Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPITULO TRES
Las estación de Gasolina –Gass up–, el supermercado del barrio y la cafetería estaban todas en el mismo lugar. Y Jace también estaba ahí. Clary se dio cuenta cuando entró a la zona de estacionamiento, esa tarde y se apeó del Jeep.
Había media docena de vehículos aparcados aquí y allí, en las bombas de gasolina y el trataba de pasar desapercibido con su capucha levantada, esperando entrar en el Taller de la estación. Inspirando profundamente, rápidamente Clary se trasladó al estacionamiento donde el solitario hombre estaba, mirando fijamente algo en las entrañas de la vieja furgoneta y aparcó allí.
El juego era divertido, pero ya había durado demasiado. Todavía, estaba renuente a ser ella la que lo terminara. Especialmente después de observarlo acariciar toda esa carne dura y brillante y de haberlo contemplado provocarse a si mismo un orgasmo. Todavía no se recuperaba de eso. Tampoco la carne entre sus muslos. No dejaba de latir, deseando que ese pene ancho se introdujera dentro de ella (mi Dios que pensamientos).
Suspirando se acercó al camión cautelosamente. Hoy, Jace estaba vestido con unos jeans descoloridos y gastados, camiseta y una gorra de béisbol que cubría su cabello. Esperaba que no creyera que estaba disfrazado. Si eso era lo que intentaba hacer, no estaba trabajando muy bien. Lo había descubierto en el instante en que ella había visto el centro comercial.
Las estación de Gasolina –Gass up–, el supermercado del barrio y la cafetería estaban todas en el mismo lugar. Y Jace también estaba ahí. Clary se dio cuenta cuando entró a la zona de estacionamiento, esa tarde y se apeó del Jeep.
Había media docena de vehículos aparcados aquí y allí, en las bombas de gasolina y el trataba de pasar desapercibido con su capucha levantada, esperando entrar en el Taller de la estación. Inspirando profundamente, rápidamente Clary se trasladó al estacionamiento donde el solitario hombre estaba, mirando fijamente algo en las entrañas de la vieja furgoneta y aparcó allí.
El juego era divertido, pero ya había durado demasiado. Todavía, estaba renuente a ser ella la que lo terminara. Especialmente después de observarlo acariciar toda esa carne dura y brillante y de haberlo contemplado provocarse a si mismo un orgasmo. Todavía no se recuperaba de eso. Tampoco la carne entre sus muslos. No dejaba de latir, deseando que ese pene ancho se introdujera dentro de ella (mi Dios que pensamientos).
Suspirando se acercó al camión cautelosamente. Hoy, Jace estaba vestido con unos jeans descoloridos y gastados, camiseta y una gorra de béisbol que cubría su cabello. Esperaba que no creyera que estaba disfrazado. Si eso era lo que intentaba hacer, no estaba trabajando muy bien. Lo había descubierto en el instante en que ella había visto el centro comercial.
–Disculpe, ¿Podría decirme dónde puedo encontrar a Edward Williams? Clary, preguntó alegremente, teniendo cuidado de estar unos pasos lejos de él. El aceite había manchado su camiseta gris y la cómoda mezclilla que recubría sus piernas largas y musculosas. Además, pensó que si se ponía muy cerca de el, de ninguna manera podría mantener sus manos fuera de sus vaqueros. Todavía no había olvidado las horas anteriores y la visión de toda esa carne firme de macho. Pero estaba otra vez en el juego. Ella no sabía quién era él y el no se lo decía. Estúpido juego.
Sus anchos hombros se pusieron rígidos, se volvió hacia ella, y ella observó que traía puesta una gorra de béisbol roja y los ojos escondidos por unos oscuros lentes de sol.
–No esta aquí, dijo entre dientes y siguió mirando el motor.
No practicaba la hospitalidad típica de un pequeño pueblo, Clary frunció el ceño. Estaba siendo descortés hoy. Pedante. Macho.
– ¿Sabe usted dónde podría encontrarlo? ¿O quizás podría dejar un mensaje para él?, preguntó ella a su espalda. Caray que espalda más bonita, pero que atroces modales.
El encogió sus anchos hombros.
–Puede decírmelo. Le pasaré su mensaje. – Corto y conciso, pero nunca levantó la cabeza del centro de su atención, el motor de la furgoneta y no Clary.
Clary sacó una pequeña tarjeta del bolsillo de sus vaqueros y se la pasó.
–Éste es mi número de teléfono celular. ¿Podría usted pedirle que me llame lo antes posible? Es importante que tenga comunicación con él. – Se estaba irritando con la actitud brusca y –que demonios me importa que el estaba exhibiendo. Podía molestarse en fingir estar interesado por lo menos. Tal vez ella no estaba jugando demasiado bien.
–Se lo diré. – La tarjeta desapareció en sus vaqueros salpicados de aceite.
Clary entrecerró los ojos.
– ¿Usted podía decirme dónde vive? ¿Quizá podría darle el mensaje yo misma?–, le dijo con los dientes apretados.
Sus músculos se tensaron cuando se encogió de hombros otra vez.
–Vive aquí la mayor parte del tiempo, contestó.
Clary esperó, pero no hubo ninguna otra información disponible.
– ¿Y Jace Wayland? ¿Podría usted decirme donde puedo localizarlo?–. Preguntó dulcemente, permitiendo que un tono de burla impregnara su tono.
Se hizo una larga pausa cuando el hombre extendió la mano hacia el motor y ajustó algunos cables y tornillos en la furgoneta.
– ¿Me esta escuchando?– Preguntó con un falso tono dulce. – ¿Jace Wayland? ¿Usted sabe dónde podría encontrarlo?
Esos hombros anchos se encogieron de hombros otra vez, y Clary apretó nuevamente sus dientes con cólera.
– ¿Quién sabe dónde esta Wayland –, contestó finalmente. –Viene y se va.
Clary puso los ojos en blanco. ¿Eso no era verdad? Y la respuesta era legítima por cierto.
