Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPÍTULO
DIECINUEVE
Era apenas el alba cuando Jace despertó a Clary rápidamente. Con su mano sobre su boca, su voz un siseo tranquilo en su oído, le advirtió que guardara silencio. Mirándolo con sorpresa, Clary asintió con la cabeza, apenas reconociendo la forma salvaje que estaba frente a ella.
Su expresión era dura, atemorizante en la tenue luz del cuarto. Lo que era aún más aterrador era el hecho de que estaba vestido con ropas oscuras, su pelo atado en la nuca, sus ojos de ámbar encendidos con una luz misteriosa que se reflejaba en la oscuridad del cuarto.
–Aquí. – Él le paso su playera sobre su cabeza mientras le acercaba sus shorts a sus manos. –Vístete rápidamente. –
Él ya estaba vestido. Cuando ella estaba pasando sus shorts nerviosamente sobre sus caderas, él le dio sus calcetines y sus botas de excursión.
–Apresúrate, – la urgió mientras ella se ponía los calcetines y se anudaba las botas con dedos temblorosos.
Mientras ella se apuraba a vestirse, Jace introducía cajas en una mochila, sus movimientos apresurados, pero controlados. Los músculos asomaban bajo la ropa, apretados y duros, su cuerpo tenso en preparación para el peligro. Esto no era un paseo para relajarse.
– ¿Qué esta mal? – La confusión llenó su voz, aunque luchaba por mantenerla en un bajo susurro.
–Tenemos compañía. Soldados. – Él tomó su mano cuando ella terminó de atar sus botas y la dirigió rápidamente a la puerta.
Esto era entonces, Clary vio el destello del arma que él llevaba en su mano. Pequeña y mortal, EL color negro y plata brillaba sutilmente en la oscuridad, recordándole la muerte que siempre lo rodeaba. Inspiro profundamente, estabilizando el aliento, lo siguió mientras el la alejaba de la cama. Su otra mano tomó con cuidado su muñeca, mientras la dirigía fuera del dormitorio, acercándose cautelosamente hacia el oscuro vestíbulo.
Clary no podía oír nada. Se esforzó por descubrir cualquier sonido fuera de lo normal, pero todo lo que ella escuchaba era silencio total, y el ruido sordo de los latidos de su propio corazón. Se movieron con cuidado a lo largo del vestíbulo, avanzando pegados contra la pared mientras se dirigían hacia la cocina. Instándola a inclinarse, Jace la empujó hacia la cocina y a la puerta que conducía al garaje. Allí, él giró el pomo de la puerta silenciosamente, con la alerta en su expresión mientras inhalaba despacio.
Él detuvo la puerta abierta y se precipitó por ella a través del suelo de concreto hacia la puerta oculta. Esta se abrió antes de que ellos pudieran alcanzarla. Jesamine les hizo señas para que entraran rápidamente, vestida también de negro, con un arma en su mano.
–Consíguele ropas. – Jace empujó a Clary hacia Jesamine mientras él se dirigía hacia donde el doctor embalaba el equipo con prisa desesperada.
–Abandone todo lo que no sea estrictamente necesario. Solo llévese las muestras y los apuntes, Doc. – Jace agarró algunas cajas solamente y se precipitó con ellas a un jeep que esperaba aparcado al final de la caverna. – No tenemos tiempo para el resto de las cosas. –
– ¿Que tan cerca están ellos? – Preguntó Jesamine, mientras le entregaba a Clary unos pantalones ajustados y una camiseta negra, echando un vistazo hacia atrás.
–Pasarán nuestro sistema de seguridad en unos minutos. No les tomará mucho tiempo encontrar la puerta oculta, – ladró Jace. –Reúnan todo y vamos a salir de aquí. Edward y William están tras la pista de ellos y están cuidando las entradas ahora. –
Clary apresuradamente tomó sus botas se quitó sus shorts, y la camiseta. Mientras luchaba por ponerse la otra ropa. Sólo entonces se dio cuenta del pequeño auricular y micrófono que él tenía sobre su cabeza. Lo observó mientras hablaba en voz baja durante un segundo mientras cargaba otra caja en el jeep.
– ¿Que pasa con Dayan? –Preguntó Jesamine cuando Clary terminó de vestirse.
–Fuera de contacto. – La voz de Jace era dura, fría.
¿Se fue nuevamente? – Preguntó Jesamine con asombro, el enfado evidente en su voz. Evidentemente no era insólito en Dayan estar fuera de la línea de fuego cuando surgían los problemas.
–Empacado todo. – Jace no hizo caso a la pregunta. –Jesamine, tú y Isabelle consigan sacar al doctor fuera de este infierno. Quédate a salvo en la casa y espérame allí. Sabes lo que tienes que hacer si no tienes noticias mías. –
Clary sintió que el miedo penetraba lentamente en su cuerpo. ¿Qué harían ellos? ¿Qué pasaba con Sebastian? Jesamine, supuestamente tenía que encontrarse con ellos en la mañana, ella lo sabía.
–Prometiste que Jesamine se encontraría con Sebastian. – Miró fijamente a través del cuarto la fría expresión de Jace.
–Y nosotros no habíamos sido atacados hasta que yo no hable con tu hermano dijo entredientes. –Hasta que yo sepa si él no fue el que nos traicionó, mientras tanto puede esperarnos. Esto no es un equipo, Clary, como antes. Esto es un asalto completo, más de una docena de soldados. Ellos no están tomando riesgos esta vez. –
Clary sacudió su cabeza ante la acusación en su tono.
