Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPÍTULO VEINTITRES
La bestia en Jace rugió ante el desafío que susurraron sus labios. Emitió un gruñido, ahora había pasado el punto donde pudiera ser responsable de sus propias acciones. La bestia dentro de él había tomado el control y no importaba con que fuerza intentara luchar contra eso, no podía frenarlo. Y Clary lo tentaba. Deliberada y sistemáticamente destruyendo el control que luchaba por mantener.
Él la levantó, sus manos no eran gentiles, aunque él luchara para impedir hacerle daño. Él no quería hacerle daño. No quería dañar su delicada piel, pero sabía que su agarre era demasiado rudo cuando la arrastró contra su pecho.
Sus pezones presionaban sobre su pecho. Estaban calientes y duros tentándolo. Él bajó su cabeza, sus labios se dirigieron hacia su seductora sonrisa. Gruñó cuando ella rechazó abrírselos. Sus dientes mordisquearon su boca. Él sintió que sus uñas le arañaban sus hombros, pero de todos modos ella le rechazaba la entrada.
– Clary, no hagas esto, – le suplicó, con sus últimas reservas de contención, soltándola despacio mientras ella continuaba divirtiéndose.
Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa, sus ojos oscuros brillaban bajo sus entornadas pestañas, mientras lamía sus labios. Sus manos se apretaron sobre sus brazos. La bestia clamaba por su libertad, arañando sus lomos con una demanda que el no podía ya negar. Él la acerco mas a él, sus dientes más rudos mordiendo sus labios nuevamente, consiguiendo un grito sorprendido de placer por parte de ella. Aquel sonido lo ganó la entrada a su boca.
Él inclinó su cabeza, introduciendo su lengua entre sus labios mientras atravesaba como una lanza su boca. Podía sentir las glándulas a lo largo de su lengua, hinchadas, la intoxicante hormona de su raza lista para introducirse en su sistema. Acarició su lengua y ella rehusó jugar. Como con su pene, ella rechazaba utilizarlo, tomando la liberación en ella. Ella luchaba contra él, sus uñas arañando sus hombros, aunque empujaba desesperadamente sus caderas contra su eje cuando este se apretaba contra su estómago inferior.
Su lengua se movía en su boca, su boca moviéndose para ejemplificar como quería que ella lo besara, luego succiono su boca nuevamente. Una tentadora sonrisa vibró contra sus labios cuando ella lo rechazó otra vez. Su mano fue a sus cabellos, enredando los hilos, tirando su cabeza hacia atrás. Él sabía que el ligero dolor le advertiría su intención, pero ella rehusaba todavía utilizar su lengua. Su salvaje gruñido lo impresionó, igual que sus acciones, pero él no tenía tiempo ya de controlar su alivio de esa manera.
Él la apoyó rápidamente en la pared, acercándola contra él, acomodando su miembro hasta que empujo los pliegues sensibles de su húmeda entrada. Estaba tan lisa y cremosa, tan caliente y tentadora que él no pudo detener el gruñido excitado de placer que pulsaba por su cuerpo. Sus manos agarraron sus nalgas, sus dedos lubricaron con sus mismos jugos antes de que él introdujera un dedo dentro de su apretado ano.
–Así es como yo quiero, – ordeno ferozmente cuando ella gritó, arqueándose ante la pequeña penetración.
–Hazlo, – lo desafió nuevamente vez, una sirena, una seductora de destrucción.
–No hagas esto, Clary.– Su dedo se deslizó más profundo dentro de su ano, su pene pulsando por entrar en las profundidades apretadas y ardientes de aquel canal. –Conozco más formas sobre forzar de las que tu alguna vez podrías soñar. No quiero hacerte daño. –
Ella mordió sus labios fuertemente, su mirada fija llamándolo.
–Quiero todo de ti. El hombre y la bestia, – susurró cuando él se echó para atrás sorprendido ante su áspera caricia. –No me resistiré a ti por mas tiempo. –
La bestia aulló de alegría, el hombre tembló de placer.
¿Cuánto había pasado ya, desde que había podido dar rienda suelta a sus deseos? Había sido en los laboratorios, donde las mujeres que le traían estaban bien versadas en todas las formas de actos sexuales dolorosos. La bestia había rabiado entonces, cuando su sexualidad primero había emergido por primera vez. Pero desde que se había escapado, no había permitido que la fiera escapara.
–Te haré daño. – Su dedo retrocedió, buscando más humedad, luego sumergió su longitud llena en su ano nuevamente.
Su cuerpo se arqueó, y su boca se abrió en un grito bajo cuando ella se estremeció ante el placer/dolor que el le dio.
–Lo harás como yo quiero, Clary,– ordenó, su voz un estruendo, ahora que el hombre y la bestia estaban unidos. –Haz lo que deseo. Chupa mi lengua dentro de tu boca. –
Su lengua palpitó con la necesidad de liberar su esencia en su cuerpo. El afrodisíaco llenaría sus cuerpos entonces, estimulando su lujuria, liberando a la bestia del último y frágil control que lo sostenía.
–No, – gritó, sacudiendo su cabeza, su cuerpo tirando contra él mientras luchaba para acostumbrarse al empalamiento.
–Entonces me detendré. – Él saco su dedo de ella.
–No. No te detengas. – Ella luchó por soportar su dedo enterrado dentro de ella.
–Haz lo que te pido, Clary, – le ordenó nuevamente contra sus labios, entonces su lengua acaricio la suya, más áspera ahora con la necesidad hormonal que se elevaba por su cuerpo. –Hazlo, Clary. –
Su cabeza se sacudió cuando él frotó su pene contra su humedad. Él podía sentir la pequeña perla que temblaba contra él, aumentando, desesperada por la liberación.
Sus labios moviéndose contra su, su boca que aceptaba su lengua, utilizándola despacio, sensualmente. El gusto de especia llenó sus sentidos cuando ella acepto la intoxicante hormona en su lengua. Ella gritó, sus uñas se incrustaron en su trasero, sus piernas se apretaron alrededor de sus caderas mientras él sumergía su lengua una y otra vez en los labios de seda que lo encajonaban.
