lunes, 18 de febrero de 2013

Tentando a Jace/Capitulo 13 y 14



Clarisa Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo

Historias contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto diferente.
 Escenas de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!



                 CAPÍTULO TRECE

–Tengo trabajo que hacer.– Clary mantuvo su voz cuidadosamente controlada y tranquila, cuando se sentó en la mesa de la cocina a la mañana siguiente, apartando la vista de su taza intacta de café.
Habían guardado silencio en el desayuno, a pesar de la cantidad de gente que se había reunido alrededor de la mesa. Había seis de las Clases como se llamaban entre ellos, Clary y el doctor. La imposibilidad de lo que estaba viendo la aterrorizó. No debido a las implicaciones de ello, sino a la parte que ella ahora jugaba en eso.
Los demás se habían marchado después de comer. Otros tres machos desaparecieron afuera, Jesamine, Isabelle y el científico volvieron al laboratorio mientras Jace se quedó mientras veía a Clary con interés.
– ¿Qué trabajo tienes que hacer que requiere que salgas de aquí? –Dijo encogiendo sus amplios hombros desnudos, como si su confinamiento forzado aquí no fuera un problema.
– ¿Dónde está mi teléfono celular? – Contestó Clary haciendo caso omiso a su pregunta. – Quiero que me lleves al campamento. Tengo entrevistas que hacer
– ¿Si yo soy tu historia, entonces por qué tendrías que hacer otras entrevistas? – Le preguntó con curiosidad.
–La muerte de tu madre  – comenzó…
–Eso no es parte de esta historia, Clary,– terminó el por ella. –Su muerte no la ordeno ningún miembro del Consejo, te he dicho esto ya. Y este es un misterio que tú no puedes solucionar. Déjalo ir.
Su voz era tranquila, apacible. La observó con sus ojos dorados, todavía ardientes de lujuria, pero sombreados con demanda.

–Tengo una vida, Jace, un trabajo,– Le dijo firmemente. –Tengo que regresar a él. Y necesito que me devuelvas mi celular. Tengo que hablar con mi familia, avisarles que estoy bien. –
–¿Qué es lo que les dirás? – Le preguntó, sus ojos mostrando una genuina mirada de turbación. –No puedes decirles la verdad, Clary. No antes de que hayamos resuelto esto.
–Ellos se preocuparán. Y si se preocupan, mis siete hermanos se aparecerán aquí fuera y comenzarán a patear traseros hasta que me encuentren, – le advirtió. –Sería más fácil si me dejas llamarlos y avisarles que estoy bien. –
–No hay ningún problema en que les llames. – Él se encogió de hombros. –Mi único problema sería lo que tú puedas decirles. No tendré a un equipo de científicos o asesinos del Consejo después aquí sobre nuestro rastro. Tuve que hacerme cargo de las personas que te atacaron, no quiero tener a más gente sobre nuestras cabezas ahora.

Un choque eléctrico le recorrió por su sistema.
– ¿Tuve que hacerme cargo? – Ella susurró. – ¿Cómo te encargaste de ellos? –
La irritación se reflejó en su semblante. –Les di dos nalgadas y los envié a casa con sus mamás, –dijo entredientes. – ¿Cómo piensas que me deshice de ellos, Clary? Son asesinos. Te habrían violado, te habrían torturado y no hubieran tenido después ningún pensamiento o remordimiento por tu vida. ¿Qué importancia tiene como me encargue de ellos?
Se levantó y puso su taza vacía en el fregadero.
Clary pasó sus dedos por el cabello, respirando ásperamente. La cólera se empezó a acumular en ella cuando la situación comenzó a abrumarla.
– ¿Los mataste? – Le preguntó con furia.
Él estaba de espaldas, mirando fijamente la ventana de la cocina, sus hombros tensos.
–No tuve opción. – Su voz, se escuchó pesada, fría, indiferente.
–Entonces no eres mejor que ellos, – ladró ella.
–Ahí es donde te equivocas. – Espetó, con ojos ardientes, la boca abierta en un gruñido que reveló sus mortales incisivos. –No pedí que me crearan, Clary. No pedí el ADN que ellos insertaron en mi cuerpo, tampoco les pedí entrenamiento para matar. No les pedí cualquiera de sus regalos. Ciertamente no les pedí acecharme, torturan a mis amigos y hacen de mi vida un infierno porque yo no acepto matar gente inocente para ellos. Y no toleraré que envíen a sus soldados para destruir a mí ni a los míos, Clary. Esto es la ley de la naturaleza. Sólo el más fuerte sobrevivirá.
La rabia tembló por todo su cuerpo y se reflejó en su voz.
–Esto no es la selva, – gritó levantándose de la mesa y colocando sus palmas encima de esta. –No tendrías que matar si le avisaras al mundo que es lo que pasa.
–Dios, que inocencia, – gruñó, levantando sus manos con exasperación. –El público Americano es voluble. Probablemente seríamos quemados en la hoguera como monstruos.
–Se coherente, Jace, no estamos ya e la edad media, – exclamó. – ¿No crees que el público tiene derecho a saber? ¿Darse cuenta de las atrocidades que están cometiendo en nombre de la ciencia? Muéstrales que los monstruos son ellos y esto te dará la seguridad.
–Eso no lo hará, – gritó el, sacudiendo la cabeza. – No tienes ni idea de los hombres contra los que te enfrentas, Clary. Hombres con gran cantidad de recursos sociales, financieros y políticos no solo en América, si no también en otras naciones, grandes compañías poderosas e influyentes. Tú no detendrás a estos hombres. No puedes detener los crímenes.

