Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPÍTULO DIECISIETE
Clary observaba
que Jace vigilaba la casa. Mientras ella estaba sobre el canapé, sentada sobre
sus piernas intentando terminar de ver la película, gruñó y se fue a los dormitorios. Ella
suspiró fatigadamente. Su vagina estaba
tan caliente que la sentía arder. Podía sentir la humedad sobre sus bragas, los
jugos que resbalaban de su vagina a la
entrepierna.
Se sentía
miserable. Vacía. Tan vacía que quería gritarle para que la tomara, la llenara,
para que la montara tan duro y profundo como lo había hecho en el bosque. Con
aquella violencia, sexo áspero, la
pérdida completa de control que él
mostró, eso sólo había estimulado su
lujuria aún más. Tembló, recordando sus dientes mordiendo la sensible piel entre su cuello y el hombro,
los agudos incisivos, que apenas le perforaron la piel, el dolor sensual que le
hizo sentir su placer más fuerte. Odiaba esto.
Odiaba saber que era tan depravada, que gozaba con eso; que lo necesitara
otra vez, tan sólo unas horas más tarde.
Cambió de
posición sobre el canapé, puso su
cabeza sobre el apoyabrazos, sus muslos
recogidos contra su abdomen. Oh Dios, le
dolía. Los músculos de su vagina se apretaban en espasmos. Esto la hizo llorar
despacio, con lágrimas calientes, su excitación aumentando. Mordiéndose los
labios, sus ojos fueron a la cocina, donde Jace estaba haciendo mucho ruido.
Estaba frente al refrigerador abierto, tomándose una cerveza. Él se asomó a la
sala, con la mirada peligrosa mientras, levantaba la botella a sus labios y
tomaba un sorbo.
–Puedo oler tu
aroma hasta el fondo de la casa, – Gruñó mientras dejaba la botella medio
vacía. – ¿Qué intentas demostrar
negándonos a ambos lo que sabes que queremos? –
Clary se sintió
soñolienta, sensual, cuando sus ojos la acariciaron. Quería rodearle el
trasero, extender sus piernas y suplicar. Pero luchó contra el deseo, sus
músculos se apretaron cuando le miró fijamente, negándose el placer a ella y a
él.
Lo miró estaba
tan malditamente sexy allí parado. Su excitación era mucha. Su cara y su cuerpo
estaban tensos. Los músculos de su abdomen estaban apretados, dibujando sus
muslos. Oh cielos, parecía una
perfecta escultura de dios sexual.
–No puedo
arriesgarme. Susurró Clary, apartando su mirada
de su regio cuerpo. –No concebiré……… -–
–Hay pocas
posibilidades de que esto suceda aún. – Informó Jace sacudiendo su cabeza.
–Solo son excusas, Clary. –
Eso era, ella lo
sabía. Estaba aterrorizada, no de Jace, si no de ella. Estaba aterrorizada de
las necesidades de su cuerpo, la carencia completa de piedad que su lujuria
tenía sobre sus emociones. Ya no podía separar la necesidad emocional de la
necesidad sexual. No desde esta mañana. No desde que él había tomado, con
fuerza y dominante, había perdido por completo el control de su cuerpo, sus
respuestas. No desde que él la había sostenido
aquellos minutos después, su lengua lamiendo con cuidado sobre la
pequeña herida sobre su cuello.
La señal estaba
todavía allí. Podía sentirla palpitar, pulsar
al mismo tiempo que los latidos del corazón, mendigando por sus besos, sus
caricias. El dolor agudo de sus dientes
que se apretaban.
–Tengo que
controlarme, – susurró.
Sus hermanos
estarían aquí pronto. Ellos tendrían una respuesta. Lo sabía, pero tendría que
tener cuidado. Tratarían de alejarla de Jace y
no podía permitir eso. Apenas pudo controlar un quejido de dolor
emocional, no solamente sexual. Su cuerpo se dolía por él, su corazón también.
Ella no quería marcharse. No aún. Ella solamente quería que esta 'cosa' que los
atormentaba se aliviase. Quería estar entre sus brazos, sin nada de sexo.
Quería ser sostenida por él, acariciada, que el se preocupara por ella. Y estaba terriblemente asustada que todo esto
no fuera nada más que lujuria química de
su parte. Él no parecía tener ninguna de estas necesidades.
Su polla estaba
dura. Se estiraba contra el material suave de sus pantalones apretándose contra la tela, mientras ella lo
miraba y se preguntaba a que sabría.
Tragó fuerte, lamiendo sus labios secos, mientras se preguntaba si a el le gustaría. En el
calor del frenesí de lujuria en los días pasados, fue una experiencia para la
que no se habían dado tiempo. Comprendió ahora que lo quería. Quería pasar su lengua sobre la piel hinchada de su pene,
sentirla contra sus labios, descubrir la
diferencia entre esto y lo que se sentiría tener un orgasmo en su boca.
