Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPITULO QUINCE
Dayan la tenía. No la tocaba, pero no la dejaba ir. Su cara era una máscara de furia, sus labios se abrieron en un gruñido, mostrando sus incisivos mientras soltaba otro gruñido de advertencia para ella. Sus ojos parecían brillar, su cuerpo tenso y listo para el ataque. Clary se había caído otra vez, retrocediendo desesperadamente mientras el avanzaba.
–Jace, – sus gritos rebotaron alrededor del claro cuando Dayan la alcanzaba.
Jace actuó por instinto. Vio la intención en la cara de Dayan, la mueca de furia y el hambre que rabiaba en el otro hombre. Se lanzó contra él, un gruñido salvaje estallando en su garganta mientras caía sobre el hombre.
Jace conocía la rabia de la matanza desde tiempo antes. La neblina de sangre ante sus ojos, la necesidad de muerte en sus tensos músculos, cuando Dayan acortó la distancia hacia Clary, el gruñido salvaje de furia debería haber sido bastante para advertir al otro hombre. En cambio, Dayan volteó sobre sus pies, afrontando y gruñendo ante el orgulloso desafío.
Jace estrechó sus ojos, viendo la sangre en los ojos de Dayan, y en ese momento supo que había llegado el momento reafirmar su supremacía dentro de la orgullosa casta que habían establecido.
* * * * *
Dayan la tenía. No la tocaba, pero no la dejaba ir. Su cara era una máscara de furia, sus labios se abrieron en un gruñido, mostrando sus incisivos mientras soltaba otro gruñido de advertencia para ella. Sus ojos parecían brillar, su cuerpo tenso y listo para el ataque. Clary se había caído otra vez, retrocediendo desesperadamente mientras el avanzaba.
–Jace, – sus gritos rebotaron alrededor del claro cuando Dayan la alcanzaba.
Jace actuó por instinto. Vio la intención en la cara de Dayan, la mueca de furia y el hambre que rabiaba en el otro hombre. Se lanzó contra él, un gruñido salvaje estallando en su garganta mientras caía sobre el hombre.
Jace conocía la rabia de la matanza desde tiempo antes. La neblina de sangre ante sus ojos, la necesidad de muerte en sus tensos músculos, cuando Dayan acortó la distancia hacia Clary, el gruñido salvaje de furia debería haber sido bastante para advertir al otro hombre. En cambio, Dayan volteó sobre sus pies, afrontando y gruñendo ante el orgulloso desafío.
Jace estrechó sus ojos, viendo la sangre en los ojos de Dayan, y en ese momento supo que había llegado el momento reafirmar su supremacía dentro de la orgullosa casta que habían establecido.
* * * * *
Clary observó con creciente horror como el otro hombre desafiaba a Jace. Era más joven pero, ambos hombres estaban en magnífica condición y listos para luchar.
– Oh, mierda, – susurró, levantándose y alejándose de ellos.
– Edward, – Llamó Jace, sin apartar la vista de Dayan. – No la dejes ir., pero no la toques.
. –
Clary miró alrededor con desesperación. Edward, un hombre apacible y de cabellos bronces, surgió de los árboles, sus ojos verde jade preocupados cuando miró a los dos hombres.
–No me hagas detenerte, Clary,– le advirtió cuando ella dio vuelta para correr en la espesura del bosque. –Esto no sería agradable para ninguno de nosotros. –
Un grito de furia hizo eco en el claro. Clary dio la vuelta justo a tiempo para ver a Dayan volar sobre el hombro de Jace y caer con fuerza. Se levantó rápidamente e inmediatamente se lanzó sobre Jace otra vez. Jace se apartó en el último segundo, con un movimiento que lo puso fuera del alcance de Dayan y rió cuando nuevamente Dayan cayó como un fardo sobre el pasto.
Dayan sacudió su cabeza esta vez, pareciendo agitado por la caída.
–Si hubieras tocado a mi mujer, Dayan, habría tenido que matarte, – Advirtió Dayan cuando el otro hombre quedó a sus pies. – Ella no tendrá el olor de nadie sobre ella más que el mío. –
Clary puso los ojos en blanco. ¿Qué era eso de los olores?
–Eres su compañera, Clary. – Edward debió haber entendido su exasperación. Él estaba de pie cerca de ella, pero sin tocarla mientras observaba el progreso de la lucha.
Ellos estaban dando vueltas alrededor uno del otro, aunque Dayan estaba más agitado que Jace. El hombre estaba perdiendo el control en una espuma de furia. Gruñendo, la baba fluyendo de su boca mientras Jace lo afrontaba con calma.
–No soy tu compañera de mierda, – dijo entredientes.
–Cuida tu boca. Incluso Jesamine y Isabelle no manejan ese lenguaje soez, – le dijo malhumorado, luego hizo una mueca de dolor cuando lanzó a Dayan al piso nuevamente.
– Oh, Dios, – refunfuñó Clary cuando ambos hombres estuvieron de pronto en el polvo, con los dientes descubiertos, y los puños volando.
Los golpes de Jace eran ásperos y demoledores. Clary escuchó sus puños golpear contra la carne de Dayan, al mismo tiempo que escuchaba los gruñidos de dolor y de rabia del otro hombre. Ella nunca había visto nada parecido a la sangre y los golpes que llovieron entre ellos. Hasta que finalmente Dayan fue perdiendo terreno, y quedó casi inconsciente cuando Jace saltó sobre sus piernas.