–Tu tampoco si no lo intentas, – contestó Clary con ferocidad. –Mira, Jace. Ocultándose, nunca sabrán que es lo que pasa con sus propios cuerpos, serán incapaces de conseguir la ayuda que necesiten, cuando lo requieran. Esto no es vida.
–Esto es lo mejor que puedo hacer. – Sus ojos ardían. –Déjame decirte la alternativa, Clary. – Su nombre era una maldición sobre sus labios. –La alternativa es vivir en un higiénico y estructurado laboratorio, ser requerido sólo cuando se necesiten pruebas, y para el entrenamiento, u objetivos de cría. Esto es frío y estéril y el peor infierno que alguna vez te podrías imaginar. Al menos aquí somos libres.
– ¿Mientras matas? – Sus puños apretados mientras luchaba por comprender su vida. La rabia contra él y contra los que le hacían esto.
–Si ellos dejaran de intentar matarme, entonces yo no los mataría,– le informó con frialdad, y colocando un manto de arrogancia sobre él como una aureola de peligro.
–Puedes detenerte, – exclamó.
–Como también ellos pueden hacerlo, – dijo mientras ella veía como intentaba luchar por el control. –Yo no mataría a sus malditos mercenarios si ellos cesaran de enviarlos.
–Vamos. Mi padre puede ayudarte. – No podía entender su necesidad de ocultarse cuando le ofrecían ayuda.
–No soy un monstruo para que los tabloides ponderen mi humanidad.– Dijo mientras sacudía la cabeza bruscamente. –Tengo tanto derecho de vivir como tus hermanos o tú. No habrá nadie que me cuestione, tampoco dejaré que el voluble público decida mi destino.
–Esto no es como pasará. – Clary apretó sus puños con ira. –El público te ayudará.
–Sólo si tu historia es mejor que la de mis enemigos, – mordió. – Y confía en mí, Clary, tus hermanos y tu son buenos. Pero ellos sobornarán a sus científicos, sus doctores, arrojarán y contestarán cada arma que tengas en tus manos hasta lograr que yo sea marcado como no más que un monstruo. Y luego, no habrá ningún lugar donde puedo ocultarme.
–Esto no pasará, – Aseguró Clary .
Clary conocía a su padre, su tío y sus hermanos y eran muy cuidadosos. No tomarían riesgos con su vida.
En su cara se reflejó un amago de sonrisa.
– ¿Crees que no? – Le preguntó. – Jacob pensó que podría ayudarnos y rechazar sus ofertas. Él volvió a casa y se encontró con la brutal muerte de su esposa e hijos. Una lección. ¿Cuántos de sus científicos arriesgaría esto? El shock recorrió el cuerpo de Clary. Ella sabía que el Consejo asesinaba indiscriminadamente, tenía las pruebas de ello. Pero escucharlo en la voz de Jace con una fría furia lo hizo sonar de alguna forma mas real.
–Te Prometo que mi familia encontrará la manera de ayudarte, – susurró. –Míranos, Jace. Mírame. No puedo estar separada de ti por más de de una hora sin que mi cuerpo entre en una especie de abstinencia loca. No puedo seguir así.
–Esto sólo será temporal, – le prometió. –El Doc lo arreglará.
– ¿Cómo lo sabes? – Exigió. – ¿Qué pasa si esto no tiene solución, Jace? ¿Qué pasará si nunca podemos estar el uno sin el otro? ¿Qué pasará si nunca mas podemos ser libres?
–Yo nunca quise nacer como un animal, o como un experimento. Lo que uno quiere no cuenta. – Su voz tuvo un timbre definitivo.
– ¿Y si el Doc no lo arregla? – Su actitud sólo estimuló su cólera aún más. – ¿Que pasará conmigo, Jace? ¿Solo escaparás y me abandonarás para arreglármelas como pueda?
Él dio la vuelta acercándose hacia ella. Clary observó que un músculo se movía en su mejilla..
–Si yo lo hiciera, – le dijo suavemente, rechazando mirarla ahora. –Si tuviera que escoger la opción de revelar mis secretos, o ir contigo, Clary. Mi familia debe ir primero.
–Sé, acerca de tu familia, – le dijo, irrazonablemente furiosa ante su actitud. – ¿Qué es lo que tienes que contarme?
Él dio vuelta la para mirarla y la sangre se le congeló en sus venas. Sus ojos eran fríos, duros como piedra y tan impasibles como su expresión. Jadeando, ella se alejó de él, luchando contra el miedo instintivo que se elevó dentro de ella.
–Jace. – La voz de Jesamine detuvo la confrontación.
La alta rubia estaba de pie en la entrada de la cocina, con una jeringuilla en la mano.
– ¿Qué necesitas, Jesamine? –Le preguntó bruscamente. – No tengo tiempo para más de tus pruebas.
Clary miró los ojos de Jesamine entrecerrarse.
–Bueno, porque yo con más probabilidad intentaría matarte en lugar de hacerte mas pruebas, – dijo dulcemente. –He traído la inyección anticonceptiva de Clary. Quizás debes salir de aquí y recuperar el control mientras se la administro.
Jace le dirigió una dura mirada.
– No me intimidas, hermana, – le informó, moviéndose por el cuarto con determinación. – Y no deberías intentar intimidar a Clary.
Ya de por si esto es bastante difícil para ella.
–No trato de intimidarte Jesamine, – le recordó misteriosamente.

