Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo
CAPITULO 1
–Esta historia
es mía. – Dijo Clary a su familia de
siete hermanos con voz firme y
determinación inquebrantable tal como lo hacía su padre.
Ella sabía que
no presentaba una figura muy impotente. Con su 1.60 metros de
estatura, era muy difícil convencer a los machos de su familia, todos de mas de
1.80 metros ,
que era seria respecto a algo. Pero este era un ejemplo, sabía que no tenía
ninguna otra elección.
– ¿No piensas
que esto es un asunto muy grande para ti?– Caleb, jefe de redacción del foro de
debate nacional y el que seguía del hermano mayor, sonrío afectadamente con un
aire de superioridad.
Clary se negó a
dejarse hostigar. Sostuvo directamente la atenta expresión de su padre sobre la larga mesa. Valentine Morgenstern
era al único que tenía que convencer, no a sus imbéciles hermanos arribistas.
–He trabajado
mucho para lograrlo, papá, puedo hacer esto. – Luchó por imponer una dura
determinación en su voz que tan a menudo había escuchado usar a su hermano
mayor. –Me merezco esta oportunidad.
Tenía
veinticuatro años, era la más pequeña en una familia de ocho e hija única.
Odiaba el maquillaje, los vestidos elegantes y las funciones sociales,
escuchaba a menudo cómo era una desilusión a la raza femenina, según sus
hermanos. Quería ser periodista; quería hacer una diferencia. Quería parecerse
al hombre que estaba en la fotografía sobre la mesa enfrente de ella y ver si sus ojos eran realmente de ese color
ámbar brillante. Quizá era más mujer de lo que suponían.
Estaba obsesionada,
lo admitió en silencio, y sabía que antes iría al infierno que demostrarlo.
Desde el momento en que había visto la fotografía del hombre en cuestión, había
estado nerviosa, aterrorizada de que sus enemigos lo atraparan, antes de que
ella pudiera entregar la propuesta a su padre.
– ¿Qué es lo que
te hace pensar que eres la mejor persona para este trabajo, Clary?– Dijo su
padre inclinándose hacia ella, poniendo sus manos sobre la mesa enfrente de él,
sus verdes ojos serios y atentos cuando la miró.
–Porque soy una mujer. – Se permitió una
pequeña sonrisa. –Si te atreves a poner tanta testosterona en la misma
habitación, con solo uno de los machos que esta aquí, te aseguro que obtendrás
una automática negativa. Pero el escucharía a una mujer.
– ¿La escucharía
o trataría de seducirla?– preguntó uno de sus siete hermanos cruelmente. –Esta idea es inaceptable.
Clary mantuvo
los ojos fijos sobre su padre y rogó a Sebastian, el hermano mayor que mantuviera su boca cerrada. Su
padre le dijo que estaba preocupado y si al final de cuentas resultaba que era
demasiado peligroso, no habría manera de que
permitiera que ella fuera.
–Sabré tener cuidado,
le dijo en voz baja. –Tú y Sebastian me entrenaron bien. Quiero esta
oportunidad. Me la merezco.
Y si no la
conseguía, entonces por Dios, juraba que la tomaría sola. Sabía que sus
hermanos no podían hacer el contacto, pero ella si que podía. Sofocó un
escalofrío ante la idea. Algunos dirían que el hombre no era ni siquiera
humano. Un experimento genético concebido en una probeta, de un donador humano combinando los genes con
un animal con el que su ADN había sido cambiado. Un hombre con todos los
instintos y las habilidades de caza de un león. Un macho perfectamente humano
al parecer. Un hombre que se ideó para ser un asesino despiadado.
Clary había
leído las notas, los experimentos y el diario que la científica que lo llevó
dentro de su cuerpo, la
Dra. Celine Williams había llevado durante 30 años, ella
había sido una amiga de su padre en la universidad. Era ella quién tenía la
caja lista para ser entregada a Valentine en caso de su muerte. Era su decisión
quién llevaría el último pedido de la mujer.
El tenía que
encontrar a su hijo sustituto en la ubicación que les había dado. Ayudarlo a
derrotar al Consejo Secreto de genética y convencerlo de que la familia Morgenstern
podía ayudarle a buscar la manera de mantenerlo seguro. Tenía las suficientes
pruebas conseguirlo. Sebastian había hecho el resto. Tenía los nombres de los
consejeros, la prueba de su participación, todo, menos el hombre a quien ellos
crearon.
–Esto es
demasiado peligroso para que confiemos en ella, argumentó Caleb nuevamente. Los
otros se mantenían en silencio, pero Clary sabía que pronto expresarían sus
opiniones también.
Clary inspiró
profundamente.
–Consigo la
historia, o seguiré a cualquier imbécil de esta habitación hacia donde el vaya.
No tendrán ninguna posibilidad.
– ¿Esto viene de
la mujer que se niega a llevar maquillaje o vestido?– dijo otro de sus hermanos
mascullando con una sonrisa disimulada. –Cariño, tú no tienes lo que se
necesita para este trabajo.
