lunes, 18 de febrero de 2013

Tentando a Jace/Capitulo 25 y 26



Clarisa Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo

Historias contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto diferente.
 Escenas de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!



           CAPÍTULO VEINTICINCO


Jace estaba tendido al lado de Clary  oliendo su necesidad, su calor. La esencia había cambiado, y él sintió su pecho apretarse con ese conocimiento. Se quedó inmóvil, sin tocarla, mirando fijamente el techo, sumido en la oscuridad. ‘El frenesí de acoplamiento’ completaba su ciclo, Clary estaba ovulando.
Ella se movió en la cama, todavía durmiendo, a pesar de la excitación que comenzaba a invadir su cuerpo. Despertaría pronto, y cuando lo hiciera,  necesitaría su pasión, su semilla. La desesperada lujuria se aliviaría entonces, según el Doctor Martin y se haría más normal, pero ella llevaría a su hijo. Esto estaba en el correo electrónico que Jace no le había mostrado. Las conclusiones de las pruebas, que el científico había estado haciendo habían llegado ya tarde la noche anterior. La incertidumbre sobre la hormona del embarazo que aliviaba el frenesí del acoplamiento estaba comprobada. A pesar de las indicaciones anteriores de que esto no sucedería las pruebas finalmente habían mostrado  que el frenesí era el modo de la naturaleza de asegurar la continuidad de la descendencia dentro de la Casta.

Sus puños se apretaron cuando la realidad se impuso. La esperanza y la rabia se combinaban en su cuerpo. Como cualquier hombre, soñaba con  tener un hijo con la mujer que le había robado el  corazón. Un niño lleno de  risas, de felicidad. ¿Pero podría un hijo suyo, tener alguna vez una vida despreocupada? ¿Un hijo cuyo ADN infantil hubiera sido infectado por su propio padre, un hijo que ellos llamarían un monstruo de la ciencia?
Clary rodó contra él, su mano de seda encontró su abdomen. Él gruñó ante la creciente excitación en su propio cuerpo, el placer que él encontraba en su toque. Podía sentir su lengua que palpitaba otra vez, las glándulas a lo largo de su hinchada  lengua. Un afrodisíaco, para asegurar 'el frenesí'. La naturaleza estaba jugando su última carta sobre ellos. De algún modo,  había encontrado  algo digno en la ciencia que el Consejo había creado con la mezcla de razas  y había  determinado esta situación para que se mantuvieran unidos en parejas.
Ignorando la humedad quemante en sus ojos, su mano frotó su brazo delgado, adorando su tacto, su suavidad. El calor de ella. Había recibido su aceptación, pero  sabía que estaría aterrorizada cuando le revelara la verdad. Una verdad por la que el rezaba que fuera un error. Pero su sentido del olfato no mentía. No sabía como es que estaba seguro de que era ese el aroma, pero era la verdad. Era el aroma del renacimiento, como la luz y elusivo como la primavera.
Clary gimió bajo y profundo, su mano se movió más abajo, peligrosamente cerca de la erección que palpitaba entre sus muslos. Él estaba más duro de lo que recordaba. Palpitando, desesperado por hundirse dentro de ella, por enterrar su miembro profundamente dentro de ella tan pronto como fuera posible antes de derramar su semilla.
– Clary, – susurró su nombre, acercándola hacia el, su mano acariciando su mejilla, mientras la despertaba.
Sus ojos parpadearon y se abrieron, una sonrisa sensual se formó en sus labios cuando  se acercó a él.
–Espera, – susurró, alejándola un poco. –Debemos hablar. –
–Más tarde. – Frotó sus pechos contra su pecho, sus duros pezones quemando su carne.
–No, querida, –  negó. –Hablaremos primero. Tienes que escucharme. –
Él vio que frunció el ceño entre las sombras del crepúsculo.
–Bien, hablemos. Pero date prisa. – Su pierna lo acarició cuando se movió contra él, su respiración se volvió profunda, agitada.
–Clary, si te hago el amor, concebirás esta noche. – Él fijó la vista en ella atentamente, observando como sus ojos se abrían desmesuradamente.
– ¿Qué? – Le preguntó nerviosamente. –  No puedes estar seguro de esto. –
Ella sacudió la cabeza, pero él olió su excitación más fuerte. El olor picante era un afrodisíaco en si mismo. Como si el pensamiento de procrear no fuera  tan detestable como debiera ser.
–Estoy seguro, Clary.– Permitió a su mano dejar de lado su mejilla,  y acercó su pulgar a sus labios. –La necesidad que sientes sólo se pondrá peor, más dolorosa sin mi esperma  dentro de ti. Pero debes saber que pasará cuando esto suceda. No puedo detenerlo, Clary. No puedo protegerte de esto. –
Él quiso aullar de rabia, de dolor por lo que la estaba haciendo pasar.
–Tú no eres culpable, Jace. – Su sonrisa tembló, sus ojos brillaron con sus lágrimas. –Esto no es tu falta. –
Su carencia de cólera hacia él, destruyó su alma. ¿Cómo podía ella aceptar, querer a un hombre que casi le destruía la vida?