Salvaje, con los brillantes ojos color ámbar clavados en Clary. Ella lo miró, con la garganta seca, y sus ojos se ensancharon al contemplar su verga endurecida cuando el avanzó despacio hacia ella. .
–Llévatelo de aquí, – Le dijo a Edward, su voz era áspera, mientras tomaba el brazo de Clary. –Regresa a la casa. Me encargaré de él allí. –
–Tu ya te encargaste de él, – Protesto Clary cuando él comenzó a arrastrarla fuera del claro.
Su mano se cerró dura sobre su brazo, casi dolorosamente cuando le obligó a ir detrás de él.
–Lo arreglaré con él después, – dijo entredientes, la furia masculina crujiendo en el aire. –Pero a ti te arreglaré aquí. –
Él la empujó sobre hierba, moviéndose rápidamente entre sus muslos antes de que ella pudiera emprender la huída. Él juntó sus dos brazos en su espalda con una sola mano, acercándola a lo largo de su cuerpo con su verga presionando el material de licra de sus shorts contra la entrada empapada de su vagina.
– Jace. – Ella odió el miedo que teñía su voz.
Él estaba demasiado enfadado, demasiado intenso. Ella no sabía como manejar al animal, el lado salvaje de su naturaleza.
Él rompió sus shorts, alejándolos de su cuerpo convertidos en harapos.
–Te advertí que los rompería. – La camisa siguió después.
Su furiosa negación no lo disuadió en lo más mínimo. Él la sostuvo todavía, mirando su cuerpo mientras ella se retorcía contra él. Clary respiraba con fuerza, su piel sensible, el roce de sus vellos sobre su cuerpo, acariciándola casi la volvía loca. Eran suaves, rozándose contra ella. Los vellos de sus piernas rasparon sus muslos interiores, la punta de su pene encontrando su sensible entrada.
Clary sintió la sangre retumbando en sus venas. Ella lo quería. Ah, ella lo quiso tanto que esto estuvo a punto de matarla. Dentro de ella, profundamente y con fuerza, haciendo que gritara de necesidad
–Huiste de mi, – gruñó Jace, hundiendo una pulgada de su erección dentro de ella.
Clary sintió el empuje diminuto, su contracción alrededor de él, el llanto por más. Su vagina palpitó, sus pechos le dolieron, los sensibles pezones tan duros y ardientes que ella se preguntó si no se quemarían
–No te dejaré -– Ella sacudió su cabeza, su trasero se arqueo cuando el se hundió otra pulgada.
–Eres mía, – su voz era baja y áspera.
–No -– Ella gritaba de necesidad ahora. Su parte mojada pidiendo más de él. –No te dejaré hacerme esto. No puedo. –
Él empujó en un poco más. Clary contuvo el aliento, sintiendo la extensión apretada de sus músculos mientras ellos se acoplaban a su anchura. Ella pulsaba alrededor de él, sintiendo más de sus jugos alrededor de su carne. Ella estaba lista ahora frotándose con lujuria.
–Dime, – le ordeno, su voz ronca y dura. –Dime que eres mía, Clary. –
Él inició sus empujes dentro de ella, sus ojos brillantes, mientras la sostenía empujando, con pujes en grados lentos, dolorosos. Ella era vergonzosamente consciente del pulso de su carne interior que lo chupaba y acariciaba. Se ahogaba en su propia lujuria, su propia necesidad.
–Tócame, – pidió ella descaradamente, sus pechos apretándose contra el suyo. –Por favor, Jace, tócame. –
Su lengua lamió sus pechos. Raspando su carne fresca, ella se arqueó contra él, necesitando más de su toque.
–Dímelo, y te daré lo que necesitas, – le dijo tensamente. –Di las palabras, Clary. –
–No. – Ella sacudió su cabeza, sus caderas torciéndose mientras luchaba para acercarse mas a él, conducir aquel acero fuerte y profundamente dentro de ella.
–Tienes que decírmelo, – gimió, una mano sosteniendo sus caderas mientras que con la otra se sostenía en el duro suelo.
Ella alzó el rostro hacia él, viendo las líneas salvajes de su cara, la determinación en sus ojos. Su cuerpo estaba duro y tan caliente contra el suyo que casi quemaba. Ella tuvo que luchar para evitar decir las palabras que él quería oír. Él quería la rendición. Él quería dominar y poseer y ella rechazaba permitírselo. No podía dejar que lo hiciera. Si lo hiciera ahora, no se detendría ante nada más tarde.
– ¿Eres tu mío? – Preguntó en cambio, apretando sus músculos sobre la dura carne dentro de ella. – ¿Me perteneces tu a mi, Jace? –
Sus ojos se estrecharon.
–Mis hermanos estarán aquí pronto, – Le dijo, jadeando, luchando por mantener su cordura. –Ellos me llevarán a casa entonces. ¿Donde estarás entonces? –
–No, – dijo entredientes, deteniendo el movimiento de sus caderas, haciendo que su erección saliera unos centímetros más de su cuerpo que antes.
– ¿No, no eres mío? – Susurró, jadeando cuando sus dientes mordieron y lamieron sus pezones.
Ah, como quería ella aceptar.
–No te marcharás, – gruñó, mordiéndola otra vez, luego lamiendo la herida.
Sus dientes eran duros, agudos, los pequeños destellos ardientes de placer corrían por su matriz, causando que apretara más fuerte y, profundo.
– ¿Cómo me detendrás? – Susurró, mirando hacia arriba, estirándose para conseguir estar mas cerca de él, conseguir que el estuviera más profundo dentro de ella.
Él aspiró con fuerza. De forma irregular.