Cerró sus ojos,
luchando contra la necesidad. No solo por su deseo, también por el propio.
– Clary, esto no
funcionará, – le advirtió, endureciendo su voz. El predominio latente
masculino al acecho, justo bajo el suave
gruñido se detectaba un ligero temblor.
Su voz había
sido áspera cuando habían hecho el amor, también. Cuando él había llegado al
clímax, su pecho retumbó como un animal, ya no quería seguir pensando en ello.
. Él era un animal, masculino, sexual, arrogante, seguro de su valor y sus
capacidades. Musculoso, fuerte, en perfecta armonía de su cuerpo. Quería probar
la piel estirada sobre aquellos ángulos y planos. Quería lamerlo, morder su
carne y oírlo gemir su nombre. Quería estirarse sobre él, rozarse contra él,
encontrar algún alivio para sus pezones, contra su ardiente carne.
Abrió sus ojos,
enfocando las llamas y explosiones
llegar a su fin en la serie de televisión. Esto era mejor que mirar fijamente
el duro pene amenazando con reventarse en los pantalones de Jace, pero esto le
proporcionó poca distracción, ya que su propia carne entre sus muslos pulsaba y
gritaba en su propia demanda.
–Puedo hacerlo
funcionar. Soy increíblemente obstinada, pregúntale a mis hermanos, – le dijo, su voz parecía mucho más decidida
que lo que ella sentía en realidad.
–No tengo que
preguntar nada a tus hermanos, – contestó, en voz alta. Oh, le gustaba aquel
sonido. Incluso aunque realmente sintiera como si las vibraciones de su voz se
repitieran en su matriz. –Eres la hembra mas molesta que alguna vez he encontrado en mi vida. –
Clary se
encogió. El movimiento hizo que su camiseta se pegara contra sus duros pezones.
Ella casi gimió de placer. Demonios. Solo deseaba que él se marchara. Se
marchara o tomara la decisión en sus manos y que la tomara hasta que gritara en
su orgasmo. Era lo que ella quería. Quería lo que ella tenía antes, las manos
de Jace, rudas sobre su cuerpo, en su pelo, conduciéndola a alturas que ella no
sabía que existieran. Y al mismo tiempo no lo quería. Esto de igual forma la
aterrorizó.
–Yo podría
aliviarte de otra manera, Clary,– mordió Jace. Él todavía no se movía de la
entrada.
Ella le echó un
vistazo encima. Él la miró atentamente, esperando cualquier signo de debilidad.
Ella se mantendría firme en su resolución. Podría hacer eso. Podría hacer que
su cuerpo le obedeciera. No habría ninguna otra manera.
Clary tragó
fuerte. –No. Yo te pediría que
terminaras, Jace. Esto no se alivia hasta que te vienes dentro de mí. –
El líquido
ardiente de su semilla, corriendo duro y cálido dentro de su vagina era el
único alivio de la presión en su cuerpo. No importaba cuantas veces llegara
ella al clímax, de cuantas maneras diferentes, era sólo la acción final lo que
permitía a su cuerpo enfriarse.
–Arriesgas mi
autocontrol por ese camino, Clary– le
dijo suavemente. –Cuando tú estas
ansiosa, lo estoy yo también, mi necesidad aumenta también. Tal como pasó esta
mañana. Tientas a la bestia que te toma, más que al hombre, Clary. –
Ella examinó su
cara. La botella de cerveza estaba vacía, aunque él todavía la sostenía con
fuerza. Su cara tenía dibujada una máscara
de deseo. Sus ojos de ámbar casi brillaban, calientes y exigentes. Su
gatito se puso aún más caliente. Ah, ella lo quería. Podría estar jodiendo
durante horas y nunca tener bastante.
–No eres una
bestia, – le dijo con voz suave cuando vio el pesar en sus ojos.
Esto lo molestó,
ella conocía, sus necesidades, el dominio sobre su control que tenía que
ejercer para no lastimarla, para no tomarla ahí mismo. No le gustaban los instintos que rabiaban en
él, mas que los instintos que rabiaban en ella.
–Pero lo soy, Clary,
– suspiró, mirando hacia la botella mientras la seguía sosteniendo.
Cuando él la miró otra vez, había remordimiento, y aceptación. –No niego lo que soy. Hacerlo así
sería arriesgarme a volverme loco. Y tú no lo debes olvidar tampoco. Nunca debes olvidar que el animal
está allí, al acecho bajo la superficie.
Es peligroso hacerlo de otra manera. –
El problema era,
que la bestia dentro de él no la asustaba tanto como temía. Sintió sus músculos
interiores apretarse, apretar su matriz ardiente, a punto de perder el control.
Cuanto más exigente se pondría él, se preguntó, luego tembló ante el
pensamiento.
–Clary, no hagas
esto,– dijo, su voz atormentada ahora.
