lunes, 18 de febrero de 2013

Tentando a Jace/Capitulo 17 y 18



Clarisa Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo

Historias contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto diferente.
 Escenas de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!




              CAPÍTULO DIECISIETE

Clary observaba que Jace vigilaba la casa. Mientras ella estaba sobre el canapé, sentada sobre sus piernas intentando terminar de ver la película,  gruñó y se fue a los dormitorios. Ella suspiró fatigadamente. Su  vagina estaba tan caliente que la sentía arder. Podía sentir la humedad sobre sus bragas, los jugos que resbalaban de su vagina  a la entrepierna.
Se sentía miserable. Vacía. Tan vacía que quería gritarle para que la tomara, la llenara, para que la montara tan duro y profundo como lo había hecho en el bosque. Con aquella violencia,  sexo áspero, la pérdida completa de control  que él mostró,  eso sólo había estimulado su lujuria aún más. Tembló, recordando sus dientes mordiendo  la sensible piel entre su cuello y el hombro, los agudos incisivos, que apenas le perforaron la piel, el dolor sensual que le hizo sentir su placer más fuerte. Odiaba esto.  Odiaba saber que era tan depravada, que gozaba con eso; que lo necesitara otra vez,  tan sólo unas horas más tarde.
Cambió de posición sobre el canapé,  puso su cabeza  sobre el apoyabrazos, sus muslos recogidos contra  su abdomen. Oh Dios, le dolía. Los músculos de su vagina se apretaban en espasmos. Esto la hizo llorar despacio, con lágrimas calientes, su excitación aumentando. Mordiéndose los labios, sus ojos fueron a la cocina, donde Jace estaba haciendo mucho ruido. Estaba frente al refrigerador abierto, tomándose una cerveza. Él se asomó a la sala, con la mirada peligrosa mientras, levantaba la botella a sus labios y tomaba un sorbo.
–Puedo oler tu aroma hasta el fondo de la casa, – Gruñó mientras dejaba la botella medio vacía. – ¿Qué  intentas demostrar negándonos a ambos lo que sabes que queremos? –
Clary se sintió soñolienta, sensual, cuando sus ojos la acariciaron. Quería rodearle el trasero, extender sus piernas y suplicar. Pero luchó contra el deseo, sus músculos se apretaron cuando le miró fijamente, negándose el placer a ella y a él.

Lo miró estaba tan malditamente sexy allí parado. Su excitación era mucha. Su cara y su cuerpo estaban tensos. Los músculos de su abdomen estaban apretados, dibujando sus muslos. Oh cielos,  parecía una perfecta  escultura  de dios sexual.
–No puedo arriesgarme. Susurró Clary, apartando su mirada  de su regio cuerpo. –No concebiré……… -–
–Hay pocas posibilidades de que esto suceda aún. – Informó Jace sacudiendo su cabeza. –Solo son  excusas, Clary. –
Eso era, ella lo sabía. Estaba aterrorizada, no de Jace, si no de ella. Estaba aterrorizada de las necesidades de su cuerpo, la carencia completa de piedad que su lujuria tenía sobre sus emociones. Ya no podía separar la necesidad emocional de la necesidad sexual. No desde esta mañana. No desde que él había tomado, con fuerza y dominante, había perdido por completo el control de su cuerpo, sus respuestas. No desde que él la había sostenido  aquellos minutos después, su lengua lamiendo con cuidado sobre la pequeña herida sobre su cuello.
La señal estaba todavía allí. Podía sentirla  palpitar, pulsar al mismo tiempo que los latidos del corazón, mendigando por sus besos, sus caricias. El  dolor agudo de sus dientes que se apretaban.
–Tengo que controlarme, – susurró.
Sus hermanos estarían aquí pronto. Ellos tendrían una respuesta. Lo sabía, pero tendría que tener cuidado. Tratarían de alejarla de Jace y  no podía permitir eso. Apenas pudo controlar un quejido de dolor emocional, no solamente sexual. Su cuerpo se dolía por él, su corazón también. Ella no quería marcharse. No aún. Ella solamente quería que esta 'cosa' que los atormentaba se aliviase. Quería estar entre sus brazos, sin nada de sexo. Quería ser sostenida por él, acariciada, que el se preocupara por ella. Y  estaba terriblemente asustada que todo esto no fuera nada más que  lujuria química de su parte. Él no parecía tener ninguna de estas necesidades.
Su polla estaba dura. Se estiraba contra el material suave de sus pantalones  apretándose contra la tela, mientras ella lo miraba y se preguntaba a que sabría.  Tragó fuerte, lamiendo sus labios secos, mientras  se preguntaba si a el le gustaría. En el calor del frenesí de lujuria en los días pasados, fue una experiencia para la que no se habían dado tiempo. Comprendió ahora que lo quería. Quería pasar  su lengua sobre la piel hinchada de su pene, sentirla  contra sus labios, descubrir la diferencia entre esto y lo que se sentiría tener un  orgasmo en su boca.