–Te amo, Clary. Quiero que sepas esto, –  susurró. –Eres mi alma y  mi vida. Yo no podía sobrevivir sin ti ahora. –
–Sé eso. – Una lágrima  cayó de sus ojos. –Lo se Jace, porque es lo mismo para mí. –
Él puso su frente contra la suya, respirando agitadamente, apartando la vista de ella mientras luchaba por enfrentarse a lo que vendría esta noche. Un niño. Él nunca había pensado la alegría que sentiría,  el miedo.
–Te protegeré a ti y a nuestro bebé como mejor pueda, –  le dijo ásperamente. –Con mi vida, Clary. –
Su mano temblaba cuando ahuecó y acarició sus mejillas. Él podría sentir su miedo ahora, su incertidumbre. De repente las complicaciones crecían con cada segundo. Esto era más que solo sus vidas en peligro, era la vida de un inocente.
–Esto esta realmente mal esta vez. – Aspiró con fuerza cuando su cuerpo se estremeció de calor. –Me asusta, Jace. –
Él la acomodó sobre si, acercándose a ella, deseando que hubiera algún modo de  hacer suyos sus miedos.
–Lo haremos bien,  amor, –  le juró, aunque  no tenía idea de como. –De algún modo, de alguna manera, mantendremos a nuestro hijo seguro. –
Él bajó su cabeza, sus labios susurrando sobre los suyos, mientras luchaba por la necesidad de sumergir su lengua profundamente en su boca. Por poseerla de cada modo, hacerle tomar la hormona que conduciría su necesidad más alto, que haría su cuerpo arder, hacer que su cuerpo se relajara para que la hormona corriera rápidamente por todo su cuerpo y la condujera a la fertilidad. El Doctor Martin había estado seguro de que esta era la razón de existir de la hormona. Todas las pruebas que les había hecho a ambos, habían producido un solo resultado. La concepción.
Quería que esta noche fuera recordada, no solamente por el miedo de la concepción, sino por la belleza y el placer de su amor, Jace comenzó a juguetear con sus labios. Él no quiso tentarla con largos juegos previos. No la quería desesperada. Quería darle placer, hacer el amor con ella. La besaba con cuidado con  sus labios, bebiendo a sorbos de los suyos; reflejándose en las profundidades de sus ojos mientras sus manos acariciaban sus hinchados pechos, sus duros pezones. Entonces su lengua rozó sus labios, se resbaló dentro de su boca y permitió que los efectos de la ciencia y la naturaleza comenzaran.
Ella aceptó la invasión, sus ojos se cerraron con un gemido cuando el gusto de la especia llenó ambas bocas. Esto comenzaría ahora. Y él temía donde terminaría. Pero no dejó de besarla. No podría. Quiso que el contacto durara por siempre en su mente. Que cuando recordara como le había dado a su hijo, recordara que la amó, la adoró.
Al cabo de unos minutos su respiración aumentó, la transpiración cubrió sus cuerpos, la lujuria onduló a través de ellos. Jace gimió cuando su mano bajó, probando la rica crema que la preparaba para él. Estaba suave y ardiente, lista para él. Se movió entre la extensión de sus muslos, rozándose a si mismo contra ella, colocando su erección en su entrada para el primer y duro empuje. Él sabía lo que le gustaba, y estaba seguro de que cada acometida sería hecha para ganar su último placer.
–Te amo, Clary,– gimió contra sus labios mientras empujaba  profundamente y con fuerza dentro de ella.

* * * * *
Clary sintió el choque de su entrada, el estiramiento repentino de su vagina, el placer/dolor que eliminó todos los otros pensamientos de su cabeza. El calor inundó su cuerpo, estremeciendo su matriz. Sus músculos se apretaron sobre su miembro cuando él susurró sus palabras de amor contra sus labios.
Ella culminó en la segunda embestida, pero de todos modos el calor aumentó. Ella se movió contra él, sus caderas empujando su coño más duro contra la erección que la invadía, que bombeaba con fuerza y rápidamente dentro de ella. Jace gemía, su cabeza  bajó hacia sus pechos, lamiendo ásperamente  sus pezones  amamantando a uno y a otro. Su pene mantenía un ritmo constante, duro mientras empujaba adentro y afuera de ella. Cada golpe la abría, la llenaba. Su cabeza se sacudía, su cuerpo se estremecía.
Entonces él se movió aún más rápido, más duro. Su boca fue a su cuello, a la pequeña herida que nunca parecía curarse, sus dientes cerrándose sobre ella, su lengua acariciándola hasta que ella comenzó a sentir la fase final de su posesión. El endurecimiento de la lengüeta que lo bloquearía dentro de ella,  segundos antes de su liberación. La carne firme, tiesa que no permitiría ninguna retirada y aseguraría la concepción que la naturaleza exigía.
Ella gritó cuando la firme púa comenzó a ponerse rígida, acariciando su carne eróticamente cuando comenzó a palpitar dentro de ella despiadadamente. Ella podía sentir el aumento de calor en su estómago, contrayendo sus músculos. Su vagina succionó su pene, chupándolo, exigiendo su liberación mientras como ella empezó a sentir un orgasmo más fuerte que aumentaba dentro de su propio cuerpo. Sus uñas arañaron su trasero, mientras los profundos embates la tenían pidiendo la terminación a gritos. Él gruñía bajo, sus gritos hacían eco en la habitación, la lengüeta se alargó entonces, y en el último y duro embate se enterró en su sensible carne y la envió a una explosión con tanta  fuerza y tan profundamente que gritó  su nombre cuando  sintió su semilla estallar dentro de ella.