Cuando las glándulas no palpitaron más, él la acercó más a su pecho. Ella respiraba con fuerza, su pecho subía y bajaba con aliento entrecortado, sus pezones raspando su pecho, sus caderas retorciéndose contra el mientras luchaba por obligar a su miembro a que entrara dentro de su caliente portal. Ella le miró con sus mejillas enrojecidas cuando la potencia de su hormona comenzó a invadir su sistema. Suya. Ella era su mujer. Su compañera. Esto lo demostraba.
–Mía, – gruñó otra vez, apretando sus manos sobre sus nalgas, mientras movía su eje dolorosamente ardiente que suplicaba por alivio. –Dilo. Dime que eres mía. –
Ella rió. Aquella risa hacia que su corazón casi reventara dentro de su pecho. La mezcla de ternura y desafío era casi más de lo que él podía soportar.
–Tú eres mío, – susurró ella.
Sus ojos se estrecharon.
–Pronunciaras las palabras antes de que termine la noche, Clary,– juró. –Me las gritarás y pedirá que te escuche. –
–No, tu las gritarás para mí. Su voz se escuchaba sofocada y ronca, su cuerpo caliente y salvaje mientras pasaba sus uñas por sobre su pecho, mirándolo con ojos entrecerrados.
Ella estaba sonriendo con aquella sonrisa otra vez. Esa que tenía rabiando y gruñendo profundamente a la bestia. Ella lamió sus labios, extendiendo el sabor de ella sobre los suyos. Quería tentarlo y jugar con él. Quería presionar a la bestia y al fragmento de control que el hombre había luchado durante tantos años para lograr. Bien. La bestia estaba libre. Gruñía bajo ella, no en la violencia, no en la rabia. Tan solo en la demanda.
Él se movió entonces, frotando sus pliegues sedosos, lisos de si piel sobre su erección mientras la conducía a la cama. Observó sus ojos dilatarse, su cara ruborizada cuando su caliente miembro acariciaba su pubis. Escuchó su inspiración y disfrutó con ello. Cuando él alcanzó la cama la dejó caer, fijando la vista en ella durante un largo momento. Conocía la forma de lograr hacer lo que el quería. Podría lanzarla a un placer tan intenso, tan ardiente y profundo que ella le suplicaría que la poseyera, le pediría que le permitiera pertenecerle. Él le mostraría esta noche quien era el amo de su cama.
Él se movió a la mesita de noche y la abrió despacio. Él no tenía todos los dispositivos sensuales en esta casa como en su casa, pero siempre mantenía a mano un tubo grande de lubricante. Lo sacó y se volvió hacia ella.
Ella echó un vistazo al tubo, luego a Jace. Él se volvió a mirarla, moviéndose con cuidado sobre el colchón al lado de ella. Entonces la acercó a él Atravesó una pierna sobre sus muslos para mantenerla en su lugar, su cuerpo sobre ella sus hombros contra el colchón.
–Podría atarte, – susurró, mordisqueando su cuello cuando ella luchó contra él. –Las restricciones pueden conducir al placer más alto, Clary. ¿Preferirías eso? ¿O prefieres darme lo qué deseo? –
Ella luchaba por respirar y solo por el aroma de su necesidad bajo el olor de su excitación, él pudo darse cuenta de su agitación. Respiraba con fuerza y ásperamente, su cuerpo tenso mientras el la sostenía con cuidado en su lugar ante el toque por venir. Ella se alejó cuando su mano atrapó sus nalgas. Los globos pálidos y redondeados lo atrajeron para acariciarlos y, llenar sus manos de su calor, y él hizo justamente eso. Entonces sus dedos viajaron por el estrecho pliegue. Sonrió cuando ella apretó su entrada e inspiró profundamente.
–Voy a tomarte por detrás ahora, Clary,– respiró contra su oído. –Voy a prepararte con cuidado y mostrarte cuanto de placer hay en el dolor de esa posesión. Cuando estés lista a rendirte, querida, solamente puedes decir las palabras. –
Su protesta se convirtió en un gemido estrangulado cuando sus dedos encontraron la pequeña y estrecha entrada. Ella sentía los efectos de su beso ahora. Él podía sentir sus músculos relajados, a pesar de sus esfuerzos por detenerlo. Abrió el tubo del lubricante y esparció una generosa cantidad sobre sus dedos.
– ¿Jace? – Su voz estaba llena de nervios cuando sus dedos encontraron la apretada entrada otra vez.
Jace acomodó su cabeza entre sus omóplatos, separando los globos de su trasero con una mano mientras sus dedos iniciaron su sensual invasión. El primer dedo se deslizó fácilmente. Escuchó su gemido vibrando en su trasero cuando él se deslizó dentro y fuera en golpes fáciles durante largos momentos. Entonces un segundo dedo participó en el juego. Ella se abrió fácilmente para él, su cuerpo empujando contra él, su piel transpirando mientras la sostenía. Cuando el tercer dedo se unió a los dos primeros, segundos más tarde, ella se estremeció ante el estirón, sus músculos sensibles, el conocía el placer que comenzaba a invadir el apretado canal.
–Relájate, Clary,– la calmó. –Siento como fácilmente tu cuerpo lo acepta. Como fácilmente mis dedos se deslizan en ti. –
Él los retiró, luego volvió nuevamente con una penetración rápida, profunda. Ella casi gritó por la sensación, que hizo retroceder sus dedos, su cuerpo temblando de necesidad.
–No puedo soportarlo, – gritó, esquivándole.
–Dime lo que quiero oír entonces, – le dijo con cuidado, aunque él sabía que nada podía salvarla de la posesión por venir. Había pasado mucho tiempo de que él había tomado a una mujer de esa manera. Él recordó el calor apretado, la sensación embriagadora de lo prohibido de pronto al alcance. Observando su miembro estirado tan cerca de la carne femenina, a un paso de esta última intimidad.
Clary no era ninguna puta comprada simplemente para su placer, aunque ella no estuviera entrenada, ni bien versada en los placeres y el dolor de la lujuria. Ella era principiante, y eso combinado con sus vacilaciones femeninas sólo estimuló su necesidad más alta.
–No. – Ella sacudió su cabeza negándose.
–No iras al orgasmo hasta que yo tenga lo que quiero, Clary, – le prometió, llenándola despacio otra vez. –Conozco mil modos de hacerte gritar con facilidad. Cede ante mí ahora. –
Él tenía que obtener su sumisión.