–Eres mía. Mía, Clary. – Sus caderas se movieron con fuerza, introduciendo su pene profundamente dentro de ella, causando que vibrara de placer, con una sobrecarga de sensaciones que hizo que acallara su grito hundiendo profundamente los dientes en su hombro.
El ya no se pudo contener entonces. Gimió, áspera y salvajemente en su cuello mientras su verga palpitaba dentro ella. Llenó su vagina, estirando deliciosamente el tejido sensible, acariciándolo como un millón de voltios de erótica electricidad chisporroteando a lo largo de su canal. Profundo, conduciendo los empujes mientras contenía sus gritos, mendigando la liberación. Ella sintió el latido de su pene, luego a lo largo del tejido suave de la cima de su vagina comenzó. Al principio, justo como un ligero cambio. Un golpe, como una ligera sensación. Un pulso separado, un suspiro de placer que no podía soportar. Esto encendió partes de su cuerpo que ella ni sabía que existían, la hicieron retorcerse, luchando por conseguir mas.
– Clary, – gimió su nombre cuando esto comenzó a pasar, su voz cargada por el placer insoportable.
– ¿Qué es esto?– Su cabeza se movió de un lado a otro cuando esto se hizo mas intenso, las embestidas mas duras, conduciéndola más alto. –Oh Dios, Jace. No puedo soportar mas…
Ella gritó con el poco aliento que le quedaba. Lo sintió extenderse, pulsando cuando su miembro se alojó en el extremo mas sensible en las profundidades de su carne mientras la liberación de Jace comenzó a reventar dentro de ella. Ella no pudo detener su propio y explosivo orgasmo. Este rasgó su cuerpo mientras Jace daba una de sus últimas embestidas que la hizo llegar al cúmulo de sus sensaciones. Sus piernas se apretaron alrededor de sus caderas, moviendo su parte contra él, sintiendo el ardiente líquido de su liberación que se alojó profundamente dentro de su matriz. Ella estaba moviéndose, luchando por recuperar el aliento, mientras parecía que el placer nunca terminaría, hasta que se derrumbó contra él.
Sus brazos estaban apretados alrededor de ella. Ella nunca supo cuando él liberó sus manos. Su cabeza se enterró en su cuello, su propio aliento subiendo y bajando de su pecho mientras él luchaba por el aire. Su cuerpo estaba tenso y duro, dominante.
–Mía, – susurró otra vez en su cuello.
Clary sintió las lágrimas acudir a sus ojos. Estaba desnuda, tumbada sobre la hierba en medio de un maldito bosque con un hombre al que ella realmente no conocía, alojado dentro de su cuerpo. Su carne todavía estremecida por su orgasmo, su vagina apretada alrededor de su erección, poco dispuesta a dejarlo ir, y de repente se aterrorizó.
–Déjame ir, – susurró, empujando sus hombros, luchando contra el cansancio y el miedo que se elevaba dentro de ella.
Ella sintió sus labios en su cuello otra vez. Ardientes, la caricia enviaba sensaciones eléctricas sobre su cuerpo. Sus pezones se endurecieron nuevamente y sintió la necesidad que revoloteaba en su matriz mientras su cuerpo le respondía. Su aliento enganchado, sintió las lágrimas cuando cayeron de sus ojos y rodaron por sus mejillas.
– ¿Clary? – Su voz era suave, baja, un ronroneo de saciedad cuando se incorporó encima de ella.
Ella alejó su cara de él dándole la espalda, de pronto consciente de la tierra áspera sobre su cuerpo. Él se retiró de ella, y Clary apenas pudo controlar sus sollozos cuando sintió que la firme longitud de su pene salía despacio de sus carnes.
– ¿Te hice daño? – Le preguntó mientras sus manos acariciaban su cuerpo, su expresión sombría, arrepentida.
Clary sacudió su cabeza, luchando por contener sus lágrimas. Ella estaba húmeda de sudor, su semen y su jugo escapándose de entre sus muslos, un caliente recordatorio del ardiente orgasmo que había tenido momentos antes.
Ella lo oyó suspirar fatigosamente mientras se alejaba, entonces él se pasó la camisa sobre su cabeza, metiendo los brazos dentro de ella, cubriendo su cuerpo. Se alejó de ella recogiendo sus vaqueros del piso y poniéndoselos. Sus mocasines vinieron después, sus movimientos estaban llenos de gracia, fluidos, a pesar de la cólera que podía sentir que le recorría su cuerpo.
–Permanece aquí. Buscaré tus zapatos, – le ordenó.
Clary asintió, mirando fijamente sus pies desnudos, el rojo pulido que necesitaba cambiar en sus uñas de los pies, la suciedad de sus pies y de sus piernas.
Una mano amplia, masculina tomó su barbilla, girando su cara hacia él. Ella se apartó, ocultando las lágrimas en su cara. Su mano volvió a tomar su barbilla, manteniéndola fuertemente sujeta mientras ella trataba de apartar la vista.
–Te dije que no me presionaras, – le recordó con tono áspero. – ¿Ahora te quedarás aquí, o debo arrastrarte conmigo para encontrar tus malditos zapatos? –
Ella casi se ahogó con sus sollozos mientras luchaba por contenerlos. Se estremeció espasmódicamente. No podía hablar, si lo hiciera, tenía temor de perder por completo el control por el que luchaba tan desesperadamente.
Él la liberó, no exigiendo nada más, luego giró y busco en la distancia. Clary se abrazó a si misma, mordiendo sus labios mientras intentaba contener las lágrimas que fluían de sus ojos. De pronto estaba tan asustada que no pudo contener sus estremecimientos. ¿En nombre de Dios que le estaba pasando?
