lunes, 18 de febrero de 2013

Tentando a Jace/Capitulo 11 y 12



Clarisa Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo

Historias contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto diferente.
 Escenas de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!


                  CAPÍTULO ONCE


Clary despertó, cansada y débil. Dio vuelta en la cama, buscando el calor que había sentido por la noche, pero Jace no estaba. Abriendo los ojos parpadeó, mirando hacia el techo e intentó hacer caso omiso a la necesidad apremiante que todavía palpitaba en su vagina. Demonios, hablando de besos potentes. Lamió lentamente sus hinchados labios. Jace los había mordisqueado más de una vez, los había lamido. Su lengua, su áspera textura, el sentido de estimulación de terciopelo abrasivo que atropellaba su piel, los recuerdos de la noche anterior la hicieron temblar.

Necesitaba una ducha. El sudor seco que le picaba la piel, la hacia sentir sucia. El olor a sexo, caliente y salvaje, persistía en el aire y sobre su cuerpo. Hizo una mueca. Levantándose de la cama, dio un paso con cautela sobre el fresco piso de madera, moviéndose hacia la puerta abierta en el extremo derecho de la habitación. Un cuarto de baño, completo con una tina grande hundida y un mensaje breve sobre el mostrador le dieron la bienvenida.

Báñate. Relájate. Permanece en la casa. Volveré pronto con tus cosas. Ufff.. Tanto que trabajó en su campamento para tan poco tiempo que estuvo ahí, suspiró. Después de las horas que le tomó establecerse tan bien, podría haber sido agradable usarlo para más tiempo que solo unas horas. Se preguntó cuanto tiempo hacía que el se había sido ido, luego decidió que realmente no importaba. Él volvería pronto, y ella necesitaba desesperadamente aquel baño.


Casi llenó la tina hasta el borde, agregando un buen puño de burbujeantes sales de baño que encontró en el borde de la tina, luego se introdujo en el agua caliente. Lavó su pelo rápidamente, acomodándolo en una toalla, entonces se echó hacia atrás contra el filo de la bañera para permitir a su cuerpo relajarse. Echó un vistazo a su cuerpo, viendo las marcas rojas sobre su piel, pequeños puntos sensibles donde su lengua la había acariciado un poco fuerte. Sus pechos todavía estaban hinchados y sus pezones endurecidos.

No podía entenderlo. Los acontecimientos del día anterior le habían parecido más un sueño que la realidad. Pero la realidad era la sensibilidad entre sus muslos, el rubor sobre su sexo, la sensibilidad de su cuerpo. La necesidad por Jace no era tan intensa, tan áspera como había sido el día anterior, pero todavía palpitaba en ella. Todavía dolía por él. No tenía sentido.