–No. – Sus caderas siguieron sus dedos atrás cuando él se retiró.
La bestia gruñó de impaciencia, el hombre se movió rápidamente, retirando sus dedos, su cuerpo moviéndose para sentarse a horcajadas sobre sus muslos, su miembro buscando alojamiento en el pliegue de sus nalgas. Ella jadeó ante el movimiento, su cuerpo tenso en la expectativa.
– ¿Estás lista, Clary? – Canturreó, su voz apacible a pesar de la brusquedad del tono. – ¿Estás lista para recibirme allí? –
Él acarició su dura carne a lo largo del pliegue, mirando los globos apretados hasta que encontró el pequeño agujero rosado que buscaba. Ella se acercó contra él moviéndose entre sus muslos entonces, separándolos rápidamente, sus manos acomodando sus caderas a la posición apropiada.
Ella intentó alejarse de él entonces. Con un movimiento ágil, lleno de gracia, estuvo casi fuera de sus brazos, rodó sobre su trasero intentando voltearse en la cama. Jace se rió cuando victorioso la cogió, arrastrando su trasero al centro de la cama, mirando fijamente sus ojos dilatados cuando se acomodó entre sus muslos otra vez.
–Podemos hacerlo de esta manera también, – le aseguró.
Él agarró sus tobillos, luego la sostuvo por el hombro, colocando en ángulo sus brazos sobre la cabecera. Como una mano la sostuvo allí, la otra la dirigió a su miembro. Clary continuaba respirando agitada, mirándolo con los ojos abiertos llenos con una combinación de miedo y anticipación. Esperando más, él probó su diminuto agujero para ver si estaba preparada, entonces colocado la base de su miembro en la entrada.
–Ríndete a mí, – ordenó, su cuerpo tenso de dicha anticipada.
–Jace, – gritó cuando sus caderas alojaron la amplia cabeza sensible abertura.
–Ríndete. –
–Ríndete tu, – su grito era una súplica de piedad.
Él empujó contra ella, sintiendo sus apretados músculos, deteniéndose cuando su gemido se convirtió en un grito, un largo grito de placer/dolor. Jace apretó sus dientes, luchando contra el deseo aplastante de introducirse en su carne. La acarició despacio en cambio, mirando como se ensanchaba su entrada, sintiendo el apretón de sus nalgas sobre su carne, entonces él acarició el anillo apretado, resistente de músculos que era su última barrera.
* * * * *
Clary no podía gritar. Ella sólo podía mirar por un lado a Jace mientras luchaba por el aliento, sintiendo la hinchada longitud de su miembro cuando empaló su ano. El dolor se mezcló con el placer, corcoveando sus caderas, conduciéndolo más profundo, manteniendo el orgasmo controlado, el la estiró, acariciando puntas de nervios que ella nunca había sabido que tenía.
Sus puños estaban apretados en las mantas, su cabeza se sacudió mientras luchaba por alejarlo.
–Ríndete a mí, – susurró.
Ella no podía rendirse. No antes de que él lo hiciera. No antes de que él la tomara como sabía que él quería. No antes de perder el control.
–Ríndete, – suplicó ella cuando él comenzó a acariciarla despacio dentro de ella.
Ella no podía soportarlo. Las sensaciones eran aterradoras. La mezcla de placer y dolor la mataría. Jace subió sus piernas a sus hombros, separándolas, sus ojos fueron a su invasión. Su cara estaba retorcida de absoluto placer animal. Sus ojos brillantes.
Sus embestidas eran lentas y fáciles, acariciando su propio miembro y golpeando su escroto contra sus nalgas. Clary lo sentía apretado, escuchándolo gruñir. Ella se empujaba contra el de manera casi insana ahora con la necesidad de una embestida más profunda, más dura.
–Más, – ella finalmente gritó. –Por favor, Jace, más duro. –
–Ríndete ante mí. – Ella estaba más que impresionada cuando su mano, golpeó su trasero.
Sus ojos se ensancharon ante el ardiente placer.
– No, – negó otra vez.
Él empujó contra ella más duro, más profundo, su mano golpeando nuevamente su carne. Clary gritó, casi al borde del orgasmo con cada golpe poderoso en su ano, cada pequeña palmada a sus nalgas. Ella se arqueó contra él, luchando por más, más duro. Ella necesitaba desesperadamente culminar. Sus dedos fueron a su pubis, queriendo acariciarlo para liberarse, pero Jace se rió. Él se rió de ella mientras sostenía su mano, evitándolo.
Un gemido de frustración se rasgó de sus labios. Su cabeza sacudida como el dolor agradable era acariciada en su canal inferior, ella gritaba sobre cada golpe, casi la mendicidad.
–Ríndete a mí, – le ordenó otra vez.
Sus dedos le dieron un rozón a su húmeda cavidad y ella se restregó contra él. Rozó sobre la pequeña perla, bombeando con golpes ligeros, pero nunca lo bastante para llegar a un orgasmo. La caricia sólo la lanzó más profundo en el oscuro pozo de la excitación. Ella podría sentir los músculos de su coño apretados, llenos, latiendo por la culminación su cuerpo suplicando por ello. Sacudió su cabeza, incapaz de hablar ahora luchando por llegar a punto culminante.
–Lo harás. – Sus dedos se movieron conjuntamente con su erección y siguieron empalando su ano.
Él extendió los labios de su pubis, sus ojos entrecerrados mientras mantenía sus piernas levantadas sobre sus hombros. Entonces sumergió dos dedos diabólicos dentro de ella.
Tan cerca. Su cuerpo se apretó, el orgasmo solo a un aliento de distancia, y de todos modos él no le dejaría tenerlo. Él simplemente estiró su vagina, llenándola, sus dedos torciéndose dentro de ella, y luchado contra las demandas de su cuerpo al mismo tiempo que con las de ella. Dando su cuerpo ahora gritando ante la demanda.
–Mía, – le dijo otra vez, su ojos entrecerrados. Su expresión salvaje, sus dientes apretados exhalando un gruñido cuando introdujo una vez más sus dedos.
