sola. Estaba aburrida de eso.— Mira, sólo llévame de regreso a mi casa. Estoy segura de que Charlie estará pronto de regreso.
Él bufó ante eso.
— No tengo tiempo de sacarte bajo fianza de la cárcel cada mañana, Bella. Iremos por tus cosas y te llevaré al garaje. Regresarás a la escuela este otoño...
— No tengo dinero aún...
— Yo puedo pagarlo. —Gruñó, su mirada fija desviándose hacia ella, su furia casi tangible ahora.— Cierra la boca y escúchame para variar antes de que ese padre loco que tienes, te mate.
El tono de su voz aumentaba con cada palabra. Bella le miró cautelosamente. Ella nunca le había escuchado alzar la voz.
— No necesito tu caridad. —Dijo cruzando los brazos sobre sus pechos, quedándose con la mirada fija en el parabrisas, su pecho pesado con la cólera y dolor.— Soy una mujer adulta, Edward. Todo lo que necesito es el maldito trabajo.
— Estás a punto de obtener algo que vas lamentar y sin duda alguna no necesitas eso ahora mismo. —Su cabeza se movió para todos lados, cuando el camión se sacudió con fuerza al hacer un alto detrás del garaje.
Él estaba perdiendo la paciencia; lo podía sentir. Como la electricidad, la tensión entre ellos comenzaba a crujir, apretándose sobre ella, casi bloqueando su respiración.
Era todavía temprano por la mañana, horas antes de que el garaje abriera. La parte de atrás estaba desierta, oculta por una cerca alta, dejándolos resguardados, ocultos. La intimidad de eso la golpeó como una tonelada de ladrillos. De pronto estuvo repentinamente jadeante, dolorida, y demasiado consciente del hombre que estaba a su lado.
La estaba mirando con esa expresión que nunca fallaba en excitarla. Y estaba excitada. Bella era virgen, pero no era estúpida.
— ¿Lo lamentaré? —Las palabras pasaron por sus labios antes de que ella las pudiera detener.
Un sonrojo quemó su cara cuando lo vio de reojo, moviendo la cabeza, sintiéndose inmadura y estúpida, ahora que sabía que tenía la razón.
— Olvídalo. —Ella negó con la cabeza fijando la mirada en el patio desierto.—Seguramente no me refería a eso.
Pero sí lo había hecho. Era lo suficientemente honesta consigo misma para saberlo.
— Bella. —Su voz fue más suave ahora, resonando con un poder, una emoción ardiente que hizo que su corazón triplicara la velocidad.
— Mira, no necesito ningún dulce discurso. —Dijo ella, luchando por esconder su humillación. ¿Dios, cuándo aprendería a callarse la boca?— ¿Por qué no me llevas a casa y nos olvidamos de que alguna vez dije una palabra?
— ¿Piensas que nada me gustaría más que tenerte en mi cama? ¿Darte lo que sé que ambos queremos?
Ella se calmó. Gimió. Oh... Dios, ese pequeño sonido patético no vino de su garganta. Ella volvió a mirarle, sintiendo la desesperación que peleaba dentro de ella fluyendo hacia la superficie.
Estaba allí en su cara. Duras líneas de arrepentimiento, el hambre que sólo vislumbraba ocasionalmente en sus ojos.
— Pero tu no... —murmuró, su corazón rompiéndose— ¿lo harás?
— Mírate. —Dijo quedamente, aunque su voz era ruda— Tan inocente y dulce y no tienes ni idea del animal que tratas de soltar aquí.
— Tú no me lastimarías. —Ella supo eso. Supo que si ella se entregaba a él, entonces él podría romper su corazón, pero nunca la lastimaría físicamente.
— No puedes estar segura de eso, Bella. —Él levantó su mano del volante, extendiendo la mano para tocar su mejilla.
El calor de las puntas de sus dedos llenas de callos, el toque de su pulgar en sus labios hizo que dejara escapar un sollozo de necesidad de su garganta. Ella tenía que tocarle, saborearle. Su lengua se asomó a hurtadillas, golpeando sobre su carne cuando ambos gimieron. Los sonidos se escuchaban ardientes, hambrientos, llenando el interior de vehículo con una tensión que se ajustó a cada célula de su cuerpo.
— Tú haces que me duela. —Ella no podría detener las palabras o la necesidad.— Algunas veces no puedo aguantarlo, Edward. Te necesito tanto. Te amo.
Habían sido amigos durante años. Su cabaña no estaba muy distante de la de ella y él había sido una presencia constante en su vida. Tanto era así, que ella se preguntaba si podría sobrevivir sin él.
Él tragó fuertemente.
— No sabes lo que estás diciendo.
— Te he amado desde que tenía once años de edad, Edward. Desde que tú me cargaste fuera de la maldita montaña y me llevaste de regreso a la casa de tu madre. ¿No sabes que me posees? —Odiaba esa idea. Odiaba cuánto le necesitaba, cuánto le ansiaba.— ¿Soy tan terrible, Edward, que incluso tú no me quieres? —¿Tenían razón los mojigatos que la juzgaban por las acciones de Charlie? ¿Estaba ella en cierta forma manchada? ¿Era indigna de su amor? La idea le perforaba el alma.