–No tengo que
ser una puta para lograrlo, respondió furiosamente, contestándole al hermano
más joven. Gray –Es lógica simple, burro. Una mujer, en pantalones o en vestido
llamará más la atención de un hombre más, que cualquier otro hombre. El es muy
cauto, no confía fácilmente. Las notas de María dicen eso claramente. No
confiará en otro hombre. La amenaza del macho es básica.
–Y el podría ser
tan peligroso como fue creado para ser, argumentó Caleb, para apoyar a Grey pasando sus dedos a través
de su corto cabello oscuro. –Demonios, Clary, tu ni siquiera tendrías que estar
cerca de ese bastardo.
Clary inspiró
profundamente de nuevo. Fijo su mirada en la profunda y sombría soledad
reflejada en la fotografía sobre la mesa. Sus ojos le fascinaron, incluso en la
fotografía. Había décadas de tristeza reflejadas ahí. Tenía tan solo treinta
años. Un hombre sin una familia o incluso sin una raza a quién pertenecer. Qué
terrible debía de ser eso, y ser cazado era también una tragedia.
–No me quedaré aquí,
dijo en voz alta, para que todos la escucharan. –Seguiré a quienquiera que vaya
ahí y no dejaré de acosarlos.
El silencio era
pesado. Clary podían sentir ocho pares de ojos sobre ella, diferentes grados de
desaprobación se reflejaban en sus expresiones.
–Iré con ella.
Puedo manejar la parte de la investigación, Clary puede hacer el contacto. – La
voz de Sebastian hizo que Clary volteara sorprendida.
La conmoción la
sacudió cuando se dio cuenta de que el hermano que la protegía más era el único
dispuesto a ayudarla en este caso. Era difícil de creer. Sebastian era
arrogante el noventa por ciento del tiempo, la peor calamidad del mundo. Era un
comandante ex- Cuerpos Especiales tan mandón como cualquier hombre alguna vez
nacido.
Por primera vez
lo miró directamente. Su expresión era fría, pero sus ojos mostraban enojo.
Profundos y llameantes por la cólera, las esferas azul oscuras se cruzaron con
las suyas sin su usual expresión burlona. La intensidad de su mirada casi la
asustó. No estaba enfadado con ella, lo sabía, pero Sebastian estaba enfadado.
Y un Sebastian enfadado no era algo agradable.
Clary era
consciente de que su padre, observaba al hijo mayor con sorpresa.
–Tú ya le has
dedicado mucho tiempo a esto, Sebastian–, comentó Valentine. –Seis meses por lo
menos. Pensaba que ya estarías listo para un descanso
Sebastian echó
un vistazo a su padre, encogiéndose de
hombros con un firme movimiento.
–Quiero ver
terminado este asunto. La podré ayudar si ella me necesita y estaré lo
suficientemente cerca, pero también podré hacer la investigación que pueda ser
demasiado peligrosa para ella. Si puede estar lista para partir esta noche,
entonces podremos hacerlo a su manera.
–Estaré lista. –
Su reacción fue instantánea. –Sólo dime a qué hora.
–Quiero que
estés lista a las cuatro. Tenemos por delante un paseo en coche de ocho horas
delante de nosotros y quiero hacer un poco de reconocimiento antes de mañana.
Es bueno que a ti no te importa romperte algunas uñas, chiquilla, porque
estarás haciendo justamente eso. –
De repente la habitación se convirtió en un pandemonium
cuando los hombres que estaban en ella estallaron en una frenética discusión. Clary
solo pudo mirar a Sebastian en silencio, asombrada ante su decisión. ¿Qué diablos
estaba tramando ahora?
Hizo caso omiso
de las protestas acaloradas de sus otros hermanos. Las discusiones acerca de
que Clary no era hábil, la falta de
garantía, las expresiones de que –Algún animal híbrido maldito la contagiaría. Clary, observó a Sebastian a
los ojos, mordiéndose los labios nerviosamente cuando la cara de Sebastian se
tensó en una máscara de cólera peligrosa. Sus ojos estaban como muertos. No
podía describirlo de otra manera. Como si ninguna vida o luz residieran dentro
de él. Era una mirada que daba miedo.
La habitación
quedó en silencio. Nadie, pero nadie, osaba meterse con Sebastian cuando estaba
de ese humor tan peligroso.
–Estate lista, hermanita,
dijo apaciblemente cuando pasó junto a
ella. –Y si pones en tu equipaje un maldito vestido o un solo tubo de
lápiz labial, te encerraré en tu dormitorio.
–Ah, Sebastian–,
dijo Clary gimoteando sarcásticamente. –Tengo una lista de mi equipaje.
Estúpido. – Cualquiera pudiera pensar que llevaría algo mejor que eso.
–No lloriquees, malcriada. – Dijo
acariciando su cabello cuando pasó junto a ella. –Te recogeré esta noche.