–Tuya, – gritó ella, desesperada ahora, su cuerpo asaltado por tantas sensaciones, que pensó que se volvería loca. – Soy tuya…oh Dios, Jace, déjame ir - –
Sus dedos bombearon dentro de ella en un difícil y rápido ritmo que hizo juego con su pene enterrado en su ano. Ella sintió la pequeña erección surgir, su lengüeta estirándose en su ano más abierto con un dolor ardiente que la puso aun mas cerca del borde cuando ella lo escuchó gruñendo su propia liberación. Un segundo más tarde, ella sintió la carga explosiva de su semen fluyendo dentro de ella, y ella explotó de tal modo y se consumió de tanto placer, que se preguntó si sobreviviría. Orgasmo tras orgasmo, sus gritos débiles y tensos llenaron su carne, sus dedos, su cuerpo estremeciéndose violentamente con la liberación salvaje esto fluyó sobre ella.
Y Jace no era en ningún caso inmune. La bestia se soltó. Levantó su cabeza y un rugido de victoria se escuchó conjuntamente con su última descarga de su semilla dentro de ella. Él quedó alojado profundamente dentro de ella, su pene hinchado, tieso, la lengüeta pulsante. Su cabello húmedo, la expresión de su rostro fija en su cuerpo arqueado, temblando ante las ráfagas de su liberación. Momentos más tarde, ella lo sintió salirse de ella, todavía duro y palpitante, sólo la lengüeta había perdido su erección. Su pene todavía estaba hinchado y pesado con su lujuria.
Ella estaba demasiado débil para abrir sus ojos para ver a donde iba, pero momentos más tarde escuchó el agua correr en el cuarto de baño. Cuando él volvió, él la giró sobre su estómago con cuidado. Ella no podía protestar contra todo lo que le quisiera hacer. Estaba débil y saciada. Pero lo que sintió fue un paño caliente entre sus muslos. Primero sobre los labios hinchados de su vagina, luego por la hendidura estrecha de su ano.
Él la limpió con cuidado, sus manos lentas y cuidadosas.
– ¿Estas bien? – Le preguntó finalmente, su voz suave, insegura.
–Mmmm…. – Ella no quería usar la energía que necesitaba para respirar, para contestarle.
Él se quedó quieto detrás de ella entonces. Su mano se sentía caliente sobre sus nalgas; su silencio en cambio, estuvo lleno de tensión.
–Lo siento.– Ella apenas pudo escuchar las disculpas.
Clary tomó aliento fuerte y profundamente. Malditos los hombres y sus fobias. Ella se volteó sobre su trasero para mirarlo soñolienta.
– ¿Por qué? – Masculló.
Jace frunció el ceño.
– Perdí el control - –
– ¿Y? – Bostezó. Demonios, ella estaba cansada ahora. –Yo lo quise también. Ahora acércate aquí y abrácame, ¡caray!. Se supone que una mujer necesita ser abrazada después del sexo, no intentando dilucidar la psique de algún hombre. –
Uh ah. Ella miró la expresión de ofensa masculina cruzando su cara. ¿Ahora, cómo infiernos había logrado lastimar su pequeño ego?
–Mi psique no es el problema, – le informó con una sobrecarga de orgullo.
Clary puso los ojos en blanco.
¿‘Entonces qué es? – Ella tiró débilmente de la colcha cuando el una frió comenzó a sustituir el calor de su cuerpo.
–Perdí el control, – dijo nuevamente.
–Y yo dije: ¿Y?–
–Te hice daño. –
Clary lo observó. Estaba totalmente en control, si acaso un poco caliente. Él se sentó al lado de ella, sus ojos color ámbar brillantes de pesar.
–No me hiciste daño, – Arguyó. –Me gustó todo lo que me hiciste. –
– ¡Caray!, Clary, te pegué, – dijo entredientes, acercando su mano a su cabello. – No golpeo las a mujeres. –
Clary sonrió. Ella recordó bien el placer de esto particular y ligero azote.
–Sí, lo sé, – suspiró con alegría. –Abrázame un momento y podrás hacerlo otra vez. –
El impacto sobre su cara habría sido cómico si tuviera la energía para reírse.
– ¿Tu quieres eso? – Él pareció confuso por ello.
Clary suspiró. – Jace, los quiero a todos. Te quiero salvaje y gruñendo, ronroneante y contento, hasta rugiendo en tu liberación. No quiero una pequeña parte de ti. Te amo. El paquete entero. –
Él sacudió su cabeza como si negara su reclamo.
–Pero tu eres mío, también, – le dijo firmemente. –Recuerda esto. O realmente te castrare. O haré que Sebastian lo haga. Y apuesto que él no usará anestesia. –
Él se estremeció. Bien. Entonces acercó su mano a su cara, su expresión llena de ternura. Demonios, mejor que no la hiciera llorar. Ella realmente no tenía la energía.
–Me humillas, – le dijo aproximándose a ella.
–Y si me hace llorar, voy a golpearte. – Ella besó su palma sin embargo, y suspiró plácidamente. –Ahora por favor mantenme tibia y cómoda entonces podré dormir. Estoy muerta. –
Jace se movió vacilante, tirando las mantas de debajo de ella y arropándola. Clary se acercó a él al instante, su calor adicional un bálsamo para su frío cuerpo.
Sus brazos se enredaron alrededor de ella, sosteniéndola cerca de su pecho, su barbilla descansando encima de su cabeza. Él estaba pensando, ella lo podía asegurar. No pensaba que fuera una cosa buena, considerando el sexo increíble de momentos antes, que el pensara con tanta fuerza.
–Lo hice deliberadamente, sabes, – dijo ella finalmente con exasperación cuando él se movió para apagar la lámpara.
–Sé que lo hiciste. – Él enredo sus brazos alrededor de ella nuevamente.
– ¿Entonces por qué tanto remordimiento? – Ella frunció el ceño.
–Yo podría haberte hecho daño, Clary,– musitó. –Sé como hacerlo. Estuve fuera de control contigo. Esto es peligroso. –
–Evidentemente no. – Dijo ella encogiéndose de hombros. – Jace, no soy tu enemigo, tampoco amenazo tu vida. Déjalo ir. Hiciste un trabajo fabuloso conmigo hace unos momentos y estaré por siempre agradecida. Incluso más tarde hasta podemos jugar otra vez. –
–Me volverás loco.– Su voz se escuchó resignada.