–No te niegues a mí. No quiero hacerte daño. –
Ella oyó la
súplica de su voz. Y quiso ir hacia el,
quiso que la tomara, que aliviara el fuego que corría por su cuerpo,
pero ella no podía. No ahora. No aún. Esto no era una necesidad de tentarlo, o
curiosidad de hasta donde podría soportar él, como le advirtió. Ella lo que
quería era controlar su propio cuerpo, y sabía que esto era la raíz de su problema.
Necesitaba ese control. Tenía que ordenar a su cuerpo cuando quería joder y
cuando quería cariño, no que su cuerpo o esta reacción química la condujera a
la locura.
–Todavía no. –
Ella cerró sus ojos, luchando por contener las lágrimas, luchando con su
cuerpo.
Era su cuerpo,
¡caray! Era su cuerpo que últimamente tenía una mente propia y la estaba matando.
Jace la miró
durante un largo rato, luego con una maldición que tensiono todo su cuerpo, se
fue de la habitación. Clary suspiró, su respiración más fuerte ahora que él se
había ido. No pudo controlar el suave quejido que escapó de sus labios. Agradeció
que la televisión ocultara el sonido.
Respiraba con
fuerza, luchando por que el aire entrara en sus pulmones así como también contra su propio cuerpo que le exigía alivio.
Su clitoris en realidad palpitó y sus pezones se pusieron dolorosamente duros,
exigiendo el calor de su boca. Su mano se movió, sus dedos se movieron sobre
los enhiestos pezones ligeramente, su cuerpo tembló ante el increíble placer que la acción le produjo.
Se acomodó en el
antebrazo del sofá. Sintiendo que le
resbalaban sus jugos entre los muslos. Ahogando un gemido, se sentó nuevamente, apoyando sus codos sobre
sus rodillas, se paso las manos por el cabello con desesperación. Sus dedos
clavados en su cuero cabelludo. Tembló otra vez. Incluso aquel dolor era
excitante.
Podría controlar
esto. Inspiró profundamente, luchando contra la locura que amenazaba invadirla.
Podría hacerlo. Autocontrol, era todo lo que ella necesitaba. Si una persona
podía pasar el síndrome de abstinencia de drogas, seguramente ella podría con
la abstinencia de Jace. Solo era cuestión de controlar su urgencia. Eso era
todo.
Asintió con
firmeza. La acción hizo que su camisa
rozara nuevamente sus sensibles pezones, tuvo que morderse los labios para
contener un gemido.
Algo frío para
beber. Una de las cervezas de Jace. Demonios, él tenía el refrigerador lleno.
Cuando se puso de pie, un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando sus bragas
presionaron su clítoris. Oh Dios, ella se iba a venir solo con la fricción. Era
lamentable.
Caminando con
cuidado, fue a la cocina y sacó una de
las cervezas del refrigerador. Descorchó la tapa, escuchando el débil silbido que hizo al abrirse. Llevo la botella
a su boca, tomando un gran sorbo frío. Luego presiono la helada botella contra
sus pechos, mientras se apoyaba contra la puerta del refrigerador. Esto estaba
muy mal. Realmente mal.
– ¿Dónde está Jace?
– Dijo Jesamine entrando en la cocina, mientras miraba mientras Clary tomaba de la cerveza.
–En cama. – Se
habría abrazado a si misma si hubiera podido soportar el roce contra sus
pechos.
– ¿Cuánto tiempo
hace que tuvieron sexo? – Preguntó Jesamine sin rodeos.
Clary volteó los
ojos. –No necesito que lo haga, pronto
Sí. Claro. No en
esta vida.
Los labios de Jesamine
se endurecieron.
–No es una buena
idea negarse cuando es tan fuerte, Clary. Sabes que te pones mal. – Jesamine
fue al fregadero, se sirvió agua en un vaso y
lo bebió rápidamente.
– ¿Cómo lo
sabes? – Respondió. – Yo no veo que vayas por todos lados buscando un hombre
para tirártelo. –
Jesamine miró
hacia la distancia, con expresión indiferente, pero con una mirada atormentada
que hizo que Clary se arrepintiera de sus palabras.
–Lo siento, no
pensé decir esto, Jesamine. Pero es mi
cuerpo, es mi decisión, – dijo Clary
entredientes, mientras se acercaba la botella a los y terminaba la cerveza. Pero no era
suficiente. Necesitaba algo para enfriarla
ahora. Abrió el refrigerador nuevamente y sacó otra.
Abrió la tapa
rápidamente y tomó otro largo trago.
–Es peligroso, Clary.
– Jesamine caminó hacia ella, mirando con el ceño fruncido la bebida. –No conocemos como se comportará
el alcohol y la reacción química entre Jace
y tu. –
–Supongo que
estamos a punto de averiguarlo entonces. – Clary puso la botella sobre su
cuerpo. Se sentía fresca y agradable contra su ardiente piel – ¿Puedes
disminuir un poco la temperatura del aire acondicionado Jesamine? – Preguntó Clary.