Sus brazos temblaron bajo sus hombros mientras él jadeaba por respirar. Clary se quedó rígida, intentando recuperar el aliento y frunciendo el ceño. Gotas de humedad gotearon sobre sus hombros. No muchas, unas pocas gotas  frágiles. Ella sintió sus propias lágrimas acumulándose en sus ojos, sus brazos apretados sobre él, y ella deseó conocer, saber algún modo de aliviar el dolor dentro de este hombre.
–Me haces sentir humilde, –  susurró, su cara oculta en su cuello, su voz ronca. –Me asombras, Clary. –
– ¿Y cómo hago eso? – Le preguntó con cuidado, su enlazando sus dedos por los hilos rojizos de su cabello.
Él sacudió su cabeza. –Tu amor. Tu aceptación. –
Su voz se reforzó,  su emoción abandonándolo despacio. Él sacudió su cabeza, tomó un profundo aliento y se separó de ella. Ella lo sintió retirar su miembro de su cuerpo y suspiró de pesar. Lo mantendría allí para siempre si  pudiera.
Se alejó de ella, sentándose en un lado de la cama, mirando fijamente  la débil luz del amanecer que se filtraba despacio en la habitación. Ella lo miró, viendo la fortaleza de su cuerpo, la manera en que enderezó sus hombros, listo para afrontarse una nueva batalla que llegaría tan cierta como la luz del día se perfilaba en el cielo.
–Esto no será fácil. – Él miró fijamente hacia la ventana y a las gruesas cortinas que la cubrían. –No puedo hacer ninguna promesa, solo que siempre te amaré. No te abandonaré. Haré lo que pueda para protegerte. –
–No podría pedir mas de ti, Jace, –  le dijo con voz suave. –No espero más de ti. –
–Deberías. – Dijo respirando con fuerza,  pasando sus manos por el cabello. –Deberías haber huido de mí gritando cuando comprendiste que me deseabas, Clary.–
Ella se sonrió suavemente, recordando el día en el que ella lo había visto masturbándose en el patio trasero de la cabaña.
–No pienso que eso fuera posible, – dijo con una sonrisa. –Estaba demasiado ocupada llena de admiración ante tu magnífico cuerpo. –
Él le dirigió una mirada rápida, avergonzada, luego la miró con el ceño fruncido severamente.
–Estoy hablando en serio, – la regañó.
–Yo también, Jace. – Sonrió. –No soy débil, tampoco soy tímida pero no puedo afrontar cualquier cosa que me depara la vida. Estamos juntos por una razón. Nos enfrentaremos a cualquier cosa que nos depare el destino como  mejor podamos. –
Ella se levantó, doblando sus piernas bajo ella y apoyándose  contra su hombro, mirándolo, mientras el miraba fijamente atrás hacia ella. Ella dejó  sus labios acariciar sus musculosos hombros, sus manos acariciando su trasero.
Jace suspiró. –Nunca te esperé. – Él sacudió su cabeza estremeciéndose. – Eres una mujer peligrosa, Clary Morgenstern –
– Naaaa, solamente una mujer decidida. – Ella sonrió abiertamente contra su hombro. –Conozco una cosa buena cuando la veo. –
Él enrojeció. Dirigiéndole una mirada de turbación mezclada con exasperación, sacudió su cabeza se giró y la tomó en sus brazos. La sostuvo apretada contra su cuerpo, agradándole su calor, el modo en el que ella se relajó contra él, tan confiadamente.
–Deberíamos tomar una ducha y comenzar a prepararnos para lo que nos espera, –  le dijo suavemente, pensando en la rueda de prensa por venir, en los días por delante que estarían llenos de interminables pruebas, preguntas y peligros. Rezó porque el hermano de Clary supiera lo que hacía, porque si algo le pasaba a ella, entonces Jace sabía que su rabia no sería satisfecha por nada menos que la sangre.
–Nunca devolviste el favor que me prometiste,– le recordó el, sus cejas arqueadas sugestivamente. –Cuando nos bañamos juntos la otra vez, tu tendrías que hacerlo por mí. –
Clary enrojeció entonces. Ella sintió el calor cubriendo sus mejillas, pero también una llama de deseo entre sus muslos. Esto hormigueo de lujuria le recordó también la posible concepción que podría  haber sucedido esta noche. Ella no podía decir que estaba cómoda con la idea de que eso hubiera pasado tan pronto. Ella habría preferido esperar, saber que ellos estaban a salvo antes de traer a una criatura a sus vidas, cuando menos los primeros años que compartirían.
–Veré lo que puedo hacerle por ti, dulzura, – contestó arrastrando las palabras, imitando la voz lenta y cansina del sur que se había acostumbrado a escuchar.
–Bien, tú solo haz bien las cosas, –  se burló de ella en el mismo tono y Clary tuvo que admitir que sonó  mucho más auténtico que ella.
Se quedaron en silencio entonces. Abrazados el uno con el otro, mirando la luz que despacio se filtraba en la habitación que anunciaba el día por llegar.