§ D.C. Distrito de Columbia.
Podía
haber jurado que vio la cabeza palpitar, latir. Sus caderas se arquearon, luego
una corriente gruesa de cremoso semen hizo erupción en la punta, salpicando
sobre ese abdomen firme y cubriendo su mano con la misma sustancia.
–Oh hombre, déjame saborearlo, murmuró, incapaz de retirar sus ojos de la visión.
Entonces, abrió sus ojos y se estiró. Aspiró bruscamente cuando sus miradas se cruzaron, una sonrisa presumida se dibujo en esos labios estupendos. Por supuesto, el no podía saber que estaba ahí, se preguntó. Estaba segura. ¿Lo estaba?
* * * * *
Jace río entre dientes, cuando giró su mirada, hasta donde estaba la mujer que pensaba que estaba escondida. Demonios el podía olfatear su excitación sexual en la brisa, incluso en la distancia de un kilómetro. ¿No leyó su propia tarea escolar? Sabía que los archivos que tenía escondidos en su camión claramente decían que tenía vista, oído y olfato excepcional. Aunque el nunca había olfateado el calor de otra mujer que oliera como ella.
Se puso de pie sobre el césped, se estiró otra vez, entregándole una visión de sus músculos apretados y se río con deleite. Molestar a la pequeña periodista era más divertido de lo que alguna vez imaginó que pudiera ser. Cada vez que ella se acercaba a él, fingiendo que no tenía idea de quién era, ponía a prueba su paciencia, se preguntaba cuándo se acercaría. Dudaba que tardara mucho más. No que el tuviera intención de tocarla. Jace se puso serio ante esa idea. No, era mejor que no lo hiciera. Infiernos, habría sido mejor si el se hubiera largado cuando ella llegó, pero había algo sobre ella que lo mantuvo firme, le ganó la curiosidad. El rumor de que la curiosidad mató al gato no era folclore, aunque el podía haber prescindido de esa molesta cualidad genética específica.
– ¿Esta ella todavía allí?– Le preguntó Jesamine, cuando el empezó a caminar a la entrada de la casa poniéndose pantaloncillos cortos sobre sus caderas, cubriendo su miembro todavía firme. –Que magnifica función le diste, Jace. –
Estaba sonriente, aunque había una pregunta en sus ojos.
–Quizás estoy disfrutando demasiado del juego. – Sonrío con placer mirando hacia atrás. –Tiene una manera única de ir detrás de una historia, hay que admitirlo. –
–O de ir detrás de ti. – Respondió Jesamine retrocediendo hacia la entrada y dirigiéndose a la cocina. –El Doc quiere verte otra vez en el laboratorio. Sus más recientes pruebas salieron mal, quiere realizarlas otra vez.
– ¿Como?– Jace frunció el ceño. Las pruebas mensuales nunca habían necesitado repetirlas.
Jesamine se encogió de hombros. –Las glándulas a lo largo de la lengua aparecen ampliadas.
Jace movió su lengua entre sus dientes, frunciendo el ceño ante la leve diferencia en el tacto. Nada para preocuparse, ya había ocurrido antes.
–Tal vez estoy atrapando un resfriado o algo. – Se encogió de hombros.
–El ritmo cardíaco, la adrenalina, el semen y los análisis de sangre están alterados también. Podía ser el equipo, pero el Doc quiere más muestras sólo para estar seguro.
–Demonios. ¿Ya necesitamos nuevo equipo?– Suspiró. –Estos gastos de mierda, Jesamine.
Nos mantiene sanos sin embargo, le recordó Jesamine , sacando una botella de agua del refrigerador. –Vamos a mantenerlo feliz, ya sabes qué malhumorado se pone si una prueba falla. Recuerdas que se puso como loco el año pasado cuando falló la prueba de Edward, ¿recuerdas?
Condenación sí, recordaba. Edward había estado medio loco durante ese año también. Irritable hasta el punto en que era casi despiadado. Desapareció por días sin dar excusas ni disculpas.
–Sí, recuerdo también un pequeño medio millón desaparecer de la cuenta para comprar equipo nuevo también. – Jace hizo una mueca. –Demonios el va a tener que tener mejor cuidado sobre sus juguetes. Ése sólo fue hace un año.
Jesamine sonrió abiertamente, su nariz arrugándose, en un brusco mohín, sus labios formando una sonrisa.
–Es mejor que lo dejes que te tome más muestras entonces, sólo para estar seguros, lo exhortó. –No queremos comprar nuevo equipo solamente por un capricho.
Jace agitó su cabeza, dirigiéndose rápidamente a la caverna subterránea donde estaba ubicado el laboratorio. No era el lugar más perfecto para mantener sus secretos, pero funcionaba. La atmósfera fresca no estaba tan húmeda como estaban la mayoría de las cavernas, el acceso era seco, sólido y firme bajo el piso de la casa. El doctor disfrutaba el lugar y les hacía más fácil mantener sus vidas en secreto.