–Aquí. – Jace se arrodilló en sus pies. Con manos apacibles le puso sus zapatos, luego los ató rápidamente.
En lugar de levantarse cuando terminó de anudar los cordones él siguió arrodillado, su cabeza bajó, sus dedos acariciaron sus tobillos.
–Lo siento. – Su voz se escuchó afligida y frustrada. –No pensé que te haría daño. –
Levantó la cabeza, sus ojos oscuros mostraron preocupación y desconcierto. Como si él también pisara en aguas tan desconocidos y profundas y la amenaza de ahogarse fuera inminente.
–Sebastian vendrá por mí, – susurró Clary. –Tienes que dejarme ir, Jace. –
Sus labios se torcieron amargamente. –Lo se, – dijo mostrando su acuerdo y levantando sus manos para limpiar con su pulgar, sus lágrimas. –Pero para llevarte, Clary, tendrá que matarme. –
El carácter definitivo de su voz la aterrorizó. El eco resonante en su corazón rompió su última esperanza de que ella alguna vez estuviera sin él.
–Tú dijiste que podrías alejarte, – sollozó. –Incluso si esto te doliera podrías alejarte. –
–Y una hora más tarde encontré y perdí mi cordura, – le dijo tristemente.
Ella sacudió su cabeza. Esto no podía estar pasando. No algo como esto. No se suponía que tuviera que pasar esto.
–Sebastian no te dejará quedarte conmigo, – dijo, desesperada por que él entendiera, y la dejara ir. Desesperada por hacerle creer, a pesar de la agonía que sentía. Ella no quería estar sin él, y esto la asustaba más que nada.
–Como yo rechazaría a dejar que cualquier hombre se llevará a Jesamine o a Isabelle contra su voluntad,– contestó Jace, su expresión mostrando aceptación. –Esto tendrá que solucionarse, Clary. Uno de nosotros morirá si intentas marcharte con él. No le dejaré llevarte. –
–Dijiste que el doctor encontraría una cura. – Sus puños se apretaron cuando ella rechazó su brutal declaración. –Dijiste que él lo haría mejor.–
–Y mientras huías, comprendí que no puede hacerlo.– Jace la acercó a el apartando el cabello de su cara mientras la miraba. –Esto tendrá que solucionarse solo, y creó que se resolverá. Pero creo que nunca se marchará completamente. Esta necesidad, Clary, todo lo que es, podría ser algo de lo que ninguno de nosotros será libre. Aunque ciertamente no estoy seguro de querer serlo. . –
Ella escucho la curiosa vulnerabilidad de su voz. Le desconcertó que el sintiera de esa manera.
–Tengo que llamar a mis hermanos. Ellos tienen que saber que estoy a salvo. – Sabía que Sebastian iba a estar loco de preocupación. Jace no estaría a salvo mientras Sebastian estuviera alrededor.
Jace suspiró fatigadamente y la jaló hacia el.
–Vamos. Volveremos a la cabaña. Hablaremos de ello allí. – Él le ofreció su mano.
Clary miró hacia él, la cólera y el dolor la abrumaron.
– No me dejarás llamarlos, verdad? No les dejarás ayudarme. –
–No les dejaré tomarte,– la corrigió. –Y si ellos pueden encontrarte, lo intentarán, Clary. Ellos se convencerán de que puedes ser curada. Que la necesidad puede ser eliminada. No creo que se pueda. Creo que la naturaleza jugó su última broma sobre aquellos locos bastardos que me crearon. –
– ¿A que te refieres? – Sacudió su cabeza, más confusa que antes.
–La hormona que libera mi cuerpo al tuyo neutraliza la inyección de contracepción que el doctor ha estado dándote, – le dijo suavemente. –Fuimos creados para ser incapaces de reproducirnos, nuestro semen es incompatible con la gente normal. Pero la hormona esta cambiando esto, despacio. Esta invirtiendo nuestro código de ADN. Somos compañeros. La naturaleza no nos permitirá ninguna otra opción. –
Clary sintió una conmoción mundial. Sus manos apretaron su estómago, mientras tuvo que luchar por el aire.
– ¿Estoy…emb…. –? – Ella tragó fuerte.
–No todavía, – aseguró. –Pero eventualmente lo estarás. No hay nada que nosotros podamos hacer, pero veremos como puede resolverse esta anomalía. –
–No. – Desesperada, suplicante, se acercó a él sus manos agitando sus brazos. – No, Jace, tienes que hacer algo para detener esto. Lleva un condón. Esto me protegería. –
Una mueca de burla pasó a través de su cara. – ¿Qué, Clary, ya no estas tan dispuesta a copular con un animal después de todo? –
El choque la sostuvo inmóvil sólo un momento.
Demonio ella repartió golpes a diestro y siniestro contra el. –No estoy dispuesta a ser un experimento para ustedes. No me amas, Jace. No soy nada para ti excepto una función corporal. Rechazo tener un hijo en estas circunstancias. –
–Un condón no funcionaría de todos modos, le dijo amargamente. – Aquella parte de mí que te da tal placer, las elevaciones y latidos dentro de tu carne no lo permitirían. –
– ¿Qué es lo que dices? – Ella sacudió su brazo, sus uñas arañando su carne. – Un condón funcionaría, Jace. –
–Un condón se rompería cuando la lengüeta se hinchara en mi pene, Clary. Cuando estoy en plena erección, esto te llena hasta tu trasero saliéndose de tu pequeña vagina, Esto no te hace daño, porque esta firmemente ensartado, pero es demasiado grande para que un condón lo sostenga. –
Clary palideció intensamente. Sus rodillas se debilitaron, su corazón que golpeando fuertemente dentro de su pecho.