–No quiero que se termine esta noche, – finalmente susurró con pesar Clary. –Solamente deseo que pudiéramos quedarnos así para siempre. –
Jace suspiró despacio, sus manos alejándose de sus hombros, hacia su espalda. Le besó la frente, una caricia suave de pesar y  deseo.
–Vamos nos bañaremos y prepararemos el desayuno. Entonces tengo que ponerme en contacto con los demás. Esto se terminará pronto, Clary. Entonces quizás podemos construir una vida para nosotros. –
Clary tragó fuerte, combatiendo sus miedos y sus pesares. No había tenido bastante tiempo con él. El tiempo que ella necesitaba para almacenar sus recuerdos en caso de que lo peor pudiera pasar. No era tonta; conocía el peligro que estaba delante de ellos. Sabía de los peligros que afrontaba Jace desde el principio.
Él se levantó de la cama, llevándola con él y besando la coronilla de su cabeza nuevamente.
–Ve tu primero y dúchate, usaré el otro baño o no seré capaz de mantener mis manos lejos de tí. – La empujó hacia el cuarto de baño. –Ve. Tendré listo el desayuno cuando  bajes. –
– ¿Qué, huyes de mi? – Le preguntó maliciosamente.
Él le dirigió una mirada que claramente decía que dudaba que eso fuera posible. Clary entornó los ojos. Ella le mostraría. Se encogió de hombros en lugar de decir algo y se dirigió al cuarto de baño, seguida de su indulgente sonrisita masculina.




           CAPÍTULO VEINTISEIS

Ella le golpeó. Clary rió disimuladamente y correteó hacia el cuarto de baño adjunto, oyendo a Jace entrar a la otra ducha. Se retrasó para entrar al baño, lo que significaba que el había hecho algo antes de que  comenzara. Frunció el ceño. Él iba a tener que aprender a ser un poco más comunicativo con ella de lo que había sido hasta este momento.
Vestida con pantaloncillos de deporte y una de sus grandes camisas, se dirigió a la cocina. Al menos podría hacer el desayuno. Estaba hambrienta, y la mañana comenzaba a brillar intensamente fuera de las pesadas cortinas que cubrían todas las ventanas.
Un segundo de pánico la invadió al pensar en el día que tenía por delante. Esto no sería fácil,  Jace frente a todo el mundo para anunciar quien y lo que era. Sabía como atesoraba la soledad de su vida, la paz que había encontrado, cuando no lo estaban persiguiendo. Él nunca tendría esa paz nuevamente.
Prendió la luz cuando entró en la cocina para disipar las profundas sombras que la cubrían, luego se detuvo abruptamente. Su corazón brincó de miedo ante el hombre que estaba frente a ella. Pero más terrorífica que el arma que apuntaba a su estómago era la ardiente rabia que parpadeaba en oscuras llamas en sus ojos negros.
–Yo sabía que él te traería aquí, – sonrió con satisfacción Dayan, su hermosa cara torcida con furia horrorosa mientras se acercaba a ella. –Él piensa que nadie conoce  este lugar, pero yo si. Sé que él viene aquí para ocultarse, y yo sabía que él te traería aquí. –
Clary lo miró acercarse, poniendo distancia entre ellos, retrocediendo hasta que entraron en la sala de estar adjunta, rezando para poder ponerlo en una posición donde Jace pudiera brincar sobre el cuando bajara las escaleras.
– ¿Quieres morir, cabrona? – Se mofó.
Ella sacudió su cabeza desesperadamente, mirando el arma nerviosamente.
– ¿Te estas reproduciendo? Las heridas intestinales duelen mucho puta y podrían matar a la abominación que probablemente estés engendrando ahora. –
Clary cubrió su estómago con sus manos, una reacción instintiva que no fue capaz de detener cuando sus ojos siguieron la acción a sabiendas.
–Por favor -– susurró. –No hagas esto, Dayan. Jace te matará por esto. –
Dayan se burló.  Querida, Jace va a morir también. No le dejaré destruir todo por lo que he trabajado desde que escapamos de los laboratorios. –
Clary tragó fuertemente. Podía sentir el miedo que corría por sus venas al tiempo que su corazón latía rápidamente. Su pecho se apretó mientras luchaba por respirar por sobreponerse a su pánico, encontrar un modo de pensar claramente y ayudar a Jace. Dios, esto lo mataría. Dayan era su familia.
–Jace arriesgó su vida para salvarte, para mantenerte a ti y a los demás ocultos, – Jadeó Clary. –¿Cómo puedes traicionarlo de esta manera? –
Clary no podía entender la profundidad del mal que existía dentro de Dayan para hacer esto.
–Porque él nos traicionó. – La voz de Dayan se elevó con furia, sin ser consciente de ello. Clary rezó porque Jace lo oyera. –Él se va hacer público, y los demás lo seguirán como los niños estúpidos que  todavía son. Como él es el Rey. Como él es el que dice la última palabra. No sabe lo que  hace. Ya se lo había dicho a aquella hembra estúpida Celine y  no escuchó. Por eso tenía que morir. Casi lo convence el año pasado. No le dejaré hacerlo. No le dejaré destruir todo por lo que he trabajado. –
– ¿Qué  sugieres que haga entonces, Dayan? El Consejo no se detendrá. – Ella se movió alrededor de la habitación, acomodándose con cuidado atrás de la dudosa protección de una silla. Si tan sólo pudiera proteger su estómago, proteger al niño que podía o no ser parte de ella ahora.