– Clary. – La voz de Jesamine se escuchó por la puerta cerrada. – ¿Puedo entrar? –
Clary comprobó que las burbujas la cubrieran su cuerpo, después suspiró profundamente.
– Sí. Puedes pasar. –
La mujer entró en el cuarto de baño, la preocupación marcaba sus hermosos rasgos, sus ojos azules claros mostraban preocupación.
– ¿Si el ADN de Jace es león, entonces cual es el tuyo? – Ella no se molestó en dar rodeos. Había más como Jace y ella lo sabía.
Jesamine suspiró. Se sentó con gracia en una silla acolchada que estaba al final de la tina.
–Leopardo de Nieve, – dijo quedamente. – Isabelle y Dayan son mezcla de puma.
William es Tigre de Bengala,. Edward es el jaguar, Jace es el león. – Ella miró a Clary con cuidado, su expresión compuesta, tranquila, pero sus ojos expresaban preocupación.
– ¿Qué le esta pasando a mi cuerpo? – Ella haría las preguntas de su ADN más tarde. Ahora mismo, había problemas más apremiantes.
–Esto es un acoplamiento, Clary, – dijo Jesamine con cuidado. – Nuestras pruebas no son concluyentes aún. Doc esta todavía trabajando en ello. Pero parecen feromonas, la química es la culpable. Las tuyas combinadas con las de Jace reaccionaron. Hay todavía tanto que no conocemos sobre nuestros cuerpos. No estamos seguros. Lamentablemente, necesitaremos más muestras. Yo había esperado tomarlas antes de tu baño para iniciarlas. Tu cuerpo nos dará más respuestas que el de Jace , ya que la mezcla de su semen y las secreciones de tu cuerpo están dentro de ti.
El miedo recorrió su cuerpo.
–No estoy en control de natalidad, – susurró, con voz temblorosa. Ella no podía creer que no hubiera pensado en esto antes.
–No te preocupes, – Se apresuró a tranquilizarla. – El semen de nuestros machos nunca ha sido compatible con una hembra antes. Pero solo por seguridad, la inyección que el doc te dio anoche prevendría la concepción, la reacción puede haber cambiado eso. –
– ¿Y esta 'cosa' que sigue en mi cuerpo? –Le preguntó vacilante. – ¿Se detendrá?
Jesamine suspiró. –Pensamos que si. El semen de Jace parece tener a un agente neutralizante, pero parece que la actuación es muy lenta. A tiempo, creemos se marchará.
Hombre, realmente metí la pata esta vez, – respiró Clary fatigosamente, cerrando sus ojos ante el problema en el que se había metido ella misma. – Esto no es bueno.
–Quizás para Jace lo es, – dijo Jesamine suavemente. –Él estaba enfadado, muy desesperado, Clary. Él nos conduce. Nos protege. Tal vez esto era lo que él necesitaba. No puedo decir que él estaba relajado cuando lo vi esta mañana, pero ahora tiene más para planear que solo su muerte.
– ¿Y cuales son esos planes? – Preguntó Clary , mirándola entre el vapor del baño.
–Asegurarte a ti. Protegerte, – le informó Jesamine vacilante.
–No. – Clary sacudió la cabeza con ferocidad. – Esto es solo una historia. Esta cosa química se marchará, y yo también. No puedo quedarme aquí. Y si él vuelve, entonces voy a la próxima historia. Esto no es permanente.
–Eso es lo que tú piensas. – Jace estuvo de pie en la entrada, su cara oscura, las líneas salvajes estiradas en una máscara de excitación masculina y fuerza interior. – No puedes abandonarme ahora, Clary. No importa lo que cualquiera de los dos deseemos. – Él echó un vistazo a Jesamine, la mirada dura enérgica.
–Necesito las muestras, Jace. Rápidamente, – le dijo ella mirando hacia abajo. – Y Clary esta dolorida.
–No necesito que me digas mis responsabilidades, Jesamine. – Él le dirigió una mirada aguda. –Yo siempre he respondido a ellas.
–Desde luego que lo sabes, – dijo Jesamine preocupadamente. –Cuando termines, por favor, la necesitamos en el laboratorio.
–No soy un cerdo de Guinea, – exclamó Clary. –Yo no seré empujada y pinchada sin cesar.
Ella enrojeció cuando Jace arqueó una ceja sarcásticamente. Entonces su cuerpo acalorado sostuvo su mirada que saltó a sus muslos, luego regresó a su cara. Estaba listo para ella. . Otra vez. Su cuerpo se calentó más aún, su sangre corriendo rápidamente por sus venas.
–Ve, Jesamine. La tendré allí pronto para sus pruebas. – Jace se movió hacia un lado, permitiendo a la mujer retirarse, luego cerró la puerta detrás de él.
Clary le miró fijamente desde las profundidades de la tina, respirando pesadamente, su cuerpo reaccionando al brillo ardiente en sus ojos soñolientos.
–No te tomaré otra vez, aún, – le prometió suavemente. –Pero pronto. ¿Necesitas ayuda para salir del baño? Puedo traer el almuerzo antes de que te obliguen a aguantar las pruebas del Doc. –
Los ojos de Clary se posaron sobre él. Él le ordenaba, poderoso. Odiaba eso en un hombre.
–Soy una mujer adulta, creo que soy capaz de terminar mi baño yo misma,– le dijo dulce y, pacientemente. Ella sintió todo, menos paciencia.
– Clary, mientras tu cuerpo exige mi toque, no es una buena idea empujarme con tu obstinación femenina, – le advirtió, la agresión masculina marcada sobre sus rasgos. – No estoy totalmente en control de mí ahora mismo. Yo no podría prometer ser apacible si me presionas.
Los labios de Clary se estiraron. Un típico macho. Abrió la boca para hablar, pero se quedó en silencio cuando su mano se elevó, demandante.
–Escúchame bien, – ordenó con los dientes apretados. – Termina tu baño. Entonces ven a comer. Tu ropa está sobre la cama. He intentado decirte, no soy el hombre del cuento de hadas que has imaginado. En este momento soy más instinto que control. Soy más del animal del que fui creado, Clary. No empujes el animal, porque ni yo mismo puedo predecir su respuesta. –
La pesada pena en su voz silenció su cólera. Sus ojos estaban llenos de tristes recuerdos, emociones que ella no podía definir. Pero vio el dolor allí. Dolor y una terrible soledad.
–Soy muy independiente, – susurró ella. –No puedo cambiar esto. Las órdenes no se llevan bien conmigo.
Él sacudió la cabeza. –No tengo la paciencia de mantener domada a la bestia que exige sumisión. Por ahora, quizás sería lo mejor controlar tu independencia ante algo que ninguno de nosotros puede predecir. Ahora, nuevamente ¿Necesitas mi ayuda?
–No. Pienso que puedo manejarlo. – Ella no podía ayudar con su cólera. No veía ninguna razón para él tuviera que perder el control en algo tan simple como la permisión de sus opciones. Y ella no lo toleraría mucho tiempo. Sólo mientras no le tomara tiempo salir de ese infierno.
–Estas enfadada. – Inclinó su cabeza, mirándola con ojos entrecerrados. –Puedo olerlo, Clary. Eso esta bien mezclado con tu lujuria Aspiró profundamente como si saboreara el aroma.