–Muy bien, farfulló. –Comprobare eso mas tarde.
–Hágalo cosita dulce, farfulló, echándole un vistazo con una sonrisa forzada.
Clary entrecerró sus ojos. El colocó cuidadosamente la llave inglesa que estaba usando sobre el marco del capó cuando también la miró. Podía sentir su mirada que la recorría desde sus blancas zapatillas, subiendo por sus piernas bronceadas y desnudas, despacio hasta donde terminaban en sus shorts, luego siguió mas arriba. Hizo una pausa en la pequeña línea del abdomen desnudo y luego sobre sus pechos hasta que se detuvieron en su cara.
Ella lo miró fijamente con su espalda echada hacia atrás, sus ojos retadores ante la insolencia que leyó en su cuerpo y expresión.
– ¿Alguna otra cosa?– Una sola ceja amplia y poblada se arqueó encima de sus lentes de sol.
–Nada más, farfulló, dándose la vuelta para entrar rápidamente a la cafetería.
* * * * *
Jace la observó alejarse, escondiendo su sonrisa cuando le echó un vistazo a su espalda. Demonios, lucía muy bien, pensó. Y definitivamente estaba sobre la pista. Un destello de pena apareció en él cuando admitió que habría disfrutado la persecución si las circunstancias fueran diferentes definitivamente. Si no fuera quién era, si su propia vida no estuviera colgando de un hilo, podía haber disfrutado un par de veces de ese jueguito. Y maldita sea, la mujer estaba demasiado bien para jugar con ella. Se le hizo agua la boca, solo de mirar toda esa piel suave y sexy, ligeramente bronceada y tan tentadora como el mismo pecado.
Pero era peligroso, y era seguro de que la señorita Clary Morgenstern no se debía ver envuelta en su vida, no añadiría mas peligro al ya existente. Podía mirarla, pero maldita sea si la dejaría acercarse a él. Pero, infiernos, mirarla era la cosa mas placentera que alguna vez había hecho en su vida alguna vez. Peligrosa mujer, pensó. Peligrosa maldita sea. Y su olor. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para alejar sus manos de ella, para no pasarlas por su cuerpo, saborear sus labios. Era calor y deseo, especia y crema. Podía ser adictivo.
–Maldición, ¿Ella no te esta poniendo las cosas fáciles, verdad Cal?– William, su hermano se acercó despacio cuando Clary desapareció en el pequeño restaurante.
–No, William, no se rinde. – Jace sonrió abiertamente.
–Es bonita. Con todo ese cabello espeso y Rojo y esos grandes ojos verdes. – William sonrió abiertamente cuando agitó su cabeza. –Aposté con Edward que estarías muy triste si no la hubieras visto hoy. –
Ellos lo sabían. Edward se estaba dando cuenta lo importante que la pequeña periodista era para Jace. Edward sabía que Jace necesitaba ese manuscrito. Edward sabía que Mr Morgenstern lo buscaba a él, sin embargo.
–Ayúdame a conseguir que este camión funcione, William. Tengo que ir a la casa para dormir así yo podré patrullar esta noche. Y este motor se está negando a cooperar. – Jace movió un cable, pero no sucedió nada.
–Ahh, tu no sabes cómo hablarles bien, se burló William , empujando a Jace a un lado, e inclinándose para ver el motor. –Estos motores viejos son como las mujeres, hombre. Solo tienes que saber cómo acariciarlos, y hablarles dulce y suavemente. – Terminó sus palabras con una torsión leve de su muñeca.
El motor volvió a funcionar, traqueteando débilmente, pero voluntariamente.
–Presumido, se burló Jace.
–Lo puedes traer mas tarde y te lo afinaré. – Sonriendo, William tomó un trapo manchado de su bolsillo trasero y se limpió sus manos.
–Dile a Edward que deje las llaves en el camión y lo haré. – Afirmó Jace cuando fue hacia la puerta de lado del conductor.
–Esta bien asintió William con una ancha sonrisa. –Y si necesitas cualquier tipo de ayuda con esa cosa bonita después, sólo déjamelo saber. –
–Sí…seguro lo haré, Se burló nuevamente Jace, divertido con el truco tan obvio de William. –Mantén el cierre de tus vaqueros arriba, William, y podremos mantenerte vivo. – Más de un padre estaba listo para usar una escopeta con el apasionado joven.
Jace no esperó una respuesta. Aceleró el motor, deslizando el camión hacia atrás, saliendo del garaje y rápidamente se puso en marcha hacia la casa.
* * * * *
Era ya tarde cuando Clary dejó la cafetería y regresó a su habitación del motel, con la cena. Estaba cansada, sudorosa y malhumorada. Después de ocupar la mayor parte del día en vigilar la casa de Jace y tratado de encontrar un camino para llegar hacia allí, se sentía un poco frustrada.
Había visto su camioneta ir y regresar a la cabaña grande, pero no veía el camino. ¿Cómo es que estaba escondido? Y no podía simplemente seguir a la camioneta por el camino de grava que llevaba hacia la casa. Hacerlo de esa manera, significaba, que cualquiera podía verla entrar por el camino. No era una buena idea, cuando algunas personas parecían habitar el sitio siempre.
Había caminado muchos kilómetros ese día por diferentes lugares y había seguido más de un sendero en el bosque. Pero todavía, nada.
Entró en el estacionamiento del motel. Suspiró, comida luego una ducha. Mañana, lo intentaría otra vez. Tenía que haber un camino allá arriba, sólo tenía que encontrarlo. Ése era todo. Estaba empezando a sentirse un poco estúpida por eso.
Sus preguntas alrededor de pueblo no la estaban llevando a ningún lugar. Aquellos que confesaron conocer a Jace solamente movieron la cabeza cuando preguntó por las instrucciones para llegar a su casa. El resto solamente se le quedo viendo y no le contestaron. Los pequeños pueblos no tenían sentido de la orientación evidentemente, porque los habitantes no le supieron decir nada en absoluto.