– Está muy caliente aquí. –
Ella cerró sus
ojos, apoyándose en el refrigerador mientras respiraba agitadamente. Estaba
acalorada y cada vez se ponía más caliente.
–No es el aire
acondicionado, Clary, – dijo Jesamine con voz tranquila. –Esto es la reacción.
La abstinencia. Tienes que ir con Jace. –
–Puedo controlar
esto, – dijo Clary, más por convencerse
ella misma que a Jesamine. –Solo dame
tiempo. –
Ella tomó otro
trago de cerveza, finalmente sintiendo los efectos de ella comenzando a
penetrar la neblina de lujuria. El frenesí de acoplamiento, qué nombre tan raro
para llamarlo, pensó. Nunca había visto
que sus malditos se comportaran de esa manera, ellos gritaban y chillaban hasta
que lo hacían. Esto era ridículo.
– Clary, el
alcohol podría tener severos efectos - – Advirtió Jesamine.
–También el sexo
con Jace, – arguyó. –Por Dios, Jesamine, sus pequeños soldados están
neutralizando el anticonceptivo que sigues inyectando en mi brazo. Su esperma
cambia y se hace normal, y sólo Dios sabe cuando comenzaré a ovular, si no me
hago una diaria revisión. No quiero terminar embarazada de un hombre que no me
ama o solamente me necesita para aplacar esa química de mierda que se
desarrolla entre nosotros. ¿Por qué no pueden entender esto? –
Clary podía
sentir la cólera que rabiaba dentro de ella ahora. Esto ya había pasado antes.
Ahora lo recordaba. Aquel día en el laboratorio, cuando Jesamine y el doctor no
dejaban de tocarla, y hacerle pruebas. Ella se levantó de la mesa y se sentó.
El dolor había venido después. Las grandes olas de dolor erótico que la habían
dejado débil y jadeante. Entonces Jace la había besado. El sabor de él, de
hombre, y especias, tan caliente, se había vuelto loco pidiéndole que la
jodiera. Pero esto había aliviado aquella ansia tan terrible. ¿Tal vez todo lo
que ella necesitaba era un beso?
Ella podría
manejar un beso. Sus labios ásperos y calientes, su lengua sumergiéndose en su
boca, acariciando la suya, imitando los movimientos que su pene podía
hacer más tarde, conduciéndola a la
locura por mas. O su lengua introduciéndose entre sus piernas. Era donde ella
lo quería. Bebiendo a lengüetadas en ella, jodiendo en su parte necesitada
mientras el lamía contra los pliegues de piel. Terminó la cerveza rápidamente.
–Me voy a la
sala. – Mientras caminaba, perdió
momentáneamente el equilibrio, pero se recuperó con dificultad dando
unos pasitos hacia el canapé. Maldita sea, unas cervezas nunca le habían
afectado de esta manera.
–Me sentaré aquí
contigo un ratito, – suspiró Jesamine, yendo tras ella. –Deberías dejarme que te ayude a ir a
la cama al menos, Clary.–
–No. No estaré
tan cerca de Jace. Demonios. Una casa entera no es suficiente distancia ahora mismo. –
–Quizás deberías
dejar de luchar, – sugirió Jesamine.
Clary se
derrumbó sobre el canapé, doblando su cuerpo apretado, sintiendo las olas de
dolor que empezaban a venir en oleadas a su cuerpo.
–Márchate, –
refunfuño Clary . –No necesito tus consejos ahora. –
La primera
oleada meció su cuerpo. Clary cerró los ojos, luchando por relajarse contra el
calor, el duro golpe de deseo insatisfecho que la recorría. Respiró
profundamente, sintiendo un espasmo en su vagina como una fuerte ola que la
golpeaba, y la humedad de los jugos que
salían de su cuerpo. Su braguitas no la contendrían por mucho tiempo, pensó
deprimida.
Esto era diferente de todo lo que ella alguna vez había pensado que pudiera existir. Ellos
deberían embotellar la sustancia que Jace tenía en su cuerpo, lo que le hizo
esto. Esto les podría redituar en una
fortuna. Un afrodisíaco diferente de cualquier otro.
Jesamine no se
marchó. Clary era consciente de su presencia silenciosa al lado de ella sobre
el canapé, mientras la vigilaba estrechamente. Como un maldito germen bajo un
microscopio, pensó Clary vilmente. Así
era como se empezaba a sentir. Minutos más tarde fue consciente de que Jesamine
que salía del cuarto. No le tomó mucho tiempo regresar. Desde luego, había
regresado con su pequeña cesta de remedios con ella.
–Abre tu boca. –
Clary gimió,
pero hizo lo que le ordenó. Pasó una esponja sobre su boca seca. Que bien le
iba a hacer esto, Clary no tenía idea. Entonces ella apretó sus dientes,
intentando no luchar contra la siguiente ola de lasciva demanda. Esta resulto
mas dura que la anterior, estirando su matriz, apretando su vagina. Maldita
sea, ella estrangularía el pene de Jace si entrara en ella ahora.