Clary estuvo quieta por unos momentos. Gracioso, su padre y sus hermanos usaban el mismo tono de voz y las mismas palabras a menudo. ¿Qué diablos hacia ella?
–Voy a dormir. – Ella lo dilucidaría más tarde. –Los hombres son demasiado confusos para entenderlos en este momento. –
Pensó que lo había escuchado reír en silencio, pero también podrían ser las vibraciones del ronroneo suave que escuchaba bajo su mejilla. Definitivamente era más calmante que los ronquidos.
CAPÍTULO VEINTICUATRO
Jace sostuvo a Clary durante mucho tiempo después de que ella cayó en un sueño profundo. Su cuerpo curveado cerca del suyo, suave y tentándolo. Sus manos acariciaron la curva de su trasero, sus ojos se cerraron dolidos. Debería de haberse alejado de ella en el momento en que ella entró en la ciudad. Debería haber hecho las maletas y desaparecido como pensó hacer. En cambio, él había caído en la tentación de sus ojos negros llenos de risa, y un tentador y curvilíneo cuerpo que endureció miembro en segundos. Y luego, él había lanzado su vida en el caos.
Gimió, sabiendo que la pasada semana había estado más tiempo sobre ella que con ella. Las demandas que su cuerpo hacía sobre ella, debían haberle resultado confusas, espantosas, pero ella nunca le reclamó. Ella todavía reía, ella todavía luchaba con él, lo había tentado. Le había dado su cuerpo de buen grado, incluso en los momentos cuando 'el frenesí' no estaba sobre ella. Su pasión lo quemó vivo entonces. Lo que había pasado menos de una hora antes lo tenía aterrorizado.
No podía encontrar una razón por la qué él de repente le había exigido su sumisión. El aroma de su lujuria lo había golpeado como las alas de un murciélago, por el ardiente calor, provocando algún instinto primario dentro de él. Esto había hecho imperativo que ella se sometiera y aceptara que ella era suya, y ella se había rehusado. Él tenía que oírla admitir que le pertenecía, y ella había vuelto a rehusarse. Solo por un momento. Y su rechazo había roto su control.
Gruño, recordando el regocijo, el placer de liberar a la bestia dentro de él. Esta palpitaba por su sangre, su miembro, su corazón y su alma. El clímax había sido tan intenso que pensó que su cabeza explotaría de igual forma que su pene. Y ella había gozado cada minuto de ello. No había ninguna confusión en la máscara de éxtasis que había cubierto su cara. Sus súplicas por más. Sus gritos desesperados, estrangulados de liberación. Maldito sea. Ella lo había atado. Tomando su voluntad para no alejarse de ella. Él estaba atado ahora, sin esperanza de fuga, y ninguna esperanza de seguridad. No podía correr bastante lejos, u ocultarse durante mucho tiempo ahora para impedir que Consejo terminara atrapandola eventualmente. Había sólo una opción, una posibilidad para salvar lo que él había encontrado con ella.
Se alejó de Clary con cuidado, arropando las mantas alrededor de ella, acariciando su cabello con pesar. Nunca sería tan fácil como ella quería que fuera. Él nunca podía darle paz, o verdadera seguridad.
Poniéndose un par de pantalones cortos, Jace abandonó el dormitorio y volvió abajo. El ordenador todavía corría, su programa de correo registrando sus mensajes en. Él vio que tenía la respuesta de Jesamine que había estado esperando. Ella estaba todavía con Sebastian y su familia. Un ejército en si mismos, le aseguró. Ella confiaba en ellos. Pero no confiaba en Dayan. Jace paso sus manos sobre su cara. La verdad finalmente aparecía y él la odió. Jesamine esperaba con Sebastian una llamada de él. Como Clary había dicho, los teléfonos celulares eran seguros y Sebastian sabría si estaban intervenidos.
Él había sacado el teléfono del bolso de Clary antes. Estaba sobre su escritorio ahora. Le echó un vistazo, con un suspiro fatigado. Lo levantó y marcó un número seguro, mirando el indicador en la parte posterior. Este se quedó verde, positivo para una línea segura.
– ¿Clary? – La línea fue contestada rápidamente por un hermano muy furioso.
–Ella duerme. – Jace quisó que esta primera conversación fuera solo entre ellos dos. – ¿Dónde está Jesamine? –
– Justo aquí, – contestó Sebastian. – Díganos donde encontrarle, Jace. Esta mierda se hace profunda ahora, tenemos que sacarlo de ahí rápidamente. –
–Déjeme hablar con Jesamine primero. Entonces hablaré con usted. – Jace sabría por su voz si el hombre era confiable.
Hubo una pausa, y el sonido de una voz baja femenina.
–Jace, – habló despacio. –Sebastian no miente. Tenemos graves problemas aquí. –
Jace inspiró ásperamente, tanto de alivio como de irritación. Al menos ella estaba a salvo.
– ¿Dónde está Dayan? – Preguntó Jace con frialdad.
Hubo silencio.
– ¿Jesamine? – Preguntó lentamente.
–Él ha desaparecido, Jace. Edward y William lo rastrean, pero él esta fuera de alcance. –
– ¿Qué pasó? – Algo había pasado, Jace lo sabía, o los demás no irían tras él.
–Atacó a Isabelle. –
Jace quedó en silencio, sintiendo que la rabia estaba en el, sobre él. Después de los horrores a los que Jesamine y Isabelle se habían enfrentado, él había desafiado a quien le quisiera hacer daño.
– ¿Cómo esta ella? – Preguntó con cuidado, luchando contra su furia.
–Bastante mal. Pero sobrevivirá, – suspiró Jesamine. –La tenemos en la casa segura con Doc ahora. Él cuidará de ella. Edward y William tendrán cuidado de Dayan. Tenemos que llevarlos a ti y a Clary a Nueva York. La información de Sebastian es tan segura como dice, Jace. Él tiene toda la evidencia en su lugar, todo lo que tenemos que hacer es conseguir asistir a las reuniones del Senado esta semana sobre la ingeniería genético en D.C§ –
Jace gruño. Él tendría que estar de pie frente a todo el mundo y demandar que él no era completamente humano, no exactamente un animal. La bilis ardió en su estómago. La única cosa peor sería que consiguieran atrapar a Clary.