La dirigieron a la estación de Gass up cada vez que preguntaba por Jace. Siempre andaba por ahí decían. Ella lo había buscado allí en un principio. Y las mismas personas que juraban que no lo conocían, estaban hablando en forma muy amigable con el.
Demonios, él sabía que ella estaba ahí. Abrió la puerta de su habitación, prendiendo la luz cuando entró. Sabía quién era y tenía una buena idea de lo qué ella quería probablemente, pero igual hacia caso omiso de ella. Lo cual probablemente era algo bueno. Después de esa pequeña función en la mañana, no sabía si ella misma podría mantener alejada sus manos lejos de él.
Clary comió rápidamente, con la mirada clavada distraídamente en la televisión preguntándose donde se encontraría esa maldita entrada a la propiedad de Jace. Tuvo que estar ahí en algún lugar. Los caminos no suelen desaparecer. ¿O lo hacían?
El problema la atormentó durante la cena y su ducha. Cuando salió del baño, se envolvió en una bata de felpa, de repente el teléfono sobre la mesita de noche sonó desusadamente fuerte. Frunciendo el ceño, recogió el auricular cautelosamente.
– ¿Hola?– dijo en voz baja, preguntándose quién podía estar al otro lado del teléfono.
– ¿Es usted Clary Morgenstern?– Se escucho la voz de un hombre, áspera y fría.
– ¿Quién le llama?
Hubo un breve silencio.
–Si usted quiere ponerse en contacto con Jace Wayland, anote las instrucciones. Debe tomar la autopista.
Clary sintió que el júbilo la invadía. Finalmente, alguien le daba la dirección.
– ¿Usted conoce a Jace?– preguntó cuando tomó una libreta de la mesita de noche y sacó una pluma del cajón.
– ¿Encontró algo para escribir? Le diré cómo llegar allí.
Clary escribió apresuradamente las instrucciones, concentrándose tratando de recordar las señas que el le daba. Admitió que aún no había probado esa ruta, porque no parecía ir a ningún lugar.
– ¿Ya lo anotó?– Le preguntó la voz.
–Sí, pero -– se oyó un clic y la línea se desconectó.
Clary inspiró profundamente, mirando fijamente el papel donde había anotado las señas para llegar a la casa de Jace. ¿Podía llegar allí en la oscuridad? No era demasiado tarde. Todavía había al menos una buena hora de luz. Y no era como entrar a hurtadillas a la casa de todos modos.
Quitándose su bata, se vistió con jeans y una blusa sin mangas rápidamente, tomó su bolso se lo colgó en los hombres y Salió precipitadamente hacia el jeep. La autopista que tenía que seguir estaba solamente unas calles mas arriba. Colds Springs, había dicho. Recordó haber visto la pequeña señal verde en sus excursiones en el condado vecino.
Lo tenía ahora. Contuvo su grito de júbilo cuando saltó al jeep y encendió el motor. El podría correr, pero si ella tenía la dirección del camino a su casa, no habría ninguna manera de que el pudiese esconderse de ella.
CAPITULO CUATRO
Casi una hora después, se encontraba en la desesperación mas absoluta cuando nuevamente tomó el camino de acceso de una de las carreteras secundarias rurales que ya había recorrido con anterioridad en su búsqueda de la casa de Jace. Las instrucciones escritas al lado de ella le estaban dando pocas pistas hacia donde dirigirse, cuando su jeep se topó con un camino de tierra marcado que no parecía conducir a ningún lugar en realidad.
Poniendo el freno, Clary se detuvo y vio el camino con confusión. ¿Cómo lo había hecho? Podía haber jurado que había tomado el camino a la derecha algunos kilómetros atrás.
–Dios mío, sálvame de las instrucciones simples, gruñó.
Apartando el cabello de su frente, puso el jeep marcha atrás y dio la vuelta en el amplio camino cubierto de hierba que limitaba con la carretera. Seguramente no podía ser tan difícil, pensó. Infiernos, nunca se había perdido en ninguna gran ciudad en la que alguna vez había estado, y ahora este pequeño condado de campesinos estaba consiguiendo que por primera vez se perdiera. No podía estar ocurriendo, sus hermanos se burlarían por años si se enteraran.
–Demonios. – Siguió conduciendo otro kilómetro mas, volvió a detenerse, echó un vistazo a su alrededor y finalmente admitió su derrota. Estaba perdida. Real e irrevocablemente perdida, y no tenía nadie a quien culpar, excepto a ella misma.
Dando un suspiro ella miró a su alrededor cansadamente. Tenía que haber una salida allí. En algún momento se había equivocado al dar alguna vuelta o algo así. Saliendo del jeep, estiró sus cansados músculos, fue de un lado para otro sobre el límite del camino, buscando alguna señal de la civilización en el valle que se veía abajo.
No había ninguna señal. Todo lo que ella podía ver alrededor de ella, eran los árboles altos y frondosos, ni siquiera el techo de una casa o un granero. No que un granero significara mucho por aquí, ella había visto muchos de ellos, saqueados y cayéndose abandonados, pero nada que se pareciera de cerca a una casa.
Después de seguir buscando por algunos momentos más, siguió caminando al otro lado del camino y empezó a subir por la colina que estaba en un lado. Quizá, si pudiera estar un poco más alto, podría ver algo. Tenía que haber una casa en algún lugar. No era como estar en el desierto o en una selva tropical, caray. Las personas vivían aquí. El hombre que le había dado las instrucciones le había asegurado que había un camino, entonces, el condujo por aquí en algún momento. Así que alguna persona tenía que pasar por aquí en cualquier minuto. Y ella iba a tener que encontrarlos pronto. Estaba oscureciendo y realmente ella no quería quedarse aquí a solas después del anochecer.
Cuando entró en la parte más frondosa del bosque, dio media vuelta para asegurarse que todavía podía ver el jeep. Cuando lo hizo, un ruido tras ella la sobresaltó, causando que se detuviera con miedo.