–Muestra vaginal.
– Jesamine se movió hacia ella.
–Inténtalo y te
mataré, – jadeó Clary. –Deja mi maldita vagina sola. Bastantes problemas tiene
ahora mismo. –
Pero no luchó
cuando la esponja rápidamente fue pasada
por debajo de sus bragas y limpio los jugos en su entrada vaginal.
–Soy un
experimento sexual de mierda, – gimió Clary.
–Realmente
necesito una muestra de sangre ahora, – se preocupó Jesamine. –Es realmente
importante. –
–Ustedes
deberían haber sido vampiros, gruñó Clary
pero estiró su brazo cuando Jesamine empujó la mesa de centro cerca del canapé
para que lo pusiera sobre ella.
–No te tocaré a
menos que no tenga mas remedio, – prometió Jesamine
–Maldita cosa.
Pero espera solo un minuto, – jadeó Clary.
Un temblor
comenzó en su matriz, despacio recorriendo todo su cuerpo, sintiéndose, casi
como un clímax, que hizo que Clary jadeara y apretara sus puños cuando su cuerpo fue mecido por una demanda
que la hizo perder el aliento. Ella oyó la maldición de Jesamine , cuando se
movió violentamente hacia atrás.
Clary no estuvo
segura cuanto tiempo duró, cuanto tiempo luchó por respirar. Sus ojos se
abrieron y su visión se torno borrosa ante las olas de lujuria que pulsaban
contra ella una y otra vez. Esto iba a matarla. Lo sabía, ahora, ella moriría,
una muerte lenta, miserable y caliente, en verdad, aquí y ahora.
CAPÍTULO DIECIOCHO
–Tengo que joder a esta mujer obstinada, – maldijo Jace con una voz que pareció resonar en su cabeza.
Jace la levantó del canapé en sus brazos, sus pechos aplastados contra su pecho, sus muslos alrededor de sus caderas. Sus labios cubriendo los suyos, su lengua introduciéndose en su boca como si la quemara. Sus brazos se posaron alrededor de sus hombros, sus manos se enredaron en su pelo, apretándolo allí, manteniéndolo más cerca, indiferente a cualquier dolor que ella le causara. Ella quería que doliera. Quiso que él conociera lo que le hacía, quería que él sintiera la violencia que se elevaba dentro de ella, la necesidad, tan aguda y atormentadora tan parecida a la muerte.
Él la llevó por la casa, sus labios pegados con fuerza sobre los suyos, mordiéndolos con sus dientes, su lengua introducida con fuerza enredándose contra la suya, lamiéndola, acariciando sus labios. Su erección estaba caliente, descubierta, apretándose contra la frágil barrera de sus shorts y sus pequeñas braguitas mientras la llevaba por la casa. Estaba siendo conducida a la locura. Quería que se introdujera dentro de ella, ahora.
Se arqueó contra él, sus manos todavía tirando de su pelo mientras el continuaba arrasando sus labios contra los suyos, cubriéndole de besos su cuello en el camino al oscuro dormitorio. Sus dientes pellizcándola, Su lengua raspando su piel, apretándola mas duro contra el.
–Hembra obstinada,– la maldijo, sin aliento, su voz como un trueno animal, con su mano enredada en su pelo ahora, tirando su cabeza hacia atrás, miles de estrellas zumbaron en su cabeza ante el dolor que le produjo. Demonios, que bien se sentía. Demasiado bien.
Entonces la liberó, y la soltó sobre la cama, mirándola con ojos entrecerrados mientras ella estaba de rodillas, afrontándolo, con la respiración entrecortada.
–No seré gentil, – le advirtió, con voz ruda.
–Tampoco yo. – Ella se sacó la camiseta por sobre su cabeza.
Mirándolo, se lamió los labios mientras pasaba sus manos sobre su estómago, acariciándolo, al mismo tiempo que el ahuecaba sus pechos en sus palmas, que gemían ante la sensación, ante la ferocidad de su expresión. Sus manos no aliviaban la necesidad desesperada de su interior, pero la expresión sobre su cara alivió el vacío terrible que había estado naciendo en su alma. Él la quería, la ansiaba tan desesperadamente como ella lo ansiaba. Podía tentarlo, podía jugar con el, así como el con ella. Podría ser empujado a los límites de la lujuria, y ella tenía la intención de hacerlo.
Sus manos se movieron hacia a sus shorts, tomándolos de la cintura y empujándolos para quitárselos, seguidos de sus bragas rápidamente. Ella los lanzó lejos hacia el piso, sus ojos nunca abandonaron su cara. No estaba dispuesta a ser sumisa, o a sacrificarse ante las reacciones que desgarraban su cuerpo. Quería todo de él, al hombre y a la bestia. Quería tomarlo en vez de dejarle tener el control de su pasión.
– ¿Cuan salvaje te sientes ahora? – Preguntó, asombrada ante el sonido bajo y ronco de su voz.