–No, por lo general tienes éxito, – admitió. –Pero ahora no es el momento para practicar este tipo de actitud. Ve a buscar una pieza que no sea humana para variar, mientras explico a Clary por que tuviste que matar, para salvar a una joven mujer de aquellos soldados que encontramos unas horas después de que la rescatamos, más bien que dejarla pensar que lo hiciste a sangre fría.
Los ojos de Jace se estrecharon, mientras a Clary los miraba sorprendida.
– ¿Qué? – Susurró con incredulidad.
–Sí. –Dijo Jesamine, deteniéndose al lado de ella e indicándole a Clary que debía levantar su brazo para la inyección. –Cuando él regresó a rastrearlos, e incapacitarlos para luego enviarles de regreso avergonzados, ellos trataron de violar a una joven mujer que habían secuestrado antes. Cuando él los interrumpió, decidieron luchar en lugar de rendirse y cuando Jace intento dejarlos ir, uno de ellos intentó matar a la muchacha de todos modos.
Clary tomó una profunda bocanada de aire, mientras observaba a Jace.
–Ellos están muertos. – Se burló. –De todas maneras habrían muerto solo por haberte tocado.

* * * * *
Jace observó el parpadeo de Clary ante su declaración. No tenía intención de revelarlo, pero las palabras habían salido de su boca de todos modos. Él no tenía ninguna intención de dejar vivos a esos bastardos, como normalmente hacía. Había tenido un ataque de rabia después del rescatar a Clary de sus manos, y tenía la intención de destruirlos. Los soldados se lo hicieron fácil para no tener que luchar con el peso de su conciencia.
Habían tocado lo que era suyo. Reconoció la emoción, el origen de la furia ahora. Habían puesto sus manos sobre su mujer, habían dejado su olor sobre ella. Habían cruzado una línea que Jace no imagino que existiera. El se aseguró de su muerte.
Esto le preocupó, lo posesivo que se sentía sobre ella, las violentas emociones que se arremolinaban en su cerebro y en su cuerpo. Quiso negárselos, no a ella, pero ante el mismo. ¿Cómo podría alejarse de ella si no podía estar más que unas horas sin tocarla?
La miró, luchando por mantener su cara inexpresiva al ver que Jesamine inyectaba a Clary. Él sabía que Doc no le daba un anticonceptivo normal. La inyección no era tan poderosa como la que le hubieran dado en la oficina de un ginecólogo. Este solo duraría unos cuantos días y no afectarían su sistema con severidad.

