Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPÍTULO VEINTICINCO
Jace estaba
tendido al lado de Clary oliendo su
necesidad, su calor. La esencia había cambiado, y él sintió su pecho apretarse
con ese conocimiento. Se quedó inmóvil, sin tocarla, mirando fijamente el
techo, sumido en la oscuridad. ‘El frenesí de acoplamiento’ completaba su
ciclo, Clary estaba ovulando.
Ella se movió en
la cama, todavía durmiendo, a pesar de la excitación que comenzaba a invadir su
cuerpo. Despertaría pronto, y cuando lo hiciera, necesitaría su pasión, su semilla. La
desesperada lujuria se aliviaría entonces, según el Doctor Martin y se haría
más normal, pero ella llevaría a su hijo. Esto estaba en el correo electrónico
que Jace no le había mostrado. Las conclusiones de las pruebas, que el
científico había estado haciendo habían llegado ya tarde la noche anterior. La
incertidumbre sobre la hormona del embarazo que aliviaba el frenesí del
acoplamiento estaba comprobada. A pesar de las indicaciones anteriores de que
esto no sucedería las pruebas finalmente habían mostrado que el frenesí era el modo de la naturaleza
de asegurar la continuidad de la descendencia dentro de la Casta.
Sus puños se
apretaron cuando la realidad se impuso. La esperanza y la rabia se combinaban
en su cuerpo. Como cualquier hombre, soñaba con
tener un hijo con la mujer que le había robado el corazón. Un niño lleno de risas, de felicidad. ¿Pero podría un hijo
suyo, tener alguna vez una vida despreocupada? ¿Un hijo cuyo ADN infantil hubiera
sido infectado por su propio padre, un hijo que ellos llamarían un monstruo de
la ciencia?
Clary rodó
contra él, su mano de seda encontró su abdomen. Él gruñó ante la creciente
excitación en su propio cuerpo, el placer que él encontraba en su toque. Podía
sentir su lengua que palpitaba otra vez, las glándulas a lo largo de su
hinchada lengua. Un afrodisíaco, para
asegurar 'el frenesí'. La naturaleza estaba jugando su última carta sobre
ellos. De algún modo, había
encontrado algo digno en la ciencia que
el Consejo había creado con la mezcla de razas
y había determinado esta
situación para que se mantuvieran unidos en parejas.
Ignorando la
humedad quemante en sus ojos, su mano frotó su brazo delgado, adorando su
tacto, su suavidad. El calor de ella. Había recibido su aceptación, pero sabía que estaría aterrorizada cuando le
revelara la verdad. Una verdad por la que el rezaba que fuera un error. Pero su
sentido del olfato no mentía. No sabía como es que estaba seguro de que era ese
el aroma, pero era la verdad. Era el aroma del renacimiento, como la luz y
elusivo como la primavera.
Clary gimió bajo
y profundo, su mano se movió más abajo, peligrosamente cerca de la erección que
palpitaba entre sus muslos. Él estaba más duro de lo que recordaba. Palpitando,
desesperado por hundirse dentro de ella, por enterrar su miembro profundamente
dentro de ella tan pronto como fuera posible antes de derramar su semilla.
– Clary, –
susurró su nombre, acercándola hacia el, su mano acariciando su mejilla,
mientras la despertaba.
Sus ojos
parpadearon y se abrieron, una sonrisa sensual se formó en sus labios
cuando se acercó a él.
–Espera, –
susurró, alejándola un poco. –Debemos hablar. –
–Más tarde. –
Frotó sus pechos contra su pecho, sus duros pezones quemando su carne.
–No, querida, – negó. –Hablaremos primero. Tienes que
escucharme. –
Él vio que
frunció el ceño entre las sombras del crepúsculo.
–Bien, hablemos.
Pero date prisa. – Su pierna lo acarició cuando se movió contra él, su
respiración se volvió profunda, agitada.
–Clary, si te
hago el amor, concebirás esta noche. – Él fijó la vista en ella atentamente,
observando como sus ojos se abrían desmesuradamente.
– ¿Qué? – Le
preguntó nerviosamente. – No puedes
estar seguro de esto. –
Ella sacudió la
cabeza, pero él olió su excitación más fuerte. El olor picante era un
afrodisíaco en si mismo. Como si el pensamiento de procrear no fuera tan detestable como debiera ser.
–Estoy seguro, Clary.–
Permitió a su mano dejar de lado su mejilla,
y acercó su pulgar a sus labios. –La necesidad que sientes sólo se
pondrá peor, más dolorosa sin mi esperma
dentro de ti. Pero debes saber que pasará cuando esto suceda. No puedo
detenerlo, Clary. No puedo protegerte de esto. –
Él quiso aullar
de rabia, de dolor por lo que la estaba haciendo pasar.
–Tú no eres
culpable, Jace. – Su sonrisa tembló, sus ojos brillaron con sus lágrimas. –Esto
no es tu falta. –
Su carencia de
cólera hacia él, destruyó su alma. ¿Cómo podía ella aceptar, querer a un hombre
que casi le destruía la vida?
–Te amo, Clary.
Quiero que sepas esto, – susurró. –Eres
mi alma y mi vida. Yo no podía
sobrevivir sin ti ahora. –
–Sé eso. – Una
lágrima cayó de sus ojos. –Lo se Jace,
porque es lo mismo para mí. –
Él puso su
frente contra la suya, respirando agitadamente, apartando la vista de ella
mientras luchaba por enfrentarse a lo que vendría esta noche. Un niño. Él nunca
había pensado la alegría que sentiría,
el miedo.