El hombre se detuvo frente a ella, sus ojos oscuros debajo del ala de su sombrero cuando la miró. Clary sintió su corazón empezar a bombear sangre rápidamente por su flujo sanguíneo cuando los ojos del hombre recorrieron su cuerpo, animado con un mortal propósito.
–Bien, ¿qué tenemos aquí?– El hombre era alto, el sombrero casi le ocultaba sus negros ojos, y su rostro se veía duro y amenazante en las sombras del bosque.
Clary sintió el miedo recorrerla a través de todo su cuerpo. Su corazón empezó a retumbar rápidamente en respuesta a la descarga de adrenalina, la sangre zumbaba con estruendo en sus oídos cuando percibió la expresión fría y severa en la cara del hombre.
–Estoy perdida. – dijo Clary retrocediendo cuando el hombre se acercó a ella, una mirada lasciva apareció en su cara. –Sólo estaba buscando una manera de salir de la montaña.
– ¿Perdida usted?– la miró desdeñosamente, como desnudándola con la vista. –Pobre pequeña. Usted necesita un poco de ayuda, ¿o no?
Parecía la misma voz del tipo que le llamó con las estúpidas instrucciones que la habían hecho extraviarse.
–Estoy segura que puedo arreglármelas. – Clary dio un paso hacia atrás despacio, luchando contra el pánico que se extendía a través de su cuerpo.
Cuando estaba haciéndolo, sus brazos fueron sujetados desde atrás y el miedo se disparó a través de ella con la fuerza de un maremoto. La histeria se apropio de su sistema cuando sintió otro cuerpo firme detrás de ella.
–Tal vez podemos ayudarla encontrar el camino. – Le indicó la voz detrás de ella dura como el acero, al mismo tiempo que manos firmes la atrajeron más cerca contra su duro cuerpo. –Tal vez le gustaría, sin embargo divertirse con nosotros un poco primero.
No era una pregunta; era una declaración. Clary tragó fuertemente luchando por guardar la cordura cuando el miedo rebalsó en ella. Estaba en un fuerte problema y lo sabía.
Bien. ¿Qué le dijo Sebastian? ¿Qué le ordenó hacer?
Como el hombre detrás de ella aprisionaba sus brazos, ella puso en tensión los músculos de sus piernas y levantó sus pies del suelo. El sonido sobresaltado del hombre detrás de ella fue su única advertencia. Cuando comenzaba a caer, Clary rodó sobre su cuerpo lejos de los hombres, se levantó y empezó a correr.
Sus gritos hicieron ecos en el bosque cuando escuchó al primer tipo dar una orden rápida de atraparla. Corrió, y gritó. No trató de ahorrar energía, porque sabía que no llegaría al jeep de todos modos así que era mejor gritar para llenar el bosque con sus alaridos aterrorizados.
Casi llegaba al jeep. Estaba por subirse a la cabina cuando cayeron encima de ella, aplastándola contra el pavimento con la suficiente fuerza como para que le faltara la respiración y terminaran también sus gritos.
–Bruja–, maldijo el hombre. Nuevamente tiró de sus brazos hacia su espalda y la empujo bruscamente a sus pies.
Luchó por respirar, sintiendo el sabor metálico de su propia sangre en la boca, el hedor repugnante de su propio terror envuelto alrededor de ella cuando estuvo otra vez frente a frente con uno de sus atacantes.
–Soy periodista–, jadeó. –Clary Morgenstern. Del National Forum. Habrá personas que me buscan.
– ¿Y qué está haciendo por aquí una pequeña periodista como usted?– Si fuera posible, su voz se tornó más fría, más cruel. –Tal vez debamos enseñarle a no meter su pequeña nariz en donde no le conviene Srita. Periodista.
Sin ninguna advertencia, no estaba preparada para la mano que salió disparada y golpeó su cara con la suficiente fuerza como para romper sus tímpanos y llenar su visión de estrellas. Cuando el mundo parecía oscurecerse alrededor de ella, pudo haber jurado que escuchó unos gruñidos profundos y feroces y un eco de un cruel felino resonar por el bosque.
Clary cayó sobre el suelo, aturdida, en el momento en que fue soltada repentinamente, por el hombre que la mantenía atrapada, escuchó el sonido de los pasos de sus atacantes alejándose rápidamente de ella cuando sonaron algunos disparos de armas de fuego. Apoyando su mano sobre la grava desigual del camino, luchó desesperadamente por trepar al jeep. Tenía que entrar al jeep. El teléfono celular estaba ahí. Llamaría al sheriff, seguramente sabría algo sobre la zona en que se encontraba.
–Le ayudo. – Unas manos masculinas la ayudaron a subir al jeep cuidadosamente, incluso cuando ella evadió el tacto con un grito discordante. –Está bien, esta segura, debemos irnos, apurémonos, subamos al camión y salgamos de aquí.
Clary sintió el blando asiento bajo de ella, aún así luchó por apartarse del hombre que la sostenía, no obstante sintió que a pesar de que la apuraban, su toque era tierno.
–Debemos partir ahora. – La orden fue dada por la persona que se sentó juntó a ella en el jeep y cerró la puerta del vehículo.
– ¿Qué diablos estaba haciendo ella aquí de todos modos?– exigió saber una voz del sexo femenino, cuando el motor del camión salió disparado y la sacudida rápida y desigual del vehículo señaló la velocidad con la que el conductor había salido.
Respirando más fácil ahora, Clary levantó su cabeza y miró fijamente a los ojos del color más electrizantes y de oro que alguna vez había visto. Un grito entrecortado salió de sus labios, y luego ante su mas profunda humillación y angustia, sintió la oscuridad cerrándose sobre ella.
–Voy a desmayarme…– dijo y la oscuridad que se cerró sobre ella era tersa y acogedora cuando se desplomó contra el pecho de Jace.
* * * * *
–Mierda. – Jace la acunó cerca de su pecho con un brazo mientras con el otro lo ocupaba para sostenerse.