Cerró sus ojos, luchando contra la necesidad. No solo por su deseo, también por el propio.
– Clary, esto no funcionará, – le advirtió, endureciendo su voz. El predominio latente masculino  al acecho, justo bajo el suave gruñido se detectaba un ligero temblor.
Su voz había sido áspera cuando habían hecho el amor, también. Cuando él había llegado al clímax, su pecho retumbó como un animal, ya no quería seguir pensando en ello. . Él era un animal, masculino, sexual, arrogante, seguro de su valor y sus capacidades. Musculoso, fuerte, en perfecta armonía de su cuerpo. Quería probar la piel estirada sobre aquellos ángulos y planos. Quería lamerlo, morder su carne y oírlo gemir su nombre. Quería estirarse sobre él, rozarse contra él, encontrar algún alivio para sus pezones, contra su ardiente carne.
Abrió sus ojos, enfocando  las llamas y explosiones llegar a su fin en la serie de televisión. Esto era mejor que mirar fijamente el duro pene amenazando con reventarse en los pantalones de Jace, pero esto le proporcionó poca distracción, ya que su propia carne entre sus muslos pulsaba y gritaba en su propia demanda.
–Puedo hacerlo funcionar. Soy increíblemente obstinada, pregúntale a mis hermanos, –  le dijo, su voz parecía mucho más decidida que lo que ella sentía en realidad.
–No tengo que preguntar nada a tus hermanos, – contestó, en voz alta. Oh, le gustaba aquel sonido. Incluso aunque realmente sintiera como si las vibraciones de su voz se repitieran en su matriz. –Eres la hembra mas molesta  que alguna vez he encontrado en mi vida. –
Clary se encogió. El movimiento hizo que su camiseta se pegara contra sus duros pezones. Ella casi gimió de placer. Demonios. Solo deseaba que él se marchara. Se marchara o tomara la decisión en sus manos y que la tomara hasta que gritara en su orgasmo. Era lo que ella quería. Quería lo que ella tenía antes, las manos de Jace, rudas sobre su cuerpo, en su pelo, conduciéndola a alturas que ella no sabía que existieran. Y al mismo tiempo no lo quería. Esto de igual forma la aterrorizó.
–Yo podría aliviarte de otra manera, Clary,– mordió Jace. Él todavía no se movía de la entrada.
Ella le echó un vistazo encima. Él la miró atentamente, esperando cualquier signo de debilidad. Ella se mantendría firme en su resolución. Podría hacer eso. Podría hacer que su cuerpo le obedeciera. No habría ninguna otra manera.
Clary tragó fuerte. –No. Yo te  pediría que terminaras, Jace. Esto no se alivia hasta que te vienes dentro de mí. –
El líquido ardiente de su semilla, corriendo duro y cálido dentro de su vagina era el único alivio de la presión en su cuerpo. No importaba cuantas veces llegara ella al clímax, de cuantas maneras diferentes, era sólo la acción final lo que permitía a su cuerpo enfriarse.
–Arriesgas mi autocontrol por ese camino, Clary–  le dijo suavemente. –Cuando tú  estas ansiosa, lo estoy yo también, mi necesidad aumenta también. Tal como pasó esta mañana. Tientas a la bestia que te toma, más que al hombre, Clary. –
Ella examinó su cara. La botella de cerveza estaba vacía, aunque él todavía la sostenía con fuerza. Su cara tenía dibujada una máscara  de deseo. Sus ojos de ámbar casi brillaban, calientes y exigentes. Su gatito se puso aún más caliente. Ah, ella lo quería. Podría estar jodiendo durante horas y nunca tener bastante.
–No eres una bestia, – le dijo con voz suave cuando vio el pesar en sus ojos.
Esto lo molestó, ella conocía, sus necesidades, el dominio sobre su control que tenía que ejercer para no lastimarla, para no tomarla ahí mismo.  No le gustaban los instintos que rabiaban en él, mas que los instintos que rabiaban en ella.
–Pero lo soy, Clary, –  suspiró, mirando hacia  la botella mientras la seguía sosteniendo. Cuando él la miró otra vez, había remordimiento, y  aceptación. –No niego lo que soy. Hacerlo así sería arriesgarme a volverme loco. Y tú no lo debes olvidar  tampoco. Nunca debes olvidar que el animal está allí,  al acecho bajo la superficie. Es peligroso hacerlo de otra manera. –
El problema era, que la bestia dentro de él no la asustaba tanto como temía. Sintió sus músculos interiores apretarse, apretar su matriz ardiente, a punto de perder el control. Cuanto más exigente se pondría él, se preguntó, luego tembló ante el pensamiento.