–Te protegeré a
ti y a nuestro bebé como mejor pueda, –
le dijo ásperamente. –Con mi vida, Clary. –
Su mano temblaba
cuando ahuecó y acarició sus mejillas. Él podría sentir su miedo ahora, su
incertidumbre. De repente las complicaciones crecían con cada segundo. Esto era
más que solo sus vidas en peligro, era la vida de un inocente.
–Esto esta
realmente mal esta vez. – Aspiró con fuerza cuando su cuerpo se estremeció de
calor. –Me asusta, Jace. –
Él la acomodó
sobre si, acercándose a ella, deseando que hubiera algún modo de hacer suyos sus miedos.
–Lo haremos
bien, amor, – le juró, aunque no tenía idea de como. –De algún modo, de
alguna manera, mantendremos a nuestro hijo seguro. –
Él bajó su
cabeza, sus labios susurrando sobre los suyos, mientras luchaba por la
necesidad de sumergir su lengua profundamente en su boca. Por poseerla de cada
modo, hacerle tomar la hormona que conduciría su necesidad más alto, que haría
su cuerpo arder, hacer que su cuerpo se relajara para que la hormona corriera
rápidamente por todo su cuerpo y la condujera a la fertilidad. El Doctor Martin
había estado seguro de que esta era la razón de existir de la hormona. Todas
las pruebas que les había hecho a ambos, habían producido un solo resultado. La
concepción.
Quería que esta
noche fuera recordada, no solamente por el miedo de la concepción, sino por la
belleza y el placer de su amor, Jace comenzó a juguetear con sus labios. Él no
quiso tentarla con largos juegos previos. No la quería desesperada. Quería
darle placer, hacer el amor con ella. La besaba con cuidado con sus labios, bebiendo a sorbos de los suyos;
reflejándose en las profundidades de sus ojos mientras sus manos acariciaban
sus hinchados pechos, sus duros pezones. Entonces su lengua rozó sus labios, se
resbaló dentro de su boca y permitió que los efectos de la ciencia y la
naturaleza comenzaran.
Ella aceptó la
invasión, sus ojos se cerraron con un gemido cuando el gusto de la especia
llenó ambas bocas. Esto comenzaría ahora. Y él temía donde terminaría. Pero no
dejó de besarla. No podría. Quiso que el contacto durara por siempre en su
mente. Que cuando recordara como le había dado a su hijo, recordara que la amó,
la adoró.
Al cabo de unos
minutos su respiración aumentó, la transpiración cubrió sus cuerpos, la lujuria
onduló a través de ellos. Jace gimió cuando su mano bajó, probando la rica
crema que la preparaba para él. Estaba suave y ardiente, lista para él. Se
movió entre la extensión de sus muslos, rozándose a si mismo contra ella,
colocando su erección en su entrada para el primer y duro empuje. Él sabía lo
que le gustaba, y estaba seguro de que cada acometida sería hecha para ganar su
último placer.
–Te amo, Clary,–
gimió contra sus labios mientras empujaba
profundamente y con fuerza dentro de ella.
* * * * *
Clary sintió el
choque de su entrada, el estiramiento repentino de su vagina, el placer/dolor
que eliminó todos los otros pensamientos de su cabeza. El calor inundó su
cuerpo, estremeciendo su matriz. Sus músculos se apretaron sobre su miembro
cuando él susurró sus palabras de amor contra sus labios.
Ella culminó en
la segunda embestida, pero de todos modos el calor aumentó. Ella se movió
contra él, sus caderas empujando su coño más duro contra la erección que la
invadía, que bombeaba con fuerza y rápidamente dentro de ella. Jace gemía, su
cabeza bajó hacia sus pechos, lamiendo
ásperamente sus pezones amamantando a uno y a otro. Su pene mantenía
un ritmo constante, duro mientras empujaba adentro y afuera de ella. Cada golpe
la abría, la llenaba. Su cabeza se sacudía, su cuerpo se estremecía.
Entonces él se
movió aún más rápido, más duro. Su boca fue a su cuello, a la pequeña herida
que nunca parecía curarse, sus dientes cerrándose sobre ella, su lengua
acariciándola hasta que ella comenzó a sentir la fase final de su posesión. El
endurecimiento de la lengüeta que lo bloquearía dentro de ella, segundos antes de su liberación. La carne
firme, tiesa que no permitiría ninguna retirada y aseguraría la concepción que
la naturaleza exigía.
Ella gritó
cuando la firme púa comenzó a ponerse rígida, acariciando su carne eróticamente
cuando comenzó a palpitar dentro de ella despiadadamente. Ella podía sentir el
aumento de calor en su estómago, contrayendo sus músculos. Su vagina succionó
su pene, chupándolo, exigiendo su liberación mientras como ella empezó a sentir
un orgasmo más fuerte que aumentaba dentro de su propio cuerpo. Sus uñas
arañaron su trasero, mientras los profundos embates la tenían pidiendo la
terminación a gritos. Él gruñía bajo, sus gritos hacían eco en la habitación,
la lengüeta se alargó entonces, y en el último y duro embate se enterró en su
sensible carne y la envió a una explosión con tanta fuerza y tan profundamente que gritó su nombre cuando sintió su semilla estallar dentro de ella.