–Mas pruebas, farfulló. –Yo necesita mas pruebas como necesito a esa mujer cerca de mí.
Habría conseguido resolver ese problema si cualquier otra mujer que no fuera la periodista lo acechara. Pero no, se marchitaba de la misma manera que una lechuga blanda sin intentar alejarse siquiera, sintió un calor ardiente en el mismo segundo en que su olor le llegó. Inconveniente, por decir lo menos.
El hecho de que era una mujer que no podía tener no estaba ayudando a este problema. Sabía la psicología de eso. La quería más por el solo hecho de que no podía tenerla. Una periodista que lo acechaba no era algo bueno. Sus secretos eran muchos y su supervivencia dependía de que él los guardara. Guardaba un perfil bajo, se alejaba del pueblo tanto como era posible y dejaba que pocas personas lo conocieran, había solamente una razón por la qué un periodista, especialmente un periodista del National Forum§, lo estuviera buscando.
Su madre de alquiler y su idea infernal de que mostrándose al mundo podía conseguir su libertad eran la causa de esto. La caja que había enviado por correo al foro de debate nacional y a su viejo amigo de la universidad, Valentine Morgenstern, justo antes de su muerte, eran las pruebas que el hombre podía tener. Había libretas de notas, los resultados de sus pruebas, los resultados del laboratorio, el orden de la serie de su ADN, todo faltaba. Habían peleado la noche en que había sido atacada y asesinada por su culpa. Discutieron por horas mientras los otros se alejaban de la cocina donde se gritaron y maldijeron de la misma manera que enemigos mortales. Al final, había ganado sin embargo. El había aceptado ir con ella a Nueva York en cuanto terminaran con los mercenarios que los estaban buscando.
Él y los otros habían partido para hacer justo eso. Cuando regresaron encontraron a Celine en la cocina donde la habían dejado, ahogada en su propia sangre. Y ahora, uno año después, Clary Morgenstern lo estaba buscando.
Si solo el pudiera, pensó, si sólo pudiera cogerla y enviarla de regreso. Pero había vislumbrado una expresión de determinación y tenacidad en su expresión y eso no le daba muchas esperanzas.
CAPITULO DOS
SandyHook,N. J. §
SandyHook,N. J. §
Esto no era una visión para unos ojos
vírgenes. Clary dirigió sus binoculares a la visión debajo de ella, que se
estiraba ante los rayos del sol, tan desnudo como un hombre podía estar y más
que un poco excitado. Ese eje magnifico, pesado y veteado de rosa de carne de
macho, medía sus buenas, ocho pulgadas§§, algo así, pero también podía medir un poco
mas, desde la base, debajo de su plano abdomen. Era grueso y largo y
deliciosamente tentador, se le hizo agua la boca. Inspiró profundamente, desde
donde estaba escondida tendida horizontalmente sobre la roca que había
encontrado, el único punto de vista al pequeño y abrigado jardín trasero. No
podía apartar sus ojos de él.
Jace Wayland era alto. Al menos 1.90 con pecho amplio, musculoso y abdomen plano, muslos fuertes y el más precioso par de piernas que alguna vez había visto. Esta no era una visión que una periodista pequeña bonita y mojigata como ella debiera de estar viendo. Esta visión podía darle ideas. Ideas de cómo se sentiría encontrarse junto a él, frotarse sobre él, besar esa piel suave y dorada. Tembló ante la idea.
Ella y el Señor Wayland habían estado jugando un pequeño y divertido juego por más de una semana. Ella fingía que no le conocía, que no sabía quien era, ni donde podía ser encontrado, y fingía que no estaba husmeando alrededor del pueblo, que hacía preguntas sobre él y su madre muerta y donde vivía. Nunca antes había estado tan cerca como para sostener una conversación directa con él, como ahora. Claro que había venido preparada, pensó burlonamente. Trabajos, notas, memorándums, fotografías, todo. Había estudiado al hombre por semanas antes de exigir esta historia.
Todavía no podía creer que Sebastian la hubiera apoyado y traído hasta aquí para que contactase con Jace. No que el no estuviera atrás de ella respirando en su cuello todo el tiempo. Estaría ahora aquí con ella si no hubiera tenido que volver corriendo a D.C. para hablar con un científico que ellos pensaban que podía haber estado involucrado con los experimentos originales. Y Clary suponía que estaba averiguando sobre la madre de Jace y haciendo contacto con el elusivo centro de su fascinación.
Así que aquí estaba, en lugar de averiguar la historia de su vida, y en lugar de realizar el trabajo periodístico de investigación que debía estar haciendo sobre el hombre que estaba abajo, lo estaba observando asolearse.
Jace Wayland era alto. Al menos 1.90 con pecho amplio, musculoso y abdomen plano, muslos fuertes y el más precioso par de piernas que alguna vez había visto. Esta no era una visión que una periodista pequeña bonita y mojigata como ella debiera de estar viendo. Esta visión podía darle ideas. Ideas de cómo se sentiría encontrarse junto a él, frotarse sobre él, besar esa piel suave y dorada. Tembló ante la idea.