–Clary, no hagas esto,–  dijo, su voz atormentada ahora. –No te niegues a mí. No quiero hacerte daño. –
Ella oyó la súplica de su voz. Y quiso ir hacia el,  quiso que la tomara, que aliviara el fuego que corría por su cuerpo, pero ella no podía. No ahora. No aún. Esto no era una necesidad de tentarlo, o curiosidad de hasta donde podría soportar él, como le advirtió. Ella lo que quería era controlar  su propio cuerpo, y  sabía que esto era la raíz de su problema. Necesitaba ese control. Tenía que ordenar a su cuerpo cuando quería joder y cuando quería cariño, no que su cuerpo o esta reacción química la condujera a la locura.
–Todavía no. – Ella cerró sus ojos, luchando por contener las lágrimas, luchando con su cuerpo.
Era su cuerpo, ¡caray! Era su cuerpo que últimamente tenía una mente  propia y la estaba matando.
Jace la miró durante un largo rato, luego con una maldición que tensiono todo su cuerpo, se fue de la habitación. Clary suspiró, su respiración más fuerte ahora que él se había ido. No pudo controlar el suave quejido que escapó de sus labios.  Agradeció  que la televisión ocultara el sonido.
Respiraba con fuerza, luchando por que el aire entrara en sus pulmones así como también  contra su propio cuerpo que le exigía alivio. Su clitoris en realidad palpitó y sus pezones se pusieron dolorosamente duros, exigiendo el calor de su boca. Su mano se movió, sus dedos se movieron sobre los enhiestos pezones ligeramente, su cuerpo tembló ante el increíble  placer que la acción le produjo.
Se acomodó en el antebrazo del sofá.  Sintiendo que le resbalaban sus jugos entre los muslos. Ahogando un gemido,  se sentó nuevamente, apoyando sus codos sobre sus rodillas, se paso las manos por el cabello con desesperación. Sus dedos clavados en su cuero cabelludo. Tembló otra vez. Incluso aquel dolor era excitante.
Podría controlar esto. Inspiró profundamente, luchando contra la locura que amenazaba invadirla. Podría hacerlo. Autocontrol, era todo lo que ella necesitaba. Si una persona podía pasar el síndrome de abstinencia de drogas, seguramente ella podría con la abstinencia de Jace. Solo era cuestión de controlar su urgencia. Eso era todo.
Asintió con firmeza. La acción  hizo que su camisa rozara nuevamente sus sensibles pezones, tuvo que morderse los labios para contener un gemido.
Algo frío para beber. Una de las cervezas de Jace. Demonios, él tenía el refrigerador lleno. Cuando se puso de pie, un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando sus bragas presionaron su clítoris. Oh Dios, ella se iba a venir solo con la fricción. Era lamentable.
Caminando con cuidado,  fue a la cocina y sacó una de las cervezas del refrigerador. Descorchó la tapa, escuchando el débil  silbido que hizo al abrirse. Llevo la botella a su boca, tomando un gran sorbo frío. Luego presiono la helada botella contra sus pechos, mientras se apoyaba contra la puerta del refrigerador. Esto estaba muy mal. Realmente mal.
– ¿Dónde está Jace? – Dijo Jesamine entrando en la cocina, mientras miraba mientras    Clary tomaba de la cerveza.
–En cama. – Se habría abrazado a si misma si hubiera podido soportar el roce contra sus pechos.
– ¿Cuánto tiempo hace que tuvieron sexo? – Preguntó Jesamine sin rodeos.
Clary volteó los ojos. –No necesito que lo haga, pronto
Sí. Claro. No en esta vida.
Los labios de Jesamine se endurecieron.
–No es una buena idea negarse cuando es tan fuerte, Clary. Sabes que te pones mal. – Jesamine fue al fregadero, se sirvió agua en un vaso y  lo bebió rápidamente.
– ¿Cómo lo sabes? – Respondió. – Yo no veo que vayas por todos lados buscando un hombre para tirártelo. –
Jesamine miró hacia la distancia, con expresión indiferente, pero con una mirada atormentada que hizo que Clary se arrepintiera de sus palabras.
–Lo siento, no pensé decir esto, Jesamine. Pero  es mi cuerpo, es mi decisión, – dijo Clary  entredientes, mientras se acercaba la botella a los  y terminaba la cerveza. Pero no era suficiente. Necesitaba algo para enfriarla  ahora. Abrió el refrigerador nuevamente y sacó otra.
Abrió la tapa rápidamente y tomó otro largo trago.
–Es peligroso, Clary. – Jesamine caminó hacia ella, mirando con el ceño fruncido  la bebida. –No conocemos como se comportará el alcohol y  la reacción química entre Jace y tu. –
–Supongo que estamos a punto de averiguarlo entonces. – Clary puso la botella sobre su cuerpo. Se sentía fresca y agradable contra su ardiente piel – ¿Puedes disminuir un poco la temperatura del aire acondicionado Jesamine? – Preguntó Clary. – Está muy caliente aquí. –
Ella cerró sus ojos, apoyándose en el refrigerador mientras respiraba agitadamente. Estaba acalorada y cada vez se ponía más caliente.