– ¿Están ustedes en la posición que te di? – Preguntó, refiriéndose a las direcciones cifradas que le envió por el correo electrónico.
–Estoy aquí, así como los hermanos de Clary y su padre. Dinos que hacer, Jace. –
–Pon a Sebastian. –
– ¿Cómo quieres hacer esto, Wayland? – La voz de Sebastian se escuchó fuerte y decidida.
–Hay un campo de aviación aproximadamente a cuatro millas de usted. Uno pequeño. Muy privado y desierto. Tenga un avión privado allí al mediodía de mañana. Clary y yo nos encontraremos con usted donde usted esta ahora, e iremos al aeropuerto juntos. Cuando estemos allí, su piloto anulará el registro del vuelo y volaremos a una posición sin revelar fuera de D:C Si todavía puedo confiar en usted después de eso, entonces seguiremos adelante con sus proyectos. –
– ¿Bastardo desconfiado, verdad? –Dijo Sebastian.
– Sebastian, si el Consejo atrapa a su hermana, ellos la destruirán, con mucho dolor. No habrá nada más de ella, viva o muerta cuando ellos terminen. Me rehúso a arriesgarme sobre ello. Y no piense que el Consejo no lo esta vigilando, también. Ellos saben todo sobre Clary y ellos saben quien es, y si Dayan nos ha traicionado a nosotros, los proyectos de su familia también. No hay ninguna seguridad para nosotros, o para usted y su familia hasta que esto este terminado. –
–Conozco al Consejo, Jace, y tengo mis propios salvaguardas en el lugar. –Le aseguró Sebastian. –Mi hermana lo es todo para mí y el resto de la familia. Usted puede contar con esto. –
–Tanto como pueda. Recuerde, al mediodía mañana. – Jace desconectó el teléfono, luego arrojó el teléfono al escritorio.
Él inspiró ásperamente. Aterrorizado por tener que confiar en alguien Jesamine lo apoyaba. Él no confiaba en nadie, pero eran el y Clary ahora. Especialmente ahora cuando el peligro estaba mucho más cerca.
Caminó de un lado a otro despacio. El motel en el que Sebastian y Jesamine se quedaban era uno de lo mejores y él sabía que ella había tomado medidas de precaución al registrarse y disfrazarse ella misma. Ellos estaban conscientes de que el Consejo había estado vigilándolos, sus soldados intentando rastrearlos. No era ninguna garantía, pero aunque habían tomado bastantes medidas de precaución. No había ninguna respuesta infalible. Sus músculos estaban rígidos con la tensión por los hechos que le habían comunicado. Los caminos entre aquí y D.C no eran seguros. Habría agentes secretos del Consejo ocultos por todo el camino, si es que no los había ya.
Hijo de perra. Gruño de cólera. Él podría haber escapado solo, pero no con Clary-
– ¿Jace? – Ella estaba de pie en la entrada, vestida con su camisa otra vez, la preocupación grabada cruzaba su cara.
Él expiró lentamente, dando la vuelta, abriendo sus brazos para ella.
Ella fue a él tan naturalmente como la respiración. Sus brazos alrededor de su cintura, mientras el la sostenía cerca de su pecho desnudo.
– ¿Cómo te protejo, Clary? – Susurró cerca de su cabello. – Estoy aterrorizado de perderte. Aterrorizado de no poder llevarte a D.C. a salvo. –
– ¿Que harías si no fuera contigo? – Le preguntó, levantando su cabeza hasta encontrar su mirada. – Puedo cuidarme, Jace. No soy débil e intentaré duramente no estorbarte. Haz lo que harías si tuviera que hacer tu solo para llegar allí. –
– Hay números de seguridad, – él suspiró. – Tu familia conoce eso, es por eso que ellos están juntos esperando por ti. Solamente espero que el Consejo no esté dispuesto a arriesgar todo por detenerlos. Una masacre pública sólo daría crédito a la prueba que tiene tu hermano y no los serviría para ningún propósito. –
–Entonces tenemos que mantener esto público, – dijo con el ceño fruncido. – ¿Por qué intentar moverse a D.C.? Estoy segura de que Sebastian puede arreglar una declaración pública, y luego el Tío Brian puede arreglar una escolta a D.C. ¿Por qué estar cubiertos? –
–Porque…… - Se pregunto a si mismo.
Él apartó la vista de ella, inclinando su cabeza, cambiando de parecer. ¿Por qué no? Esto sólo le daría al Consejo la oportunidad de intentar atraparlos. Él se había ocultado por tanto tiempo, luchado encubierto por tanto tiempo, que él no conocía nada más. No conocía ningún otro modo de luchar.
Tomó el teléfono del escritorio y marcó el número de Sebastian. La luz del indicador destelló verde.
– ¿Jace? – La voz de Sebastian preguntó.
¿Tiene contactos con las estaciones de televisión de por aquí? – Preguntó Jace rápidamente.
–Varios son afiliados, le contestó cautelosamente.
–¿Tiene las prueba que reunió fácilmente accesibles? –
–La mayor parte de ellas. – Otra vez, la voz era cautelosa.
Rápidamente, Jace perfiló el plan que se había formado en su cabeza. Los bastardos no podrían tocarlos si la nación entera observara su viaje a D.C. Esto sería perfecto.
–Esto podría funcionar, – Dijo Sebastian, su voz bordeando de entusiasmo. –Tomará un rato arreglar esto. Le llamaré para finalizar detalles. Si usted esta disponible para contestar la llamada. –
–La contestaré, – gruñó Jace. –Arregle todo. Tenga a los reporteros preparados para encontrarnos. –
– ¿Jace, en cuanto a los demás? – La voz de Sebastian era gutural ahora. – Jesamine, Isabelle, y los dos hombres. –
–Hay otros tres hombres, – le recordó Jace.
–No por mucho tiempo mas si pienso que hará lo que creo que hará, – mordió Sebastian entredientes. – ¿Usted los expondrá también? –
Jace suspiró. –Esta será su decisión. Haga que Jesamine se ponga en contacto con los demás. Ellos pueden estar de pie conmigo, o haré todo lo que pueda para seguir ocultándolos. Cualquier cosa que ellos decidan. –
Hubo un tenso silencio a través de la línea.
– ¿Esta bien Clary? –preguntó Sebastian finalmente.