–Sebastian no lo hizo. Él no sabía donde estábamos nosotros. –
–Sebastian es un soldado, Clary, – gruñó. – Él podría haber tenido un rastreador sobre el celular de mierda y encontrarnos en un par de minutos. Si yo no hubiera estado tan concentrado con tus preocupaciones y tus miedos, habría pensado en esto. Nos he arriesgado a todos con mi propia ignorancia. –
Clary se mordió los labios, mientras él cruzó de un tranco rápidamente el cuarto, llevaba una mochila grande sobre sus hombros y una más pequeña sobre su brazo.
–Tenemos que irnos. – Tomó su muñeca, empujándola detrás de él mientras Jesamine y el doctor se precipitaban al jeep. –Esperamos que, los soldados escuchen al jeep y lo sigan. Jesamine y el doctor no tendrán ningún problema cuando salgan al exterior, porque el área comúnmente solo es usada por cazadores y el camino hacia aquí es desconocido. Hay un camino más pequeño, oculto encima de aquí que nos saca a las montañas. –
– ¿Cómo nos ayudará esto? – Ella luchó por mantenerse a su paso, cuando se precipitó por el túnel estrecho que los conducía por la montaña que estaba atrás de la cabaña.
–Porque conozco el área de mierda y ellos no, – murmuró entredientes. –No estamos a salvo en ninguna parte, Clary. Sólo aquí. –
–Llama a Sebastian, – ella jadeó cuando él la empujo por una oscura grieta.
Él empujó una roca grande en el camino, y la hizo entrar en el pasillo oscuro, luego la hizo rodar cerrándola otra vez. Segundos más tarde, un pequeño haz de luz alumbró el camino.
Clary podría sentir los nervios y el pánico sobre ella. Jace pensaba que Sebastian los había traicionado, ella sabía que no lo había hecho, y no podía pensar en un modo de convencerle de lo contrario. Ella sabía que su hermano nunca, la habría puesto en una posición que podría dañarla seriamente. Lastimarla un poco tal vez, pero nunca hacerle daño.
–Tal vez, no eran soldados. – Dijo mientras luchaba por recuperar el aliento, casi corriendo por el estrecho camino que Jace le obligaba a seguir. –Tal vez era Sebastian y mis hermanos. –
–Entonces llegaron del modo incorrecto, – mordió Jace. –Quienquiera que estuviera ahí portaba armas, Clary, y muchas. Esto fue lo primero que olí. Ellos estaban fuera de nuestra ventana de la recámara directamente antes de que yo te despertara. Si fueran tus hermanos, ellos debieron tener tu olor. Y Edward habría reconocido a tu familia. –
–Sebastian no intentaría dañarte, – discutió.
– ¡Caray!, Clary, el bastardo tiene suficiente inteligencia para saber que un animal jode a su hermanita. Él estaba furioso en el teléfono. Si fuera yo, ya lo habría matado. –
Ella enrojeció ante sus palabras. Desde luego Sebastian lo sabría, pero de todos modos, ella no podía imaginarlo precipitarse y hacer algo tan impulsivo sin evaluar la situación primero. Esto no se parecía a la manera de hacer sus cosas. Pero no tenía aliento para discutir más con él. Él se movía rápidamente por el estrecho pasillo, sus pasos silenciosos, mientras ella luchaba por mantener sus pasos igualmente rápidos y silenciosos. Sus botas eran suaves, pero todavía se escuchaba, un crujido del cuero sobre la piedra que parecía resonar alrededor de ella.
Parecía que cruzaron en un santiamén, infinitos metros de piedra erosionada antes de que él disminuyera la velocidad de su rápido paso. Comenzó a moverse más despacio, facilitando su paso por el pasillo, con la cabeza inclinada mientras escuchaba con cuidado.
–Debemos prepararnos para salir túnel. Quiero que te quedes quieta, Clary y que permanezcas directamente detrás de mí, – le advirtió mientras se detenía y acercando su boca a su oído para hablar. –Pase lo que pase, si yo te digo que hagas algo, lo haces y lo haces rápido. ¿Entiendes? –
Su voz era tranquila otra vez, con un ligero toque de salvajismo en el, haciendo que su corazón latiera fuera de control. Ella asintió rápidamente cuando él echó un vistazo atrás de ella. Sus ojos brillaron en la oscuridad, dorados, furiosos, fríos.
Apagó su pequeña lámpara y se dirigió hacia una esquina, moviéndose silenciosamente hacia la débil luz que se vislumbraba enfrente. Se quedo quieto, mientras sus dedos iban a sus labios para imponerle silencio, su cabeza se inclinó, escuchando atentamente. La empujó contra la pared, indicándole que ella debería quedarse allí, y permanecer en silencio.
Se adelantó sin ella. Clary sacudió su cabeza violentamente, sus dedos se aferraron a sus brazos. Entonces escuchó un sonido, unas pisadas, un ligero crujido contra la piedra. Sus ojos se ensancharon, mientras el terror hacia presa de ella. Los ojos de Jace se estrecharon mientras la empujaba más pegada a la piedra, con una advertencia en su expresión, él saco el arma de su cinturón y comenzó a alejarse de ella.