–No es el aire acondicionado, Clary, – dijo Jesamine con voz tranquila. –Esto es la reacción. La abstinencia. Tienes que ir con Jace. –
–Puedo controlar esto, – dijo Clary, más por  convencerse ella misma que a  Jesamine. –Solo dame tiempo. –
Ella tomó otro trago de cerveza, finalmente sintiendo los efectos de ella comenzando a penetrar la neblina de lujuria. El frenesí de acoplamiento, qué nombre tan raro para llamarlo,  pensó. Nunca había visto que sus malditos se comportaran de esa manera, ellos gritaban y chillaban hasta que lo hacían. Esto era ridículo.
– Clary, el alcohol podría tener severos efectos - – Advirtió Jesamine.
–También el sexo con Jace, – arguyó. –Por Dios, Jesamine, sus pequeños soldados están neutralizando el anticonceptivo que sigues inyectando en mi brazo. Su esperma cambia y se hace normal, y sólo Dios sabe cuando comenzaré a ovular, si no me hago una diaria revisión. No quiero terminar embarazada de un hombre que no me ama o solamente me necesita para aplacar esa química de mierda que se desarrolla entre nosotros. ¿Por qué no pueden entender esto? –
Clary podía sentir la cólera que rabiaba dentro de ella ahora. Esto ya había pasado antes. Ahora lo recordaba. Aquel día en el laboratorio, cuando Jesamine y el doctor no dejaban de tocarla, y hacerle pruebas. Ella se levantó de la mesa y se sentó. El dolor había venido después. Las grandes olas de dolor erótico que la habían dejado débil y jadeante. Entonces Jace la había besado. El sabor de él, de hombre, y especias, tan caliente, se había vuelto loco pidiéndole que la jodiera. Pero esto había aliviado aquella ansia tan terrible. ¿Tal vez todo lo que ella necesitaba era un beso?
Ella podría manejar un beso. Sus labios ásperos y calientes, su lengua sumergiéndose en su boca, acariciando la suya, imitando los movimientos que su pene podía hacer  más tarde, conduciéndola a la locura por mas. O su lengua introduciéndose entre sus piernas. Era donde ella lo quería. Bebiendo a lengüetadas en ella, jodiendo en su parte necesitada mientras el lamía contra los pliegues de piel. Terminó la cerveza rápidamente.
–Me voy a la sala. – Mientras caminaba, perdió  momentáneamente el equilibrio, pero se recuperó con dificultad dando unos pasitos hacia el canapé. Maldita sea, unas cervezas nunca le habían afectado de esta manera.
–Me sentaré aquí contigo un ratito, – suspiró Jesamine, yendo tras  ella. –Deberías dejarme que te ayude a ir a la cama al menos, Clary.–
–No. No estaré tan cerca de Jace. Demonios. Una casa entera no es suficiente distancia  ahora mismo. –
–Quizás deberías dejar de luchar, – sugirió Jesamine.
Clary se derrumbó sobre el canapé, doblando su cuerpo apretado, sintiendo las olas de dolor que empezaban a venir en oleadas a su cuerpo.
–Márchate, – refunfuño Clary . –No necesito tus consejos ahora. –
La primera oleada meció su cuerpo. Clary cerró los ojos, luchando por relajarse contra el calor, el duro golpe de deseo insatisfecho que la recorría. Respiró profundamente, sintiendo un espasmo en su vagina como una fuerte ola que la golpeaba, y  la humedad de los jugos que salían de su cuerpo. Su braguitas no la contendrían por mucho tiempo,  pensó  deprimida.
Esto era  diferente de todo lo que ella alguna vez  había pensado que pudiera existir. Ellos deberían embotellar la sustancia que Jace tenía en su cuerpo, lo que le hizo esto. Esto les  podría redituar en una fortuna. Un afrodisíaco diferente de cualquier otro.
Jesamine no se marchó. Clary era consciente de su presencia silenciosa al lado de ella sobre el canapé, mientras la vigilaba estrechamente. Como un maldito germen bajo un microscopio,  pensó Clary vilmente. Así era como se empezaba a sentir. Minutos más tarde fue consciente de que Jesamine que salía del cuarto. No le tomó mucho tiempo regresar. Desde luego, había regresado con su pequeña cesta de remedios con ella.
–Abre tu boca. –
Clary gimió, pero hizo lo que le ordenó. Pasó una esponja sobre su boca seca. Que bien le iba a hacer esto, Clary no tenía idea. Entonces ella apretó sus dientes, intentando no luchar contra la siguiente ola de lasciva demanda. Esta resulto mas dura que la anterior, estirando su matriz, apretando su vagina. Maldita sea, ella estrangularía el pene de Jace si entrara en  ella ahora.
–Muestra vaginal. – Jesamine se movió hacia ella.