Los dedos de su mano recorrieron con sus dedos en medio de sus pechos, sobre su estómago, luego entre sus muslos. Sus ojos llamearon, su cara estaba roja cuando sus dedos bajaron al calor y la humedad que brillaban sobre los labios interiores. Sus labios se separaron y su respiración se torno áspera.
–Demasiado salvaje para lo que intentas, bebé, – le advirtió.
–No me rendiré. – Sonrió provocativamente mientras el pasaba sus dedos por sus labios, saboreándolos al mismo tiempo que un gruñido resbalaba de su garganta. –Si lo quieres, entonces tendrás que tomarlo. –
Ella abrió aún mas su boca, atrapando sus dedos, el calor de su boca chupando el gusto de su cuerpo de ellos. Él gimió, sus puños se apretaron cuando la miró. Ella arqueó su cuello, permitiendo a su cabello caer en cascada hacia abajo, a su espalda, sus pechos hinchados tentándolo, y le tomaba las manos acercándolo a sus duros picos, mientras el le torturaba los pezones.
– ¿Por qué haces esto? – Preguntó, con tono oscuro, salvajemente erótico.
– ¿Te parece mal que lo haga? – Ella continuó abajo, mirándolo hacia arriba, su boca ahora nivelada con la longitud de su erección. – Lo haré de todas formas. –
– Clary, no hagas que te haga daño, – susurró, aunque en vez de súplica, su tono era de advertencia.
–No me hagas lastimarte a ti, Jace. – Su lengua acarició la cabeza bulbosa de su pene.
Un siseo de deleite estalló en su garganta. Clary sonrió con satisfacción, sus labios separándose, una mano tomando la base de su amplio miembro, y su boca sobre la cabeza, sus labios lamiendo la carne con pequeñas lameduras calientes. Ella había leído bastante sobre el sexo oral, se habían enterado bastante, así que tenía los conocimientos básicos. Así que pensó que podría improvisar el resto. Sus labios se acercaron a él y comenzó un movimiento de lactación profundo que chupó en su pene, golpeando su lengua sobre el perezosamente. Evidentemente ella estaba haciendo lo correcto.
Las manos de Jace tiraron de su cabello, empujando sus caderas contra su boca a sacudidas. Su lengua sondeó bajo la cabeza, sintiendo un curioso bulto, un latido áspero en el fondo de la cabeza, bajo la piel lisa, sensible. Su pene estirado, latiendo más rápido.
–Dios, Clary, – gritó su nombre, mitad gruñendo, mitad suplicando. –No hagas esto. No puedo controlar la necesidad. –
Su mano agarró la base de su pene, la otra ahuecando su escroto apretándolo, en forma de masaje y caricia mientras comenzaba a mover su boca arriba y abajo de la carne que estaba a punto de reventar, acariciando con los labios y la lengua, mientras disfrutaba de sus gruñidos estrangulados, ya que él luchaba por impedirse a si mismo empalar su boca con su carne.
* * * * *
Los dedos de Jace estaban apretados en su pelo, tirando de el, frotando los hilos de seda sobre su abdomen mientras él jodía en su boca. Esto era exquisito, el calor húmedo que lo acariciaba, la lengua sobre él, acariciando la púa escondida que surgiría cuando su orgasmo se acercara. Él podría sentirlo palpitando ahora, luchando por anular su control, erosionando su necesidad de contenerse, demandando la dominación. Que él estuviera dentro de su boca con fuerza, tener un orgasmo dentro de su boca. Él nunca había hecho esto. Nunca había permitido que una mujer lo tuviera dentro de su boca para culminar. Quería que Clary lo hiciera. Lo necesitaba. Tenía que saber como se sentía con ella de esa manera. Se torturaba ante la necesidad, de tomarla, poseerla de todas las maneras en las que un hombre podría poseer a una mujer.
Aquella necesidad había estado creciendo a lo largo de los días pasados. Él luchaba contra ella. Cada vez que veía sus labios, o su lengua lamer sus labios. Luchaba contra la imagen de su pene dentro de su boca, de tomarla también por la parte de atrás. Aquel pequeño agujero apretado prohibido apretándolo, tal como sus labios lo hacían ahora.
Ella chupaba en él ahora, masajeando sus pelotas apretadas contra su cuerpo, su lengüeta palpitó. Él sacudió su cabeza, el sudor vertiéndose sobre su cuerpo. El calor se abrigó alrededor de él, acariciado por su lujuria, aumentado por su toque.
– Clary, es suficiente, bebé. – Él no podía arrancarla de su erección, de su placer mientras lo chupaba. No tenía el control necesario, y de cualquier forma ella no le haría caso.
Ella aspiro ruidosamente sobre el duro y grueso pene, absorbiéndolo hasta su garganta, entonces otra vez con sus labios, y otra vez a su garganta. Su lengua raspaba, acariciaba, haciendo que casi llegara a su punto culminante más cerca con cada lengüeteada.