–Debieron haberlo atrapado, – rabió Dayan. –Yo podría haber conducido al grupo. Era mi derecho. Sufrí más que ellos. Yo debería haberlos dirigido y él debería haberse dejado capturar. –
Las furiosas palabras hicieron enfermar a Clary. Recordó los informes que había leído de los laboratorios. Las bárbaras pruebas, el entrenamiento para condicionar a Jace para matar, para ser no más que un arma disponible. Las mujeres que les fueron llevadas para reproducirse, que luego fueron muertas, cuando él las rechazó. El horrendo dolor que  sufrió por sus castigos cuando rehusaba cumplir sus órdenes. Sólo una mente torcida, malvada podría considerar que él debiera haber vuelto. Sólo un monstruo podría haber matado a la mujer que lo ayudó a tratar de que estuviera seguro, como Dayan había matado a María.
–Tu no eres lo bastante fuerte para conducirlos, evidentemente, – dijo Clary entredientes. –Sólo un animal podría sugerir tal cosa. ¿Cómo se atrevieron a crearlos Dayan? ¿Cómo lograron finalmente tener éxito con las criaturas en que se convirtieron después? Quizás Jace debería haberte dejado atrás a ti Dayan. –
El dolor y la furia vibraron por su cuerpo. Jace casi había arriesgado incontables veces  su vida para proteger a este bastardo, solo para que el mal nacido lo traicionara y lo engañara al dar la vuelta.
–Ah, ellos tuvieron éxito más allá de sus sueños mas salvajes, – rió Dayan. –Sólo que no tienen ni idea de cuanto éxito tuvieron realmente. Soy el niño de sus sueños, Clary, y una vez que el grupo este bajo mi control, Jesamine y Isabelle  criaran a mis cachorros, entonces les avisaré. Estarán de acuerdo con cada demanda a cambio de los servicios que puedo proveer. –
Clary le miró fijamente incrédula.
– ¿Dayan, qué te hace pensar que puedes hacer esto? La cría no es voluntaria; tu sabes lo que nos pasó a Jace y mí. Esto es hormonal. Si Isabelle o Jesamine fueran tus compañeras,  lo sabrías ahora. –
–No. – Negó con la cabeza, una risa maníaca cruzando su cara. – Ve, conozco algo que tú no sabes. Las mujeres de la camada no entran en  celo como tú lo hiciste, Clary. Ellas no necesitan un compañero como tu con Jace. Cuando  están ovulando cualquier bastardo puede procrear con ellas.  Jesamine y tu hermano  demostraron eso. –
Clary parpadeó. – ¿Qué diablos tiene mi hermano  que ver con esto? ¿Que hermano? ¡Caray!, tengo siete hermanos y cada uno de ellos desollará tu trasero y te clavará sobre la pared como un trofeo si no detienes esta mierda.
 Esto es si Jace deja algo de ti. –
Él sonrío burlón, con la mirada fija en ella, sin dejar de apuntarla.
–Tu hermano Sebastian era un soldado en los laboratorios, Clary. Él fue escogido para violar a Jesamine, cuando ella entró en celo por primera vez, y él hizo un trabajo admirable. Incluso plantó una cría dentro de ella, desde luego, tuve que librarla de esa abominación. No puedo tolerar la descendencia de otro hombre dentro de mi Clan. –
Clary se tambaleó ante sus palabras. Sintió que sus rodillas se debilitaban.
–Estas mintiendo, –  jadeó. –Sebastian no haría eso. Él nunca dañaría a una mujer inocente. –
Dayan sacudió su cabeza simulando compasión.
–Pero él lo hizo Clary. ¿Alguna vez te preguntaste cómo sabía Sebastian, sobre un experimento supuestamente secreto antes de que tu padre recibiera la caja de evidencia de María? ¿Cómo lo sabía cuando cada persona que se involucró con aquel laboratorio estaba muerta? Él sobrevivió a mi ataque de algún modo. Sobrevivió a mi rabia. Pero él pagará por ello pronto, para siempre–
–No te creo. – Creía que Sebastian podría haber estado allí, pero no por los motivos que decía Dayan, y estaba tan segura como que existía el infierno que no habría violado a alguien. Conocía a su hermano demasiado bien para esto.
Él le miró con el ceño fruncido y la expresión oscura. –No tengo ninguna razón para mentir. –
–Tienes toda la razón para estar mintiendo, – le dijo con ira. –Eres un traidor para tu propia gente, Dayan, no hay  honor en ti.   No podría confiar en ti ni para dar el pronóstico del tiempo. –
–Tienes una boca muy lista, perra, –  gruñó. –Si no estuviera determinado a matarte, te mataría solo por eso. –
–Y tú eres un macho de mierda con patéticas ilusiones de grandeza. – Ella vislumbró por la esquina de los ojos, la sombra de Jace avanzando lentamente por un lado. –Los demás te atraparán fácilmente. No serás capaz de ocultar el olor de la sangre de Jace sobre tus manos. Sus sentidos te revelaran como el asesino, Dayan. Ellos lo sabrán. –
Ella vio que una tenue luz de incertidumbre entraba en sus ojos.