–Inténtalo y te mataré, – jadeó Clary. –Deja mi maldita vagina sola. Bastantes problemas tiene ahora mismo. –
Pero no luchó cuando la esponja  rápidamente fue pasada por debajo de sus bragas y limpio los jugos en su entrada  vaginal.
–Soy un experimento sexual de mierda, – gimió Clary.
–Realmente necesito una muestra de sangre ahora, – se preocupó Jesamine. –Es realmente importante. –
–Ustedes deberían haber sido vampiros,  gruñó Clary pero estiró su brazo cuando Jesamine empujó la mesa de centro cerca del canapé para que lo pusiera sobre ella.
–No te tocaré a menos que no tenga mas remedio, – prometió Jesamine
–Maldita cosa. Pero espera solo un minuto, – jadeó Clary.
Un temblor comenzó en su matriz, despacio recorriendo todo su cuerpo, sintiéndose, casi como un clímax, que hizo que Clary jadeara y apretara sus puños  cuando su cuerpo fue mecido por una demanda que la hizo perder el aliento. Ella oyó la maldición de Jesamine , cuando se movió violentamente hacia atrás.
Clary no estuvo segura cuanto tiempo duró, cuanto tiempo luchó por respirar. Sus ojos se abrieron y su visión se torno borrosa ante las olas de lujuria que pulsaban contra ella una y otra vez. Esto iba a matarla. Lo sabía, ahora, ella moriría, una muerte lenta, miserable y caliente, en verdad, aquí y ahora.






               CAPÍTULO DIECIOCHO


–Tengo que joder a esta mujer obstinada, – maldijo Jace con una voz que pareció resonar en su cabeza.
Jace la levantó del canapé en sus brazos, sus pechos aplastados contra su pecho, sus muslos alrededor de sus caderas. Sus labios cubriendo los suyos, su lengua introduciéndose en su boca como si la quemara. Sus brazos se posaron alrededor de sus hombros, sus manos se enredaron en su pelo, apretándolo allí, manteniéndolo más cerca, indiferente a cualquier dolor que ella le causara. Ella quería que doliera. Quiso que él conociera lo que le hacía, quería que él sintiera la violencia que se elevaba dentro de ella, la necesidad, tan aguda y atormentadora tan parecida a la muerte.
Él la llevó por la casa, sus labios pegados con fuerza sobre los suyos, mordiéndolos con sus dientes, su lengua introducida con fuerza enredándose contra la suya, lamiéndola, acariciando sus labios. Su erección estaba caliente, descubierta, apretándose contra la frágil barrera de sus shorts y sus pequeñas braguitas mientras la llevaba por la casa. Estaba siendo conducida a la locura. Quería que se introdujera dentro de ella, ahora.
Se arqueó contra él, sus manos todavía tirando de su pelo mientras el continuaba arrasando sus labios contra los suyos, cubriéndole de besos su cuello en el camino al oscuro dormitorio. Sus dientes pellizcándola, Su lengua raspando su piel, apretándola mas duro contra el.
–Hembra obstinada,– la maldijo, sin aliento, su voz como un trueno animal, con su mano enredada en su pelo ahora, tirando su cabeza hacia atrás, miles de estrellas zumbaron en su cabeza ante el dolor que le produjo. Demonios, que bien se sentía. Demasiado bien.
Entonces la liberó, y la soltó sobre la cama, mirándola con ojos entrecerrados mientras ella estaba de rodillas, afrontándolo, con la respiración entrecortada.
–No seré gentil, – le advirtió, con voz ruda.
–Tampoco yo. – Ella se sacó la camiseta por sobre su cabeza.
Mirándolo, se lamió los labios mientras pasaba sus manos sobre su estómago, acariciándolo, al mismo tiempo que el ahuecaba sus pechos en sus palmas, que gemían ante la sensación, ante la ferocidad de su expresión. Sus manos no aliviaban la necesidad desesperada de su interior, pero la expresión sobre su cara alivió el vacío terrible que había estado naciendo en su alma. Él la quería, la ansiaba tan desesperadamente como ella lo ansiaba. Podía tentarlo, podía jugar con el, así como el con ella. Podría ser empujado a los límites de la lujuria, y ella tenía la intención de hacerlo.
Sus manos se movieron hacia a sus shorts, tomándolos de la cintura y empujándolos para quitárselos, seguidos de sus bragas rápidamente. Ella los lanzó lejos hacia el piso, sus ojos nunca abandonaron su cara. No estaba dispuesta a ser sumisa, o a sacrificarse ante las reacciones que desgarraban su cuerpo. Quería todo de él, al hombre y a la bestia. Quería tomarlo en vez de dejarle tener el control de su pasión.
– ¿Cuan salvaje te sientes ahora? – Preguntó, asombrada ante el sonido bajo y ronco de su voz.