– ¿Lengüeta? – Su voz sonó estrangulada ahora mientras luchaba contra la creciente la náusea que estallaba en su estómago.
–Te dije que era un animal, Clary, – dijo enojado. – ¿No recuerdas que te lo advertí, aquel día en la estación? – Su mirada fija se clavó con fuerza, fría ahora cuándo la miró. Clary sintió que la frialdad invadía su cuerpo. –Deberías haberme creído. –
Clary soltó sus brazos, luchando por respirar por acallar el pánico que la llenaba.
–Entonces solamente lucharemos contra ello dijo, sus pulmones agitados por recuperar el aire por delante de la constricción en su garganta. – – No lo haremos de nuevo, – – Ella agitó su mano señalando la erección bajo sus vaqueros.
– ¿Joder? – Le preguntó sarcásticamente, arqueando una dorada ceja inquisitiva.
Clary asintió su respiración palpitante, su pulso latiendo a mil.
–Abstinencia eso es. – Ella luchó para respirar uniformemente. –Lo terminaremos. Solamente nos abstendremos. –
–Bien, – gruñó él. –Puedes abstenerte todo lo que quieras. Yo no estoy tan dispuesto - –
–No. – Ella sacudió su cabeza, alejándose de él. – Tienes que hacerlo Jace. Tienes que. No podemos traer a un bebé a esto. Por favor. Los bebés son inocentes. Ellos no merecen esto. –
Ella gritaba otra vez. Su estómago estaba hecho un nudo de nervios, su pecho apretado por el dolor. Podía sentir el pánico que la abrumaba, el histerismo que se elevaba dentro. Ella no podía tener un bebé. No estaba lista para un bebé.
–Vamos, tenemos que llegar a casa. – Puso su brazo alrededor de su cintura.
Clary brincó hacia atrás. El terror congelaba la sangre en sus venas. Agitó su cabeza, apartándose de sus manos, tratando de mantenerse a distancia de él.
–No puedes tocarme, – susurró. –No podemos dejar que esto pase, Jace. No podemos. No dejaré que me hagas esto. –
–Clary, vamos a ir a casa. Lo hablaremos allí, – le dijo, con voz calma y tranquila.
–Demonios por supuesto que lo arreglaremos, – jadeó, la determinación endureciendo su voz. –Estaremos en cuartos separados, Jace. En extremos opuestos de la casa. Esto está terminado. Rehúso tener a un hijo, ahora o en un futuro próximo. Sobre todo con un hombre que esta determinado a arriesgar todo por orgullo. Maldita sea si yo confiara en ti para proteger a nuestro hijo, cuando nunca hasta ahora has tomado medidas para protegerte a ti mismo. –
Ella observó la cólera reflejarse en su cara, en sus ojos.
–No permitiré que ningún hijo mío sea utilizado para experimentos o que lo alejen de mi, Clary, – le informó con frialdad. – Puedes contar con eso. –
– ¿Y me puedes decir como piensas que puedes asegurar esto? – Contestó con incredulidad.
–Te lo aseguró, – contestó entredientes, tomando su brazo y acercándola hacia el vehículo. –La conversión no ha terminado aún. Cuando haya terminado, trataremos con ello. Hasta entonces, no te dejaré ir. Hermano o no. –
–No puedes mantenerme para siempre contigo. – Dijo Clary tropezando contra él, temblando cuando el suave vello de su pecho acarició sus brazos. Condenación. Esto no se tenía que sentir tan bien. Él no tenía que hacerle esto.
–Pensaremos en eso luego. –
CAPÍTULO DIECISEIS
Jace entró medio
arrastrando a Clary en la casa, su expresión dura, sus ojos brillantes de cólera. Eso estaba bien, porque
Clary tampoco estaba demasiado tranquila ella misma. La furia recorría su cuerpo tan ardiente y tan pura como lo
había hecho el deseo.
–Necesito una
ducha, – expresó, alejándose de él,
mientras cerraba de golpe la puerta detrás de ellos.
–Buena idea, –
Respondió Jace –Cuando lo hayas hecho, mantén tu trasero en el dormitorio donde
no puedas meterte en ningún problema.–
Ella le dirigió
una mirada burlona.
–Recuerdo a Sebastian
diciendo lo mismo. Él aprendió de la mejor manera, también. –
Varias sonrisas
disimuladas y algunos sonidos parecidos a unas discretas toses se escucharon en
el cuarto. Clary no esperó a saber la reacción de Jace a su comentario.
Revisando que su camiseta fuera lo suficientemente grande para cubrir su
trasero, atravesó la casa, dirigiéndose al dormitorio y a tomar un baño
caliente.
–Ella llamó a su
hermano. – Jace miró Clary desaparecer en el vestíbulo. –Sospecho que piensan
hacernos una visita. Es hora de hacer planes. –
–Te dije ella
era un problema, – gruñó Dayan, sus ojos brillantes de ardiente cólera bajo las
contusiones, que estropeaban su rostro.
Jace miró
fijamente al hombre, observando una furia que lo preocupó.
–Si yo fuera tu
me abstendría de tales comentarios, hasta que yo olvidara el hecho de que
estabas listo para atacarla, – Le ordenó Jace en tono duro. Nunca olvidaría la
visión de Dayan listo para saltar y atacar.