Ella y el Señor Wayland habían estado jugando un pequeño y divertido juego por más de una semana. Ella fingía que no le conocía, que no sabía quien era, ni donde podía ser encontrado, y fingía que no estaba husmeando alrededor del pueblo, que hacía preguntas sobre él y su madre muerta y donde vivía. Nunca antes había estado tan cerca como para sostener una conversación directa con él, como ahora. Claro que había venido preparada, pensó burlonamente. Trabajos, notas, memorándums, fotografías, todo. Había estudiado al hombre por semanas antes de exigir esta historia.
Todavía no podía creer que Sebastian la hubiera apoyado y traído hasta aquí para que contactase con Jace. No que el no estuviera atrás de ella respirando en su cuello todo el tiempo. Estaría ahora aquí con ella si no hubiera tenido que volver corriendo a D.C. para hablar con un científico que ellos pensaban que podía haber estado involucrado con los experimentos originales. Y Clary suponía que estaba averiguando sobre la madre de Jace y haciendo contacto con el elusivo centro de su fascinación.
Así que aquí estaba, en lugar de averiguar la historia de su vida, y en lugar de realizar el trabajo periodístico de investigación que debía estar haciendo sobre el hombre que estaba abajo, lo estaba observando asolearse.
Pero
¡que visión! Piel Curtida, bronceada, musculosa. Largo cabello dorado oscuro,
el color del león que fue introducido supuestamente en su estructura de ADN. Un
rostro fuerte, valiente, magnífico casi precioso, casi despiadado en ángulos y
líneas. Y sus labios, o Dios, sus labios llenos gruesos de macho con sólo una
ligera curva despiadada. Quería besar esos labios.
Quería
empezar con sus labios y besar y lamer toda su piel hacia abajo. Hacia abajo,
hacia ese pecho ancho, al estómago duro y plano hacia la creciente erección
entre sus muslos bronceados. Lamió sus labios ante la idea.
Se sobresaltó cuando sintió su teléfono celular vibrar en sus caderas. Hizo una mueca impaciente. Supo quién era. Tenía que ser su hermano mayor y el más exasperante.
– ¿Qué quieres Sebastian?– siseó cuando abrió el teléfono y lo puso en su oído. Se sintió orgullosa de que sus ojos nunca se apartaron de aquel macho orgulloso que estaba abajo.
–Pudo haber sido papá, le recordó Sebastian, con voz plana y melosa.
–Pudo haber sido el Papa también, pero sabemos que posibilidades existen sobre eso, farfulló.
–Bruja, gruño casi cariñosamente.
–Guauu Sebastian, ¡qué dulce!–, sonrío tontamente. –Te quiero también, estúpido.
Se escuchó una breve risa ahogada sobre la línea, ella sonrió en respuesta.
– ¿Cómo va la historia?– Su voz se tornó seria, demasiado seria.
–Andando. Tengo una cita más tarde hoy con una mujer que quiere hablar de la madre. Ella fue asesinada en su propia casa. Papá no sabe eso.
Celine Williams, conocida como Jennifer Wayland en el pequeño pueblo de Southern California, había muerto en las manos de un atacante, no por un ladrón, y ella no fue una víctima aleatoria, por alguien que quería solamente matar.
– ¿Qué piensas que vas a averiguar investigando sobre la madre?– le preguntó. –Tú necesitas pruebas sobre el hijo, Clary, no olvides eso.
–Sé lo que tengo que hacer, pez gordo, contestó ella. –Excepto que para llegar al hijo, necesito la información completa sobre la madre. Además, alguien está tratando de despistarme sobre Celine Williams. Sabes cómo odio eso.
Había un rompecabezas, tan grande como el rompecabezas que estaba tendido sobre el césped debajo de ella. Dulce Cielo. Aspiró fuertemente cuando vio que su mano se trasladó a su escroto, no para rascarse como pensaba, sino para acariciarse, toquetearse, sintió de golpe como aumentaba su presión sanguínea.
–Yo estoy investigando ¿Recuerdas? Le dijo Sebastian. –Tú sólo eres el contacto.
–Bien, puedo hacer ambas cosas a la vez, siseó.
Hubo un cansado suspiro al otro lado de la línea.
– ¿No has hecho contacto con Wayland aún? ¿Le ofreciste el trato que papá propuso?
Sí, el trato de una vida, segura, nos cuenta su historia a nosotros, y lo haremos famoso. A la mierda con esa clase de vida. No le había gustado ese trato en primer lugar pero sabía que era lo único que Jace recibiría alguna vez, lo que no le proveería ninguna maldita medida de seguridad.
–Todavía no llego a eso. – Ella luchó por respirar uniformemente cuando la mano de Jace agarró la base de ese tallo largo y grueso y empezó a acariciarse por toda esa carne firme y estupenda.