Los dedos de su mano recorrieron con sus dedos en medio de sus pechos, sobre su estómago, luego entre sus muslos. Sus ojos llamearon, su cara estaba roja cuando sus dedos bajaron al calor y la humedad que brillaban sobre los labios interiores. Sus labios se separaron y su respiración se torno áspera.
–Demasiado salvaje para lo que intentas, bebé, – le advirtió.
–No me rendiré. – Sonrió provocativamente mientras el pasaba sus dedos por sus labios, saboreándolos al mismo tiempo que un gruñido resbalaba de su garganta. –Si lo quieres, entonces tendrás que tomarlo. –
Ella abrió aún mas su boca, atrapando sus dedos, el calor de su boca chupando el gusto de su cuerpo de ellos. Él gimió, sus puños se apretaron cuando la miró. Ella arqueó su cuello, permitiendo a su cabello caer en cascada hacia abajo, a su espalda, sus pechos hinchados tentándolo, y le tomaba las manos acercándolo a sus duros picos, mientras el le torturaba los pezones.
– ¿Por qué haces esto? – Preguntó, con tono oscuro, salvajemente erótico.
– ¿Te parece mal que lo haga? – Ella continuó abajo, mirándolo hacia arriba, su boca ahora nivelada con la longitud de su erección. – Lo haré de todas formas. –
– Clary, no hagas que te haga daño, – susurró, aunque en vez de súplica, su tono era de advertencia.
–No me hagas lastimarte a ti, Jace. – Su lengua acarició la cabeza bulbosa de su pene.
Un siseo de deleite estalló en su garganta. Clary sonrió con satisfacción, sus labios separándose, una mano tomando la base de su amplio miembro, y su boca sobre la cabeza, sus labios lamiendo la carne con pequeñas lameduras calientes. Ella había leído bastante sobre el sexo oral, se habían enterado bastante, así que tenía los conocimientos básicos. Así que pensó que podría improvisar el resto. Sus labios se acercaron a él y comenzó un movimiento de lactación profundo que chupó en su pene, golpeando su lengua sobre el perezosamente. Evidentemente ella estaba haciendo lo correcto.
Las manos de Jace tiraron de su cabello, empujando sus caderas contra su boca a sacudidas. Su lengua sondeó bajo la cabeza, sintiendo un curioso bulto, un latido áspero en el fondo de la cabeza, bajo la piel lisa, sensible. Su pene estirado, latiendo más rápido.
–Dios, Clary, – gritó su nombre, mitad gruñendo, mitad suplicando. –No hagas esto. No puedo controlar la necesidad. –
Su mano agarró la base de su pene, la otra ahuecando su escroto apretándolo, en forma de masaje y caricia mientras comenzaba a mover su boca arriba y abajo de la carne que estaba a punto de reventar, acariciando con los labios y la lengua, mientras disfrutaba de sus gruñidos estrangulados, ya que él luchaba por impedirse a si mismo empalar su boca con su carne.

* * * * *
Los dedos de Jace estaban apretados en su pelo, tirando de el, frotando los hilos de seda sobre su abdomen mientras él jodía en su boca. Esto era exquisito, el calor húmedo que lo acariciaba, la lengua sobre él, acariciando la púa escondida que surgiría cuando su orgasmo se acercara. Él podría sentirlo palpitando ahora, luchando por anular su control, erosionando su necesidad de contenerse, demandando la dominación. Que él estuviera dentro de su boca con fuerza, tener un orgasmo dentro de su boca. Él nunca había hecho esto. Nunca había permitido que una mujer lo tuviera dentro de su boca para culminar. Quería que Clary lo hiciera. Lo necesitaba. Tenía que saber como se sentía con ella de esa manera. Se torturaba ante la necesidad, de tomarla, poseerla de todas las maneras en las que un hombre podría poseer a una mujer.
Aquella necesidad había estado creciendo a lo largo de los días pasados. Él luchaba contra ella. Cada vez que veía sus labios, o su lengua lamer sus labios. Luchaba contra la imagen de su pene dentro de su boca, de tomarla también por la parte de atrás. Aquel pequeño agujero apretado prohibido apretándolo, tal como sus labios lo hacían ahora.
Ella chupaba en él ahora, masajeando sus pelotas apretadas contra su cuerpo, su lengüeta palpitó. Él sacudió su cabeza, el sudor vertiéndose sobre su cuerpo. El calor se abrigó alrededor de él, acariciado por su lujuria, aumentado por su toque.
– Clary, es suficiente, bebé. – Él no podía arrancarla de su erección, de su placer mientras lo chupaba. No tenía el control necesario, y de cualquier forma ella no le haría caso.
Ella aspiro ruidosamente sobre el duro y grueso pene, absorbiéndolo hasta su garganta, entonces otra vez con sus labios, y otra vez a su garganta. Su lengua raspaba, acariciaba, haciendo que casi llegara a su punto culminante más cerca con cada lengüeteada.