Jace echó un vistazo a Clary, observando su expresión preocupada.
–Ella esta bien. Pero quiero dejar esta línea antes de que sea localizada. Hemos hablado durante mucho tiempo esta tarde ya. Póngase en contacto conmigo cuando inicie este juego y le daremos nuestra posición. –
Jace desconectó el teléfono.
– ¿Realmente vas a hacer esto? – Susurró Clary esperanzada. – ¿Realmente irás y los harás pagar? –
Jace gruñó. Él no se hacía muchas ilusiones sobre esto. El Consejo nunca pagaría realmente.
–Voy a ir hacia adelante. Me someteré a sus preguntas y en última instancia a sus exámenes, por un tiempo, – prometió. –Pero el peligro nunca terminará, Clary, debes entender esto. Siempre tendremos que ser cuidadosos, siempre estar dentro de nuestro grupo. Nuestra fuerza es estar unidos. –
– ¿Y si los demás no van? – Preguntó Clary.
–Lo harán. – Los conocía a todos bien. Ellos estarían de pie al lado de él, costara lo que costara.
Sostuvo a Clary en sus brazos nuevamente, rezando por un milagro que realmente no esperaba.
* * * * *
Sebastian desconectó el teléfono, comprobando la señal luminosa con cuidado. Estaba todavía en verde. Él respiró largamente, agotado, luego buscó a los demás en el cuarto. Encontró a Jesamine inmediatamente. Estaba sentaba en una esquina alejada, holgazaneando en una de las cómodas sillas que la habitación contenía. Sus hermanos lo miraban con expectación, la cara de su padre, rayana en la preocupación y el dolor, aunque confiada.
–Estableceremos una rueda de prensa. Caleb, – se dirigió al segundo hermano en edad. – Abre tu línea y contacta con reporteros de D.C. y Nueva York. Queremos nombres importantes aquí. No quiero un asunto mal hecho. – Él dio vuelta hacia Jesamine, entonces lanzó el teléfono que llevaba hacia ella. Ella lo atrapó con gracia, su cuerpo ágil no fue tomado por sorpresa. Como si hubiera estado esperándolo a lo largo de toda la llamada. –Llama a tus hermanos y al Doctor Martin. Reúnelos a todos aquí. Jace quiere que la búsqueda de Dayan se detenga. También quiere que cada uno de ustedes decida si están dispuestos a revelarse, o si prefieren quedarse ocultos. –
– ¿Notificamos a nuestro contacto en el Consejo? –Preguntó Grey el hermano más joven, y el que se parecía mas a Clary.
– No, deja que se enteren por sus topos de los periódicos y las estaciones de televisión. – Sebastian se encogió de hombros. –Tenemos un bocado muy grande aquí. Mi unidad está lista para moverse y proporcionar seguridad y protección a Jace y a su familia. Ahora dejemos que las cosas se muevan. –
El grupo de doce hombres de ex - fuerzas especiales seguía a Sebastian en cada trabajo que el tomaba, personal o relacionado con el negocio. Actualmente estaban acomodados en cada cuarto alrededor que Sebastian y su familia habían tomado.
– ¿Cuantos problemas esperas? – Valentine Morgenstern, el Patriarca del clan de los Morgenstern preguntó severamente.
Sebastian respiró áspero.
–Espero al menos un atentado sobre ellos durante la rueda de prensa, – admitió. –Quiero a Clary cubierta y todos los ángulos accesibles a ellos cubiertos también. Haré que mis hombres tengan cuidado de esto. Esto podría ser fácil, pero nunca espero nada fácil. –
–El Consejo los querrá muertos si es posible. Si no, intentarán el control de daños en cambio. – Jesamine se levantó cuando ellos dieron la vuelta para afrontarla. – Ellos no esperarán la prueba que Sebastian tiene sobre ellos, entonces podemos estar todos más a salvo de lo que pensamos. –
Era por lo que Sebastian rezaba. Cuando la mierda los golpeara esto implicaría a más de un gobierno de varios países, así como a un puñado de millonarios. El control de daños no sería fácil de proveer para entonces.
–Bien, vamos a hacer que todo este listo, – dijo Valentine con tensión. –Quiero que esto se haga con cuidado y quiero a mi hija en casa. Pongámonos en movimiento. –
Y desde luego ellos lo hicieron. Nadie ignoró a Valentine Morgenstern, o lo desobedeció. Ellos se pusieron el movimiento. Todos, excepto Jesamine. Ella había hecho su llamada, su parte, y Sebastian la miraba mientras se movía agitadamente alrededor de la habitación. Así había estado todo el día. Casi nerviosa, poco dispuesta a quedarse en un lugar por mucho tiempo. No, que él esperara que la tensión fuera la misma que la suya. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso de excitación, y había sido así ya desde que ella había dado un paso desde las sombras la otra noche.
Él no podía olvidar su toque. El sabor de su piel de seda, aquellos condenaron gruñidos guturales que ella hacía mientras él palpitaba dentro de su cuerpo. Le gustó su sexo áspero, sus dientes mordiéndole, sus manos sosteniéndole, Ella no era ninguna virgen violeta o pusilánime que se encogiera, incluso cuando había sido virgen. Había sido una tentadora, una seductora, su cuerpo que se le amoldaba, instándolo a la violencia. Él quería joderla otra vez tanto que apenas podía soportarlo. Sienta que el caliente gatito se apretaba alrededor de el, sus cremosos líquidos que empapaban su pene y sus bolas. Maldito fuera ella. Él no había estado tan caliente desde sus días en los laboratorios.
Y esto era por lo qué ella lo odiaba ahora. Ella nunca había entendido por qué él estaba allí. Y ella no escuchaba cuando él intentó decirle por qué él no había vuelto por ella como él juró que lo haría. Con que fuerza podría rescatar a alguien cuando estaba enterrado a la mitad en un hoyo, fertilizándolo con su sangre. Los bastardos sabían que el estaba involucrado de algún modo y casi lo mataron por sus esfuerzos. Lo único que lo salvó fue el hecho de que, entonces, ellos no tenían ninguna idea de quien era. Y cuando él se curó, había sido olvidado. Sólo los científicos y soldados de los laboratorios habían visto su cara, y Sebastian procuró no estar en foco, ninguna aparición pública. Había estado trabajando en este caso durante diez años y él, juró que, vería a cada bastardo detrás de ese malvado proyecto destruido. Tal como ellos lo habían destruido.