Iba a masturbarse. La incredulidad la recorrió como un espasmo, especialmente su vagina, al comprenderlo. Aquí mismo ante sus ojos el hombre iba a masturbarse. No lo podía creer. Su mano se aferró a su ancho eje, y en forma lenta y fácil, casi perezosamente fue recorriendo desde la punta hacia la base.
Sentía la carne entre sus muslos caliente. Los músculos de su vagina apretados, se humedecieron, su útero se contrajo cuando el calor sensual atravesó su cuerpo como un relámpago. Sus pezones se endurecieron, le dolían. Su cuerpo se puso tan sensible que casi podía sentir la brisa acariciando sus brazos desnudos, de la misma manera que el roce de un amante fantasmal.
Grandioso, ¿Esto era lo que los hombres sentían cuando observaban a las mujeres masturbándose? Era maravilloso, mmmm…esto se sentía tan bien. Sus dedos largos y anchos acariciaban su miembro desde la punta a la base, con la otra mano debajo agarró el saco de su escroto, masajeándolo al mismo tiempo que se acariciaba con la otra mano. ¿Dónde estaba una maldita brisa cuando la necesitaba? Estaba a punto de recalentarse en unos minutos.
–Aprisa, Clary, que no tienes que estar ahí el resto de tus días, gruño Sebastian. –El bastardo tiene a mercenarios que lo acechan. No podemos mantener su localización en secreto para siempre, lo sabes. Tienes más de tres días ahí, y ya no soporto a papá y sus comentarios de que sigues ahí sola.
Sí, mercenarios. Parpadeó cuando observó esas manos cubrir la gruesa cabeza de su propia erección, las puntas de sus dedos que acariciaban la zona de abajo. Lamió sus labios, deseando que lo estuviera ayudando allí. Era una condenada virgen.
–Me apresuraré, lo prometo, farfulló. –Déjeme estar aquí ahora así yo puedo conseguir adelantar un poco de este maldito trabajo. No tengo tiempo de conversar contigo todo el día. –
Lo escuchó suspirar bruscamente.
–Repórtate pronto. Siempre esperas demasiado tiempo para llamar, la acusó.
– ¿Por qué debo hacerlo? Tu me llamas todos los días, le dijo distraídamente. –Tengo que irme, Sebastian. Tengo trabajo por hacer. Hablaré contigo mas tarde, lo prometo.
Lo escuchó maldecir cuando se desconectó, cerró el teléfono y lo guardó en su funda en la cadera. Buen Dios, iba a tener una aplopejía. El hijo de gato estaba poniendo su pene como un instrumento finamente afinado ahora.
Se sobresaltó cuando sintió su teléfono celular vibrar en sus caderas. Hizo una mueca impaciente. Supo quién era. Tenía que ser su hermano mayor y el más exasperante.
– ¿Qué quieres Sebastian?– siseó cuando abrió el teléfono y lo puso en su oído. Se sintió orgullosa de que sus ojos nunca se apartaron de aquel macho orgulloso que estaba abajo.
–Pudo haber sido papá, le recordó Sebastian, con voz plana y melosa.
–Pudo haber sido el Papa también, pero sabemos que posibilidades existen sobre eso, farfulló.
–Bruja, gruño casi cariñosamente.
–Guauu Sebastian, ¡qué dulce!–, sonrío tontamente. –Te quiero también, estúpido.
Se escuchó una breve risa ahogada sobre la línea, ella sonrió en respuesta.
– ¿Cómo va la historia?– Su voz se tornó seria, demasiado seria.
–Andando. Tengo una cita más tarde hoy con una mujer que quiere hablar de la madre. Ella fue asesinada en su propia casa. Papá no sabe eso.
Celine Williams, conocida como Jennifer Wayland en el pequeño pueblo de Southern California, había muerto en las manos de un atacante, no por un ladrón, y ella no fue una víctima aleatoria, por alguien que quería solamente matar.
– ¿Qué piensas que vas a averiguar investigando sobre la madre?– le preguntó. –Tú necesitas pruebas sobre el hijo, Clary, no olvides eso.
–Sé lo que tengo que hacer, pez gordo, contestó ella. –Excepto que para llegar al hijo, necesito la información completa sobre la madre. Además, alguien está tratando de despistarme sobre Celine Williams. Sabes cómo odio eso.
Había un rompecabezas, tan grande como el rompecabezas que estaba tendido sobre el césped debajo de ella. Dulce Cielo. Aspiró fuertemente cuando vio que su mano se trasladó a su escroto, no para rascarse como pensaba, sino para acariciarse, toquetearse, sintió de golpe como aumentaba su presión sanguínea.
–Yo estoy investigando ¿Recuerdas? Le dijo Sebastian. –Tú sólo eres el contacto.
–Bien, puedo hacer ambas cosas a la vez, siseó.
Hubo un cansado suspiro al otro lado de la línea.
– ¿No has hecho contacto con Wayland aún? ¿Le ofreciste el trato que papá propuso?