–No lo sabrán, – gruño, pero su protesta no era tan fuerte como debería haber sido.
–Pueden oler la sangre. Ellos conocen el olor de los suyos, su ADN lo asegura. ¿Piensas que  puedes quitar el olor de su muerte de tu cuerpo? ¿Realmente piensas que ellos no lo sabrán? –
–Sólo Jesamine y Isabelle irán conmigo. – Contestó encogiéndose de hombros. –Mataré Edward y a William yo mismo. –
Clary se rió de él, sacudiendo su cabeza mientras Jace se acercaba. Ella tenía que mantener su atención sobre ella.
–Tu no  pondrás acercarte a ellos ni a un metro de distancia, – le dijo burlonamente. –Son más listos que tu -–
–Jace no lo fue, – negó. –Atrape a su mujer. –
– ¿La atrapaste? – Preguntó, echándose hacia atrás, echándose al suelo cuando el rugido de Jace resonó a través del cuarto.
Clary gateó alrededor de la silla cuando escuchó  el grito que estalló en la garganta de Dayan. El arma voló cuando Jace lo enfrentó. Clary gimió cuando esta  voló en  dirección a la silla. Respirando agitadamente, observó a los hombres luchando cautelosamente, y comenzó a gatear lentamente hacia la esquina de la habitación.
Gruñidos salvajes llenaron el cuarto, chocando muebles, volando puños. Dayan  parecía un animal salvaje, pero Jace más aún. Con patadas y a puñetazos machacando la carne, los dos hombres lucharon alrededor de  la habitación compitiendo por la supremacía. Cuando Clary alcanzó el arma, escuchó un grito de dolor resonando en las paredes, que la hizo estremecer mientras seguía sentada sobre su trasero.
Jace había logrado someter a Dayan, posicionándolo delante de él, sus brazos se cerraron alrededor de su cuello. Mientras los ojos de Clary se abrían desmesuradamente de horror, Jace dio un salvaje tirón final. El sonido del cuello del otro hombre al romperse, elevó la bilis de su estómago. Los ojos de Dayan se abrieron con  sorpresa y derrota, el horror reflejado sobre su expresión de muerte mientras Jace le dejaba caer  lentamente al piso.
Clary levantó sus ojos asustados hacia su amante. Él la miró fijamente, con expresión fría, brutal. Nunca parpadeó, no ofreció ninguna disculpa, pero ella vio la miseria y la pena en el brillo de lágrimas no derramadas en sus ojos.
Estaba cubierto de sangre. Su pecho desnudo marcado con los rasguños de las uñas de Dayan más largas y afiladas. Traía puesto sólo un par de pantalones cortos salpicados de sangre. Sus pies estaban desnudos, sus piernas lastimadas con feos cortes y contusiones, estaba de pie con las piernas extendidas hacia ambos lados, los músculos todavía apretados, tensos ante el peligro que había sufrido su cuerpo.
Clary respiraba agitadamente, su corazón galopando en su pecho, sus manos sosteniendo el arma olvidada.
–Joder, necesitas otra ducha, –  susurró tragando fuerte, entonces gimió ante el necio comentario. –Oh Dios, Jace-–
Su mano se acercó su boca mientras luchaba por contener la bilis que se derramó en su estómago. Dayan le miraba fijamente, los ojos vacíos, abiertos, como si en el último segundo de horror, hubiera sido su imagen lo que vio. Dejó caer el arma, su cuerpo sacudiéndose con tanta fuerza que podía sentir sus huesos intentando repiquetear.
–Clary. – De pronto Jace, se arrodilló al lado de ella, sin tocarla, su voz rota apenada, pesarosa. – ¿Te hizo daño? –
Agitó la cabeza desesperada, destrozada, luchando por contener las lágrimas.
– ¿Oh Dios, cómo puedo ayudarte? – Ella se giró hacia él, ignorando la sangre que mancillaba su cuerpo. La suya y la de Dayan.
Sus brazos se abrieron vacilantes cuando  se lanzó en ellos.
– ¿Ayudarme? – Susurró, con voz ronca, tocando su pelo, su espalda, como si temiera tocarla. – Estas a salvo ahora, Clary. Estás bien. –
Acomodó la cabeza contra su pecho, las lágrimas finalmente cayendo de sus ojos, humillándola con su debilidad ante el peligro. Era tan cobarde, había salvado las vidas de ambos, dejando una cicatriz en su alma, al haber tomado la vida de su hermano, y ella necesitaba que la confortara. Ella debería estar consolándolo a el en cambio.
–Lo siento tanto, tanto, – dijo entre hipos y sollozos. –Siento tanto ser tan débil, Jace. Soy tan débil. –
Ella se abrazó a sus hombros, demasiado débil para poder mantenerse en pie, todavía con la imagen de la pelea y el horror de la violencia inundando su  sistema. Cuando Jace la abrazó, el sonido agudo de la puerta principal que se hacía astillas los desgarró.
Clary gritó cuando la puerta voló hacia adentro. Jace la empujó hacia la silla, su orden de que se quedara quieta, se perdió ante su gruñido de rabia, mientras se lanzaba por el  arma que Clary había tirado al piso.