Los labios de
Dayan hicieron una mueca burlona, y Jace casi perdió el control otra vez.
–Sal, y patrulla
la casa si no puedes contribuir algo a
esta conversación. – Jace caminó hacia la cafetera, sirviéndose una taza grande
y luchando por recuperar la calma.
Se oyó el
rechinido de una silla sobre el piso de
madera. Segundos más tarde, la puerta de atrás se cerraba de golpe.
– ¿Alguien más?
– Preguntó sin dar la vuelta. Solo el silencio respondió a su pregunta.
Se volvió hacia
ellos, observando el interés sobre sus rostros.
–Las fuerzas
Especiales de Sebastian, – Le informó Edward
tranquilamente. –De mas alta calidad que aquellos bufones que el Consejo
sigue enviando. Sus hermanos no se quedaran con los brazos cruzados tampoco. Él
los ha entrenado. Encontrarán la casa. Entrarán como alma que lleva el diablo y
se la llevaran, esto será un infierno. –
–Me figuro algo
así, – gruñó Jace.
Él sabía todo lo
que debía saber sobre la familia. Siete hermanos y su padre, cada hombre
confiable, fuerte. Ellos eran
arrogantes y hacían un gran
equipo ellos mismos. Serían un pequeño ejército.
–Si él se la
lleva, o si él te mata, ella sufrirá, Dijo el Doctor Martin. –La adicción no
cederá según mis pruebas, Jace. –
– ¿Que pasa en
cuanto a su teoría sobre la concepción? – Cuestionó Jace bruscamente.
El Doctor Martin
se encogió de hombros. –La hormona es producida sólo durante el embarazo, lo
que lo hace más lenta, y poca además. Lo que me preocupa es el efecto que sus
hormonas están teniendo sobre sus anticonceptivos. Esto los neutraliza. Y de
algún modo, de alguna manera, una cantidad diminuta de tu esperma se ha hecho
perfectamente normal. Hay una posibilidad, aunque leve, de que ella podría
concebir en cualquier momento. –
Jace pasó su
mano por su cuello fatigosamente. Más complicaciones, más resultados, de
pruebas que habían hecho poco para ayudarlos.
–Tenemos que
reunirnos con sus hermanos antes de que esto llegue mas lejos, – dijo Edward
preocupado. –No podemos arriesgarnos
contigo, Jace. O con ella. –
–Deja que les
llame, Cal, – aconsejó Jesamine al final de la declaración de Edward. –Ellos
tienen que estar aterrorizados por ella. Es su hermanita. La niña de Valentine.
Celine hubiera odiado esto. –
El recordatorio
de su madre sustituta y su devoción a Valentine
Morgenstern lo sobresaltó.
–Debemos dejar
que ella llame, – estuvo de acuerdo Edward. –Decirle que les diga que se
encuentren con Doc antes de que ellos entren como los malditos marines. Clary
no te perdonara si llegas a hacerle daño a cualquiera de ellos. –
Probablemente intentaría
matarlo ella misma, pensó.
–Tal vez tengan razón, – suspiró. –Tal vez esto la
tranquilice un poco. Ella parece un maldito volcán a punto de estallar. –
–Y cuando
estalle, vas a resultar quemado, –Le dijo Jesamine sin compasión. – Tu actitud
con ella apesta. –
Jace frunció el
ceño.
–Esto es normal.
– Doc sonrió abiertamente. –El ritual de acoplamiento de todos los animales.
Los machos luchan por el predominio sobre sus hembras. Los machos humanos han
perdido la lucha en las pasadas generaciones contra el feminismo y la igualdad
de derechos y tocando su lado sensible, –
rió disimuladamente. –El ADN de Jace rechaza permitirle la opción de
practicar la igualdad. Esto es parte de
su código genético. –
Jace gruño. Solo
eso le faltaba, una explicación científica de mierda de su problema.
–Grandioso, –
Refunfuño Edward. –Justo lo que necesitábamos saber. –
Y la necesidad
de dominar empeoraba. La lucha de Jace contra sus necesidades, sus deseos
sexuales, era una batalla constante ahora.
–Necesitaré más
muestras de Clary después su siguiente mmmm…. asociación. – El doctor
carraspeó, haciendo caso omiso a la mirada de asombro de Jace ante sus
palabras. –Como su cuerpo reacciona tan violentamente a cualquier toque, menos
al tuyo, sugiero que vengas con ella. –
–Adivino que
estaré levantada durante la noche otra vez entonces, – bostezó Jesamine,
estirándose cansadamente. –Entonces me iré a la cama. –
–Yo también. – Isabelle,
la más silenciosa del grupo, se levantó de su asiento.
Ella llevó su
taza al fregadero, la enjuagó y la puso en el escurridor.
–Vamos, William.
– Edward se puso de pie, dando una palmada a William apurándolo. –Tiempo de ir a trabajar. –
–Sí, a trabajar,
– William se quejó, pero no hubo ninguna
vacilación en sus movimientos. –Hombre, recuérdame que me volveré dominante,
para así, buscar a una mujer que no discute. Podía escuchar a Clary,
maldiciendo por todo el bosque. –
–Cuida tu boca,
– ordenó Jace amenazador.
William sonrió
abiertamente, levantando su mano en un saludo amistoso y siguió a Edward a la
puerta de la cocina. La casa quedó silenciosa ahora, sin sus ocupantes y sus
preocupaciones y afectos. Esto dejó a Jace
sintiéndose tenso, casi solo. El sentimiento lo dejó añorando a Clary. No solo
sexualmente, si no con compañerismo, con la comprensión y el entendimiento que había encontrado en ella, a pesar de sus
pasadas discusiones.