–Odio las inyecciones, Jesamine. – Él todavía podía escuchar un tono de cólera de la voz de Clary.
–Lo sé, – Jesamine la calmó mientras sacaba la aguja. –Tenemos todas las muestras que podemos necesitar por un tiempo. Hasta que haya un cambio.
– Será mejor que haya un cambio pronto, – Dijo firmemente. – Esto me enferma. Hay tantas cosas que tengo que hacer.
Ella necesitaba marcharse. Jace detuvo la instintiva furia que sintió con aquel pensamiento. Ella quería irse de aquí, poner distancia entre ellos, mientras el siguiera rechazando ceder ante sus demandas para volver con ella. Revelarse a si mismo. Ella era tan inocente, demasiado y malditamente inocente. No había ningún modo el que él podría escapar del Consejo tan fácilmente como ella creía. Si esto pudiera haberse hecho, entonces Celine y Doc habrían encontrado un modo de hacerlo antes de su muerte.
–Jace, Doc todavía necesita muestras tuyas, – Le informó Jesamine, interrumpiendo sus pensamientos. –Diariamente. ¿Cuándo podrás estar en el laboratorio?
Jace se encogió de hombros. –Cualquiera que sea la hora. Envía a Isabelle a que este aquí con Clary.
–No necesito a una niñera, – replicó Clary, su cólera todavía evidente de su voz.
–Muy malo, – le dijo, indiferente. –No soy la noticia que esperabas, me aseguraré entonces que no te quedes sola. Tus deseos en esto no importan. –
Él no hizo caso de la mirada de sorpresa de Jesamine , los ojos entrecerrados y el destello de obstinación de Clary.
– Jace, pienso que todo este exceso de testosterona que inunda tu sistema te pone muy irritable. – Jesamine frunció el ceño.
– ¿Sobrecarga de testosterona? – Clary dio a un gruñido que no era muy elegante. – Más bien un asno sobrecargado si me preguntas.
Jace gruñó bajo y profundo ante el desafío en la voz de Clary.
– Y no hagas esa especie de gruñidos conmigo. – Dijo apuntándole con el dedo – Has estado con eso toda la mañana, Jace. No te molestes en abandonar la guarida en el sótano si no puedes actuar decentemente.
Su pene palpitaba. Él ya podía oler su excitación y podía sentir su sangre que bombeaba con fuerza y se acumulaba en su aparato. Debería lanzarla a través de la mesa y jodérsela hasta provocarse un orgasmo antes de que ella terminara. Esto la enseñaría a no desafiarlo.
Pensando en eso, se la imaginó arriba de la madera oscura de la mesa mientras el se introducía dentro de ella. Era casi una visión irresistible de lujuria. Ella movería su cabeza de un lado a otro y le pediría que la montara más duro, más rápido y más profundo. Aspiró profundamente.
–Vamos. – Atravesó el cuarto y le pidió a Jesamine que lo siguiera. –Otro minuto mas en la compañía de esta mujer y me volveré violento.
– O lo haría yo, – refunfuñó Clary, aunque su voz parecía más débil, más petulante que furiosa..
Extraño, ella no había puesto mala cara desde que el había puesto sus ojos sobre ella, él no esperaba que ella cambiara su tono de voz. Ya se vería cuando él le volviera, le mostraría quien era el que dominaba entre ellos. La haría gritar para que la tomara, le rogaría que la hiciera llegar al orgasmo. Y él sabía como hacerlo. El Consejo había sido extremadamente cuidadoso en sus lecciones. El Sexo podría ser un arma así como un placer. Un instrumento para matar, o engatusar, cualquiera de las dos garantizaba la situación. Él le mostraría que los juegos sexuales podrían ser una tortura, una lección tan increíble de placer que bordeaban con el dolor. Su pene se puso mas duro ante el curso de sus pensamientos. Demonios, en cuanto regresara, le mostraría a su mujer quien era el jefe.
                                                                         







               CAPÍTULO CATORCE



Ella no podía esperar para estar cerca de él. Estaba harta de pruebas y exámenes, la palpitación, la ardiente necesidad recorrían su cuerpo. Todo lo que tenía que hacer era alejarse de el. Esto era todo. El confinamiento obligado solo aumentaba la dependencia que su cuerpo abrigaba hacia él. Si solamente pudiera alejarse, entonces podría controlarlo.