Jace todavía estaba maldiciendo. Atrayéndola hacia su mejilla presionó su cabeza contra el y dio gracias a Dios una y otra vez por haberle permitido llegar a tiempo. ¿Qué diablos estaba haciendo ella allí? No había nada más que despeñaderos filosos y tierra virgen en muchos kilómetros y en todas las direcciones a su alrededor. Sabía que estaba desesperada por encontrar la pista para llegar a su casa, pero seguramente tenía suficiente sentido común para saber que el camino no estaba arriba de la montaña, en pleno bosque.
–Hey, mira esto. – Jesamine le mostró un pedazo de papel cuando luchó para sostenerse en su lugar mientras el vehículo avanzaba rápidamente dando tumbos, bajando la montaña. – ¿Dónde estamos llevándola? ¿Tu cuarto o su habitación?
–Su habitación. – Jace tomó el papel de su mano, echando un vistazo a las instrucciones garabateadas escritas sobre él. – ¿Dónde diablos consiguió esto?
El vio fijamente a Jesamine por el espejo retrovisor.
–Parece que los chicos están queriendo jugar, Jace–, dijo despacio. –Te han visto con ella, saben lo que está buscando.
Un instrumento. Eso era lo que ella había sido para ellos. Un medio para burlarse de él, de tomar algo que pensaban que el quería. No había tenido suficiente cuidado. De algún modo, había dejado ver a los bastardos su interés en ella. La acomodó en su regazo, sujetándola más cerca, absorbiendo el golpeteo del jeep sobre el camino lleno de baches para protegerla. Era tan ligera en sus brazos, su cuerpo se sentía delicado y pequeño contra su cuerpo más alto y ancho.
Inhaló su aroma, luchando para hacer caso omiso de la palpitante erección debajo de sus vaqueros, el deseo de acariciar su piel con sus labios. Se contento con frotar su mejilla contra la seda de su pelo. Un olor suave a duraznos con crema penetró en su nariz, su aroma lo tentaba, el siempre había sido aficionado a los duraznos en cualquier forma.
–Jace, ¿qué vas a hacer?– presionó Jesamine.
Clary estaba en peligro ahora, ambos lo sabían.
–Pon a Dayan a que la vigile, le dijo. –Ella no lo conoce. Dile que se quede tan cerca de ella como sea posible, por las dudas. Dile que me llame si ella se encuentra en problemas. –
–El problema no la encuentra a ella, evidentemente ella lo busca. –, comentó Jesamine.
Jace sonrío, sus dedos frotando el brazo de Clary sin hacer ruido. Ella no retrocedía, tenía que concederle eso. Era terca como el demonio, pero no consideraba que en este caso le fuera a servir.
– ¿Esta todavía desmayada?– Preguntó Jesamine con aire de preocupación.
–Sí. Así que apúrate a llegar a ese maldito motel antes de que esta pequeña entrometida se despierte. Seguramente tendremos problemas si lo hace. –
Sólo podía imaginar su placer, que esperaba fuera mutuo, si ella despertara para encontrarse en sus brazos ahora mismo. Para no mencionar las malditas preguntas que seguramente saldrían en tropel de su boca. Ella solo estaba esperando la posibilidad de atacarlo con sus preguntas, y el no estaba demasiado deseoso para dárselo. Lo veía venir. Sabía que la única manera de evitarla sería dejar el condado nuevamente. Algo que iba a hacer pronto de todos modos para alejar a los malditos soldados a antes de que se enteraran de todos ellos. Hasta donde el consejo sabía, los otros se habían muerto en esa maldita explosión hacía más de diez años. Quería que siguieran creyéndolo.
–Ya estamos aquí. – Jesamine abrió la puerta de habitación del motel rápidamente. Tomó el bolso de Clary, y arrojó la llave del jeep en las profundidades.
Jace la dejó abrir la puerta antes de salir del vehículo rápidamente, tomando a Clary en sus brazos, caminó a zancadas hasta entrar en la habitación. La colocó sobre la cama, fijándose en la bata blanca que estaba tendida sobre el colchón, las sobras de su cena sobre la mesa. La televisión prendida, con el sonido al mínimo, una ligera luz estaba encendida al lado de la cama.
Se quedó junto a ella, renuente a dejarla, lamentando la necesidad de partir antes de que ella se despertara. Tocó su mejilla, una caricia más bien fugaz, entonces antes de poder detenerse, se inclinó, rozando sus labios en la comisura de su boca, su lengua se poso suavemente sobre las blandas líneas. Sabía tan dulce y suave como se imaginaba.
–Jace, tenemos que apresurarnos, siseó Jesamine desde afuera de la puerta. –Antes de que alguien nos vea.
De entre los labios de Clary, surgió un quejido suave que vibró en su garganta cuando su cabeza giró, buscando inconscientemente mayor acceso a sus caricias. Su lengua tocó la suya, indeciso, inseguro. Luchó por no darle un beso ligero, negar su necesidad de acariciar la suave profundidad de su boca cuando realmente se moría por hacerlo. Finalmente se contento con pasar la lengua nuevamente por sus labios, se retiró rápidamente y se forzó a dejar la habitación.
Cerró la puerta sin hacer ruido detrás de él, y cuando el camión de William se detuvo al lado del jeep. Subió al camión rápidamente después de Jesamine, en silencio, mirando hacia la puerta del hotel cuando William dio marcha atrás. Después de eso mantuvo la mirada fija enfrente de él, haciendo caso omiso de la expresión preocupada de Jesamine, ignorando su propia necesidad pulsante, caliente y demandante que corría por su torrente sanguíneo. Hijo de puta, el quería a Clary. Quería colocarse encima de ella, estrecharse en cada curva suave de su esbelto cuerpo antes de enterrar su miembro tan profundamente dentro de ella que ninguno de los dos sería libre otra vez.