–Por qué no te marchas y me dejas terminar mi baño, – ladró ella. –No te pedí entrar aquí.
Ella lo vio con los dientes apretados.
–Yo te aconsejaría que llevaras ropa floja, quizás una de mis camisas la que puse sobre la cama para ti. Tu piel esta todavía sensible, y la ropa te irritará
–Conozco como es de sensible mi piel, Jace, – le informó, luchando para mantener su voz tranquila. –Conozco lo que mi cuerpo hace, y por qué. No necesito ninguna otra explicación, todo que necesito es privacidad.
Jace frunció el ceño y un ronco gruñido emanó de su garganta.
–Y no quiero que me gruñas de esa manera. – Estaba cansada, excitada e irritable. No necesitaba más la agresión masculina. –Marchate y déjame sola. Cuando haya terminado, te encontraré.
– Clary Morgenstern, eras una mujer molesta la acusó.
–Sigue con eso y puedes decirme perra, mis hermanos lo hacen todo el tiempo,– ella se recuperó. –Ahora, vete a jugar a Leono en algún otro lugar. No tengo tiempo de esto.
– ¿Leono? – Preguntó, claramente ofendido por su referencia a la historieta de los thunderscats.
– ¿Rey León? – Preguntó dulcemente. – No estoy aquí para inflar tu ego. Ahora déjame sola.

Ella lo miró apretar los puños. Sus ojos aún más entrecerrados, dándolo un aspecto predador, peligroso. Abrió su boca para hablar, luego pareció cambiar de opinión. Giró y caminó hacia la puerta del baño, al salir por ella la cerró de un golpe. Clary se estremeció, luego apretó sus piernas. Demonios.

* * * * *
–Escuché que estabas en el pueblo preguntando sobre Celine el otro día, – Dijo Jace mientras ponía un emparedado en el plato al lado de una taza de café, cuando ella se sentó en la mesa. – ¿Por qué?
Él parecía molesto, mientras esperaba por la información. Se sentó enfrente de ella, sirviéndose una taza humeante de café para él también, sus ojos de ámbar mirándola sin pestañear.
–Ella fue asesinada.– Clary  rehusó pedir disculpas o retroceder en su afirmación. –Ella era especial para mi padre, Jace. Yo lo sé, por el modo en el que habló de ella. Quiero saber quien la mató y por qué.
Él se quedó en silencio durante un tiempo bastante largo. Suficiente tiempo para que Clary terminara medio emparedado de rosbif y tomate.
–No es nada que le concierna a tu padre ni a ti,– Le respondió suavemente mientras ella comía. –Te estas involucrando nuevamente en un lugar donde no debes.
Clary lo miró con cuidado, calibrando la tensión en su cuerpo, el gruñido de advertencia de su voz.
– ¿Tu mataste a la persona responsable, Jace? – Clary forzó a las palabras a salir de su boca, necesitaba saber la verdad. No lo culparía si lo hubiera hecho, pero tenía que saber.