Clary se vistió apresuradamente, con shorts de licra, top y zapatos de deporte. Introdujo algo de efectivo en el cierre de sus shorts y luego salió de la casa. Ella sabía que otros tres machos patrullaban las colinas alrededor de la cabaña para evitar que los mercenarios entraran por sorpresa, pero esperó que pasaran por el camino principal. Un vehículo podría oírse fácilmente si entraba. Aquella área no era un punto débil.

Inspirando profundamente, avanzó rápidamente a través del patio y se introdujo en la espesura del bosque que bordeaba el camino. Manteniéndose cerca del borde prosiguió por la línea arbolada, trotando rápidamente hacia la carretera principal.

No le tomaría a Jace mucho tiempo averiguar que ella no se encontraba donde se suponía, y estaba tan segura como el infierno que rastrearla no sería un problema para él. Tenía que llegar al campamento. Jace podría haber robado el teléfono celular que tenía, pero tenía uno adicional oculto en el jeep. Y el jeep estaba todavía allí. Ella lo había escuchado hablar de ello con los demás aquella mañana. Él quería que trajeran el jeep y comenzaran a quitar su campamento, eliminando todo rastro de ella en el área.

A pesar de los intentos de Jesamine de aliviar sus miedos, Clary tenía miedo de las intenciones de Jace. Él habló tan fácilmente de matar a aquellos soldados. ¿Qué podía impedir que la matara a ella cuando su pasión hubiese terminado? Cuando su cuerpo no la ansiara mas, cuando su lujuria disminuyera, ella sería una molestia, una que conocía todos sus secretos.

El miedo se precipitó por sus venas, proporcionándole la adrenalina necesaria para apresurarse, casi corriendo, cerca de dos millas de terreno áspero al camino principal. Allí, la suerte estuvo con ella. No había dado más que unos pasos por el pavimento cuando un coche pasó cerca de ella, luego redujo la marcha.
El alivio la inundó cuando vio a unas chicas mirarla con expectación.

– ¿¡Eh!, usted no es la periodista que ha estado paseando por la ciudad? – le preguntó la rubia, que conducía, con una sonrisa.
La muchacha era la mesera que la atendía todas las tardes en el pequeño restaurante donde ella comía, recordó Clary.
–Necesito ir a mi campamento, – Le dijo Clary urgentemente. – ¿Podría llevarme allí?
Estaba transpirando la sangre corriendo rápidamente por sus venas. Necesitaba a Jace. Tragó la bilis que sentía en la garganta mientras luchaba con los síntomas que la debilitaban.
–Seguro. La llevaremos. Aunque parece enferma. ¿Seguro que no quiere ir al doctor?
Clary abrió la puerta trasera y se deslizó con agradecimiento.
–Ningún doctor. – Apenas pudo contener el estremecimiento de su cuerpo ante el pensamiento de alguien tocándola. –Solamente déjame en la carretera de acceso a mi campamento. Será fácil para mí llegar desde ahí. –

Se preguntó si su jeep estaba todavía allí. Otro teléfono celular estaba oculto, una pieza de recambio, por si acaso, le había dicho Sebastian. Ella tenía que conseguir aquel teléfono.
–Seguro. No hay problema. – Aceleró rápidamente y el coche avanzó hacia adelante.
Clary se mordió los labios, luchando por la necesidad de gritarle que se detuviera, que la llevara de regreso a Jace.
Las aficiones podrían ser curadas, se dijo. Detox. Sebastian lo había mencionado hacía mucho tiempo, y él le dijo una vez, que cualquier afición podría ser curada. Todo lo que tenía que hacer era luchar. Solo eso, luchar contra ello.
Ella podría luchar contra esto, se dijo Clary.
Apretó sus puños en los bolsillos de sus shorts, su cuerpo palpitó y el aire se hizo sofocante. Probó la sangre que sus dientes hicieron al morder sus labios y se obligó a apretarlos nuevamente. Control, canturreó. Control. Sebastian había dicho que todo era cuestión control.