Sus brazos
temblaron bajo sus hombros mientras él jadeaba por respirar. Clary se quedó
rígida, intentando recuperar el aliento y frunciendo el ceño. Gotas de humedad
gotearon sobre sus hombros. No muchas, unas pocas gotas frágiles. Ella sintió sus propias lágrimas
acumulándose en sus ojos, sus brazos apretados sobre él, y ella deseó conocer,
saber algún modo de aliviar el dolor dentro de este hombre.
–Me haces sentir
humilde, – susurró, su cara oculta en su
cuello, su voz ronca. –Me asombras, Clary. –
– ¿Y cómo hago
eso? – Le preguntó con cuidado, su enlazando sus dedos por los hilos rojizos de
su cabello.
Él sacudió su
cabeza. –Tu amor. Tu aceptación. –
Su voz se
reforzó, su emoción abandonándolo
despacio. Él sacudió su cabeza, tomó un profundo aliento y se separó de ella.
Ella lo sintió retirar su miembro de su cuerpo y suspiró de pesar. Lo
mantendría allí para siempre si pudiera.
Se alejó de
ella, sentándose en un lado de la cama, mirando fijamente la débil luz del amanecer que se filtraba
despacio en la habitación. Ella lo miró, viendo la fortaleza de su cuerpo, la
manera en que enderezó sus hombros, listo para afrontarse una nueva batalla que
llegaría tan cierta como la luz del día se perfilaba en el cielo.
–Esto no será
fácil. – Él miró fijamente hacia la ventana y a las gruesas cortinas que la
cubrían. –No puedo hacer ninguna promesa, solo que siempre te amaré. No te
abandonaré. Haré lo que pueda para protegerte. –
–No podría pedir
mas de ti, Jace, – le dijo con voz
suave. –No espero más de ti. –
–Deberías. –
Dijo respirando con fuerza, pasando sus
manos por el cabello. –Deberías haber huido de mí gritando cuando comprendiste
que me deseabas, Clary.–
Ella se sonrió
suavemente, recordando el día en el que ella lo había visto masturbándose en el
patio trasero de la cabaña.
–No pienso que
eso fuera posible, – dijo con una sonrisa. –Estaba demasiado ocupada llena de
admiración ante tu magnífico cuerpo. –
Él le dirigió
una mirada rápida, avergonzada, luego la miró con el ceño fruncido severamente.
–Estoy hablando
en serio, – la regañó.
–Yo también, Jace.
– Sonrió. –No soy débil, tampoco soy tímida pero no puedo afrontar cualquier
cosa que me depara la vida. Estamos juntos por una razón. Nos enfrentaremos a
cualquier cosa que nos depare el destino como
mejor podamos. –
Ella se levantó,
doblando sus piernas bajo ella y apoyándose
contra su hombro, mirándolo, mientras el miraba fijamente atrás hacia
ella. Ella dejó sus labios acariciar sus
musculosos hombros, sus manos acariciando su trasero.
Jace suspiró.
–Nunca te esperé. – Él sacudió su cabeza estremeciéndose. – Eres una mujer
peligrosa, Clary Morgenstern –
– Naaaa,
solamente una mujer decidida. – Ella sonrió abiertamente contra su hombro.
–Conozco una cosa buena cuando la veo. –
Él enrojeció.
Dirigiéndole una mirada de turbación mezclada con exasperación, sacudió su
cabeza se giró y la tomó en sus brazos. La sostuvo apretada contra su cuerpo, agradándole
su calor, el modo en el que ella se relajó contra él, tan confiadamente.
–Deberíamos
tomar una ducha y comenzar a prepararnos para lo que nos espera, – le dijo suavemente, pensando en la rueda de
prensa por venir, en los días por delante que estarían llenos de interminables
pruebas, preguntas y peligros. Rezó porque el hermano de Clary supiera lo que
hacía, porque si algo le pasaba a ella, entonces Jace sabía que su rabia no
sería satisfecha por nada menos que la sangre.
–Nunca
devolviste el favor que me prometiste,– le recordó el, sus cejas arqueadas
sugestivamente. –Cuando nos bañamos juntos la otra vez, tu tendrías que hacerlo
por mí. –
Clary enrojeció
entonces. Ella sintió el calor cubriendo sus mejillas, pero también una llama
de deseo entre sus muslos. Esto hormigueo de lujuria le recordó también la
posible concepción que podría haber
sucedido esta noche. Ella no podía decir que estaba cómoda con la idea de que
eso hubiera pasado tan pronto. Ella habría preferido esperar, saber que ellos
estaban a salvo antes de traer a una criatura a sus vidas, cuando menos los
primeros años que compartirían.
–Veré lo que
puedo hacerle por ti, dulzura, – contestó arrastrando las palabras, imitando la
voz lenta y cansina del sur que se había acostumbrado a escuchar.
–Bien, tú solo
haz bien las cosas, – se burló de ella
en el mismo tono y Clary tuvo que admitir que sonó mucho más auténtico que ella.
Se quedaron en
silencio entonces. Abrazados el uno con el otro, mirando la luz que despacio se
filtraba en la habitación que anunciaba el día por llegar.
–No quiero que
se termine esta noche, – finalmente susurró con pesar Clary. –Solamente deseo
que pudiéramos quedarnos así para siempre. –
Jace suspiró
despacio, sus manos alejándose de sus hombros, hacia su espalda. Le besó la
frente, una caricia suave de pesar y
deseo.