–Clary. Jace. – La voz áspera de su hermano, la hizo volverse a tiempo para ver que Jace, con un movimiento ágil, lleno de gracia, sobre sus rodillas cargaba la pistola, sosteniéndola con ambas manos, su cara una máscara de rabia.
–Jace. – Se lanzó hacia el; aterrorizada de que no se detuviera a tiempo.
Se quedó quieto frente a ella. Alzando el arma y soltando rápidamente el gatillo.
Aturdida, respirando con fuerza por  la conmoción y el choque, observó como la casa se empezaba a llenar con la presencia de más personas. Sus hermanos, su padre, incluso su tío, el Senador Samuel Morgenstern estaba allí, con una docena de hombres vagamente familiares cerca de Sebastian. Edward y William, Jesamine y Isabelle y el Doctor Martin cerraban la marcha. Todos estaban ahí, pero el Senador y los demás hombres estaban armados hasta los dientes con las armas expuestas, los cuerpos tensos y listos.
–Dios. Hablando sobre la jodida testosterona sobrecargada,– gimió Clary mientras se derrumbaba en una silla, mirando fijamente a su alrededor, como sus hermanos y el grupo militar de Sebastian barrían el lugar de arriba hacia abajo, suponía que haciendo un cerco de seguridad. Mierda, ella no sabía lo que aquellos extraños vestidos de negro  con ojos fríos y duros hacían, sin hablar de sus hermanos.
–No la toquen. – De repente Jace giró con los ojos furiosos, salvajes sobre quienquiera que hubiera desafiado moverse cerca de ella.
Clary echó un vistazo  a tiempo de ver a Sebastian levantar sus manos y alejarse silenciosamente. Jace se movió salvando el espacio que le separaba de Clary abrazándola con fuerza. Su cuerpo ardía, y sus músculos estaban duros por la tensión.
–Denle unos minutos para calmarse. – El Doctor Martin se movió entre los hombres ordenando. –Aléjelos de él. Lleve el cuerpo de Dayan a otra habitación lejos de él ahora. Apártense, o  no recuperará el control. –
Clary volteó a mirar a Jace. Su cara estaba ruborizada, sus ojos cerrados mientras la sostenía más cerca.
– ¿Jace? – Susurró.
–Yo podría haberte perdido, –  contestó, su voz desigual, áspera. –Si hubieran sido soldados del Consejo, si hubiera sido alguien más, yo te habría perdido. –
Asiéndola cerca de él más fuerte. –Murmuró Dios me ayude, Clary, no puedo perderte. –
Clary soltó el aire. Luchando por darse la vuelta entre sus brazos, para quedar frente a frente, lo logró solo porque Jace deshizo su abrazo ligeramente. Sus brazos lo acunaron en su cuerpo y ella recostó su cabeza sobre su amplio pecho. Alrededor de ellos, la gente se movía, hablaba, hacían preguntas y exigían respuestas.
– ¿Cómo nos encontraron? – Se percató Jace  de pronto, sus ojos ardiendo de sospecha mientras miraba a su alrededor.
– Sebastian tenía un localizador en el teléfono celular de Clary, – Contestó Jesamine  con serenidad. – Yo no lo sabía, Jace, hasta esta mañana cuando él intentó llamarte y su lectura indicó que el teléfono había sido destruido. –
Vagamente, Clary se acordó de ver los pedazos rotos del teléfono sobre el escritorio de Jace. Dayan debía haberlo destruido, pensando que eso les impediría pedir  ayuda. Jace no tenía ningún teléfono en la casa. Ningún modo de comunicarse con el exterior.
Jace respiró profundo, estabilizando el aliento. Clary sintió que su control se reafirmaba lentamente. Su cuerpo se relajo ligeramente.
–Jace, tiene que lavarse. – Dijo Sebastian, a cierta distancia de ellos. –Vamos a llamar la policía por este asunto, realmente tendremos que hacer un poco de control de daños del Tio Sam– señaló al Senador, –llegó a  medianoche en su avión particular para  escoltarle personalmente al Senado, para que cuente su historia sobre la alteración genética de su ADN. Tenemos mucho trabajo por delante de nosotros. –
Jace se movió lentamente. Su brazo  alrededor de Clary, rechazando dejarla ir.
–Clary puede quedarse aquí con nosotros, – dijo Sebastian convincentemente.
–No lo creo. – Clary no confiaba en la fría sonrisa que Jace envió a su hermano. –Clary se queda conmigo, Sebastian. Punto. Usted puede hablar con ella después de que ambos estemos limpios. –
Clary se quedó junto a Jace, mirando a los dos hombres que no apartaban la vista el uno del otro, ambos con la intención de salirse con la suya. Parecían dos perros preparándose a luchar por el mismo hueso, pero para motivos diferentes. Sebastian quería cuidarla, mantenerla como una niña, su inocente hermana para siempre. Jace quería a la mujer que él había hecho y estaba condenadamente decidido a conseguirla.
Sebastian abrió su boca para contestar. Clary sabía qué lo que saliera de ella sólo haría que la situación empeorase.
–No comiences, asno, – murmuró, viendo la intención destellar a través de sus ojos, una indicación de que algo estúpido se preparaba a salir de su boca.
Él la dirigió una mirada oscura. Clary suspiró.
