Clarisa
Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo
tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un
miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado
febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de
Sexo
Historias
contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto
diferente.
Escenas
de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!
CAPÍTULO SIETE
Clary tembló ante la mirada de Jace. Sus ojos de ámbar casi brillaron, su voz se hizo mas baja, pesada. Un vistazo rápido, muy breve debajo de su cintura mostró un aumento que la hizo sentir muy nerviosa. Claramente, ella no era la única afectada. Y no podría describirse más que como aflicción. Ella se sintió con fiebre, su piel sensible, lista para su toque. Era diferente a lo que alguna vez había conocido. Era diferente de algo que ella alguna vez conocería.
–Yo no se. – Se escuchó el nerviosismo en su voz, su turbación. Durante unos segundos se quedó inmóvil en su presencia, pero la tentación por tocarlo crecía.
Ella miró con fijeza su pecho, era más capaz de hacer eso que de mirar sus ojos. Aquellas profundidades de ámbar la hacían sentir, la hacían querer, necesitar cosas que ella no estaba segura que debería de querer.
Se estremeció cuando sus dedos le tocaron su barbilla, insegura, casi asustada ahora. Si él no hubiera estado consciente de los deseos que incendiaban su cuerpo, ella podría haber manejado esto. Podría haber manejado su mirada fija, la caricia de sus dedos contra su barbilla. Ella pasó su lengua nerviosamente sobre sus labios secos, consciente de la plenitud repentina en ellos, el dolor, el latido justo bajo la piel.
Sus ojos se estrecharon. Con el pulgar recorrió, experimentalmente sobre las suaves comisuras, recogiendo la humedad de su boca. Su pecho se sentía sofocado cuando intentó respirar normalmente. Parecía que no podía inhalar suficiente aire para llenar sus pulmones. Sintió la necesidad de luchar por el aliento, liberar el gemido que tenía atrapado allí.
–Eres peligroso. – Escuchó aquel gruñido otra vez, retumbando justo bajo la superficie de sus palabras. –Lo que sea que esto signifique, Clary, podría afectar nuestras vidas.
–Anomalía. – Ella se mordió los labios. Sentía que no tenía ninguna respuesta para esto.
Una curva burlona en sus labios mostró su desacuerdo.
–No hay ninguna anomalía cuando se trata de alguien como yo, – le aseguró. –Soy el instinto, Clary. Un animal apenas disfrazado. Cualquier cosa que pase es para temer.
–No un animal. – Ella sacudió su cabeza, viendo la amargura en sus ojos.
Se alejó de su toque rápidamente. Él hacía que su cuerpo se sintiera débil, flexible. Ella necesitaba de todo su ingenio ahora.
– ¿Como lo llamarías entonces? – Había un hilo de cólera a través de su voz –Si hiciera lo que me pides, y por algún milagro de Dios no terminó muerto, entonces me conocerían como el Monstruo de América. Más experimentos, más pruebas. Al menos de esta forma, soy libre. Mientras pueda correr más rápido que los soldados y ocultarme mejor que mis perseguidores, entonces podré sobrevivir.
– ¿Y es la supervivencia bastante? –Le preguntó, enfadada de que él no quisiera más. – ¿Y los que vendrán más tarde? ¿Las pobres almas que se encuentren en sus manos? ¿No te sientes de algún modo responsable para detenerlos?
El cinismo se reflejó sobre su expresión.
–Tan apasionada, – murmuró, apoyándose contra la pared, sus brazos cruzados sobre su pecho mientras la miraba. – Soy un hombre
–Con ejercito tras de ti, – arguyó Clary desesperadamente.
–Tu inocencia debe ser elogiada, Clary,– dijo entre dientes, enderezándose ahora, mas cerca de ella. –Como tus motivos. Pero no tienes ni idea del pedazo que has mordido aquí. Corres peligro de ahogarte.
Él la tomó en sus brazos, acercándola contra su cuerpo, permitiendo que sintiera su erección contra su estómago. Clary aspiró bruscamente, sus manos apoyadas contra su pecho, al encerrarla el en el círculo de sus brazos.
–Tú vienes a hablar de moralidad y tus ideas de justicia, y todo el rato siento el aroma de tus jugos, tentándome, volviéndome loco con tu aroma. Esa no es la historia que quieres y esto no es justicia. Tu quieres que el Hombre Gato te joda Admítelo.
Restregó sus caderas contra ella. Clary jadeó entrecortadamente, luchando contra la relajación lenta de su cuerpo contra la necesidad de rendirse e hundirse en el placer lento e inexorable que la rodeaba. ¿De dónde rayos había venido?
–No sé porque me pasa esto, – dijo con voz ronca, sacudiendo la cabeza. –Esto no era lo que tenía planeado antes de venir aquí. – Yo solo quería ayudarte.