La comprensión de cuan poco lo conocía pesaba sobre ella. Había pasado la noche en su cama, su cuerpo unido al suyo, conduciéndola a alturas de placer que nunca imaginó. Sabía que él había sido criado para matar, pero no tenía idea de si habría cruzado aquella línea entre su humanidad y el instinto animal.
–No sé quien la mató, Clary.– Contestó sacudiendo la cabeza cansadamente. –Desearía saberlo, entonces ya no tendría que preguntarme más. Y yo podría pagarle el daño que me hizo. –
La implicación, de que él mataría, era pesada en su voz. Clary terminó su emparedado, pero su placer por la comida había disminuido un poco.
¿Pero sospechas de alguien? – Preguntó.
–Infiernos, sospecho de todos, – ladró. –Podría haber sido cualquiera. El Consejo es bueno adquiriendo gente agradable, ordinaria para hacer el trabajo sucio. Lo se, los he visto hacerlo antes. Mi lista de sospechosos es no menos que cuatro condados diferentes y tal vez más. –
– ¿Sabes lo que buscaban? ¿Seguramente Celine dijo algo antes de morir? – Clary sondeó cautelosa, consciente de la tensión en su cuerpo, y la cólera que impregnaba su corazón.
–Lo que ella dijo no importa, – finalmente suspiró. –Ella no nombró a su asesino, ella pidió a tu padre. Pedí que ella me dijera quien lo había hecho y se rehusó. Ella los protegió, y juro que no he sido capaz de encontrar aún al que ella protegía.
– ¿A quién habría protegido? ¿Quien estaba más cerca de ustedes dos, Jace? – Preguntó, luchando por contenerse, para no comentar sus sospechas acerca de la identidad del asesino de María.
–No confiamos en nadie, y aquellos cerca de nosotros no podían haberlo hecho. Ellos no lo habrían hecho. – Se encogió de hombros. – El que lo haya hecho se mostrará eventualmente, y cuando lo haga, lo estaré esperando. –
El carácter definitivo de su voz le envió un temblor a su estómago a Clary. Su tono era frío, duro y lleno de amenaza.
– Jace…

–Suficientes preguntas acerca de María. Solucionaré esto cuando sea necesario. ¿Cómo te sientes ahora?
Clary suspiró ásperamente.
– Jace, tienes que hacer algo pronto, – susurró. – No puedes seguir ocultándote.
Sus profundos y brillantes ojos color oro, se llenaron de tristeza y pesar mientras la miraba. Su cara delgada, bronceada estaba tirante. Sus ojos, a pesar de las emociones oscuras, eran tan hermosos que sintió su corazón dolorido.
–Cuando no pueda ocultarme más, entonces me marcharé de aquí, Clary. Es todo que puedo hacer. – Él sacudió su cabeza ante la futilidad de su argumento.
–Nosotros te podríamos ayudar, Jace. – Ella intentó contener las lágrimas pero eso se hizo cada vez más difícil cuando sintió que la pena no era solo por el, sino también para Jesamine y ella misma.
–No, Belleza. – Él sonrió abiertamente, aunque no hubo ningún humor en su risa. –Nadie puede salvarme y ambos tenemos que aceptar eso. Me ocupare de tu seguridad, y la de los demás, pero ellos saben sobre mí. No hay ninguna seguridad para mí.
–Pero Jace– Él se levantó de la mesa, deteniendo sus palabras.
–Si ya has terminado de comer, le prometí a Jesamine que te llevaría. Ellos necesitan las muestras y las necesitan pronto antes de que yo muera. –
Él la levantó de su silla, sus labios yendo hacia los suyos, y su lengua arremolinándose en su boca. Clary gimió. El beso era caliente, tempestuoso, su sabor fue casi suficiente para hacerla llegar.
–Te quise para el almuerzo, – le susurró mordiendo sus labios. –Debajo de la mesa, Clary, con mi cabeza enterrada entre tus muslos. Tu sabor es suficiente para embriagarme. – Sus dientes rasparon su cuello, su mano vagando bajo la suave camisa azul marino, que le había prestado.
Sus manos apretadas sobre sus nalgas, separando la carne, sus dedos introduciéndose en la grieta cuando la acercó aún más. Clary se sostuvo de sus hombros, gimiendo bajo y profundamente con su boca susurrando sobre su piel, húmeda y caliente. Entonces él la besó otra vez, introduciendo su lengua en su boca, poseyéndola, haciéndola arder mientras le tocaba todo su cuerpo, mientras la ardiente necesidad entre sus muslos la hacía presa.
– Jace. – Jesamine habló detrás de él, con voz firme. –La estamos esperando. –
Él levantó su cabeza, apartando la vista de Clary mientras ella temblaba en sus brazos.
–Apresúrate, Jesamine,– le advirtió a la otra mujer cuando despacio y de mala gana dejó ir a Clary. –La esperaré aquí. –

–Vamos, Clary. Esto no debe tomarnos mucho tiempo, – Prometió Jesamine , echando a Jace una mirada impaciente.
Clary suspiró. –Maldición. Se suponía que el sexo no debería ser tan complicado. – Pero ella siguió a la otra mujer de todos modos, determinada a meterle prisa y terminar lo mas pronto posible para regresar a los brazos de Jace.