Clary inspiro profunda y silenciosamente. Mientras luchaba por respirar normalmente, obligando a su corazón a latir más despacio. No podía escuchar nada por delante del tambor desesperado de sangre que se precipita por su cuerpo. Estaba aterrorizada. Su propio miedo parecía una entidad separada que la ahogaba, estrangulando el aliento en su garganta mientras Jace se alejaba silenciosamente de ella. Observó su cara, viendo la fría amenaza en su expresión. Este no era el amante que ella había conocido en los pasados días, o el bromista, incluso no era la elusiva presa que ella había acechado las semanas anteriores. Jace era ahora la criatura que aquellos malditos científicos habían creado. Frío, duro, su cuerpo preparado y listo para atacar.
¡Quédate aquí! Articuló silenciosamente.
Ella asintió, poco dispuesta a preocuparlo. Sebastian la había advertido muchas veces del peligro de un soldado que permite que su concentración se quiebre en la lucha. Él tenía que ser capaz de defenderse sin equipaje de conflictos internos o emocionales. Ella se presionó más contra la piedra, mirándolo desesperadamente, rezando por que el estuviera seguro de que ella se quedaría quieta tal como él le advirtió.
Él rió suavemente, con aprobación, luego desapareció de su vista en un parpadeo.
* * * * *
Jace podría olerlos a pesar del olor de camuflaje con el que ellos tontamente pensaron enmascararía su presencia. No había ningún modo de ocultar el apestoso sudor y el deseo de matar. Eran buenos, les concedió esto. No había sido por el olor, él nunca hubiera sabido que ellos estaban allí antes de que él se diera cuenta de las pisadas. Y esto habría sido enmascarado por su propia prisa por el pasillo. Los hombres que enviaron tras él estaban bien entrenados y decididos. Eran peligrosos.
Edward y William estaban todavía del otro lado de las cuevas cuidando la fuga de Jesamine, Isabelle y el Doctor Martin. No esperaba ninguna ayuda de allí. Sólo Dios sabía donde estaba Dayan. Como siempre, él desaparecía cuando llegaban los problemas. Había tres soldados que lo esperaban fuera de la pequeña cueva. Lo bueno del asunto es que ellos pensaban que lo oirían a tiempo de reaccionar. No estaban ocultos, más bien a simple vista.
Jace deslizó un cuchillo de caza de la vaina en su muslo, tomándolo con cuidado, luego dio un paso a la vista. El arma fue al vuelo en el hombro del hombre cuya arma estaba primero. Él cayó al suelo, mientras Jace giró su arma sobre los otros dos, otro cuchillo salió de la vaina y lo lanzó al brazo del otro.
–No quiero matarles bastardos, pero lo voy a hacer,– anunció suavemente, su arma apuntando sobre los heridos, y sorprendidos soldados. Se dirigió al que estaba de pie, mirándolo con frialdad mientras el hombre sostenía sus manos con cuidado a la altura de sus hombros.
–No estamos aquí para matarlo, Wayland. Solamente queremos a la chica. – La sorprendente declaración hizo que Jace gruñera bajo, peligroso.
– ¿Por qué querría usted a la chica? – Preguntó suavemente.
El soldado se encogió de hombros. –Ordenes del Consejo. Ellos no dan explicaciones. –
¿Cómo podría el Consejo saber de Clary? ¿Cómo podrían haberlo sabido a no ser que Sebastian les hubiera retransmitido la llamada?
–Lánceme los lazos. – Jace indicó el plástico que el soldado llevaba en su cinturón.
Él se movió con cuidado. Jace vio el abultamiento de sus músculos, la intención en sus ojos. Sacó el último cuchillo, apuntándolo cuando el soldado se detuvo.
–El próximo bastardo que lo intente lo consigue en el corazón, – les advirtió. –Ahora haga lo que le dije, y sea verdaderamente cauteloso. –
Los lazos fueron lanzados a sus pies. Él devolvió dos al soldado que estaba de pie.
–Amarre con cuidado a sus compañeros. – Observó sin inmutarse como los lazos fueron colocados sobre las muñecas de los soldados entonces comprobó los lazos, estaban apretados, pero no lo bastante como para restringir el flujo de sangre. –Siéntese. Ponga las manos en su espalda. – Jace agitó el arma frente a él, indicando el piso.
El hombre suspiró e hizo lo que le ordenó.
– ¿Por qué quiere el Consejo a la chica? – Repitió la pregunta mientras amarraba al soldado, luego colocó las correas a los pies de los tres hombres. – Y contésteme esta vez o lo haré sangrar, también. –
Él podría escuchar el rechinido de dientes. Habían sido sometidos de manera eficiente, fácilmente. Esto no se vería bien en su récord.
–Todo lo que tengo son órdenes. – El soldado encogió sus hombros, la cara resignada. –No sabemos por qué ellos la quieren. Solo porque es su mujer, y ellos ahora la consideran propiedad del Consejo. –
La rabia llameó en el estómago de Jace. Propiedad del Consejo. Mercancía disponible. Si ellos sabían que Clary era su mujer entonces su vida estaba en más peligro de lo que estaba en este momento. Él se movió alrededor de los hombres, buscando cuchillos mortales ocultos. Pequeñas dagas bajo los cuellos de las camisas y bajo las mangas. Había un millón de sitios para ocultar un arma, sólo podría esperar encontrar todas las que los soldados llevaban.
– ¿Cuándo les dieron la orden? – Preguntó Jace, con fuerza.
–Tarde anoche. Fuimos transportados en un jet del Consejo y traídos aquí. –
– ¿Desde dónde fueron transportados? –
Los soldados gruñeron. –Vamos, Jace, usted conoce mejor que nosotros aquella mierda. –
Ellos no se lo dirían, nunca lo harían.