–Vamos nos
bañaremos y prepararemos el desayuno. Entonces tengo que ponerme en contacto
con los demás. Esto se terminará pronto, Clary. Entonces quizás podemos construir
una vida para nosotros. –
Clary tragó
fuerte, combatiendo sus miedos y sus pesares. No había tenido bastante tiempo
con él. El tiempo que ella necesitaba para almacenar sus recuerdos en caso de
que lo peor pudiera pasar. No era tonta; conocía el peligro que estaba delante
de ellos. Sabía de los peligros que afrontaba Jace desde el principio.
Él se levantó de
la cama, llevándola con él y besando la coronilla de su cabeza nuevamente.
–Ve tu primero y
dúchate, usaré el otro baño o no seré capaz de mantener mis manos lejos de tí.
– La empujó hacia el cuarto de baño. –Ve. Tendré listo el desayuno cuando bajes. –
– ¿Qué, huyes de
mi? – Le preguntó maliciosamente.
Él le dirigió
una mirada que claramente decía que dudaba que eso fuera posible. Clary entornó
los ojos. Ella le mostraría. Se encogió de hombros en lugar de decir algo y se
dirigió al cuarto de baño, seguida de su indulgente sonrisita masculina.
CAPÍTULO
VEINTISEIS
Ella le golpeó. Clary rió disimuladamente y
correteó hacia el cuarto de baño adjunto, oyendo a Jace entrar a la otra ducha.
Se retrasó para entrar al baño, lo que significaba que el había hecho algo
antes de que comenzara. Frunció el ceño.
Él iba a tener que aprender a ser un poco más comunicativo con ella de lo que
había sido hasta este momento.
Vestida con pantaloncillos de deporte y una
de sus grandes camisas, se dirigió a la cocina. Al menos podría hacer el
desayuno. Estaba hambrienta, y la mañana comenzaba a brillar intensamente fuera
de las pesadas cortinas que cubrían todas las ventanas.
Un segundo de pánico la invadió al pensar en
el día que tenía por delante. Esto no sería fácil, Jace frente a todo el mundo para anunciar
quien y lo que era. Sabía como atesoraba la soledad de su vida, la paz que
había encontrado, cuando no lo estaban persiguiendo. Él nunca tendría esa paz
nuevamente.
Prendió la luz cuando entró en la cocina
para disipar las profundas sombras que la cubrían, luego se detuvo
abruptamente. Su corazón brincó de miedo ante el hombre que estaba frente a
ella. Pero más terrorífica que el arma que apuntaba a su estómago era la
ardiente rabia que parpadeaba en oscuras llamas en sus ojos negros.
–Yo sabía que él te traería aquí, – sonrió
con satisfacción Dayan, su hermosa cara torcida con furia horrorosa mientras se
acercaba a ella. –Él piensa que nadie conoce
este lugar, pero yo si. Sé que él viene aquí para ocultarse, y yo sabía
que él te traería aquí. –
Clary lo miró acercarse, poniendo distancia
entre ellos, retrocediendo hasta que entraron en la sala de estar adjunta,
rezando para poder ponerlo en una posición donde Jace pudiera brincar sobre el
cuando bajara las escaleras.
– ¿Quieres morir, cabrona? – Se mofó.
Ella sacudió su cabeza desesperadamente,
mirando el arma nerviosamente.
– ¿Te estas reproduciendo? Las heridas
intestinales duelen mucho puta y podrían matar a la abominación que
probablemente estés engendrando ahora. –
Clary cubrió su estómago con sus manos, una
reacción instintiva que no fue capaz de detener cuando sus ojos siguieron la
acción a sabiendas.
–Por favor -– susurró. –No hagas esto,
Dayan. Jace te matará por esto. –
Dayan se burló. Querida, Jace va a morir también. No le
dejaré destruir todo por lo que he trabajado desde que escapamos de los
laboratorios. –
Clary tragó fuertemente. Podía sentir el
miedo que corría por sus venas al tiempo que su corazón latía rápidamente. Su
pecho se apretó mientras luchaba por respirar por sobreponerse a su pánico,
encontrar un modo de pensar claramente y ayudar a Jace. Dios, esto lo mataría.
Dayan era su familia.
–Jace arriesgó su vida para salvarte, para
mantenerte a ti y a los demás ocultos, – Jadeó Clary. –¿Cómo puedes
traicionarlo de esta manera? –
Clary no podía entender la profundidad del
mal que existía dentro de Dayan para hacer esto.
–Porque él nos traicionó. – La voz de Dayan
se elevó con furia, sin ser consciente de ello. Clary rezó porque Jace lo
oyera. –Él se va hacer público, y los demás lo seguirán como los niños
estúpidos que todavía son. Como él es el
Rey. Como él es el que dice la última palabra. No sabe lo que hace. Ya se lo había dicho a aquella hembra
estúpida Celine y no escuchó. Por eso
tenía que morir. Casi lo convence el año pasado. No le dejaré hacerlo. No le
dejaré destruir todo por lo que he trabajado. –
– ¿Qué
sugieres que haga entonces, Dayan? El Consejo no se detendrá. – Ella se
movió alrededor de la habitación, acomodándose con cuidado atrás de la dudosa
protección de una silla. Si tan sólo pudiera proteger su estómago, proteger al
niño que podía o no ser parte de ella ahora.