                  CAPÍTULO DOCE

Cuando las pruebas estuvieron completadas, Clary se encontraba nuevamente adolorida, la excitación sexual la golpeaba duramente otra vez. Podía sentir la humedad que cubría sus muslos interiores, el calor y la apremiante necesidad de su sexo como un volcán que se dispone a estallar.

La presión era enorme. Pero a pesar de eso, había otro problema. Conforme las horas seguían pasando, Jesamine y el doctor, ambos comenzaron a atacar sus nervios. Más aún, el toque de sus manos, hasta protegidas por los guantes de látex, la hacía latir. Esto la hizo sentir literalmente enferma de su estómago, hizo sentir que por su piel le recorrieran insectos, la hicieron sentir disminuida como si no tuviera ningún valor para ellos.

Ella no podía explicar la sensación totalmente, incluso a ella misma. Sabía que si tenía que tolerar unos minutos más de ello, se enfermaría. Y necesitaba a Jace. Estaba desesperada por tocarlo, sentir el calor increíble de su piel, sus manos acariciándola. Estaba fría, adolorida, asustada.
–No más pruebas, – les informó mientras se vestía abotonando la camisa de Jace con dedos temblorosos sobre los picos palpitantes de sus pechos. – No puedo soportarlo más.
–Las pruebas son necesarias, Clary, – Dijo Jesamine con un suspiro.
–Mira, no puedo seguir tolerando seguir siendo tocada, – dijo casi estallando en lágrimas, su piel todavía con la sensación de que unas manos avanzaban lentamente sobre ella, las manos de Jace sobre ella. – ¿Me entiendes? –
Una expresión de perplejidad cruzó por la cara de Jesamine, mientras el doctor la miraba con desconcierto.

¿A que te refieres, Clary? – La voz de Jesamine se escuchó tranquila, pero Clary sintió la turbación de su voz.
–Justo lo que dije. – Clary luchó por contener sus lágrimas. – ¿Dónde está Jace? Se suponía que el vendría por mi.
Ella tenía que encontrarlo. Su cuerpo estaba loco, desenfrenado. La sensación de diminutos dedos recorriendo su piel, la hacían estremecer, sacudiéndola.
–Jace esta arriba, tal como lo prometió. – Jesamine tendió la mano para tocarla, pero Clary brincó hacia atrás, estremeciéndose ante el contacto. – Clary, evidentemente te pasa algo. Tienes que dejar que te ayudemos. –
–Aléjate de mí. – Clary sacudió la cabeza.
– Jesamine, trae a Jace aquí, – el Doctor Martin había estado oyéndolas sin interrumpir, silenciosamente, pero ahora ordenó. – Tráelo aquí rápidamente.
Clary se levantó de la camilla. Sus piernas temblaban mientras luchaba por sostenerse en pie.
–Quiero ir a casa, – jadeó, de repente aterrorizada por los mil sentimientos y sensaciones diferentes que la asaltaban. –Hágalos llevarme a casa, Doctor.
–Hablaré de ello con Jace, Clary, – le prometió suavemente, pero ella oyó el tono indulgente de su voz. Él simplemente la aplacaba. Le mentía.
Ella sacudió la cabeza, luchando por sostenerse.
–Donde diantre esta Jace, – gritó, desorientada ahora. Sudaba copiosamente; podía sentir la humedad que empapaba su cara y entre sus pechos. Su corazón golpeaba con fuerza, sus pulmones luchaban por el aliento. – ¿Qué fue lo que el me hizo?
Sus puños se apretaron cuando sintió que la derrumbaban contra la cama.
–Déjeme ayudarla, Clary.– El doctor la mantenía sobre la cama.
Ella sintió sus manos en sus brazos y se hizo hacia atrás, su toque la hizo sentir como si su piel hubiese sido tocada por una lanza de fuego, luchó por escapar. Tropezó con la camilla, cayendo sobre sus rodillas, sintiendo que se lastimaba las rodillas con el duro piso de la caverna mientras luchaba contra ella misma.
– ¡No me toque! – Gritó.
Ella lloraba ahora, su estómago se estaba acalambrando. Abrazando su abdomen se inclinó y se empezó a mecer para aliviar un dolor que nunca antes había sentido. Estaba aterrorizada. Tan asustada, que su cuerpo entero se estremecía ahora. Tenía frío, seguía temblando, tenía miedo y sobre todo estaba al borde de la histeria.
– Clary. – La voz sobresaltada de Jace resonó alrededor del cuarto.
Segundos más tarde sus manos la tomaron entre sus brazos acercándola junto a él.
– ¿Qué infiernos pasa aquí? – Su tono elevado, furioso, con un peligroso gruñido retumbando en su pecho.
–Síndrome de abstinencia, – dijo el doctor. – Creo, Jace, que tu mujer está en período de abstinencia.
Jace sintió una ráfaga de miedo recorrer su cuerpo. Clary se le acercaba, luchando por estar más cerca de él, llorando histéricamente de miedo o dolor, él no podía decir que.
– ¿Por que? – Él levantó la cabeza, Apartándola del rostro de Clary.
Ella estaba pálida, sus ojos oscuros, casi negros por el shock.
–De ti declaró el Doctor Martín finalmente. – No sé lo que puedo hacer ahora por ella.
Jace maldijo.
–Ayúdame, – susurró desesperadamente Clary, sus lágrimas fluyendo calientes sobre su carne, su cuerpo tembloroso, su piel fría y húmeda. –Por favor, Jace. Por favor ayúdame.
Él la levantó rápidamente en sus brazos, sus labios uniéndose a los suyos, su beso tragando sus lágrimas mientras se daba la vuelta fuera de la vista de los otros. Su lengua fue a su boca, tentando la suya, necesitaba unirse con ella. Él sabía que cuando la necesidad había estado en este grado la noche anterior, sus besos la habían calmado, habían aliviado la necesidad apremiante que la desgarraba. Dios les ayudase él y ella si esto no resultara ahora.
Él la besó desesperadamente, lastimándola, cuando ella se retorció en sus brazos, luchando por profundizar el beso, la unión de ambas lenguas, un gemido caliente de necesidad susurrando en su boca, haciéndole casi imposible para él controlar sus propias necesidades. Pero ella se alivió. Despacio. Los violentos temblores que recorrían su cuerpo disminuyeron, el llanto fue sustituido por leves gemidos de deseo.
–Necesitamos la muestra de saliva ahora. – Él oyó al doctor a su lado. –No podemos tocarla, Jace. Necesito tu ayuda.
Retirando sus labios de ella, Jace puso a Clary boca arriba en la camilla. Ella le miraba con necesidad aturdida, como un adicto que necesita un pase. Dios querido, que le había hecho. Él abrió su boca con cuidado.
–Fácil, – susurró cuando ella se estremeció mirando hacia el doctor. –Está bien, bebé.
La esponja estuvo alrededor de su boca rápidamente.