–Usted cometió un error. –
–Si, lo hizo cuando mató al último equipo que enviaron, – le dijo soldado en voz baja. –Informaron sobre el rescate de la muchacha, cuando ellos aparecieron muertos, usted demostró que ella era más que solamente una periodista entremetida. Debería haber tenido mejor criterio hombre. –
Jace suspiró. Él no conocía a este soldado, pero se parecía a todos los que conocía. Ellos sabían quién era él, quien lo creó. Sabían que el objetivo principal era la captura, pero el Consejo aceptaría su muerte si no hubiera ningún otro camino. Y ahora, ellos sabían sobre Clary.
–Diga el Consejo y a sus cómplices, que el recreo terminó, dijo Jace suavemente mientras se movía hacia atrás a la entrada de pasillo. –No jugaré más. Mataré. –
Hizo una pausa, escuchando con cuidado. Podía oler el miedo de Clary, y la lujuria que avanzaba en su cuerpo. Maldita sea, él no se movía bastante rápido. Tenía que llevarla a un lugar seguro rápidamente.
– Clary, – le llamó suavemente.
Ella se precipitó hacia él, sus manos tendiéndose hacia sus palmas extendidas. Él la abrazó. Los ojos del hombre fueron inmediatamente a la señal sobre el cuello de Clary.
–Mierda, usted se apareó con ella. – El soldado sacudió la cabeza cuando observó como Jace pasaba su brazo alrededor de su cuerpo, la censura en su voz. –Usted también podría matarla ahora, hombre. Ella nunca sobrevivirá las pruebas que aquellos bastardos harán sobre ella cuando la atrapen. . –
Jace sintió el estremecimiento de miedo de Clary.
–Shh, no digas nada, – le advirtió, su aliento en su oído. –Vamos a salir aquí. –
Él la sacó de la caverna, cuidadosamente bordeando a los soldados. Ellos estaban bien entrenados y eran peligrosos, incluso maniatados. Si pusieran sus manos sobre Clary, fácilmente podrían usarla para obligarle a hacer lo que quisieran y él lo sabía.
El alba apenas se asomaba por la cordillera cuando se movieron por el bosque. Los gorjeos suaves de la mañana, los sonidos de los animales despertando, alimentándose, moviéndose de un lado a otro, le reconfortó, aunque el peligro acechaba muy cerca. Él tenía que sacarla del área y llevarla al jeep que mantenía oculto. Incluso los demás no tenían idea de las medidas preventivas que el tenía en el lugar. Aquel jeep, cuidadosamente oculto y preparado para casos de urgencia, los llevaría bastante lejos, para que él asegurara a Clary e hiciera pagar a su hermano por su traición.
Él tenía que llevarla a una de las casas de seguridad. Ya que su cuerpo estaba ardiendo, necesitándolo, tal como él comenzaba a necesitarla. Incluso en el peligro del momento, él podría sentir su necesidad pulsando en su sangre.
– ¿Cómo sabían sobre el acoplamiento? – Preguntó Clary mientras se movían rápidamente por el espeso bosque, siguiendo lo que parecía ser un poco más que el rastro de un animal.
–Mi error, – dijo entredientes. Sus errores iban a terminar por costarle la vida a la mujer que comenzaba a significarle todo.
–No hiciste nada, – discutió jadeante, mientras seguía su paso rápido. Él tenía que alejarla de la maldita caverna todo lo posible antes de que aquellos soldados se escaparan y lograran llamar a sus compinches.
–La señal sobre tu cuello, el hecho que te toqué. Te abracé, – explico. –Raras veces toco a alguien, y sólo es durante el acto sexual. Ellos saben esto. Los soldados conocen todo sobre mi ADN, mi entrenamiento, mis hábitos. Nos delaté. –
Él estaba lleno de cólera impotente y auto-repugnancia. Había cometido su primer error al matar a aquellos soldados. Anteriormente nunca habría regresado por ellos, y sólo había matado cuando no le había quedado ninguna otra opción. Debería haber sabido que los bastardos habían notado a Clary y sus preguntas de sondeo al Consejo. Él debería haber pensado, ¡caray!, más bien que dejar que la furia dirigiera sus acciones. El impulso del animal de protegerse, abrigarse, y tomar represalias contra cualquier peligro contra su mujer lo atacó con fuerza, incluso entonces. Esto empeoraba. Había hecho hasta lo imposible por abstenerse de matar a aquellos hombres en la cueva. Sólo su conocimiento de la reacción de Clary a ello había influido en él, y evitado que lo hiciera. Su conexión emocional a él no habría sobrevivido el derramamiento de sangre.
CAPÍTULO VEINTE
Jesamine estaba en las sombras del motel en silencio, observando con cuidado, entrecerrando sus ojos cuando los nueve hombres se separaron y fueron a sus respectivas habitaciones. Estaban furiosos, pero solo uno era de ellos exudaba peligro. Ella los había visto en el aeropuerto después de dejar al Doc en la casa de seguridad, luego los había seguido al motel y había visto como se registraron.
Sebastian no se le parecía a Clary de ningún modo. Él tenía el cabello más oscuro, color casi negro, ojos intensos, fríos azules. Su mandíbula fuerte y pómulos altos daban una pista de su ascendencia americana nativa, su cuerpo duro, lleno de gracia insinuaba el extenso entrenamiento militar. Ella conocía esa mirada, el modo en que el asesino se movía. Ella había crecido entre ellos, había sido violada por ellos más de una vez. Pero éste, ella lo conocía personalmente.