* * * * *
El rugido que estalló en la garganta de Jace cuando se dio cuenta que Clary había escapado casi le impresionó a el mismo. Sabía que había sobresaltado a los otros. Isabelle gimoteó, Jesamine se estremeció. Los tres hombres cuyo único trabajo era proteger la casa palidecieron.
– ¿No se dieron cuenta que ella estaba afuera? – El gruñido primario de su voz, causo que los tres hombres dieran un paso hacia atrás.
–Nosotros estábamos cerca de ella, Jace. No había ninguna razón para creer que ella intentaría escapar de ti. Los defendió Edward. –
– ¿Y por qué no patrullaron el camino? ¿Pensaron que nadie intentaría usarlo? – Dijo severamente. – ¿Para que infiernos están?
–Nosotros nos habríamos enterado
–No lo hubieran hecho si hubieran entrado a pie como Clary se fue, – tronó Jace con furia.
La rabia corría por su cuerpo que estaba ardiente y violento. Condenación, ella había huido de él. Tomó el dinero, las llaves de su vehículo y corrió, a pesar de las necesidades que corrían por su cuerpo. Y ella lo necesitaba. Él lo sabía, porque el latido caliente de lujuria lo hacía volverse loco.
–Calculamos mal, – admitió Edward.
–La jodiste, hay una diferencia en eso, – Lo acusó Jace. –Ella se ha dirigido al campamento. – Paso las manos por su cabello, luchando por pensar. – Ella querrá su vehículo de esa manera se podrá ir de aquí. Vamos.
Él se dio la vuelta y salió en su busca poco dispuesto a esperar más.

– Jesamine, tu y William diríjanse a la ciudad, para comprobar que ella no está allí. El resto de nosotros se dirigirá al campamento. Maldita sea mi suerte si ella me jode llamando a los Marines antes de que llegue yo allí.
Los Marines o aquellos malditos de sus hermanos, con los que se pasaba amenazándolo. Aquella mujer pensaba que sus hermanos podrían mover el maldito mundo si ellos quisieran. Hizo una mueca de disgusto y un juramento de repugnancia mientras se subía en la camioneta Bronco y giraba la llave. Edward y Dayan le siguieron rápidamente, apenas se alcanzaron a acomodar en sus asientos cuando Jace se lanzó hacia el camino de entrada.
–Ella se ha vuelto una responsabilidad, Jace, dijo Dayan culpándola, mientras se apresuraban por el camino principal unos minutos más tarde. –Un peligro para todos nosotros.
–Callate, Dayan.– Jace echó un vistazo al hombre por el espejo retrovisor.
Observó la furia asomar en la cara de Dayan, sus negros ojos entrecerrándose en respuesta a la ofensa. Jace se mostró preocupado. El respeto tenía un precio. Él y Edward habían vivido mucho juntos y Jace sería desagradecido si no aceptaba la responsabilidad de esto él mismo. Cada uno tenía un trabajo por hacer y él había hecho su parte. Los otros machos habían fallado en el suyo y el precio podría ser sus vidas si no encontraran a Clary.
–Ella no debe haberse adelantado mucho de nosotros, – dijo Jace entredientes. – No más de una hora, y habrá hecho la mayor parte corriendo por el camino principal.
–Podría ser menos si alguien la llevara, intervino Edward.
Jace le arrojó una mirada sarcástica. Desde luego, ella caminaría. Nadie paseaba por aquí.
–Si ella ha llamado su familia, tendrás que dejarla ir, Jace, – Afirmó Dayan. –Debemos ocultarnos nuevamente. No hay ninguna otra opción.
Jace rechazó contestarle. Dio vuelta bruscamente en otro camino de grava, un atajo que le llevaría directo al área donde Clary había aparcado su jeep. Lo que le llevaría llegar ahí eran tan solo unos minutos comparados a la media hora que tomaría ir por el camino principal. Él rezó por alcanzar a Clary antes de que pudiera llegar al maldito jeep. Si ella lograra salir del condado antes que la alcanzara, entonces ambos estarían en más problemas, de los que incluso el se negaba a considerar.
Jace no podía pensar en dejar ir Clary. Él no podría. No aún. No ahora. No mientras su cuerpo estuviera inflamado, los instintos naturales por someter a su compañera acumulados en su cuerpo. No podía creer que ella hubiera hecho un movimiento tan malditamente tonto. Que la mujer tan fuerte y decidida que había llegado a conocer huyera de esa manera.