Los ojos de Edward llamearon con hambre, como si sus palabras hubieran dejado suelto algo dentro de él que ya no podía contener. La esperanza se despertó dentro de ella. Una excitación ardiente se desplazó, en las profundidades ya húmedas de sus partes íntimas.
— ¿No te quiero? —Dijo casi gruñendo.— Demonios, Bella, te sentirías aterrorizada si tuvieses idea de lo qué yo quiero de ti.
No había ninguna cosa que él pudiera querer de ella, y que ella no quisiera darle.
— Entonces es tuyo. —Murmuró ella con su pulgar acariciando a través de su mandíbula, acercándose lentamente a sus labios.— Cualquier cosa, Edward. Moriría por ti.
— Eres todavía una niña. —Gimió él, su pulgar presionado en contra de sus labios hasta que ella lo envolvió en el calor de su boca.— Dios, Bella... —Ella le mordió, sujetándole allí con su lengua acariciando su aspereza.
Bella siempre había odiado su falta de control, la necesidad hambrienta que a menudo la empujaba a que la lastimaran, a revelar sus emociones en la forma que permitiera a cualquiera lastimarla. Estaba hambrienta, muerta de hambre por Edward de una manera en la que ella nunca estuvo por ningún otro. Ella le necesitaba ahora, como necesitaba el aire para respirar.
— Déjate ir. —Murmuró Edward mientras su otra mano la acercaba más a él— Veamos si puedo llenar tu boca de algo muchísimo más agradable.
Antes de que ella supiese qué ocurría, él la había inmovilizado en el asiento, levantándose sobre ella mientras movía el resorte bajo el asiento para echarlo hacia atrás y permitirle más espacio. Bella gimió, quedándose con la mirada fija en él, mirándolo con aturdida incredulidad cuando él se movió entre sus muslos, el calor duro, caliente de su miembro cubierto con el tejido de sus vaqueros acoplándose entre sus muslos perfectamente.
— Edward... —Su vientre se convulsionó entonces. Sintió casi lo mismo que un puñetazo en su estómago que le hizo perder la respiración, dejándola jadeante.
— Siénteme, Bella —le ordenó roncamente, moviéndose contra ella, sus ojos ensombreciéndose más cuando sintió la humedad resbalándose entre sus muslos. ¿Sentirlo? ¿Cómo podría ella sentir cualquier otra cosa que no fuera él?
Fue demasiado intenso. Un grito entrecortado escapó de su garganta mientras se arqueaba contra él, sintiendo sus pechos latir y la hinchazón de su clítoris. Sus manos agarraron sus brazos como él se colocó encima de ella, su expresión convertida en una mueca de disgusto, mientras la miraba.
— Te apuesto a que estarás tan apretada que no duraré ni unos minutos dentro de ti. —Su voz estaba rechinando, despertando sus sentidos en formas que ella nunca había imaginado.
— Compruébalo. —Ella apenas podía respirar, y mucho menos hablar, pero forzó las palabras fuera de sus labios, necesitándole ahora con un hambre devastadora que ella no podía disipar.
Un toque. Eso fue todo lo que había necesitado. Sólo un toque de él para destruir cualquier autocontrol que ella tenía, o podría haber tenido.
Sus manos fueron a su cintura, tirando de su camisa, sacándola con fuerza de sus jeans, desesperada por tocarle, por saborearle. Quería pasar sus dedos por su pecho, probar los duros músculos cincelados de su abdomen, aflojarle sus jeans y ver si su pene era tan grueso y duro como se sentía.
— Adentro. —Él bajó su cabeza hacia su cuello, arrastrando sus labios por él, su respiración caliente y pesada contra su carne.— Me niego a follarte en el maldito asiento como un adolescente.
— Necesito tocarte. —Sus manos ondearon contra su piel, sus dedos se deslizaron en su calor, sus sentidos sobrecargados con la percepción sedosa, la impresión de pequeños y suaves vellos cubriendo lo qué ella había pensado era un pecho lampiño.
Él se sacudió con fuerza contra ella, un gruñido primitivo puro saliendo de su garganta mientras sus manos se dirigían hasta su abdomen, luego hacia la pretina de sus jeans. Sus dedos se dirigieron a la hebilla ancha del cinturón, su mirada presa en la de ella mientras deslizaba el cuero de su cinturón a través de la hebilla de metal.
— No. No me gusta esto. —Su mano cubrió la suya, aunque sus caderas empujaban ferozmente contra del montículo de su vagina.— No así, Bella. Mete tu trasero en el garaje y piensa en esto. Piensa en eso duro y profundo, cariño, porque te prometo, que una vez que entre detrás de ti, te follaré. Duro, profundo y sin piedad. Y condenado si te dejaré alejarte de mí una vez que lo haga. Así es que es mejor que estés malditamente segura de que es eso lo que quieres.