Este hombre había traído su placer. A pesar de sus súplicas, a pesar de sus deseos de lo contrario, él la había tomado bajo el ojo insensible de una cámara, llevándola de un clímax a otro, su lujuria igualada por la suya, y la suya por su toque.
¿Esto sólo había sido hacía siete años? Dulce cielo, aquella noche la atormentó siempre, incluso ahora, como si esto hubiera pasado sólo ayer. El soldado oscuro que había jurado ayudarla y rescatarla. Él había venido, sosteniendo la libertad en una mano, su corazón en el otro, y había pasado la noche enseñándole los placeres del cuerpo a la mujer. Cuando se marchó, nunca volvió. Pero los doctores si. Con el vídeo, vinieron las risas, las burlas de las cosas que Sebastian Morgenstern le había hecho, lo que ella le había hecho, todo en nombre de la ciencia. La violación no la había fecundado. Ellos se preguntaban si el placer lo haría.
Sus manos se apretaron en puños de rabia cuando el salió fuera de su cuarto, perezosamente terminando un cigarrillo que había encendido momentos antes. Ella quiso matarlo ahora. Había jurado que lo mataría si alguna vez lo encontraba. Había jurado que el pagaría cada momento de dolor que ella sufrió todos aquellos años. Había jurado que él pagaría por mentirle, y por hacerlo tan fácilmente sin su conocimiento. Él la había traicionado, tal como había traicionado a su hermana.
Su expresión se endureció cuando la última puerta finalmente se cerró y quedo a solas con ella.
– ¿Dónde está Clary? – Su voz era salvaje, pulsando con una furia que envió un resquicio de inquietud a su cuerpo. – Y por qué cuernos no nos encontramos en el aeropuerto como lo prometieron. –
–Tengo una mejor pregunta, – Le contestó desde la seguridad de las sombras. – ¿Por qué un hermano traicionaría a su hermana que el jura amar en lugar de llegar con la ayuda prometida? –
Él giró despacio, casualmente, hasta que la enfrentó. Ella vio la dureza en su expresión y la sorpresa.
– ¿De qué diablos esta usted hablando? –
–Un equipo entero de soldados barrió sobre la casa de Jace. Una docena de hombres. Todo lo que sé seguro es que ellos no los atraparon. Pero sé que ellos la quieren. Ellos saben sobre ella. –
¿Saben qué, por Dios? – Él pasó sus dedos por su cabello, su voz era tranquila, pero a un paso de la furia. – ¿Por qué demonios ellos atacarían ahora? –
–Ellos saben que su hermana es compañera de Jace, – le dijo con cuidado. –Tal como usted debe saberlo. –
¿Estuvo con él? Ella miró su cara pálida alarmada, sus ojos azules abiertos con sorpresa.
– ¿Aquel bastardo la tocó? – Mordió entre dientes.
–No, – habló ella arrastrando las palabras burlonamente. –Él se emparejó con ella. ¿Seguramente usted recuerda el concepto? Y ahora el Consejo no se preocupa si el esta vivo o muerto. Ellos quieren a la mujer y cualquier niño que ella pudiera llevar. Pero usted ya sabía eso, no Sr. Morgenstern? ¿Por que atacarían ellos solo unas horas después de ella se comunicara con usted? –
Él sacudió su cabeza despacio.
–Nunca traicioné a mi hermana. No lo haría. – Su voz envió una frialdad sobre su espina dorsal.
Jesamine frunció el ceño.
–Vine para matarlo, Sebastian Morgenstern,– le dijo con cuidado.
Él no pareció sorprendido ahora. Su boca con una mueca burlona.
–Quizás usted podría retrasar su pequeño intento durante el tiempo que me tome salvar a la tonta de mi hermana, – Ladró. – ¿Que es esa mierda de acoplamiento? –
–Más tarde, – Contestó Jesamine. –Ahora no es tiempo para explicaciones. Ahora es tiempo para que usted me diga como supo el Consejo del acoplamiento, si Clary no se lo dijo a usted. –
Y Jesamine estuvo casi segura que el ciertamente no lo sabía. Él era un mentiroso, pero en éste caso, decía la verdad. Sus dones habían crecido con los años, con la madurez y a fuerza de desesperación. Ella ahora podría oler una mentira como los otros podrían oler la basura.
– ¿Quien es usted? – Su voz chisporroteó. – Y usted va a tener que aproximarse más mujer. No puedo ayudar a Clary o Jace con tan poca información. –
Suspirando, Jesamine dio un paso de las sombras. Ella miró sus ojos agrandarse cuando la reconoció.
–No estas muerta, – susurró, parpadeando, intentando asegurarse de que ella estaba allí.
La amargura la llenó con una ola de dolor tan intenso, que amenazó con ahogarla.
–No, amor, no fui asesinada. Pero esto no significa que tenga mucho por que vivir. –
Y Jesamine afrontó su pasado como nunca lo había hecho antes. Las pesadillas y esperanzas rotas se fragmentaron alrededor de ella, haciendo entrar su alma en un vacío triste, oscuro del que ella temió nunca poder escapar. Sintió la lujuria avanzar por su cuerpo, la necesidad, tal como Jace y Clary la sentían, tronando a través de su sangre, a través de su mismo ser. Ante ella se encontraba el hombre que la había traicionado años atrás. En un laboratorio triste, frío, su cuerpo respondiendo aún sin su consentimiento, lanzándola hacia el placer a pesar de cada barrera que ella presentó contra eso. Su compañero. El padre del niño que ella había perdido. Un hombre al que ella había jurado matar.