–Debieron haberlo atrapado, – rabió Dayan.
–Yo podría haber conducido al grupo. Era mi derecho. Sufrí más que ellos. Yo
debería haberlos dirigido y él debería haberse dejado capturar. –
Las furiosas palabras hicieron enfermar a Clary.
Recordó los informes que había leído de los laboratorios. Las bárbaras pruebas,
el entrenamiento para condicionar a Jace para matar, para ser no más que un
arma disponible. Las mujeres que les fueron llevadas para reproducirse, que
luego fueron muertas, cuando él las rechazó. El horrendo dolor que sufrió por sus castigos cuando rehusaba
cumplir sus órdenes. Sólo una mente torcida, malvada podría considerar que él
debiera haber vuelto. Sólo un monstruo podría haber matado a la mujer que lo
ayudó a tratar de que estuviera seguro, como Dayan había matado a María.
–Tu no eres lo bastante fuerte para
conducirlos, evidentemente, – dijo Clary entredientes. –Sólo un animal podría
sugerir tal cosa. ¿Cómo se atrevieron a crearlos Dayan? ¿Cómo lograron
finalmente tener éxito con las criaturas en que se convirtieron después? Quizás
Jace debería haberte dejado atrás a ti Dayan. –
El dolor y la furia vibraron por su cuerpo. Jace
casi había arriesgado incontables veces
su vida para proteger a este bastardo, solo para que el mal nacido lo
traicionara y lo engañara al dar la vuelta.
–Ah, ellos tuvieron éxito más allá de sus
sueños mas salvajes, – rió Dayan. –Sólo que no tienen ni idea de cuanto éxito
tuvieron realmente. Soy el niño de sus sueños, Clary, y una vez que el grupo
este bajo mi control, Jesamine y Isabelle
criaran a mis cachorros, entonces les avisaré. Estarán de acuerdo con
cada demanda a cambio de los servicios que puedo proveer. –
Clary le miró fijamente incrédula.
– ¿Dayan, qué te hace pensar que puedes
hacer esto? La cría no es voluntaria; tu sabes lo que nos pasó a Jace y mí.
Esto es hormonal. Si Isabelle o Jesamine fueran tus compañeras, lo sabrías ahora. –
–No. – Negó con la cabeza, una risa maníaca
cruzando su cara. – Ve, conozco algo que tú no sabes. Las mujeres de la camada
no entran en celo como tú lo hiciste, Clary.
Ellas no necesitan un compañero como tu con Jace. Cuando están ovulando cualquier bastardo puede
procrear con ellas. Jesamine y tu
hermano demostraron eso. –
Clary parpadeó. – ¿Qué diablos tiene mi
hermano que ver con esto? ¿Que hermano?
¡Caray!, tengo siete hermanos y cada uno de ellos desollará tu trasero y te
clavará sobre la pared como un trofeo si no detienes esta mierda.
Esto
es si Jace deja algo de ti. –
Él sonrío burlón, con la mirada fija en
ella, sin dejar de apuntarla.
–Tu hermano Sebastian era un soldado en los
laboratorios, Clary. Él fue escogido para violar a Jesamine, cuando ella entró
en celo por primera vez, y él hizo un trabajo admirable. Incluso plantó una
cría dentro de ella, desde luego, tuve que librarla de esa abominación. No
puedo tolerar la descendencia de otro hombre dentro de mi Clan. –
Clary se tambaleó ante sus palabras. Sintió
que sus rodillas se debilitaban.
–Estas mintiendo, – jadeó. –Sebastian no haría eso. Él nunca
dañaría a una mujer inocente. –
Dayan sacudió su cabeza simulando compasión.
–Pero él lo hizo Clary. ¿Alguna vez te
preguntaste cómo sabía Sebastian, sobre un experimento supuestamente secreto
antes de que tu padre recibiera la caja de evidencia de María? ¿Cómo lo sabía
cuando cada persona que se involucró con aquel laboratorio estaba muerta? Él
sobrevivió a mi ataque de algún modo. Sobrevivió a mi rabia. Pero él pagará por
ello pronto, para siempre–
–No te creo. – Creía que Sebastian podría
haber estado allí, pero no por los motivos que decía Dayan, y estaba tan segura
como que existía el infierno que no habría violado a alguien. Conocía a su
hermano demasiado bien para esto.
Él le miró con el ceño fruncido y la
expresión oscura. –No tengo ninguna razón para mentir. –
–Tienes toda la razón para estar mintiendo,
– le dijo con ira. –Eres un traidor para tu propia gente, Dayan, no hay honor en ti.
No podría confiar en ti ni para dar el pronóstico del tiempo. –
–Tienes una boca muy lista, perra, – gruñó. –Si no estuviera determinado a
matarte, te mataría solo por eso. –
–Y tú eres un macho de mierda con patéticas
ilusiones de grandeza. – Ella vislumbró por la esquina de los ojos, la sombra
de Jace avanzando lentamente por un lado. –Los demás te atraparán fácilmente.
No serás capaz de ocultar el olor de la sangre de Jace sobre tus manos. Sus
sentidos te revelaran como el asesino, Dayan. Ellos lo sabrán. –
Ella vio que una tenue luz de incertidumbre
entraba en sus ojos.