–Tu turno. – Una esponja limpia fue puesta en su boca. Jace permitió que le tomaran la muestra, vigilando a Clary cuidadosamente.
–No más pruebas, – susurró ella. – No puedo soportar que me toquen.
–Entonces déjame hacerlo, – le dijo el, con voz suave, melodiosa. –Debemos encontrar un modo de detener esto, Clary. –
–Necesito otra esponja vaginal y Jesamine necesita la sangre. Ahora, Jace. – La voz del doctor era imperativa.
Clary sacudía la cabeza.
– Shh, – Jace se puso a su lado. – Concéntrate en mí, Clary, y esto irá rápidamente. Sostente en mí, bebé.
Él puso uno de sus brazos alrededor de su cuello, sobre la cama para que Jesamine tomara la muestra, sus manos, sosteniéndola todavía. Entonces él bajó a su boca. Ella tenía los labios más suaves, más dulces, su lengua se movió cuando él lo tocó, su beso se hizo más débil, e hizo latir su pene.
Él sintió un tirón cuando Jesamine insertó la aguja en su brazo, pero ella no luchó. Lo mismo cuando la muestra vaginal fue tomada otra vez, ella lo soportó, enfocándose en su beso, su toque, más bien que en las degradantes pruebas que eran requeridas.
–Lo siento tanto, – susurró contra sus labios cuando todo hubo terminado.
Él la tomó entre sus brazos, cruzando rápidamente el laboratorio. Condenados. Él, Jesamine, el doctor. ¿Qué le habían hecho a Clary? Abstinencia, de algún modo ella se había hecho dependiente a cualquier droga que el tenía en su sistema y por sus besos la había liberado. ¡Demonios, hasta ahora ellos no sabían cual era, no conocían como controlarlo.
Sus brazos apretados alrededor de ella. No podía quedarse tan tranquilo ante este conocimiento insoportable de lo que su cuerpo le había hecho y la inutilidad de encontrar un modo de aliviarlo.
–Ahora, – le susurró ella desesperadamente cuando él entró en la parte principal de la casa con ella. –Te necesito ahora, Jace. –
Sus dedos se cavaban en sus hombros, su voz débil, suplicante.
Él no podría lograr llegar al dormitorio con ella. Su cuerpo no era el único afectado, ella no era la única que estaba perdiendo el control. La puso sobre el canapé, rasgando la camisa húmeda de su cuerpo y rápidamente le abrió el cierre de sus vaqueros, y se los bajó hasta las rodillas antes de ir hacia sus muslos.
Su erección estaba dura como el acero, dolía de necesidad. Su esencia como una marca para sus sentidos, calientes y seductora, como si fuera adicto a sus besos, como si no pudiera esperar para el orgasmo. Él sabía que ella estaba todavía sensible, todavía dolorida. Luchó por controlarse.