–Necesito otra ducha, de todos modos, y Jace también. Haz cualquier cosa que estos chicos tengan que hacer, no puedo tratar con todo esto ahora mismo. –
Su mente también estaba aturdida, por el choque  el miedo y la furia que todavía corría por sus venas. La sobrecarga de adrenalina la convertía en una bruja.
–Al menos intenta apresurarte. – Dijo Sebastian pasando sus dedos por su corto pelo con impaciencia. –Tenemos que construir una coartada aceptable juntos y debemos dejar  las cosas listas aquí, Clary. Los necesito para eso. –
La atravesó con una mirada autoritaria.
–Eso tendrá que esperar, –  le dijo, aceptando el brazo de Jace que pasó sobre sus hombros al mismo tiempo que sus piernas temblaban. –No puedo con eso ahora mismo, Sebastian. Solamente no puedo. –
Fue consciente de las miradas preocupadas en las caras de su familia. Debería haber sido más consistente para tranquilizarlos, pero también tenía que encontrar un momento a solas con Jace, calmar a la bestia que todavía luchaba por la liberación.
–Vamos. – Jace giró hacia las escaleras sin dirigir una mirada al otro hombre y salieron de la habitación.
Cuando alcanzaron la escalera, no la dejo subir andando. La cargó en sus brazos y la llevó al cuarto de baño del dormitorio principal. Seguía sin hablar, su expresión no se ablandó. Pero estaba duro. Su miembro era como un atizador, acero y fuego contra sus caderas. Sus ojos ardían de  lujuria. Cerró la puerta del dormitorio detrás de ellos, luego con un simple tirón bajó sus pantalones y los de ella también.
–No puedo esperar. – Dijo apoyándola contra la pared, levantándola ligeramente al mismo tiempo que empujaba ambos pantaloncillos con un pie.
Abrió sus piernas entonces sumergiendo su pene profundamente. Clary jadeó, tan lista para el, como el lo estaba. Su vagina apretó su erección como un ardiente puño, liso y apretado, mientras Jace se enterraba  dentro de ella.
Su cabeza pegó contra la pared, mientras sus manos se sostenían a sus hombros sangrientos y rasguñados, al mismo tiempo que el enterraba su cabeza en su cuello y comenzaba a palpitar dentro ella. Él gemía roncamente de placer con cada empuje. Su erección estaba dura, caliente, quemante, conduciéndola a una pasión tan natural y profunda como el amor que se profesaban.
El calor y el fuego quemaban su cuerpo, el placer se precipitó sobre ella en una ola gigante de sensaciones, barriendo cualquier duda, cualquier residuo de miedo, que todavía perduraba en ella. Sus manos se sostuvieron de sus caderas, sus muslos se apretaron sobre él y su miembro se enterró una y otra vez dentro de ella. Estirándola, llenándola, quemándola con su necesidad. Esto no era ninguna demanda hormonal, ningún beso, ni caricias ni juegos previos, solamente pasión, dura y honesta.
Sus dientes mordieron su cuello en el lugar en el que la había marcado como de su propiedad. Su lengua áspera la acarició. Jace gruñó excitado cuando los gemidos de Clary se elevaron de intensidad. Ella podía sentir su próximo clímax, el de ella preparándose por igual, el orgasmo sólo minutos de distancia.
Luchando por el aliento Jace incrementó el ritmo de sus empujes. Carne húmeda con carne unida, su coño recibiendo dentro de ella su miembro múltiples veces. Entonces ella tembló, sacudida por el placer y apenas logró contener  un grito  cuando sintió la lengüeta surgir, alargarse, endurecerse hasta que se cerró profundamente dentro de ella. Aquella caricia caliente la envió a nuevas alturas de placer. Su orgasmo la golpeó con fuerza y profundamente, tensando su cuerpo cuando sintió fluir su semen dentro de ella, a lo lejos escuchó a Jace, estremeciéndose con un rugido satisfecho repetido alrededor de las paredes del cuarto de baño. Cielos,  Definitivamente Sebastian  tendría problemas con esto.

* * * * *
Abajó, el rugido sexual de Jace fué claramente escuchado. Jesamine  hizo una mueca cuando ocho hombres rojos de cólera, miraban hacia la escalera, sus cuerpos estaban  rígidos de  ultraje.
–Ella no es una niña, – Les informó a todos. –Harían bien en acostumbrarse a ello ahora. –
Valentine Morgenstern le echó una mirada  feroz.
–Jovencita, ella es mi niña, – ladró.
–No, señor, ahora mismo ella es la compañera de Jace, – respondió con fuerza. –Su vida corrió peligro y su ADN exige que reafirme su reclamo. Acostúmbrese a ello, termínelo antes de que él regrese, porque si todos ustedes lo confrontan, su orgullo masculino se verá amenazado, y obligará a sus instintos a estar en guardia. Él acaba de reclamarla, deben acostumbrarse a eso, antes de  tratar con su actitud posesiva. –
Jesamine hizo caso omiso del gesto despectivo de Sebastian. Había estado haciendo eso desde hacía un par de días.
–Tenemos otros problemas aquí, – dijo Samuel Morgenstern, tratando de aligerar el ultraje fraternal y paternal.  Tenemos prioridades, y empezaremos desde ahí. Faltan cuatro horas hasta que se muestren a la prensa, tenemos mucho trabajo que hacer. –

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