* * * * *
Oscureció antes de que Jace encontrara el oculto jeep. Las precauciones que insistió en tomar y el terreno abrupto por el que caminaban convirtieron la excursión de media jornada en un día completo. Empujó Clary dentro del jeep, arrancó el motor con una oración, luego soltó un suspiro de alivio cuando el vehículo encendió fácilmente. Saliendo del pequeño y desolado cobertizo en el borde de un campamento de tala de árboles deslizó el vehículo por el camino en un paso fácil.
Clary estaba tendida en el asiento trasero, cansada, agotada de la caminata y de la lujuria que corría por su cuerpo. Jace rápidamente había substituido su camiseta camuflada por una simple camisa blanca de algodón. Su cabello fue empujado bajo un gorro de béisbol, y su arma de fuego al alcance. La distancia hacía la próxima ciudad no era mucha y si él se quedaba en el camino principal, lejos de los senderos que él tomaba comúnmente, a lo mejor podrían salir de esto relativamente indemnes.
Su casa de seguridad estaba a varias horas de la montaña. En los límites de una ciudad grande, la casa era modesta, con sólo algunos vecinos y estaba totalmente abastecida. Él podría ocultarse allí durante mucho tiempo, mientras calculaba y reflexionaba sobre lo que había pasado.
Abrió la puerta del garaje más tarde, suspirando fatigadamente, mientras la puerta del garaje se cerraba automáticamente tras ellos. Clary había caído en un sueño agitado. Gemía ocasionalmente, cambiando de posición, pero el cansancio que se había acumulado en su cuerpo había cobrado su precio.
– ¿Donde estamos? – Ella se levantó despacio del asiento, su voz soñolienta, sensual. Dios, él la deseaba.
Estaba lista para él, su cuerpo mojado por él. Inspiró profundamente. Tenía que llevarla a la casa primero.
–Vamos. – Él brincó del jeep, y extendió una mano, levantándola con cuidado en sus brazos y caminando hacia la puerta.
–Puedo andar, – protestó, pero se presionó más cerca de él, su boca encontrando la piel caliente de su cuello mientras él insertaba la llave en la cerradura.
–Y yo puedo cargarte, – le dijo, sintiendo algo en su pecho que se apretaba mientras cerraba la puerta.
La casa estaba oscura, silenciosa. Él prendió algunas luces bajas en la cocina, inhalando con cuidado para no encontrar ninguna sorpresa inesperada. Todo lo que olía era el aroma a cerrado de la casa y a la mujer caliente y mojada que tenía entre sus brazos.
– ¿Hambrienta? – Él dio un paso en la sala de estar, colocándola sobre el canapé.
Ella pasó sus dedos por su pelo mientras lo miraba.
–Sí. Y una ducha. Necesito una ducha, – ella suspiró. – ¿Dónde estamos? –
–Al otro lado de Ashland §, – le dijo quedamente. –Ven, te mostraré donde esta la ducha para que puedas bañarte. Yo usaré otra y haré la cena cuando haya terminado. Esto no tomará mucho tiempo. –
Él la condujo a la recámara principal. Los pesados muebles de madera y el aspecto inmaculado le daban un toque impersonal. Él nunca se preocupaba mucho por el lugar, pero el mero hecho de que fuera lo contrario de lo que hubiera escogido personalmente, lo hacia mucho mas seguro.
–Anda. Señalo el baño principal y su gran tina. –Traeré una camisa para ti. Usaré el otro cuarto de baño. –
Ella giró hacia el, sus párpados pesados por el cansancio que se abatía sobre ella, y sin embargo era todavía la mujer más hermosa sobre la que él alguna vez había puesto sus ojos. Él levantó su mano para pasar sus dedos sobre su mejilla, mirándola, añorándola. Sólo el hecho de que ella estuviera tan cansada y hambrienta, le impedía ponerla sobre la gran cama, sin usar e introducirse en ella.
Ella presionó su mejilla contra sus dedos, levantando las comisuras de su boca haciendo un mohín. –
–Toma tu tiempo. – Dijo Jace inclinándose hacia ella, sus labios susurrando sobre los suyos en un beso apacible. –Me iré y comenzaré a hacer la cena después de mi ducha. Regresaré por ti cuando haya terminado. –
–Te amo, Jace. –
Su corazón se rompió. Él lo sintió romperse, los pedazos acumulándose de golpe en su alma mientras ella le miraba con los ojos soñolientos, su cuerpo lleno de necesidad, su vida en más peligro del que alguna vez había estado, y de todos modos ella le susurraba aquellas palabras.
Él cerró sus ojos, queriendo bloquear esa sensación de su mente, alejarla de la bestia que aullaba miserablemente.
–No, – susurró, sacudiendo su cabeza. Ellos ya estaban atados, por siempre atados juntos en su necesidad el uno por el otro, atados ante el peligro que los acechaba. El no podía enfrentarse a esta nueva carga.
Ella sintió sus dedos sobre sus labios. Sus labios temblaron. Él abrió sus ojos y vio las lágrimas que fluían de sus ojos. Fluyeron sobre sus mejillas, tristes y solas dibujando una línea por el polvo y la mugre sobre su cara, resultado de su caminata por la montaña.
–Sí. – Su voz tembló mientras lloraba.
Él quiso gritar ante la injusticia de aquello. El destino se burlaba de él. En una mano le mostraba todos sus sueños. En la otra su muerte.