Sí, el trato de una vida, segura, nos cuenta su historia a nosotros, y lo haremos famoso. A la mierda con esa clase de vida. No le había gustado ese trato en primer lugar pero sabía que era lo único que Jace recibiría alguna vez, lo que no le proveería ninguna maldita medida de seguridad.
–Todavía no llego a eso. – Ella luchó por respirar uniformemente cuando la mano de Jace agarró la base de ese tallo largo y grueso y empezó a acariciarse por toda esa carne firme y estupenda.
Iba a masturbarse. La incredulidad la recorrió como un espasmo, especialmente su vagina, al comprenderlo. Aquí mismo ante sus ojos el hombre iba a masturbarse. No lo podía creer. Su mano se aferró a su ancho eje, y en forma lenta y fácil, casi perezosamente fue recorriendo desde la punta hacia la base.
Sentía la carne entre sus muslos caliente. Los músculos de su vagina apretados, se humedecieron, su útero se contrajo cuando el calor sensual atravesó su cuerpo como un relámpago. Sus pezones se endurecieron, le dolían. Su cuerpo se puso tan sensible que casi podía sentir la brisa acariciando sus brazos desnudos, de la misma manera que el roce de un amante fantasmal.
Grandioso, ¿Esto era lo que los hombres sentían cuando observaban a las mujeres masturbándose? Era maravilloso, mmmm…esto se sentía tan bien. Sus dedos largos y anchos acariciaban su miembro desde la punta a la base, con la otra mano debajo agarró el saco de su escroto, masajeándolo al mismo tiempo que se acariciaba con la otra mano. ¿Dónde estaba una maldita brisa cuando la necesitaba? Estaba a punto de recalentarse en unos minutos.
–Aprisa, Clary, que no tienes que estar ahí el resto de tus días, gruño Sebastian. –El bastardo tiene a mercenarios que lo acechan. No podemos mantener su localización en secreto para siempre, lo sabes. Tienes más de tres días ahí, y ya no soporto a papá y sus comentarios de que sigues ahí sola.
Sí, mercenarios. Parpadeó cuando observó esas manos cubrir la gruesa cabeza de su propia erección, las puntas de sus dedos que acariciaban la zona de abajo. Lamió sus labios, deseando que lo estuviera ayudando allí. Era una condenada virgen.
–Me apresuraré, lo prometo, farfulló. –Déjeme estar aquí ahora así yo puedo conseguir adelantar un poco de este maldito trabajo. No tengo tiempo de conversar contigo todo el día. –
Lo escuchó suspirar bruscamente.
–Repórtate pronto. Siempre esperas demasiado tiempo para llamar, la acusó.
– ¿Por qué debo hacerlo? Tu me llamas todos los días, le dijo distraídamente. –Tengo que irme, Sebastian. Tengo trabajo por hacer. Hablaré contigo mas tarde, lo prometo.
Lo escuchó maldecir cuando se desconectó, cerró el teléfono y lo guardó en su funda en la cadera. Buen Dios, iba a tener una aplopejía. El hijo de gato estaba poniendo su pene como un instrumento finamente afinado ahora.
–Oh hombre, déjame saborearlo, murmuró, incapaz de retirar sus ojos de la visión.
Entonces, abrió sus ojos y se estiró. Aspiró bruscamente cuando sus miradas se cruzaron, una sonrisa presumida se dibujo en esos labios estupendos. Por supuesto, el no podía saber que estaba ahí, se preguntó. Estaba segura. ¿Lo estaba?
* * * * *
Jace río entre dientes, cuando giró su mirada, hasta donde estaba la mujer que pensaba que estaba escondida. Demonios el podía olfatear su excitación sexual en la brisa, incluso en la distancia de un kilómetro. ¿No leyó su propia tarea escolar? Sabía que los archivos que tenía escondidos en su camión claramente decían que tenía vista, oído y olfato excepcional. Aunque el nunca había olfateado el calor de otra mujer que oliera como ella.
Se puso de pie sobre el césped, se estiró otra vez, entregándole una visión de sus músculos apretados y se río con deleite. Molestar a la pequeña periodista era más divertido de lo que alguna vez imaginó que pudiera ser. Cada vez que ella se acercaba a él, fingiendo que no tenía idea de quién era, ponía a prueba su paciencia, se preguntaba cuándo se acercaría. Dudaba que tardara mucho más. No que el tuviera intención de tocarla. Jace se puso serio ante esa idea. No, era mejor que no lo hiciera. Infiernos, habría sido mejor si el se hubiera largado cuando ella llegó, pero había algo sobre ella que lo mantuvo firme, le ganó la curiosidad. El rumor de que la curiosidad mató al gato no era folclore, aunque el podía haber prescindido de esa molesta cualidad genética específica.
– ¿Esta ella todavía allí?– Le preguntó Jesamine, cuando el empezó a caminar a la entrada de la casa poniéndose pantaloncillos cortos sobre sus caderas, cubriendo su miembro todavía firme. –Que magnifica función le diste, Jace. –
Estaba sonriente, aunque había una pregunta en sus ojos.