Él no podía controlarlo. No podía luchar contra la necesidad, la demanda caliente que se precipitaba en su miembro. Sintió la carne ponerse mas dura, la lengüeta surgir, endurecerse, apretarse. Ella gimió sobre su carne mientras su lengua seguía con sus caricias, sus labios lo apretaron. Sus dientes le rasparon, sus manos agarraron su cabeza empujándola contra él. No podía detenerse, no quería detenerse. Dios le ayudara, él era la bestia que aquellos bastardos habían creado. Sus pelotas se apretaron, su pene estirado, entonces él gritó, sosteniendo su cabeza todavía mientras se enterraba tan profundamente, con tanta fuerza como la mano que estaba apretando alrededor de la base de su carne aumentada permitiera antes de que él estallara.
Él no dejaría que ella se alejara, pero ella no lo intentó. Sus labios estaban sujetos como abrazaderas sobre su pene, su lengua como un latigazo de fuego sobre la cabeza a punto de reventar. Él sintió su semen explotar de la punta, el gorgoteo en su boca. Las corrientes largas, gruesas que hicieron que su estómago se estremeciera de placer, con un gruñido de liberación, masculino repetido por toda la habitación, Ohhhhhhh………...
Él luchaba por el aliento, su pecho subía y bajaba con agitación, su cuerpo aletargado cuando retrocedió de ella, temblando cuando sus labios dieron un último lengüetazo, mientras tiraba de ella, lo miró hacia arriba, con la humedad colgando de sus labios, sus ojos oscuros, brillantes y sensuales.
Ella era la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra. Excesivamente llena de gracia, incluso en su lujuria. Su pelo estaba enredado alrededor de su cara roja, sus labios separados mientras su lengua los lamía despacio, como si saboreara su gusto.
Estaba todavía duro. Su orgasmo había aliviado la demanda más apremiante, pero necesitaba más. Necesitaba el sabor de ella, dulce y explosivo llenando su boca. Antes de que ella pudiera detenerlo, él la tenía encima de él, acercándose a ella, sus ojos fijos en los suyos, mientras bajaba su cabeza, tomando sus labios en un beso tan caliente que la hizo vibrar hasta el mismo centro de su ser.
Sus manos ahuecaron sus pechos, mientras sus dedos acariciaban los duros picos de sus pezones, pellizcándolos con cuidado. Ella se arqueo contra él, mientras sus dedos se enredaban en su pelo otra vez.
No, esta noche ella no era ningún sacrificio dispuesto a su frenesí. No era de ninguna manera sumisa. Ella se responsabilizo de cada beso con una avaricia propia, restregando su cuerpo contra el suyo, gimiendo y gritando en cada toque.
–Me quemarás vivo, – susurró en su cuello, su boca rozando sobre la señal que le había dejado ese mismo día. Ella tembló ante la caricia.
–Nos quemaremos el uno al otro entonces. – Su voz era ronca, llena de maravilla, mientras sus dientes raspaban su hombro en venganza después por lo que él había hecho a su cuello.
Le gustó sentir sus dientes sobre su carne, raspando, dándose un banquete con él. Su lengua parecía un golpe de seda a través de su piel. Seda caliente, húmeda que lo hizo volverse loco por más.
Él se movió más abajo sobre su cuerpo, su boca acariciando, lamiendo sus pechos. Le agradó el sonido de su gemido sin aliento cuando él chupó las pequeñas puntas duras de sus pezones. En el camino sus manos jalaron su cabello, sosteniéndolo cerca. En el camino ella le montó una pierna y él se puso a comer cerca de su parte húmeda. Él tenía sed de ella. Él no podía esperar mucho más tiempo para moverse más abajo, lamer mas abajo en la raja estrecha, cerrada, sumergir su lengua profundamente en las profundidades apretadas de su vagina mientras saboreaba toda su crema sedosa en su boca. No había nada tan intoxicante como el sabor del placer de su mujer.
–Voy a comerte viva, – gruñó contra la curva suave de su pecho cuando comenzó su viaje hacia abajo. – Te mostraré la dulce tortura que me diste bebé –
Ella gimió, con un sonido bajo y ahogado mientras sus labios viajaban por su abdomen plano. Sus manos moviéndose entre sus muslos, que no se quedaban quietos ante el calor de su piel, separándolos mas, mientras el bajaba entre ellos.
Él podía oler su calor. Era diferente a todo lo que él conocía. Dulce, solo con un toque de canela, salvaje y elusivo. Era un hombre que moría por su sabor de ambrosia, y ella tenía la única fuente disponible entre aquellos muslos delgados. Su cabeza bajó, su lengua moviéndose despacio por la esencia lisa que cubría los suaves labios interiores.