Que ella fuera bastante valiente para tentar la bestia que estaba justo debajo de la superficie.

* * * * *
Ella sudaba, su respiración trabajando laboriosamente en sus pulmones cuando alcanzó el pequeño claro donde su jeep estaba aparcado. Estaba todavía allí. Casi gritó de alivio cuando tropezó con el vehículo, luchando con la cremallera del bolsillo de los shorts, para sacar sus llaves. Casi las dejó caer dos veces antes de que lograra insertar la llave en la cerradura y abrirla.
Trepó en el interior, estremeciéndose, su cuerpo débil e inestable cuando busco a tientas en la guantera para abrirla. La puerta finalmente se abrió, revelando el teléfono celular de repuesto que Sebastian había insistido que ella llevase.
Al prenderlo, ella marco el número de Sebastian de la memoria y se escucho que estaba llamando.
– ¡Clary! – Su voz era un grito desesperado a través de la línea.
–Sebastian, – jadeó, acostándose en el asiento ahora, sosteniendo su estómago. –Oh, Dios. Estoy en problemas, Sebastian.
Ella pudo escuchar la maldición, furiosa. Había miedo y preocupación en su voz. .
– ¡Caray!, Clary, te le dije, eres estúpida, – gritó nuevamente.
–Solo quiero decirte algo, – intentó gritar, pero su voz salió débil. –Ven por mí, Sebastian. Él me encontrará y no puedo conducir. Tienes que venir por mí. Esto es grande. Dios, más grande de lo que nosotros pensábamos el gruñido suave en la parte de atrás del jeep, hizo que se congelara de terror.
– ¿ Clary? – Sebastian preguntó ante su silencio repentino.
Clary gimoteó. Lo sintió detrás de ella, grande, duro, excitado. Ella sabía que estaba excitado, sabía que estaba furioso.
–Apresúrate, Sebastian-– el teléfono le fue arrebatado de sus manos mientras era levantada del asiento del jeep.
Ella oyó a Sebastian que le gritaba, mirando como Jace cerraba el teléfono, despacio, deliberadamente.
–Estas cometiendo un error, – gruñó Clary, arremetiendo su puño en su cara, cogiéndolo fuera de guardia.
Él la dejó ir por un tiempo suficientemente largo para dejar que ella se alejara de el, entonces se lanzó corriendo entre los árboles. Si ella pudiera acercarse al camino, tal vez alguien oiría sus gritos de ayuda. Alguien sabría que ella estaba en problemas.

* * * * *
–Déjenla ir, – ordenó a Dayan y Edward cuando corrían detrás de ella. –Recoge esta mierda y ocúltala. Jeep y todo. Te encontraré en la casa en unas horas.
Jace sacudió el teléfono celular que sonaba en el jeep con un gruñido.
¿Vas a dejar que se vaya corriendo? – Le preguntó Edward curiosamente.
–Ella no sabe a que distancia esta del camino. – Se encogió de hombros, sabiendo que a menudo los novatos se perdían en el área debido a tantos atajos que no llegaban a ningún lado. –Haz lo que te digo. La atraparé.
–Uhh, Jace, tal vez deberías dejarme ir tras ella, – sugirió Edward. –No estas muy tranquilo en este momento.
–Ella esta a salvo. Por ahora, – Aseguró Jace. –Solo haz lo que te dije, y te encontraré en la casa más tarde.
Jace estaba furioso. No podía creer que no hubiera logrado alcanzarla antes de que ella hiciera aquella maldita llamada telefónica. Lo último que necesitaba era a todo el clan del periódico de los Morgenstern descendiendo sobre la pequeña ciudad, buscándolo. Debería haberse encargado del campamento y del jeep antes. Había sido un cálculo equivocado de su parte. Y él nunca habría sospechado que ella llevaba dos teléfonos celulares. De lo único que podía darse cuenta ahora mismo era del hecho de que ella había huido de él. Deliberadamente, había dejado la casa y había intentado evitarlo. Ella le pertenecía, al menos hasta que maldita fuera, su polla del infierno decidiera dejar de estar dura. Hasta entonces, ella era una necesidad para él. Tal como sabía que él lo era para ella.