Cuando salieron del hotel, Jace miró cuando Dayan entró a una zona de estacionamiento del hotel pequeña y aislada cerca de la puerta de Clary. Sería vigilada y cuidada hasta que el pudiera irse. Debía haber partido antes, antes de que esos malditos mercenarios de algún modo se hubieran dado cuenta de su atracción por ella. Antes de que decidieran usarla contra él.
–Llama a Edward cuando lleguemos a la estación– le dijo a William, con voz fría cuando tomó su decisión. –Iremos tras esos bastardos esta noche.
–Seguro, Jace. – La voz de William estaba impregnada de cólera. No deberían de involucrarse, pero Clary era una mujer, se suponía que debía ser protegida, a cualquier costo. El joven rara vez aprobaba la violencia solamente cuando era necesaria contra el abuso de mujeres, niños o ancianos.
–Jesamine, tú te regresas al motel, envía a Dayan de regreso. – Jace sabía que Dayan se enfadaría, su respuesta siempre era hacer caso omiso de los bastardos. –Tú te quedas cerca de ella, puedes llevar a Isabelle si quieres hacerlo.
Jesamine era mas que capaz de protegerse ella misma, pero Jace odiaba enviarla sola de todos modos.
–Consigue un trofeo de ellos para mí. – Los recuerdos y la amargura impregnaban su voz.
–Por todos nosotros entonces. – Jace asintió cuando William entró ala Gass up. –Vamos por las cosas
y salgamos.
Sabían donde acampaban los soldados, aunque estos no se habían dado cuenta. De la misma manera que los otros antes que ellos, pensaban que su adiestramiento y sus precauciones los esconderían de los instintos arraigados en el ADN de Jace. Se enterarían como los demás.
Casi una hora después, se encontraba en la desesperación mas absoluta cuando nuevamente tomó el camino de acceso de una de las carreteras secundarias rurales que ya había recorrido con anterioridad en su búsqueda de la casa de Jace. Las instrucciones escritas al lado de ella le estaban dando pocas pistas hacia donde dirigirse, cuando su jeep se topó con un camino de tierra marcado que no parecía conducir a ningún lugar en realidad.
Poniendo el freno, Clary se detuvo y vio el camino con confusión. ¿Cómo lo había hecho? Podía haber jurado que había tomado el camino a la derecha algunos kilómetros atrás.
–Dios mío, sálvame de las instrucciones simples, gruñó.
Apartando el cabello de su frente, puso el jeep marcha atrás y dio la vuelta en el amplio camino cubierto de hierba que limitaba con la carretera. Seguramente no podía ser tan difícil, pensó. Infiernos, nunca se había perdido en ninguna gran ciudad en la que alguna vez había estado, y ahora este pequeño condado de campesinos estaba consiguiendo que por primera vez se perdiera. No podía estar ocurriendo, sus hermanos se burlarían por años si se enteraran.
–Demonios. – Siguió conduciendo otro kilómetro mas, volvió a detenerse, echó un vistazo a su alrededor y finalmente admitió su derrota. Estaba perdida. Real e irrevocablemente perdida, y no tenía nadie a quien culpar, excepto a ella misma.
Dando un suspiro ella miró a su alrededor cansadamente. Tenía que haber una salida allí. En algún momento se había equivocado al dar alguna vuelta o algo así. Saliendo del jeep, estiró sus cansados músculos, fue de un lado para otro sobre el límite del camino, buscando alguna señal de la civilización en el valle que se veía abajo.
No había ninguna señal. Todo lo que ella podía ver alrededor de ella, eran los árboles altos y frondosos, ni siquiera el techo de una casa o un granero. No que un granero significara mucho por aquí, ella había visto muchos de ellos, saqueados y cayéndose abandonados, pero nada que se pareciera de cerca a una casa.
Después de seguir buscando por algunos momentos más, siguió caminando al otro lado del camino y empezó a subir por la colina que estaba en un lado. Quizá, si pudiera estar un poco más alto, podría ver algo. Tenía que haber una casa en algún lugar. No era como estar en el desierto o en una selva tropical, caray. Las personas vivían aquí. El hombre que le había dado las instrucciones le había asegurado que había un camino, entonces, el condujo por aquí en algún momento. Así que alguna persona tenía que pasar por aquí en cualquier minuto. Y ella iba a tener que encontrarlos pronto. Estaba oscureciendo y realmente ella no quería quedarse aquí a solas después del anochecer.
Cuando entró en la parte más frondosa del bosque, dio media vuelta para asegurarse que todavía podía ver el jeep. Cuando lo hizo, un ruido tras ella la sobresaltó, causando que se detuviera con miedo.
El hombre se detuvo frente a ella, sus ojos oscuros debajo del ala de su sombrero cuando la miró. Clary sintió su corazón empezar a bombear sangre rápidamente por su flujo sanguíneo cuando los ojos del hombre recorrieron su cuerpo, animado con un mortal propósito.
–Bien, ¿qué tenemos aquí?– El hombre era alto, el sombrero casi le ocultaba sus negros ojos, y su rostro se veía duro y amenazante en las sombras del bosque.
Clary sintió el miedo recorrerla a través de todo su cuerpo. Su corazón empezó a retumbar rápidamente en respuesta a la descarga de adrenalina, la sangre zumbaba con estruendo en sus oídos cuando percibió la expresión fría y severa en la cara del hombre.
–Estoy perdida. – dijo Clary retrocediendo cuando el hombre se acercó a ella, una mirada lasciva apareció en su cara. –Sólo estaba buscando una manera de salir de la montaña.
– ¿Perdida usted?– la miró desdeñosamente, como desnudándola con la vista. –Pobre pequeña. Usted necesita un poco de ayuda, ¿o no?
Parecía la misma voz del tipo que le llamó con las estúpidas instrucciones que la habían hecho extraviarse.
–Estoy segura que puedo arreglármelas. – Clary dio un paso hacia atrás despacio, luchando contra el pánico que se extendía a través de su cuerpo.
Cuando estaba haciéndolo, sus brazos fueron sujetados desde atrás y el miedo se disparó a través de ella con la fuerza de un maremoto. La histeria se apropio de su sistema cuando sintió otro cuerpo firme detrás de ella.