Se levantó
y fue a la sala, encendió el televisor
con sonido bajo, esperando llenar un silencio que nunca le había molestado
antes. Cuando se sentó fatigosamente en
la silla, una pequeña vibración en sus vaqueros lo hizo fruncir el ceño con sorpresa. El teléfono celular de Clary.
Él sacó el dispositivo de su bolsillo, lo miró fijamente un momento, luego
contestó.
– ¿Sí? –
Hubo silencio en
la línea.
–Quiero que
usted le dé este teléfono a Clary. – La orden de la voz masculina tenía un tono que hizo que los instintos posesivos
de Jace hacia Clary llamearan.
– ¿Y puedo
preguntar quien le llama? – Jace sonrió con satisfacción. Como si él no supiera
quien era.
Silencio otra
vez. El eco de una tranquila rabia.
– ¿Ella está
viva? – Hubo un ligero temblor en la voz,
pensó Jace.
–Desde luego que
está viva, – mordió. –La matanza de jóvenes inocentes es el trabajo del próximo
año. Este año solamente acecho a soldados de mierda. –
–Usted tiene
bastantes de ellos tras de su trasero, – la voz se rompió. –Envié a mi hermana
allí con una oferta de ayuda, no pensé que usted podría abusar de ella. –
Jace se levantó.
–No he abusado
de ella, – gruñó con furia. –Si algo tiene esa mujer, es que en cada
oportunidad ha hecho todo lo posible para frustrar mis tentativas de mantenerla
lejos de mis problemas. Lo culpo usted, Sr. Morgenstern , como su hermano
mayor, por su indisciplina y su indiferencia total ante la autoridad. Su hermana
es una amenaza. –
La frustración
hizo que un gruñido saliera de lo más profundo de su garganta cuando él se
permitió dar rienda suelta a sus
frustraciones sobre el hombre que muy probablemente había hecho que Clary
desarrollara tales rasgos.
–Entonces usted
no tendrá ningún problema en regresarle
su teléfono entonces, para poder
tomar medidas y recoger a mi voluntariosa hermana, – comentó Sebastian
suavemente, con desconfianza. –Aterrizaré en el aeropuerto en un par de horas.
Espero que ella este ahí. –
–No pienso que esto sea posible, Morgenstern.
Dijo Jace. – Manteniendo su tono de voz, liso y tranquilo. – Lamentablemente,
su influencia sobre ella ha sido perjudicial.
Es una mujer obstinada y decidida, pero ahora, es mi mujer. –
Silencio otra
vez. Jace se imaginó que el hombre luchaba por contenerse, un modo de salvar a
su hermana de cualquier peligro en el que creía estaba.
–No me haga
entrar y tomarla, – Le advirtió Sebastian
advirtió sedosamente. –No le gustaría esto, Wayland. –
–Y su hermana
no sobreviviría, – Le contestó Jace
quedamente. –No cometa ese error. –
–No le haga daño
-–
–Yo no podría
hacerle más daño que el que yo me
hiciera a mi mismo, – Dijo Jace entredientes. –Su hermana no está en
ningún peligro por mi causa. Pero ella no
puede abandonarme ahora, por su propia seguridad, esto es inadmisible. –
–Ella está en
más peligro con usted. – Ladró Sebastian.
–Ella esta atada
a mi ahora, Morgenstern, de muchas formas que usted no entiende, – suspiró Jace.
–Usted puede ver a su hermana. Usted puede hablar con ella, pero a la hora que
yo lo decida
– ¿Y usted
espera que yo acepte con calma su decisión? –
–No, sabiendo
que Clary debió haber aprendido su terquedad de en algún sitio, yo sospecharía
que más valiera que mirara sobre mi hombro ahora. – Gruño Jace –Pero no
tema, Sr.Morgenstern, he mirado sobre
mis hombros por mucho tiempo de todos modos, así que creo que esto no será difícil.
–
Los ojos de Jace
en ese momento se dirigieron a Clary, quien acababa de salir de la habitación,
el olor de Clary lo atraía, calentando su sangre. Ella soportó su mirada, sus
brazos doblados contra sus pechos, una fea mueca estropeando su expresión
–Pierdes tu
tiempo, – le dijo pacientemente. –Si es Sebastian
el que está en el teléfono, entonces no
lo convencerás. –
– ¿Quien dice
que deseo convencerlo en absoluto? – Le preguntó, permitiéndose una sonrisa satisfecha en sus labios. –
Simplemente estaba aburrido de mi propia compañía. –
–Déjeme hablar
con ella Wayland. – La voz de Morgenstern de pronto se escuchó imperativa, con furiosa frialdad
en su oído.
Clary esperaba
pacientemente delante de él, sus ojos colores avellana sospechosos,
esperanzadores. Él suspiró. Nunca debería haber contestado el maldito teléfono.
Cubrió la
boquilla con cuidado, mirándola.
–No mencionaré a
los otros, – dijo ella suavemente. –Pero si no le dejas hablar conmigo, se volverá peligroso, Jace. No quiero que tu
o mis hermanos peleen. Y puedes apostar que Sebastian no vendrá solo. –
Jace gruñó
suavemente. Una complicación que ellos desde luego no necesitaban.
–Habla con él,
pero Clary, recuerda. Mi Casta daría su vida por la tuya. No los traiciones. –
Él no pensó que ella lo hiciera, pero ellos no habían sobrevivido estos largos
años solo con la fe.