Él no podía controlarlo. No podía luchar contra la necesidad, la demanda caliente que se precipitaba en su miembro. Sintió la carne ponerse mas dura, la lengüeta surgir, endurecerse, apretarse. Ella gimió sobre su carne mientras su lengua seguía con sus caricias, sus labios lo apretaron. Sus dientes le rasparon, sus manos agarraron su cabeza empujándola contra él. No podía detenerse, no quería detenerse. Dios le ayudara, él era la bestia que aquellos bastardos habían creado. Sus pelotas se apretaron, su pene estirado, entonces él gritó, sosteniendo su cabeza todavía mientras se enterraba tan profundamente, con tanta fuerza como la mano que estaba apretando alrededor de la base de su carne aumentada permitiera antes de que él estallara.
Él no dejaría que ella se alejara, pero ella no lo intentó. Sus labios estaban sujetos como abrazaderas sobre su pene, su lengua como un latigazo de fuego sobre la cabeza a punto de reventar. Él sintió su semen explotar de la punta, el gorgoteo en su boca. Las corrientes largas, gruesas que hicieron que su estómago se estremeciera de placer, con un gruñido de liberación, masculino repetido por toda la habitación, Ohhhhhhh………...
Él luchaba por el aliento, su pecho subía y bajaba con agitación, su cuerpo aletargado cuando retrocedió de ella, temblando cuando sus labios dieron un último lengüetazo, mientras tiraba de ella, lo miró hacia arriba, con la humedad colgando de sus labios, sus ojos oscuros, brillantes y sensuales.
Ella era la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra. Excesivamente llena de gracia, incluso en su lujuria. Su pelo estaba enredado alrededor de su cara roja, sus labios separados mientras su lengua los lamía despacio, como si saboreara su gusto.
Estaba todavía duro. Su orgasmo había aliviado la demanda más apremiante, pero necesitaba más. Necesitaba el sabor de ella, dulce y explosivo llenando su boca. Antes de que ella pudiera detenerlo, él la tenía encima de él, acercándose a ella, sus ojos fijos en los suyos, mientras bajaba su cabeza, tomando sus labios en un beso tan caliente que la hizo vibrar hasta el mismo centro de su ser.
Sus manos ahuecaron sus pechos, mientras sus dedos acariciaban los duros picos de sus pezones, pellizcándolos con cuidado. Ella se arqueo contra él, mientras sus dedos se enredaban en su pelo otra vez.
No, esta noche ella no era ningún sacrificio dispuesto a su frenesí. No era de ninguna manera sumisa. Ella se responsabilizo de cada beso con una avaricia propia, restregando su cuerpo contra el suyo, gimiendo y gritando en cada toque.
–Me quemarás vivo, – susurró en su cuello, su boca rozando sobre la señal que le había dejado ese mismo día. Ella tembló ante la caricia.
–Nos quemaremos el uno al otro entonces. – Su voz era ronca, llena de maravilla, mientras sus dientes raspaban su hombro en venganza después por lo que él había hecho a su cuello.
Le gustó sentir sus dientes sobre su carne, raspando, dándose un banquete con él. Su lengua parecía un golpe de seda a través de su piel. Seda caliente, húmeda que lo hizo volverse loco por más.
Él se movió más abajo sobre su cuerpo, su boca acariciando, lamiendo sus pechos. Le agradó el sonido de su gemido sin aliento cuando él chupó las pequeñas puntas duras de sus pezones. En el camino sus manos jalaron su cabello, sosteniéndolo cerca. En el camino ella le montó una pierna y él se puso a comer cerca de su parte húmeda. Él tenía sed de ella. Él no podía esperar mucho más tiempo para moverse más abajo, lamer mas abajo en la raja estrecha, cerrada, sumergir su lengua profundamente en las profundidades apretadas de su vagina mientras saboreaba toda su crema sedosa en su boca. No había nada tan intoxicante como el sabor del placer de su mujer.
–Voy a comerte viva, – gruñó contra la curva suave de su pecho cuando comenzó su viaje hacia abajo. – Te mostraré la dulce tortura que me diste bebé –
Ella gimió, con un sonido bajo y ahogado mientras sus labios viajaban por su abdomen plano. Sus manos moviéndose entre sus muslos, que no se quedaban quietos ante el calor de su piel, separándolos mas, mientras el bajaba entre ellos.
Él podía oler su calor. Era diferente a todo lo que él conocía. Dulce, solo con un toque de canela, salvaje y elusivo. Era un hombre que moría por su sabor de ambrosia, y ella tenía la única fuente disponible entre aquellos muslos delgados. Su cabeza bajó, su lengua moviéndose despacio por la esencia lisa que cubría los suaves labios interiores.