* * * * *
El toque de su lengua fue semejante a un choque eléctrico quemando su matriz. Clary jadeó ante la ardiente sensación, su cuerpo latía al unísono, del placer que se elevaba sobre ella. No había habido nada como eso en toda su vida. Ella acercaba su parte a la boca de Jace, sintiendo su lengua lamer su clítoris, sus labios amamantándolo. Su mano separó los pliegues, su dedo resbaló hacia adentro, entre los jugos que salían de su cuerpo, abriendo camino hacia la entrada oculta en su espalda, al agujero apretado de su ano. Ella se alejó. Él gruñó mordiendo su carne, enviando vibraciones de éxtasis por sobre su cuerpo. Ella se arqueó. Mientras su lengua seguía apuñalando su vagina, su dedo se deslizó una pulgada en el espacio prohibido entre sus nalgas.
– Oh Dios, Jace. –
Ella se sostuvo de sus hombros, clavando sus uñas, los músculos de su vagina apretados, desesperados por mantener la lengua de Jace en el mismo lugar, mientras se maravillaba de lo que sentía con su dedo alojado justo en la entrada de su ano.
Esto no dolía. Ella lo habría pensado. Él lo movió, sacándolo de su cuerpo, y humedeciendo los dedos en los jugos que salían de su parte, luego volviendo a deslizarlos en el agujero apretado otra vez. Todo ese tiempo, su lengua empujando con fuerza y rápido dentro de ella, conduciéndola más cerca a la culminación, mientras su dedo la conducía más cerca de la locura.
Ella se sacudió, contra él, sus manos jalándole el cabello, acercándolo más, mientras sentía la mordedura del dolor sensual en su ano, el empuje y la resistencia de su lengua áspera en su vagina. Un intensa y dolorosa necesidad se posesiono de ella, quemándola viva mientras él la penetraba con su lengua con fuerza y rápidamente dentro de su apretado canal.
Ella se iba a correr con tanta fuerza, que sabía moriría con las sensaciones de su orgasmo. Jadeó, quemándose mientras lo alcanzaba, gritó cuando el placer la poseyó y explotó en la boca de Jace mientras su dedo se introducía profundamente dentro de su ano, un instante antes de que sus músculos sujetaran como abrazaderas su dedo en el orgasmo. Chispas ardientes de electricidad chisporrotearon en sus ijares, con sus manos ancladas en su pelo, él sacó su dedo de su ano, antes de introducirse rápidamente en ella.
Su pene se introdujo de golpe dentro de su vagina. Estirándola y llenándola mientras ambos gritaron ante las lujuriosas sensaciones que habían tomado el mando de sus cuerpos. No había tiempo para ser suaves en su carrera por el orgasmo. Sus cuerpos estaban frenéticos, enzarzados juntos en un baile de placer y angustia. Sus caderas introdujeron su erección profundamente, empujando con fuerza y rápidamente. Ella sintió el pequeño pulgar de carne que empezó a tensarse justamente bajo la punta de su pene. Con un último apretón de los músculos de su vagina, aprisionó su eje totalmente, apresándolo profundamente, dentro de su cuerpo mientras su esperma estallaba desde la cabeza de su miembro.
Clary vio estrellas. Su orgasmo fue parecido a un tornado, cuando este se instaló por su cuerpo nuevamente. Ella no podía respirar, sólo podría convulsionarse contra él y morder su piel entre su cuello y el hombro, solo lo justo para causarle bastante dolor, solamente lo justo para conducirlo al borde de la locura.
Unos momentos más tarde, sintió el derrumbe de Jace en la cama al lado de ella, manteniéndola apretada contra su pecho al mismo tiempo que arrastraba las mantas sobre sus cuerpos ardientes. Él la sostuvo cerca de su calor, su mano presionando su cara en su pecho, su cuerpo abrigándola de manera protectora.
–Lo siento, – susurró, su voz atormentada. –Ah Dios, Clary, lo siento tanto. Lo siento tanto. –
Ella se retiró de su pecho, mirando fijamente las profundidades torturadas de sus ojos de oro. Estaba saciada, relajada. Su cuerpo palpitando, la lujuria todavía instalada en ella.
– ¿Por qué? – Su mano se levantó débilmente para acariciar la dura línea de su mandíbula.
–Te hice daño. – Puso su mano sobre la suya, presionándola. –No quiero hacerte daño. –
– ¡Um!, – ella murmuró. –Hazme un poco más de daño, la próxima vez entonces. Debes haber encontrado una cura. –
– ¿Qué? – Su voz se escuchó sobresaltada.
–Puedo dormir ahora. – Y para demostrarlo cerró sus ojos para hacer justo esto. –Ya no duele más, Jace. –
Lo dijo mientras se acurrucaba contra su pecho, sintiendo sus brazos acercándose a ella con una vacilación que trajo lágrimas a sus ojos. Ella besó su pecho débilmente, luego dejó que la oscuridad y el calor increíble de su cuerpo la llevaran a la paz. Por primera vez desde que vio el retrato de Jace, en el escritorio de su padre, Clary estaba en paz.
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