Él se alejó de ella, gimiendo ante el esfuerzo de hacerlo. La quería. El pensamiento entró en su cerebro mientras el placer entibiaba su cuerpo. Bella se quedó con la mirada fija en él, asombrada, un poco asustada, pero más que dispuesta a darle lo que fuera que él necesitara de ella.
— Tengo que irme de aquí antes de que te viole. —Él se echó para atrás, mirándola cuidadosamente cuando ella se recostó en el asiento.— Abre el garaje para mí. Estaré de regreso más tarde. Y piensa lo que te dije, Bella. Debes estar segura. Porque una vez que te tome, no habrá escape. Recuerda eso. Ésta es tu última oportunidad, nena. No tendré el control suficiente para darte otra oportunidad.
—No quiero escapar. —Se había prometido a sí misma que no imploraría, pero Dios sabía que ella estaba a segundos de hacerlo.
Él respiraba fuerte, pesado. Su cara ruborizada, sus ojos brillando intensamente con lujuria extrema, imperturbable— Estaré de regreso esta tarde. Si esto pasa, entonces quiero que esto pase bien, nena. Quiero que estés segura.
Ella trató de abrir la puerta, buscando a tientas el picaporte de la camioneta. Antes de que pudiera hacer más que empezar a salir él la tomó por la cintura, presionando su boca en su cuello.
— Edward. —Su cuerpo entero se debilitó, sus ojos se cerraron ante la sensación de él en su espalda, sus brazos alrededor de ella, su lengua acariciando su piel.
— Necesito saborearte. —En su voz, ella podía escuchar el esfuerzo que él hacía por apartarse de ella.
Su lengua era desigual, áspera, casi como la de un gato, logrando que ella se estremeciera con el placer sensual que cruzaba velozmente su cuerpo. Lamía su cuello hasta el punto donde se encontraba con su hombro. Luego sus dientes rozaron su piel, arrancando un gemido estrangulado de su garganta cuando la mordió apenas, un placer casi dolor abrumándola, destruyéndola.
Sus manos posadas bajo sus pechos, atrayéndola más fuerte contra su pecho mientras chupaba gentilmente su piel, luego lamió sobre ella con un gruñido rudo de placer.
— Dios mío, qué bien sabes... —murmuró él en su oído.— ¿Sabrás así de bien, Bella, cuándo lama tu suave vagina? ¿Me volveré loco con tu dulzura?
— Oh Dios. —Su cabeza cayó contra sus hombros, mientras que Edward, con sus labios y su lengua continuaba atormentando su sensibilizada piel.
— Mejor será que descanses hoy —Murmuró, mientras lentamente la soltaba.— Descansa bien, Bella, porque si sigues aquí cuando regrese, pueden pasar muchos días antes de que duermas otra vez.
Bella luchó por respirar. Luchó por encontrar la fuerza para dejar la camioneta. No quería dejarle ir, no quería darle la oportunidad de que él cambiara de idea y la dejara con este dolor por siempre.
— No tengo que pensarlo. —Le dijo sin mirarlo, aterrorizada de que si lo hacía, le rogaría que la llevase con él— Te quiero ahora, Edward.
— Entonces eso no cambiará en pocas horas. —Su voz sonaba estrangulada, ruda.— Ve. Antes de que pierda todo el control.
Ella avanzó lentamente fuera de la camioneta antes de girar para mirarlo nuevamente.
— ¿Regresarás? ¿Estás seguro?
— Oh, claro que regresaré. —Dijo suavemente— Lo podremos lamentar más tarde, Bella, pero regresaré.
Ella cerró la puerta, dejándole ir, así ella podría pensar y anticipar la noche.
La noche llegó, pero Edward no lo hizo. Al día siguiente, su hermano Dayan estaba allí, y en sus manos sostenía la destrucción de todos sus sueños. La carta que Edward le había enviado había hecho pedazos todo dentro de ella.

“Tú eres solamente una niña, Bella. Soy un hombre maduro y necesito una mujer que cubra completamente las necesidades que tengo. Alguien lo suficientemente mayor, como para entender esas necesidades, no una pequeña virgen inmadura. Ve a casa. Tú eres simplemente una niñita jugando a algo que tú y yo sabemos que no puedes manejar. Pensándolo bien, he decidido que es mejor que nuestra amistad termine. Estoy aburrido de rescatarte. Enfermo de la carga que tú has colocado sobre mí para protegerte. Aprende a protegerte a ti misma, y a crecer. No tengo idea de cómo criar a una niñita y no quiero comenzar contigo. Edward”

Ella regresó a su casa, al silencio, a sus miedos, y a un hambre por Edward que había aumentado casi a proporciones dolorosas. Y a la furia. La dulce furia, ardiente en contra de ambos, de Edward y de ella misma. La niñita. Las palabras le causaron obsesión. Él no la había follado, pero se había asegurado de que creciese rápidamente. Un día, juró, él pagaría por esto.

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