Podía oler su calor que lo llamaba. Miedo, confusión y excitación. Este era un aroma embriagador que enviaba sus propias pulsaciones y hacía que su erección aumentara en respuesta. Él no la persiguió, la acechó. Moviéndose alrededor de ella, detrás de ella, coreografiando sus movimientos mientras la empujaba hacia el área que quería.
Un claro en medio del bosque, un área aislada, privada abrigada entre los lados por rocas, con una sola y estrecha entrada. Él la quería allí, en aislamiento en el lugar que él había escogido como propio.

No le tomó mucho tiempo encontrarla siguiendo sus pasos en silencio llegar a la entrada del claro. Él podía oír su respiración pesada, sus maldiciones. Sonrió, sus hermanos debían haberle enseñado aquellas maldiciones, porque ninguna señorita podría haber pensado en ellos sola.
Estaba sentaba al lado de la corriente, el sudor humedeciendo su cuerpo, su cabeza hacia abajo mientras murmuraba débilmente sobre los malditos animales y hombres superiores
–Ah, me atrapaste. – Ella le miró desde su posición hacia arriba, sus oscuros ojos, brillando desordenadamente con lujuria y desafío. –Él te perseguirá como un perro.
–Especie incorrecta, querida. – Sonrió lento y seguro.
Ella estrechó sus ojos sobre él cuando se quitó la camisa de su espalda.
–Asno, – refunfuñó, su respiración se volvió áspera, mas pesada cuando el se quito los mocasines de cuero de sus pies.
–Mía. – Guñó.
Sus ojos se ensancharon cuando se quitó sus pantalones y observó, saltar su miembro libre, con fuerza. Él observó que sus pezones se endurecían aún más bajo su top.
–No soy tuya, – Protestó débilmente.
–Quítate la ropa, Clary,– le dijo suavemente. –Si lo hago yo, la romperé. Nunca deberías haber huido de mí.
– ¿Simplemente debo estar a tu alrededor?
–Quítate la ropa de mierda antes de que te la arranque, – amenazó nuevamente, sus puños apretados mientras luchaba luchó el impulso de hacer justamente eso.
–No quiero. – Dijo, pero lo hizo. Él podía oler que quería, por el calor que irradiaba de su cuerpo.
–Ahora. – Él hizo un movimiento hacia ella, la satisfacción llenando cada poro de su cuerpo cuando la blusa de Clary cayó rápidamente, seguida de sus shorts y ropa interior.
Ella estaba desnuda. Maravillosamente desnuda. Le miró de arriba a abajo, enrojecida y furiosa, su respiración se volvió áspera en el silencio repentino del claro.
–Sebastian vendrá por mí, – le advirtió misteriosamente. –Él y el resto. No dejará que me mantengas prisionera.
–Tendrá que encontrarte primero, – le dijo suavemente, sonriendo con su victoria mientras iba hacia ella. – Y te lo prometo, no lo hará
Estrellas explotaron delante de sus ojos cuando su pie le disparó a sus pelotas. Él parpadeó, luchando contra la bilis que subió a su garganta, y también por recuperar el aliento mientras caía.
Joder. Le había hecho daño. Jadeó, luchando por recuperar el aliento, consciente de que ella estaba temblando mientras trataba de volver a ponerse su ropa. Estaba débil, temblorosa, su cuerpo ardiente y torpe por la necesidad. Hija de Perra, ya vería en un momento. En cuanto se recuperara saldría corriendo detrás de ella.
Jace se levantó con dificultad, luchando por el aliento y mentalmente maldiciendo a la pequeña hembra, por quién todo esto valía la pena. Maldita fuera. Él iba a atraparla.
Levantó sus vaqueros del suelo e intentaba meterse en ellos cuando escuchó sus gritos. El terror llenaba su voz. Dejó caer sus pantalones y con un poco de dolor, corrió tras ella, la furia elevándose dentro de él otra vez. Mataría a quienquiera que la hubiese asustado. Entonces lo juraba, ella pagaría para este pequeño truco.


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