–No lo sabrán, – gruño, pero su protesta no
era tan fuerte como debería haber sido.
–Pueden oler la sangre. Ellos conocen el
olor de los suyos, su ADN lo asegura. ¿Piensas que puedes quitar el olor de su muerte de tu
cuerpo? ¿Realmente piensas que ellos no lo sabrán? –
–Sólo Jesamine y Isabelle irán conmigo. –
Contestó encogiéndose de hombros. –Mataré Edward y a William yo mismo. –
Clary se rió de él, sacudiendo su cabeza
mientras Jace se acercaba. Ella tenía que mantener su atención sobre ella.
–Tu no
pondrás acercarte a ellos ni a un metro de distancia, – le dijo
burlonamente. –Son más listos que tu -–
–Jace no lo fue, – negó. –Atrape a su mujer.
–
– ¿La atrapaste? – Preguntó, echándose hacia
atrás, echándose al suelo cuando el rugido de Jace resonó a través del cuarto.
Clary gateó alrededor de la silla cuando
escuchó el grito que estalló en la
garganta de Dayan. El arma voló cuando Jace lo enfrentó. Clary gimió cuando
esta voló en dirección a la silla. Respirando
agitadamente, observó a los hombres luchando cautelosamente, y comenzó a gatear
lentamente hacia la esquina de la habitación.
Gruñidos salvajes llenaron el cuarto,
chocando muebles, volando puños. Dayan
parecía un animal salvaje, pero Jace más aún. Con patadas y a puñetazos
machacando la carne, los dos hombres lucharon alrededor de la habitación compitiendo por la supremacía.
Cuando Clary alcanzó el arma, escuchó un grito de dolor resonando en las
paredes, que la hizo estremecer mientras seguía sentada sobre su trasero.
Jace había logrado someter a Dayan, posicionándolo
delante de él, sus brazos se cerraron alrededor de su cuello. Mientras los ojos
de Clary se abrían desmesuradamente de horror, Jace dio un salvaje tirón final.
El sonido del cuello del otro hombre al romperse, elevó la bilis de su
estómago. Los ojos de Dayan se abrieron con
sorpresa y derrota, el horror reflejado sobre su expresión de muerte
mientras Jace le dejaba caer lentamente
al piso.
Clary levantó sus ojos asustados hacia su
amante. Él la miró fijamente, con expresión fría, brutal. Nunca parpadeó, no
ofreció ninguna disculpa, pero ella vio la miseria y la pena en el brillo de
lágrimas no derramadas en sus ojos.
Estaba cubierto de sangre. Su pecho desnudo
marcado con los rasguños de las uñas de Dayan más largas y afiladas. Traía
puesto sólo un par de pantalones cortos salpicados de sangre. Sus pies estaban
desnudos, sus piernas lastimadas con feos cortes y contusiones, estaba de pie
con las piernas extendidas hacia ambos lados, los músculos todavía apretados,
tensos ante el peligro que había sufrido su cuerpo.
Clary respiraba agitadamente, su corazón
galopando en su pecho, sus manos sosteniendo el arma olvidada.
–Joder, necesitas otra ducha, – susurró tragando fuerte, entonces gimió ante
el necio comentario. –Oh Dios, Jace-–
Su mano se acercó su boca mientras luchaba
por contener la bilis que se derramó en su estómago. Dayan le miraba fijamente,
los ojos vacíos, abiertos, como si en el último segundo de horror, hubiera sido
su imagen lo que vio. Dejó caer el arma, su cuerpo sacudiéndose con tanta
fuerza que podía sentir sus huesos intentando repiquetear.
–Clary. – De pronto Jace, se arrodilló al
lado de ella, sin tocarla, su voz rota apenada, pesarosa. – ¿Te hizo daño? –
Agitó la cabeza desesperada, destrozada,
luchando por contener las lágrimas.
– ¿Oh Dios, cómo puedo ayudarte? – Ella se
giró hacia él, ignorando la sangre que mancillaba su cuerpo. La suya y la de
Dayan.
Sus brazos se abrieron vacilantes
cuando se lanzó en ellos.
– ¿Ayudarme? – Susurró, con voz ronca,
tocando su pelo, su espalda, como si temiera tocarla. – Estas a salvo ahora, Clary.
Estás bien. –
Acomodó la cabeza contra su pecho, las
lágrimas finalmente cayendo de sus ojos, humillándola con su debilidad ante el
peligro. Era tan cobarde, había salvado las vidas de ambos, dejando una
cicatriz en su alma, al haber tomado la vida de su hermano, y ella necesitaba
que la confortara. Ella debería estar consolándolo a el en cambio.
–Lo siento tanto, tanto, – dijo entre hipos
y sollozos. –Siento tanto ser tan débil, Jace. Soy tan débil. –
Ella se abrazó a sus hombros, demasiado
débil para poder mantenerse en pie, todavía con la imagen de la pelea y el
horror de la violencia inundando su
sistema. Cuando Jace la abrazó, el sonido agudo de la puerta principal
que se hacía astillas los desgarró.
Clary gritó cuando la puerta voló hacia
adentro. Jace la empujó hacia la silla, su orden de que se quedara quieta, se
perdió ante su gruñido de rabia, mientras se lanzaba por el arma que Clary había tirado al piso.
–Clary. Jace. – La voz áspera de su hermano,
la hizo volverse a tiempo para ver que Jace, con un movimiento ágil, lleno de
gracia, sobre sus rodillas cargaba la pistola, sosteniéndola con ambas manos,
su cara una máscara de rabia.