Ella avanzó
despacio, su delgado brazo extendiendo su mano para tomar el pequeño teléfono. Jace
se lo dio, observándola, evaluando su suave expresión cuando ella lo puso en su oído.
Él escuchó su
conversación con su hermano. Escuchó el temblor en su voz, su inquebrantable
fe en Sebastian cuando ella le habló a
él. Argumentó con él. Le aseguró a él.
–No es tan
simple, Sebastian. No puedo abandonarlo, – Dijo ella suavemente al final. –Sé
que no lo entiendes, pero te lo explicaré todo cuando lo entienda yo misma. –
Jace extendió la
mano, sus dedos tocando ligeramente su otro brazo.
–Dile que nos
encontraremos con él. Tú el Doctor Martin y yo. Solos, Clary. No tendré a la
tribu entera respirando sobre mi cuello.
–
Ella lo miró con
sorpresa.
–Como si yo no
supiera que él tiene a la familia entera en el avión con él. – Gruñó.
Él escuchó
mientras le transmitía el mensaje. Estuvo silenciosa durante largos
momentos, con la tristeza inundando sus
ojos.
–Tú y Papá solamente, Sebastian, – Le dijo ella
finalmente, en forma firme. – O no podré hacerlo. Tú sabes que yo no te lo
pediría si existiera cualquier otra manera. – Se quedó escuchando nuevamente,
luego volvió a hablar con tono duro. – Escucha idiota, esta no es tu decisión.
Deja de jugar al hombre macho tú sabes que esto no funciona. –
Jace se
estremeció. Al menos el hermano no tenía que soportar su carácter. Entonces
ella comenzó a discutir con Sebastian. Con furia, su tono acerado, fuerte, su
dureza hizo que se estremeciera con
compasión. Largo rato mas tarde, parecía que ella había ganado
–Puedes ponerte
de acuerdo con Jace. ¿Podrán hablar en forma civilizada? – Dijo arqueando una
fina y oscura ceja a Jace.
–Soy siempre
civilizado, – Le informó malicioso.
Ella puso los
ojos en blanco, acercándole el teléfono. –Intenta ser un poco más civilizado
entonces. Porque lo que yo he visto hasta ahora tu actitud definitivamente deja
mucho que desear. –
Él aceptó el
teléfono, observando como ella entonces
dio la vuelta y entró en la cocina.
–Ya veo que
usted ha tenido éxito en la manera de educarla, – dijo vilmente en el receptor. –Espero que
usted entrene mejor a sus amantes de lo
que ha entrenado a su hermana. –
–Voy a matarlo,
Chico Gato, – arrancó Sebastian entredientes, furioso, incapaz de ocultar su
ira. –Despacio. En forma muy dolorosa. –
–Usted puede
desearlo, – Acordó Jace, con tono sarcástico. –Pero dudo que ella le dé su
permiso. –
Él pudo escuchar
el rechinido de dientes sobre la línea. Sabía que su presunción de que Clary
controlaba a los hombres fuertes de su familia era correcta.
Parecía un diminuto general,
dirigiendo sus movimientos hacia donde ella estuviera concentrada en ese
momento.
–Cuando usted
aterrice, habrá una mujer que le estará esperando. Tiene el cabello rubio
natural y ojos grises. Su nombre es Jesamine.
Sabrá quién es usted, y se presentará ella misma. Le dará los detalles de la reunión. ¿Cumplirá
con esto? –
Un silencio
extraño, tenso llenó la línea. Como si Sebastian sostuviera su aliento, o su
sorpresa.
* * * * *
– Jesamine,
– susurró el nombre con un suspiro que
hizo que Jace frunciera el ceño con confusión. – Esperaré por ella. –
Jace suspiró. El
hermano no era más fácil de tratar que
su hermana.
–Ciertamente lo
hará, – suspiró Jace. –Por la seguridad de su hermana, Morgenstern, mantenga su
rabia a fuego lento, mientras se entera de los problemas que la aquejan. Quizás
después de eso, tendrá un poco más de compasión por mi posición para entonces.
–
El teléfono se
desconectó. Jace sonrió tristemente. Entendía bien el problema de Sebastian.
Tal como Jace sentía compasión por la
situación en que se encontraba el hermano de Clary, de mala gana desde luego,
también había sentido la compasión de Sebastian
por él. Aunque Sebastian estuviera furioso con las sospechas que él tenía en cuanto a la relación entre Clary
y Jace.
– ¿Ustedes dos
por fin llegaron a un acuerdo? – El olor de su piel llegó a él como un puño que
se impactó en sus omoplatos.
Ella estaba en
la sala de estar nuevamente con un emparedado en una mano, y un vaso de leche en la otra. Se sentó en el canapé, con
movimientos llenos de gracia, su cuerpo una tentación enfundada en unos suaves
shorts de licra y una camiseta sin mangas.
Sus pezones eran pequeños puntos duros bajo su camiseta; sus ojos se
oscurecieron cuando la lujuria invadió
su cuerpo. Y ella parecía determinada a ignorarlo, por el estaba bien.
Ella levantó el
control remoto de la mesa de centro, moviendo los canales rápidamente,
decidiéndose por una serie sangrienta de
acción. Él suspiró agitadamente, arrastrando sus dedos por su cabello
entonces sintiéndose claustrofóbico en la habitación. Estaría condenado si se
sentara allí con ella, su olor que lo volvía loco, mientras ella miraba
tranquilamente la televisión. Si quería ignorarlo, entonces por Dios que la
dejaría hacerlo. Ya vería quién de los dos daba el primer paso.
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