–Tal vez podemos ayudarla encontrar el camino. – Le indicó la voz detrás de ella dura como el acero, al mismo tiempo que manos firmes la atrajeron más cerca contra su duro cuerpo. –Tal vez le gustaría, sin embargo divertirse con nosotros un poco primero.
No era una pregunta; era una declaración. Clary tragó fuertemente luchando por guardar la cordura cuando el miedo rebalsó en ella. Estaba en un fuerte problema y lo sabía.
Bien. ¿Qué le dijo Sebastian? ¿Qué le ordenó hacer?
Como el hombre detrás de ella aprisionaba sus brazos, ella puso en tensión los músculos de sus piernas y levantó sus pies del suelo. El sonido sobresaltado del hombre detrás de ella fue su única advertencia. Cuando comenzaba a caer, Clary rodó sobre su cuerpo lejos de los hombres, se levantó y empezó a correr.
Sus gritos hicieron ecos en el bosque cuando escuchó al primer tipo dar una orden rápida de atraparla. Corrió, y gritó. No trató de ahorrar energía, porque sabía que no llegaría al jeep de todos modos así que era mejor gritar para llenar el bosque con sus alaridos aterrorizados.
Casi llegaba al jeep. Estaba por subirse a la cabina cuando cayeron encima de ella, aplastándola contra el pavimento con la suficiente fuerza como para que le faltara la respiración y terminaran también sus gritos.
–Bruja–, maldijo el hombre. Nuevamente tiró de sus brazos hacia su espalda y la empujo bruscamente a sus pies.
Luchó por respirar, sintiendo el sabor metálico de su propia sangre en la boca, el hedor repugnante de su propio terror envuelto alrededor de ella cuando estuvo otra vez frente a frente con uno de sus atacantes.
–Soy periodista–, jadeó. –Clary Morgenstern. Del National Forum. Habrá personas que me buscan.
– ¿Y qué está haciendo por aquí una pequeña periodista como usted?– Si fuera posible, su voz se tornó más fría, más cruel. –Tal vez debamos enseñarle a no meter su pequeña nariz en donde no le conviene Srita. Periodista.
Sin ninguna advertencia, no estaba preparada para la mano que salió disparada y golpeó su cara con la suficiente fuerza como para romper sus tímpanos y llenar su visión de estrellas. Cuando el mundo parecía oscurecerse alrededor de ella, pudo haber jurado que escuchó unos gruñidos profundos y feroces y un eco de un cruel felino resonar por el bosque.
Clary cayó sobre el suelo, aturdida, en el momento en que fue soltada repentinamente, por el hombre que la mantenía atrapada, escuchó el sonido de los pasos de sus atacantes alejándose rápidamente de ella cuando sonaron algunos disparos de armas de fuego. Apoyando su mano sobre la grava desigual del camino, luchó desesperadamente por trepar al jeep. Tenía que entrar al jeep. El teléfono celular estaba ahí. Llamaría al sheriff, seguramente sabría algo sobre la zona en que se encontraba.
–Le ayudo. – Unas manos masculinas la ayudaron a subir al jeep cuidadosamente, incluso cuando ella evadió el tacto con un grito discordante. –Está bien, esta segura, debemos irnos, apurémonos, subamos al camión y salgamos de aquí.
Clary sintió el blando asiento bajo de ella, aún así luchó por apartarse del hombre que la sostenía, no obstante sintió que a pesar de que la apuraban, su toque era tierno.
–Debemos partir ahora. – La orden fue dada por la persona que se sentó juntó a ella en el jeep y cerró la puerta del vehículo.
– ¿Qué diablos estaba haciendo ella aquí de todos modos?– exigió saber una voz del sexo femenino, cuando el motor del camión salió disparado y la sacudida rápida y desigual del vehículo señaló la velocidad con la que el conductor había salido.
Respirando más fácil ahora, Clary levantó su cabeza y miró fijamente a los ojos del color más electrizantes y de oro que alguna vez había visto. Un grito entrecortado salió de sus labios, y luego ante su mas profunda humillación y angustia, sintió la oscuridad cerrándose sobre ella.
–Voy a desmayarme…– dijo y la oscuridad que se cerró sobre ella era tersa y acogedora cuando se desplomó contra el pecho de Jace.
* * * * *
–Mierda. – Jace la acunó cerca de su pecho con un brazo mientras con el otro lo ocupaba para sostenerse.
Jace todavía estaba maldiciendo. Atrayéndola hacia su mejilla presionó su cabeza contra el y dio gracias a Dios una y otra vez por haberle permitido llegar a tiempo. ¿Qué diablos estaba haciendo ella allí? No había nada más que despeñaderos filosos y tierra virgen en muchos kilómetros y en todas las direcciones a su alrededor. Sabía que estaba desesperada por encontrar la pista para llegar a su casa, pero seguramente tenía suficiente sentido común para saber que el camino no estaba arriba de la montaña, en pleno bosque.
–Hey, mira esto. – Jesamine le mostró un pedazo de papel cuando luchó para sostenerse en su lugar mientras el vehículo avanzaba rápidamente dando tumbos, bajando la montaña. – ¿Dónde estamos llevándola? ¿Tu cuarto o su habitación?
–Su habitación. – Jace tomó el papel de su mano, echando un vistazo a las instrucciones garabateadas escritas sobre él. – ¿Dónde diablos consiguió esto?
El vio fijamente a Jesamine por el espejo retrovisor.
–Parece que los chicos están queriendo jugar, Jace–, dijo despacio. –Te han visto con ella, saben lo que está buscando.
Un instrumento. Eso era lo que ella había sido para ellos. Un medio para burlarse de él, de tomar algo que pensaban que el quería. No había tenido suficiente cuidado. De algún modo, había dejado ver a los bastardos su interés en ella. La acomodó en su regazo, sujetándola más cerca, absorbiendo el golpeteo del jeep sobre el camino lleno de baches para protegerla. Era tan ligera en sus brazos, su cuerpo se sentía delicado y pequeño contra su cuerpo más alto y ancho.