Nunca estuvo seguro, de cómo pudo controlarse.
Se deslizó dentro de ella, moviéndose hacia atrás para mirar como poco a poco como los labios de su vagina se separaban alrededor del grosor de su pene. Su vagina lo abrazó, lo succiono. Sus dedos hicieron a un lado la carne de seda de su sexo, sus ojos viendo a los suyos despacio.
– ¿Estas mojada? – Susurró, moviendo su dedo sobre la piel, con la mirada ausente mientras le acariciaba su hinchado sexo.
La perla pulsaba bajo su dedo, exigiendo su atención.
–Sí. – Su cabeza se sacudió cuando le tocó el sensible botón, así como por su pene palpitante deslizándose hasta el fondo de su matriz.
– ¿Por qué me haces esto? – Le preguntó el, apretando sus dientes cuando Clary apretó sus músculos interiores sobre su carne.
Sus ojos estaban abiertos, oscuros, seductores, mientras se humedecía sus labios con la lengua. Sus caderas arqueándose hacia arriba.
–Un amigo me convenció para intentarlo, – jadeó, moviéndose contra él, acercándole sus pechos a sus manos, respirando ásperamente cuando él acarició sus hinchados pezones. –Me gusta esto.
– ¿Por qué? – Gruño. – Dime por que te guardabas algo como esto.
Él se deslizó casi libre por su cuerpo, con los dientes apretados, el sudor humedeciendo su cuerpo entero cuando siguió deslizándose una y otra vez. Sus músculos apretados, calientes, succionando su carne. Tuvo que luchar por mantenerse cuerdo, por no enloquecer. Luchar por el control.
–Esto se siente mejor, – jadeó ella. –Con más libertad.
–Siento el satén caliente contra mí, Clary, – Gruño Jace. –Con esto destruyes mi control, caliente terciopelo adentro, satín y seda afuera. Me vuelves loco.
Él se inclinó hacia ella, hundiendo los dedos en su cabello, sus labios mordisqueando los suyos retrocediéndose y luego inclinándose nuevamente mientras seguía bombeando, adentro y afuera.
– Ohhhh…, Jace. – Mientras temblaba contra él, sus manos se le clavaban en su trasero, sus uñas arañando sus nalgas. –Te necesito más duro. Por favor, hazlo más fuerte, más rápido…..ahhhhhh –
Él no resistió la tentación. Él quería hacerlos lento y fácil primero. Pero ahora quería tomarla rápidamente pues estaba al borde de locura, donde el parecía vivir, cada vez que la tocaba.
–Siento como estas de apretada, Clary, – le dijo gimiendo contra su cuello, su lengua lamiendo su transpiración allí. – Siento como mi carne dentro de ti te llena. Fuiste creada solo para mí .
Su sexo se apretó aún mas sobre él, sus músculos se contrajeron cuando el susurró las palabras contra su cuello. Él se retiró nuevamente con una mano la sostuvo del cabello con la otra, la tomo por las caderas, cuidando que ella no se moviera mucho para no correr el riesgo de salir de su cuerpo.
Sus labios se dirigieron a chupar su dulce pezón erguido como una pequeña baya madura. Él lo lamió, permitiendo a su lengua rasparlo, sus dientes mordisqueando cuando ella se apretó contra él, intentando obligarlo a un contacto más profundo. Y todo el rato su miembro moviéndose despacio dentro de ella, empujando contra los músculos de su vagina, reteniéndolo por unos segundos mientras detenía la salida de su esperma.
–Me matarás, – jadeó. – ¿Qué infiernos es esto, Jace?
– ¿A qué se siente bien? – Murmuró contra su pecho. Estaba aterrorizado de decirle, que si no lo hacía despacio el deseo animal que estaba sintiendo podría desgarrarla.
–No lo sé. Es intenso. – Ella se agarró a el con fuerza, haciendo una mueca cuando el sacó su carne de su sexo, luego empujado hacia adelante otra vez. –Esta  firme, jadeó. –Esto parece un pequeño dedo que me raspa. – Su grito de placer lo electrificó mientras él sentía que estaba a punto del orgasmo.
Él no aguantaría mucho tiempo más. Control. Estaba clavado, profundamente dentro de ella, luchando por el aliento, mientras sentía que la pequeña gota retrocedía ligeramente. Demonios, esto lo estaba matando. El placer que aumentaba con cada embestida, amenazaba con destruirle el alma. Nunca había sentido nada como eso.
– ¿Por qué te detienes? – gimió ella, apretándolo aun mas fuerte, cuando el volvió a chupar su pezón.
–Lento y fácil, Clary, – gruñó.
–No. – Ella sacudió la cabeza. – Rápido y con fuerza. Ah Dios, Jace. Si no me vengo pronto voy a morir.
Ella estaba aturdida, suplicante, apretándose alrededor de él, sus fluidos deslizándose sobre su miembro. Él no duraría mucho tiempo más. Su pene estaba pulsando, a punto de derramarse, palpitaba, exigiendo la rápida satisfacción, exigiendo la feroz y dura fricción feroz que le enviaría moviéndose en espiral hasta su orgasmo.
–No quiero hacerte daño. – Él besó su pecho otra vez. –Sé que estas sensible.
–No. Estoy muriendo. – Él sintió que ella levantaba sus piernas, le rodeaba sus caderas y su control se desintegró.
Clary gritó cuando iniciaron los empujes más rápidos. Duros, calientes, dentro de ella. La extensión gruesa de su pene, la sintió, cortante en su canal, independientemente del infierno que su dedo le estaba haciendo sentir conjuntamente con su pene. Esto sin lugar a dudas, la mataría. Las paredes de su canal estaban hipersensibles ante la doble caricia que no sabía que existía., hinchándose y pulsándose contra ella, haciendo una perfecta sincronía, entre su dedo y su erección.