Él miró a Jesamine otra vez, el dolor golpeando su pecho, la culpa que lo carcomía vivo. ¿Qué le habían hecho ellos? Jace la había rescatado no mucho después de la tentativa hecha sobre la vida de Sebastian. Él la había sacado de ahí, la había salvado, pero algo más la había marcado. Eso estaba allí en su expresión, el cambio cuidadoso en su expresión cuando él se acercaba, los secretos que se arremolinaron en las sombras de aquellos ojos verdes oscuros. Ella no confiaba más en él y realmente no podía culparla. Ella lo había esperado, había creído en él, y él había fallado. No importaba por qué.
– ¿ Jesamine, que dijo tu gente? – Se acercó a ella, intentando controlar su cólera cuando ella se distanció de él.
–Estarán aquí en un par de horas. Edward y William están con Isabelle. Dayan se escabulló de ellos. –
Él la vio apretar sus puños. Ella se había enfurecido cuando le dijeron que Edward apenas había llegado a tiempo de salvar a la muchacha de la violación brutal del hombre.
– ¿Estarán con Jace en su declaración? – Preguntó Sebastian, sabiendo que el grupo haría un impacto mucho mayor que un solo hombre.
–Nosotros siempre estamos de pie detrás de Jace. Así como él siempre nos protegió. – Dijo Jesamine mirándolo salvajemente.
Otro dardo para el. Antes de que ella terminara el estaría cortado en pequeños fragmentos a sus pies.
–Eso es todo lo que necesito saber. – Asintió en vez de tener un altercado con ella delante de los demás. Él se dio la vuelta hacia Caleb. – Tenemos un posible grupo, no solamente una persona. Conservemos ese trozo de información, para que cuando se utilice, sea imposible de resistir. –
Caleb asintió, e hizo otra llamada.
Los hombres Morgenstern se movieron alrededor de la habitación realizando sus asignaciones. Jesamine lo observó todo con un gruñido sobre sus labios.
–Tranquila, bebe, tendremos cuidado de todo, – le dijo suavemente.
Sus ojos se oscurecieron, su expresión se endureció furiosa.
–No soy tu bebé, – se mofó. –Detén tus palabras mentirosas, Sebastian. Te conozco y conozco lo que eres, así que puedes dejar intentar lamerme el culo. –
Sebastian sintió que su control comenzaba a erosionara. Ocho expresiones sorprendidas se giraron hacia ellos, observando la escena con cuidado. Sus ojos se estrecharon sobre ella, apretando sus puños ante el impulso de tirarla en la habitación de al lado y darle algo por que luchar.
–Bebe, cuando comience a chuparte no será una tentativa, – dijo entredientes con disgusto, poniendo distancia entre ellos. –Jódete, trataré contigo más tarde cuando tenga tiempo. –
–No, tu no tratarás conmigo después. – Ella caminó por delante de él, dirigiéndose a la puerta.
– ¿Dónde infiernos piensas que vas? – Él agarró su brazo cuando ella se dirigía a la salida, girándola para afrontarlo.
La furia perfiló su cuerpo cuando ella miró hacia abajo, a la mano que agarraba su brazo, luego alejándose de él como si el toque la pusiera enferma.
–Aleja tus manos de mí. – Su voz vibró con cólera, pero maldita sea, si él no viera la necesidad llamear en sus ojos también.
Él la jaló a través del cuarto, empujándola bruscamente de regreso a la silla. Cuando ella trató de levantarse, él cerró de golpe sus manos sobre los brazos del asiento, conteniéndola.
–No iras a ninguna parte, – Exclamó con furia, observando su rostro enrojecido. –Puedes dejar tu trasero aquí o puede correr y ocultarte en el dormitorio, pero no dejarás esta habitación. ¿Me entiendes? –
– Sebastian. – La voz aguda de su padre protestó detrás de él. Por primera vez en su vida, Sebastian no hizo caso a su padre.
– ¿Me escuchas, Jesamine? – Dijo otra vez, sin dejar de mirarla fijamente.
Sus labios se estiraron en un pequeño puchero que casi lo tienta para poseerlos con una fuerza de un deseo que casi lo desgarró.
–Esta bien, – ella literalmente le gruñó, sus ojos lanzaron chispas de furia mientras retrocedía todo lo posible de él. –Pero tu hermana tiene razón, eres un asno. –
Los ojos de Sebastian se ensancharon con sorpresa, entonces él frunció el ceño con irritación.
– ¿Ella le dice a todos que soy un asno? – Él escuchó su voz incrédula, luego giró para observar a su familia buscando una respuesta.
Ellos le miraban fijamente con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
–Tal vez le gusta advertir al mundo de su potencial, – se mofó Jesamine. –No es que este muy equivocada. –
Él se dio la vuelta hacia ella otra vez.
– Sebastian. – La orden en la voz de su padre era imposible de negar. –Deja a la chica sola, ella dijo que no iría a ninguna parte. Sal de aquí y asegúrate de que esta todo listo y entonces tal vez todos podamos descansar un poco antes del amanecer. Que está sólo a unas cuantas horas más. –
Valentine miró a su hijo, con el ceño fruncido mientras observaba a su hijo mayor algo turbado.
– Jesamine, si dejas esta habitación juro que te perseguiré, – le dijo con ferocidad, mirando fijamente sus ojos, que se abrieron mucho ante dicha afirmación. – Y te prometo, que no disfrutaras mucho cuando te encuentre. –
Ella gruñó silenciosamente, revelando sus colmillos más largos que los normales saliendo de su boca.
–Se una buena chica, bebé. – Sonrió burlonamente. Luego giró y abandonó el cuarto antes de que ella tuviera la posibilidad de tomar represalias, pero su maldición furiosa lo persiguió en el pasillo.
Él inspiró profundamente entonces, pasando sus manos sobre su corto cabello negro y entro pisando muy fuerte en la próxima habitación. ¡Caray!. Él no tenía ningún deseo de luchar con Jesamine. Él no la quería furiosa. La quería caliente, ardiente y mendigando sexo. Y eventualmente, la tendría.
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