–Jace. – Se lanzó hacia el; aterrorizada de
que no se detuviera a tiempo.
Se quedó quieto frente a ella. Alzando el
arma y soltando rápidamente el gatillo.
Aturdida, respirando con fuerza por la conmoción y el choque, observó como la
casa se empezaba a llenar con la presencia de más personas. Sus hermanos, su
padre, incluso su tío, el Senador Samuel Morgenstern estaba allí, con una
docena de hombres vagamente familiares cerca de Sebastian. Edward y William, Jesamine
y Isabelle y el Doctor Martin cerraban la marcha. Todos estaban ahí, pero el
Senador y los demás hombres estaban armados hasta los dientes con las armas
expuestas, los cuerpos tensos y listos.
–Dios. Hablando sobre la jodida testosterona
sobrecargada,– gimió Clary mientras se derrumbaba en una silla, mirando
fijamente a su alrededor, como sus hermanos y el grupo militar de Sebastian
barrían el lugar de arriba hacia abajo, suponía que haciendo un cerco de
seguridad. Mierda, ella no sabía lo que aquellos extraños vestidos de
negro con ojos fríos y duros hacían, sin
hablar de sus hermanos.
–No la toquen. – De repente Jace giró con
los ojos furiosos, salvajes sobre quienquiera que hubiera desafiado moverse
cerca de ella.
Clary echó un vistazo a tiempo de ver a Sebastian levantar sus
manos y alejarse silenciosamente. Jace se movió salvando el espacio que le
separaba de Clary abrazándola con fuerza. Su cuerpo ardía, y sus músculos
estaban duros por la tensión.
–Denle unos minutos para calmarse. – El
Doctor Martin se movió entre los hombres ordenando. –Aléjelos de él. Lleve el
cuerpo de Dayan a otra habitación lejos de él ahora. Apártense, o no recuperará el control. –
Clary volteó a mirar a Jace. Su cara estaba
ruborizada, sus ojos cerrados mientras la sostenía más cerca.
– ¿Jace? – Susurró.
–Yo podría haberte perdido, – contestó, su voz desigual, áspera. –Si
hubieran sido soldados del Consejo, si hubiera sido alguien más, yo te habría
perdido. –
Asiéndola cerca de él más fuerte. –Murmuró
Dios me ayude, Clary, no puedo perderte. –
Clary soltó el aire. Luchando por darse la
vuelta entre sus brazos, para quedar frente a frente, lo logró solo porque Jace
deshizo su abrazo ligeramente. Sus brazos lo acunaron en su cuerpo y ella
recostó su cabeza sobre su amplio pecho. Alrededor de ellos, la gente se movía,
hablaba, hacían preguntas y exigían respuestas.
– ¿Cómo nos encontraron? – Se percató Jace de pronto, sus ojos ardiendo de sospecha
mientras miraba a su alrededor.
– Sebastian tenía un localizador en el
teléfono celular de Clary, – Contestó Jesamine
con serenidad. – Yo no lo sabía, Jace, hasta esta mañana cuando él
intentó llamarte y su lectura indicó que el teléfono había sido destruido. –
Vagamente, Clary se acordó de ver los
pedazos rotos del teléfono sobre el escritorio de Jace. Dayan debía haberlo
destruido, pensando que eso les impediría pedir
ayuda. Jace no tenía ningún teléfono en la casa. Ningún modo de
comunicarse con el exterior.
Jace respiró profundo, estabilizando el
aliento. Clary sintió que su control se reafirmaba lentamente. Su cuerpo se
relajo ligeramente.
–Jace, tiene que lavarse. – Dijo Sebastian,
a cierta distancia de ellos. –Vamos a llamar la policía por este asunto,
realmente tendremos que hacer un poco de control de daños del Tio Sam– señaló
al Senador, –llegó a medianoche en su
avión particular para escoltarle
personalmente al Senado, para que cuente su historia sobre la alteración
genética de su ADN. Tenemos mucho trabajo por delante de nosotros. –
Jace se movió lentamente. Su brazo alrededor de Clary, rechazando dejarla ir.
–Clary puede quedarse aquí con nosotros, –
dijo Sebastian convincentemente.
–No lo creo. – Clary no confiaba en la fría
sonrisa que Jace envió a su hermano. –Clary se queda conmigo, Sebastian. Punto.
Usted puede hablar con ella después de que ambos estemos limpios. –
Clary se quedó junto a Jace, mirando a los
dos hombres que no apartaban la vista el uno del otro, ambos con la intención
de salirse con la suya. Parecían dos perros preparándose a luchar por el mismo
hueso, pero para motivos diferentes. Sebastian quería cuidarla, mantenerla como
una niña, su inocente hermana para siempre. Jace quería a la mujer que él había
hecho y estaba condenadamente decidido a conseguirla.
Sebastian abrió su boca para contestar. Clary
sabía qué lo que saliera de ella sólo haría que la situación empeorase.
–No comiences, asno, – murmuró, viendo la
intención destellar a través de sus ojos, una indicación de que algo estúpido
se preparaba a salir de su boca.
Él la dirigió una mirada oscura. Clary
suspiró.