–Quizás estoy disfrutando demasiado del juego. – Sonrío con placer mirando hacia atrás. –Tiene una manera única de ir detrás de una historia, hay que admitirlo. –
–O de ir detrás de ti. – Respondió Jesamine retrocediendo hacia la entrada y dirigiéndose a la cocina. –El Doc quiere verte otra vez en el laboratorio. Sus más recientes pruebas salieron mal, quiere realizarlas otra vez.
– ¿Como?– Jace frunció el ceño. Las pruebas mensuales nunca habían necesitado repetirlas.
Jesamine se encogió de hombros. –Las glándulas a lo largo de la lengua aparecen ampliadas.
Jace movió su lengua entre sus dientes, frunciendo el ceño ante la leve diferencia en el tacto. Nada para preocuparse, ya había ocurrido antes.
–Tal vez estoy atrapando un resfriado o algo. – Se encogió de hombros.
–El ritmo cardíaco, la adrenalina, el semen y los análisis de sangre están alterados también. Podía ser el equipo, pero el Doc quiere más muestras sólo para estar seguro.
–Demonios. ¿Ya necesitamos nuevo equipo?– Suspiró. –Estos gastos de mierda, Jesamine.
Nos mantiene sanos sin embargo, le recordó Jesamine , sacando una botella de agua del refrigerador. –Vamos a mantenerlo feliz, ya sabes qué malhumorado se pone si una prueba falla. Recuerdas que se puso como loco el año pasado cuando falló la prueba de Edward, ¿recuerdas?
Condenación sí, recordaba. Edward había estado medio loco durante ese año también. Irritable hasta el punto en que era casi despiadado. Desapareció por días sin dar excusas ni disculpas.
–Sí, recuerdo también un pequeño medio millón desaparecer de la cuenta para comprar equipo nuevo también. – Jace hizo una mueca. –Demonios el va a tener que tener mejor cuidado sobre sus juguetes. Ése sólo fue hace un año.
Jesamine sonrió abiertamente, su nariz arrugándose, en un brusco mohín, sus labios formando una sonrisa.
–Es mejor que lo dejes que te tome más muestras entonces, sólo para estar seguros, lo exhortó. –No queremos comprar nuevo equipo solamente por un capricho.
Jace agitó su cabeza, dirigiéndose rápidamente a la caverna subterránea donde estaba ubicado el laboratorio. No era el lugar más perfecto para mantener sus secretos, pero funcionaba. La atmósfera fresca no estaba tan húmeda como estaban la mayoría de las cavernas, el acceso era seco, sólido y firme bajo el piso de la casa. El doctor disfrutaba el lugar y les hacía más fácil mantener sus vidas en secreto.
–Mas pruebas, farfulló. –Yo necesita mas pruebas como necesito a esa mujer cerca de mí.
Habría conseguido resolver ese problema si cualquier otra mujer que no fuera la periodista lo acechara. Pero no, se marchitaba de la misma manera que una lechuga blanda sin intentar alejarse siquiera, sintió un calor ardiente en el mismo segundo en que su olor le llegó. Inconveniente, por decir lo menos.
El hecho de que era una mujer que no podía tener no estaba ayudando a este problema. Sabía la psicología de eso. La quería más por el solo hecho de que no podía tenerla. Una periodista que lo acechaba no era algo bueno. Sus secretos eran muchos y su supervivencia dependía de que él los guardara. Guardaba un perfil bajo, se alejaba del pueblo tanto como era posible y dejaba que pocas personas lo conocieran, había solamente una razón por la qué un periodista, especialmente un periodista del National Forum§, lo estuviera buscando.
Su madre de alquiler y su idea infernal de que mostrándose al mundo podía conseguir su libertad eran la causa de esto. La caja que había enviado por correo al foro de debate nacional y a su viejo amigo de la universidad, Valentine Morgenstern, justo antes de su muerte, eran las pruebas que el hombre podía tener. Había libretas de notas, los resultados de sus pruebas, los resultados del laboratorio, el orden de la serie de su ADN, todo faltaba. Habían peleado la noche en que había sido atacada y asesinada por su culpa. Discutieron por horas mientras los otros se alejaban de la cocina donde se gritaron y maldijeron de la misma manera que enemigos mortales. Al final, había ganado sin embargo. El había aceptado ir con ella a Nueva York en cuanto terminaran con los mercenarios que los estaban buscando.
Él y los otros habían partido para hacer justo eso. Cuando regresaron encontraron a Celine en la cocina donde la habían dejado, ahogada en su propia sangre. Y ahora, uno año después, Clary Morgenstern lo estaba buscando.
Si solo el pudiera, pensó, si sólo pudiera cogerla y enviarla de regreso. Pero había vislumbrado una expresión de determinación y tenacidad en su expresión y eso no le daba muchas esperanzas.
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