Sus piernas apretadas alrededor de sus caderas, conduciéndolo más profundo dentro de ella mientras luchaba por el aliento. Esto era tan bueno. Su escroto pegado con la mano en sus nalgas, la carne de su abdomen inferior raspando su hinchado sexo. Sentía el fuego en su vagina, en su matriz, quemándola, chamuscándola. Sus músculos apretados alrededor de él, adorando la sensación que le daba su apretado miembro en las paredes de su vagina.. Estaba caliente. Ohhh…. Dios, esto la mataba de placer, Eran como duras cosquillas. Esto es lo que era. Una fuerza destructiva de cosquillas lo que cerraba y abría sus músculos, robando su fuerza.
– Clary, bebé, – gimió el contra su pecho. – No me puedo controlar.
El pequeño pulgar se hizo a un lado, apartándose para poder introducir su pene profundamente dentro de ella, empalándose hacia las ultra sensitivas y profundas partes de su sexo. Este se movió, pulsó, cosquilleó y exploró hasta que explotó.
Ella gritó, sintiendo abundantes chorros de semen dentro de ella, mientras que al mismo tiempo ella culminó alrededor de su carne, abundantes líquidos salieron de su parte, arqueando sus caderas, su sexo estallando de placer, la lava ardiente corriendo por sus venas, burbujeando en feroz éxtasis, mientras ella apretaba y apretaba alrededor de él, succionando su pene, empapando su carne de sus líquidos.
Sus caderas seguían empujando contra ella, sus gruñidos retumbaban y vibraban contra sus pechos mientras el respiraba ásperamente sobre sus hombros, gimiendo en las frenéticas convulsiones de su propia liberación. Entonces despacio, ella sintió que se aliviaba en su interior, mientras su grueso miembro, ahora ligeramente ablandado, salía de ella.
–Una vez que descanse, – dijo Clary soñolientamente. – Vas a decirme de que se trataba esto, Jace.
Ella se acurrucó contra su pecho y él se derrumbó al lado de ella, arrastrando unos cojines y una manta del canapé, abrigándole, sus pechos, contra el calor increíble de su pecho, su cuerpo lánguido y saciado de momento.
–Si tengo que…, – susurró él en su oído, sombrío.
– ¡Um!, Tienes que hacerlo. – Bostezó. Pero primero, una siesta. Sus ojos se cerraron, su cuerpo relajado contra su calor y ella se fue a la deriva rápidamente a descansar.


No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...