–Necesito otra ducha, de todos modos, y Jace
también. Haz cualquier cosa que estos chicos tengan que hacer, no puedo tratar
con todo esto ahora mismo. –
Su mente también estaba aturdida, por el
choque el miedo y la furia que todavía
corría por sus venas. La sobrecarga de adrenalina la convertía en una bruja.
–Al menos intenta apresurarte. – Dijo Sebastian
pasando sus dedos por su corto pelo con impaciencia. –Tenemos que construir una
coartada aceptable juntos y debemos dejar
las cosas listas aquí, Clary. Los necesito para eso. –
La atravesó con una mirada autoritaria.
–Eso tendrá que esperar, – le dijo, aceptando el brazo de Jace que pasó
sobre sus hombros al mismo tiempo que sus piernas temblaban. –No puedo con eso
ahora mismo, Sebastian. Solamente no puedo. –
Fue consciente de las miradas preocupadas en
las caras de su familia. Debería haber sido más consistente para
tranquilizarlos, pero también tenía que encontrar un momento a solas con Jace,
calmar a la bestia que todavía luchaba por la liberación.
–Vamos. – Jace giró hacia las escaleras sin
dirigir una mirada al otro hombre y salieron de la habitación.
Cuando alcanzaron la escalera, no la dejo
subir andando. La cargó en sus brazos y la llevó al cuarto de baño del
dormitorio principal. Seguía sin hablar, su expresión no se ablandó. Pero
estaba duro. Su miembro era como un atizador, acero y fuego contra sus caderas.
Sus ojos ardían de lujuria. Cerró la
puerta del dormitorio detrás de ellos, luego con un simple tirón bajó sus
pantalones y los de ella también.
–No puedo esperar. – Dijo apoyándola contra
la pared, levantándola ligeramente al mismo tiempo que empujaba ambos
pantaloncillos con un pie.
Abrió sus piernas entonces sumergiendo su
pene profundamente. Clary jadeó, tan lista para el, como el lo estaba. Su
vagina apretó su erección como un ardiente puño, liso y apretado, mientras Jace
se enterraba dentro de ella.
Su cabeza pegó contra la pared, mientras sus
manos se sostenían a sus hombros sangrientos y rasguñados, al mismo tiempo que
el enterraba su cabeza en su cuello y comenzaba a palpitar dentro ella. Él
gemía roncamente de placer con cada empuje. Su erección estaba dura, caliente,
quemante, conduciéndola a una pasión tan natural y profunda como el amor que se
profesaban.
El calor y el fuego quemaban su cuerpo, el
placer se precipitó sobre ella en una ola gigante de sensaciones, barriendo
cualquier duda, cualquier residuo de miedo, que todavía perduraba en ella. Sus
manos se sostuvieron de sus caderas, sus muslos se apretaron sobre él y su
miembro se enterró una y otra vez dentro de ella. Estirándola, llenándola,
quemándola con su necesidad. Esto no era ninguna demanda hormonal, ningún beso,
ni caricias ni juegos previos, solamente pasión, dura y honesta.
Sus dientes mordieron su cuello en el lugar
en el que la había marcado como de su propiedad. Su lengua áspera la acarició. Jace
gruñó excitado cuando los gemidos de Clary se elevaron de intensidad. Ella
podía sentir su próximo clímax, el de ella preparándose por igual, el orgasmo
sólo minutos de distancia.
Luchando por el aliento Jace incrementó el
ritmo de sus empujes. Carne húmeda con carne unida, su coño recibiendo dentro
de ella su miembro múltiples veces. Entonces ella tembló, sacudida por el
placer y apenas logró contener un
grito cuando sintió la lengüeta surgir,
alargarse, endurecerse hasta que se cerró profundamente dentro de ella. Aquella
caricia caliente la envió a nuevas alturas de placer. Su orgasmo la golpeó con
fuerza y profundamente, tensando su cuerpo cuando sintió fluir su semen dentro
de ella, a lo lejos escuchó a Jace, estremeciéndose con un rugido satisfecho
repetido alrededor de las paredes del cuarto de baño. Cielos, Definitivamente Sebastian tendría problemas con esto.
* * * * *
Abajó, el rugido sexual de Jace fué
claramente escuchado. Jesamine hizo una
mueca cuando ocho hombres rojos de cólera, miraban hacia la escalera, sus
cuerpos estaban rígidos de ultraje.
–Ella no es una niña, – Les informó a todos.
–Harían bien en acostumbrarse a ello ahora. –
Valentine Morgenstern le echó una
mirada feroz.
–Jovencita, ella es mi niña, – ladró.
–No, señor, ahora mismo ella es la compañera
de Jace, – respondió con fuerza. –Su vida corrió peligro y su ADN exige que
reafirme su reclamo. Acostúmbrese a ello, termínelo antes de que él regrese,
porque si todos ustedes lo confrontan, su orgullo masculino se verá amenazado,
y obligará a sus instintos a estar en guardia. Él acaba de reclamarla, deben
acostumbrarse a eso, antes de tratar con
su actitud posesiva. –
Jesamine hizo caso omiso del gesto
despectivo de Sebastian. Había estado haciendo eso desde hacía un par de días.
–Tenemos otros problemas aquí, – dijo Samuel
Morgenstern, tratando de aligerar el ultraje fraternal y paternal. Tenemos prioridades, y empezaremos desde ahí.
Faltan cuatro horas hasta que se muestren a la prensa, tenemos mucho trabajo
que hacer. –
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