Inhaló su aroma, luchando para hacer caso omiso de la palpitante erección debajo de sus vaqueros, el deseo de acariciar su piel con sus labios. Se contento con frotar su mejilla contra la seda de su pelo. Un olor suave a duraznos con crema penetró en su nariz, su aroma lo tentaba, el siempre había sido aficionado a los duraznos en cualquier forma.
–Jace, ¿qué vas a hacer?– presionó Jesamine.
Clary estaba en peligro ahora, ambos lo sabían.
–Pon a Dayan a que la vigile, le dijo. –Ella no lo conoce. Dile que se quede tan cerca de ella como sea posible, por las dudas. Dile que me llame si ella se encuentra en problemas. –
–El problema no la encuentra a ella, evidentemente ella lo busca. –, comentó Jesamine.
Jace sonrío, sus dedos frotando el brazo de Clary sin hacer ruido. Ella no retrocedía, tenía que concederle eso. Era terca como el demonio, pero no consideraba que en este caso le fuera a servir.
– ¿Esta todavía desmayada?– Preguntó Jesamine con aire de preocupación.
–Sí. Así que apúrate a llegar a ese maldito motel antes de que esta pequeña entrometida se despierte. Seguramente tendremos problemas si lo hace. –
Sólo podía imaginar su placer, que esperaba fuera mutuo, si ella despertara para encontrarse en sus brazos ahora mismo. Para no mencionar las malditas preguntas que seguramente saldrían en tropel de su boca. Ella solo estaba esperando la posibilidad de atacarlo con sus preguntas, y el no estaba demasiado deseoso para dárselo. Lo veía venir. Sabía que la única manera de evitarla sería dejar el condado nuevamente. Algo que iba a hacer pronto de todos modos para alejar a los malditos soldados a antes de que se enteraran de todos ellos. Hasta donde el consejo sabía, los otros se habían muerto en esa maldita explosión hacía más de diez años. Quería que siguieran creyéndolo.
–Ya estamos aquí. – Jesamine abrió la puerta de habitación del motel rápidamente. Tomó el bolso de Clary, y arrojó la llave del jeep en las profundidades.
Jace la dejó abrir la puerta antes de salir del vehículo rápidamente, tomando a Clary en sus brazos, caminó a zancadas hasta entrar en la habitación. La colocó sobre la cama, fijándose en la bata blanca que estaba tendida sobre el colchón, las sobras de su cena sobre la mesa. La televisión prendida, con el sonido al mínimo, una ligera luz estaba encendida al lado de la cama.
Se quedó junto a ella, renuente a dejarla, lamentando la necesidad de partir antes de que ella se despertara. Tocó su mejilla, una caricia más bien fugaz, entonces antes de poder detenerse, se inclinó, rozando sus labios en la comisura de su boca, su lengua se poso suavemente sobre las blandas líneas. Sabía tan dulce y suave como se imaginaba.
–Jace, tenemos que apresurarnos, siseó Jesamine desde afuera de la puerta. –Antes de que alguien nos vea.
De entre los labios de Clary, surgió un quejido suave que vibró en su garganta cuando su cabeza giró, buscando inconscientemente mayor acceso a sus caricias. Su lengua tocó la suya, indeciso, inseguro. Luchó por no darle un beso ligero, negar su necesidad de acariciar la suave profundidad de su boca cuando realmente se moría por hacerlo. Finalmente se contento con pasar la lengua nuevamente por sus labios, se retiró rápidamente y se forzó a dejar la habitación.
Cerró la puerta sin hacer ruido detrás de él, y cuando el camión de William se detuvo al lado del jeep. Subió al camión rápidamente después de Jesamine, en silencio, mirando hacia la puerta del hotel cuando William dio marcha atrás. Después de eso mantuvo la mirada fija enfrente de él, haciendo caso omiso de la expresión preocupada de Jesamine, ignorando su propia necesidad pulsante, caliente y demandante que corría por su torrente sanguíneo. Hijo de puta, el quería a Clary. Quería colocarse encima de ella, estrecharse en cada curva suave de su esbelto cuerpo antes de enterrar su miembro tan profundamente dentro de ella que ninguno de los dos sería libre otra vez.
Cuando salieron del hotel, Jace miró cuando Dayan entró a una zona de estacionamiento del hotel pequeña y aislada cerca de la puerta de Clary. Sería vigilada y cuidada hasta que el pudiera irse. Debía haber partido antes, antes de que esos malditos mercenarios de algún modo se hubieran dado cuenta de su atracción por ella. Antes de que decidieran usarla contra él.
–Llama a Edward cuando lleguemos a la estación– le dijo a William, con voz fría cuando tomó su decisión. –Iremos tras esos bastardos esta noche.
–Seguro, Jace. – La voz de William estaba impregnada de cólera. No deberían de involucrarse, pero Clary era una mujer, se suponía que debía ser protegida, a cualquier costo. El joven rara vez aprobaba la violencia solamente cuando era necesaria contra el abuso de mujeres, niños o ancianos.
–Jesamine, tú te regresas al motel, envía a Dayan de regreso. – Jace sabía que Dayan se enfadaría, su respuesta siempre era hacer caso omiso de los bastardos. –Tú te quedas cerca de ella, puedes llevar a Isabelle si quieres hacerlo.
Jesamine era mas que capaz de protegerse ella misma, pero Jace odiaba enviarla sola de todos modos.
–Consigue un trofeo de ellos para mí. – Los recuerdos y la amargura impregnaban su voz.
–Por todos nosotros entonces. – Jace asintió cuando William entró a
Sabían donde acampaban los soldados, aunque estos no se habían dado cuenta. De la misma manera que los otros antes que ellos, pensaban que su adiestramiento y sus precauciones los esconderían de los instintos arraigados en el ADN de Jace. Se enterarían como los demás.
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