* * * * *
El toque de su lengua fue semejante a un choque eléctrico quemando su matriz. Clary jadeó ante la ardiente sensación, su cuerpo latía al unísono, del placer que se elevaba sobre ella. No había habido nada como eso en toda su vida. Ella acercaba su parte a la boca de Jace, sintiendo su lengua lamer su clítoris, sus labios amamantándolo. Su mano separó los pliegues, su dedo resbaló hacia adentro, entre los jugos que salían de su cuerpo, abriendo camino hacia la entrada oculta en su espalda, al agujero apretado de su ano. Ella se alejó. Él gruñó mordiendo su carne, enviando vibraciones de éxtasis por sobre su cuerpo. Ella se arqueó. Mientras su lengua seguía apuñalando su vagina, su dedo se deslizó una pulgada en el espacio prohibido entre sus nalgas.
– Oh Dios, Jace. –
Ella se sostuvo de sus hombros, clavando sus uñas, los músculos de su vagina apretados, desesperados por mantener la lengua de Jace en el mismo lugar, mientras se maravillaba de lo que sentía con su dedo alojado justo en la entrada de su ano.
Esto no dolía. Ella lo habría pensado. Él lo movió, sacándolo de su cuerpo, y humedeciendo los dedos en los jugos que salían de su parte, luego volviendo a deslizarlos en el agujero apretado otra vez. Todo ese tiempo, su lengua empujando con fuerza y rápido dentro de ella, conduciéndola más cerca a la culminación, mientras su dedo la conducía más cerca de la locura.
Ella se sacudió, contra él, sus manos jalándole el cabello, acercándolo más, mientras sentía la mordedura del dolor sensual en su ano, el empuje y la resistencia de su lengua áspera en su vagina. Un intensa y dolorosa necesidad se posesiono de ella, quemándola viva mientras él la penetraba con su lengua con fuerza y rápidamente dentro de su apretado canal.
Ella se iba a correr con tanta fuerza, que sabía moriría con las sensaciones de su orgasmo. Jadeó, quemándose mientras lo alcanzaba, gritó cuando el placer la poseyó y explotó en la boca de Jace mientras su dedo se introducía profundamente dentro de su ano, un instante antes de que sus músculos sujetaran como abrazaderas su dedo en el orgasmo. Chispas ardientes de electricidad chisporrotearon en sus ijares, con sus manos ancladas en su pelo, él sacó su dedo de su ano, antes de introducirse rápidamente en ella.
Su pene se introdujo de golpe dentro de su vagina. Estirándola y llenándola mientras ambos gritaron ante las lujuriosas sensaciones que habían tomado el mando de sus cuerpos. No había tiempo para ser suaves en su carrera por el orgasmo. Sus cuerpos estaban frenéticos, enzarzados juntos en un baile de placer y angustia. Sus caderas introdujeron su erección profundamente, empujando con fuerza y rápidamente. Ella sintió el pequeño pulgar de carne que empezó a tensarse justamente bajo la punta de su pene. Con un último apretón de los músculos de su vagina, aprisionó su eje totalmente, apresándolo profundamente, dentro de su cuerpo mientras su esperma estallaba desde la cabeza de su miembro.
Clary vio estrellas. Su orgasmo fue parecido a un tornado, cuando este se instaló por su cuerpo nuevamente. Ella no podía respirar, sólo podría convulsionarse contra él y morder su piel entre su cuello y el hombro, solo lo justo para causarle bastante dolor, solamente lo justo para conducirlo al borde de la locura.
Unos momentos más tarde, sintió el derrumbe de Jace en la cama al lado de ella, manteniéndola apretada contra su pecho al mismo tiempo que arrastraba las mantas sobre sus cuerpos ardientes. Él la sostuvo cerca de su calor, su mano presionando su cara en su pecho, su cuerpo abrigándola de manera protectora.
–Lo siento, – susurró, su voz atormentada. –Ah Dios, Clary, lo siento tanto. Lo siento tanto. –
Ella se retiró de su pecho, mirando fijamente las profundidades torturadas de sus ojos de oro. Estaba saciada, relajada. Su cuerpo palpitando, la lujuria todavía instalada en ella.
– ¿Por qué? – Su mano se levantó débilmente para acariciar la dura línea de su mandíbula.
–Te hice daño. – Puso su mano sobre la suya, presionándola. –No quiero hacerte daño. –
– ¡Um!, – ella murmuró. –Hazme un poco más de daño, la próxima vez entonces. Debes haber encontrado una cura. –
– ¿Qué? – Su voz se escuchó sobresaltada.
–Puedo dormir ahora. – Y para demostrarlo cerró sus ojos para hacer justo esto. –Ya no duele más, Jace. –
Lo dijo mientras se acurrucaba contra su pecho, sintiendo sus brazos acercándose a ella con una vacilación que trajo lágrimas a sus ojos. Ella besó su pecho débilmente, luego dejó que la oscuridad y el calor increíble de su cuerpo la llevaran a la paz. Por primera vez desde que vio el retrato de Jace, en el escritorio de su padre, Clary estaba en paz.

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