La acercó hacia él, aplastándola contra su pecho mientras luchaba por contener sus propias lágrimas, los gritos de la bestia que sufría dentro de él.
–Solamente quise que supieras, Jace, que incluso antes del acoplamiento, te amé. Cuando eras solamente una fotografía, una historia, un hombre yo no podía dejar de soñar contigo. – Sus palabras perforaron su corazón. – No quiero que nosotros muramos sin que sepas que te amo. Que yo te amaba mucho antes que me tocaras. –
Jace se estremeció. Sus brazos se apretaron alrededor de ella, enterró la cara en su cuello. Apretó los labios contra la pequeña herida, allí donde sus dientes la habían lastimado durante las alturas de su pasión.
–Cuando te vi por primera vez, estabas de pie en aquel grasiento estacionamiento de la gasolinera, llevando aquellos malditos vaqueros y aquella camisa que enseñaba tu abdomen,– dijo con voz ronca. –Mi polla estuvo cerca de salir de mis vaqueros, y mi corazón sangró. Porque tenía a la vista a la mujer que yo habría tomado para mi, si mi vida fuera mía. –
Su vida no era suya, pero ella si lo era. La naturaleza había tomado la opción por él. Y esto lo mataría si no lograba protegerla. Jace sabía que las posibilidades de protegerla eran menores cada día. El Consejo sabía sobre ella. Ellos sabían sobre el acoplamiento.
Se retiró, incapaz de mantener su contacto durante más tiempo, incapaz de ver el futuro incierto que le miraba fijamente a la cara. El demonio condenara sus almas, Clary estaría mejor muerta que arriesgando su vida de esa manera. Ella no tenía ninguna posibilidad. Eventualmente, ellos la atraparían. Tal como ellos siempre lo capturaban. Eventualmente. Él dio vuelta alejándose de ella, dirigiéndose a la puerta del dormitorio.
–Báñate, – susurró, su voz estrangulada, por el dolor en su alma. –Tendré algo para comer pronto. –
Él escuchó su suspiro detrás de él. Un suspiro perdido, dolorido que le atravesó como una lanza, haciéndolo mas daño que el que ya sentía. Ella era tan inocente. Malditamente inocente para los horrores que los esperaban. ¿Cómo podría el mantenerla segura? ¿Qué podría el hacer para salvarla de la degradación y el dolor que él sabía que sufriría en el futuro?
¿Podrían hacer lo que ella sugirió? Aquella pregunta lo atormentaba. Él podría aceptar la humillación, las historias de los tabloides y los juicios contra él. Podría arriesgarse a la posibilidad de que él sería marcado como infrahumano. Si esto trajera su salvación. Si su hermano hubiera sido el que la traicionara entonces esto no era posible. Pero, si sus otras sospechas fueran verdad, entonces no había sido su hermano en absoluto.
El cansancio tiró de él, ante la desesperación que golpeaba en su cerebro. Había estado allí en la cueva con aquellos soldados. Un olor evasivo casi oculto por el olor del mal de los hombres. Él no lo había notado al principio, y sólo más tarde, después de que Clary se durmió en el jeep lo recordó. Había otro olor, de un hombre que no era como los soldados, un hombre que Jace conocía bien. Su pecho se contrajo con aquella certidumbre, a pesar de su necesidad de negarlo.
La cueva oculta se usaba por una razón. Apenas la conocían, incluso los residentes de aquella área de las montañas. Y ninguno estaba enterado de la línea de pasadizos en las cavernas, ya que Jace los había cerrado años antes. Él se desnudó rápidamente, ajustando el agua y acercándose al chorro de la regadera. Quería lavar con ese baño, los recuerdos del horror y el dolor, pero esto no era posible. Quería llevarse el mal de su concepción, el hedor del crimen contra la humanidad que habían cometido, pero tampoco podía. Todo lo que podía hacer era quitar con agua la mugre acumulada de su escape a la seguridad, y rezar a Dios estar equivocado sobre el traidor. Bastante sangre manchaba sus manos y su alma, él no quería agravar sus pecados, con el pecado de matar a una de las pocas personas que el quería.
–Jace. – Se sacudió con sorpresa cuando una pequeña silueta apareció fuera de la puerta de cristal del baño.
Escultural, pequeña y frágil, Clary esperaba fuera de la ducha llena de vapor, su voz indecisa, llamándolo. Él abrió la puerta, deslizándola sobre el riel de aluminio. Ella estaba radiantemente desnuda, la esperanza y la necesidad brillando en sus ojos.
– Clary, – suspiró, sacudiendo su cabeza.
–Necesito que alguien talle mi espalda.– Ella sostenía una esponja, la expresión esperanzada, su cuerpo excitado
¿Sería alguna vez capaz de negarse ante el perfume de su necesidad? Jace sabía que no podría. Nunca lo haría. Era tan embriagante como su sabor lo era para ella. Estaba de pie bajo el agua, sintiendo que acariciaba su piel con su calor, y el saber eso, no era nada comparado al calor que podría encontrar dentro de su cuerpo.
–Te follaré, – gimió.
Ella sonrió tristemente, dando un paso en el cubículo con él, cerrando la puerta tras ella.
–Y yo te amaré, – susurró ella.
Sus manos fueron a su pecho, frotando su piel, las yemas de los dedos tocando sus músculos. Tomando la esponja, la dejó caer descuidadamente en el pequeño anaquel donde ponía el jabón. La observó, mientras ella cerraba sus ojos y el agua caía a torrentes sobre su cabello y su pálida cara. Ella disfrutaba con el calor del agua, moviendo su cabeza para permitir que se empapara cada hebra.
–Déjame lavarte entonces, preciosa,– le dijo con voz suave. Demasiado suave para su propia paz mental. Como la quería. Su cuerpo le dolía de necesidad, tanto física como emocional.
En su palma ahuecada él depositó una cantidad generosa de champú y comenzó a enjabonar su cabello. Las yemas de sus dedos acariciaron su cuero cabelludo, acariciando la piel sensible de su cabeza. Ella gimió de placer, mientras su cuerpo se inclinaba contra su pecho, su lengua posándose sobre el pezón masculino con lenta sensualidad.
Su cuerpo se tenso, calentándose más cada segundo. Él la movió bajo el rocío otra vez, mirando como el agua aclaraba su pelo, rodando despacio sobre sus hombros y sus pechos llenos. Acariciándola como él quería acariciarla. Besando su piel con suavidad de satén, ocultando la dureza de sus atractivos pezones durante breves segundos. Cuando los restos del jabón se fueron, él recuperó el jabón del anaquel, abandonando la esponja. No quería nada más que el resbaloso jabón entre sus manos y su carne.
Él hizo espuma de jabón entre sus manos sin apartar la vista de ella. Sus ojos estaban llenos de pasión, la mirada ausente, su cuerpo temblando ante el cansancio y el deseo.
–Debes comer antes de ir a dormir, – le dijo suavemente, con una sonrisa involuntaria asomando a su boca.
La risa desapareció cuando él la tocó. Ella jadeó, arqueándose contra las manos que ahuecaban sus pechos, los dedos que pellizcaban sus pezones. Despacio, centímetro a centímetro cubrió su cuerpo con la cremosa espuma hasta que se arrodilló en sus pies, abriendo sus piernas para que sus dedos encontraran la suavidad de su pubis.
–Me gusta el modo en que me tocas, – jadeó Clary cuando sus dedos comenzaron a acariciarla, a lavarla. La espuma rodó por sus muslos mezclada con el aroma embriagador de su necesidad femenina.
Jace puso su cabeza contra su abdomen, su brazo apretando alrededor de sus muslos superiores mientras la sostenía estable, abriendo aún mas sus piernas. Él tenía que probarla. No podía contenerse. Su lengua golpeó por los pliegues satinados y rizados alrededor de su hinchado pubis.
Ella se estremeció ante el asalto de su lengua. Sus manos se clavaron en su pelo, sosteniéndose de él mientras le daba pequeños golpeteos a su suave botón, cuidadoso de mantener la parte más áspera de su lengua fuera de ella. Con sólo la punta de su lengua acarició alrededor de su pubis, sintiendo sus estremecimientos, sus contracciones de placer. Lo chupó con su boca entonces, aplicando solamente una ligera presión para acercar sus caderas contra él, sus gemidos de necesidad llenaron la ducha cuando el se detuvo.
–Jace, por favor. – Ella acerco su pubis contra su boca, mientras el la presionaba contra la pared, luego levantó su muslo a su hombro.
Ella gritó cuando su lengua se introdujo en ella. Profundamente, con fuerza, comprimiendo los músculos de su vagina cuando el encontró él sabor de su deseo. Los dedos de una mano siguieron el mismo camino contra su rosado botón, donde antes había estado su lengua, probando, saboreando. Él no quería precipitarse todavía, él quería saborear el sabor y el aroma de ella.
Él lamió dentro de ella con cuidado entonces, gimiendo cuando sus jugos cubrieron su lengua y sus labios. Tan lista para él. Lloraba por el, gemía por él, apretando los músculos vaginales sobre su invasora lengua mientras alcanzaba la liberación que solamente podía lograr con él.
–Mía, – gimió contra los pliegues de su carne, lamiendo más rápidamente con golpes firmes y rápidos.
–Mío, – gritó ella, apretando sus manos en su pelo, su voz enloquecida ante la necesidad y el clímax. –Siempre mío. –
Y lo era. Era suyo. Ella era de él. Él se levantó, cargándola, empujando entre sus muslos, su miembro introduciéndose dentro de ella en un golpe rápido, que la tomó por completo. Jace apretó sus dientes ante el placer ardiente que se extendió sobre su cuerpo. Estaba apretada, absorbiéndolo en un puño de seda tan condenadamente caliente que le robó el aliento.
Un gemido de placer salió de sus labios. Ella se apretó, meciéndose contra él. Él se retiró y empujó con fuerza otra vez. Ella culminó al instante, su liberación lloviendo sobre su erección, destruyendo su autocontrol. La sujetó mas fuerte entre sus brazos mientras impulsaba sus caderas en ella, luchando por introducirse más profundo, más cerca. Dios le ayudara, ella era todo lo que le importaba ahora. Estar dentro de ella, de su corazón, alma, cuerpo. Esto era todo lo que él había soñado y más de lo que él alguna vez había creído posible.
Moviéndose desesperadamente dentro de ella, escucho sus gemidos ante la aproximación de un nuevo clímax, sintiendo la aparición de la lengüeta, sabía que el éxtasis estaba sólo a segundos de distancia. Él la sostuvo más apretada, empujando más fuerte, más rápido. Clary apretaba sus brazos, y con su miembro alojado profundamente, su semilla esparciéndose en ella, escuchó su grito y sintió el clímax de ella por segunda vez. Y en sus brazos, durante aquellos pocos segundos, encontró la paz.
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