– ¿Esto no te asusta, Clary? – Su mano agarró su pelo, tirando su cabeza hacia atrás. – ¿No te asusta esta lujuria repentina? Como si no fueras como eres normalmente. Esto me tiene malditamente cerca de arrojar mi cordura al viento y ponerte sobre aquel escritorio y joderte hasta que grites de placer.
Clary se estremeció, luego gritó cuando el bajó su cabeza. Sus labios fueron a su cuello, sus dientes mordiéndolo, arañándolo en un gesto lento, peligroso. Clary tembló. Sus manos se aferraron a sus poderosos brazos, viendo fijamente el techo mientras se estremecía de éxtasis cuando la lengua de Jace pasaba sobre su piel. Con brusquedad húmeda, su lengua que le raspaba como una lija la tenía de puntillas, silenciosamente exigiendo más. Su cabeza inclinada más atrás, exponiendo la curva vulnerable de su cuello. Su piel exigiéndole más.
– Demonios, sabes bien, Clary. Malditamente bien. – Él lamió su piel nuevamente y ella gemía.
No podía creer la sensación. Como áspero terciopelo, sólo que mejor. Un espasmo agudo de necesidad le recorrió por su matriz, los músculos de su vagina latían como despertando de un profundo sueño. ¿Qué era esto? ¿Por qué se sentía tan bien, cuándo su cuello nunca había sido una zona erógena antes?
Entonces sus labios cubrieron los suyos. Habían besado a Clary antes, muchas veces, pero nada como esto. Su lengua dentro de su boca y el sabor de él eran embriagadores. La lengua de Clary encontró la suya, empujándola más profundo, acariciándola, disfrutando con el sabor de él. Caliente, picante. Su sabor estaba hecho de hombre, oscuro y elusivo. Ella gimió contra sus labios, necesitando más, queriendo probar y descubrir el origen de su sabor. Pero él se movió, regresando sus labios a su cuello nuevamente.
Sus dientes pellizcaron nuevamente su piel brevemente, un gruñido que emano de su pecho al mover su mano de la cadera a sus pechos. Él estaba cerca, tan cerca de su seno dolorosamente hinchado, el pezón duro y palpitante. Gimió nuevamente, apretándose contra él, sin preguntarse mas que era esto, sintiendo sólo la respuesta primitiva de su cuerpo al suyo.
–Sal de aquí, – increpó el, aunque aún sin liberarla. –Sal de aquí antes de que yo haga algo de lo que ninguno de los dos sobrevivirá.
Su boca seguía moviéndose por su cuello, a lo largo de su clavícula, lamiendo, saboreando tejiendo un camino desde su cuello, mientras sus manos le apartaban su camisa y le rozaban sus pechos palpitantes. Clary sentía que se quemaba viva por sus caricias. Sus pezones endureciéndose aún mas si fuera posible, rozándose dolorosamente contra el material suave de su sostén, duros, desesperada por sentir el calor de su boca en ellos. Si él no los tocaba, si él no los chupaba profundamente con su boca ella iba a explotar. Ah Dios, si él no lo hiciera, ella explotaría de todos modos. Ella estaba cerca, muy cerca del orgasmo eso la aterrorizó. Su sangre bombeando, se precipitó por su cuerpo. Ella tembló entre sus brazos, su cuerpo arqueado contra el suyo, un gemido desesperado salió de su garganta.
Ella sintió que los faldones de su camisa, salían de sus shorts, sintiendo el roce de la ropa sobre sus hinchados montículos. Sus uñas se clavaron en sus hombros, por el deseo y el fuego que la recorría por dentro.
– ¿Qué diablos nos hacemos el uno al otro? – Susurró con turbación, mientras seguía tocándola. Su mano se movió, acunando su pecho. El calor seco de su carne contra la suya hacía que ella arqueara las caderas con desesperación. Su pierna deslizándola suavemente entre sus muslos, cuando la apretó contra la pared, permitiéndole la pequeña libertad de montarse en su pierna y restregar su montículo en él.
Ah, esto se sentía bien. Su parte más íntima palpitó con dolor, aumentando la tensión, la fricción que ella creó cuando lo montó.
– Jace, – su grito era una mezcla espantosa de miedo, de necesidad aplastante, y de desesperación interrogativa cuando su boca cubrió el duro pezón que se elevaba de una manera suplicante en su pecho.
Él se restregó contra ella, la deliciosa sensación se le clavó en su matriz, dentro de ella. Su lengua lamía, mordía, torturaba, la textura de su lengua era áspera, pero increíblemente gentil, profundamente erótica. Él se amamantó, lento, luego siguió mordisqueando la carne mientras ella se retorció sobre su muslo, pidiendo entre gemidos su liberación.
–Hijo de perra. – Se retiró de ella, apartando, la vista de sus ojos que brillaban por la lujuria y la turbación. –Esto no es normal, Clary. Esta necesidad no debería ser tan intensa.
Acomodó la blusa sobre sus pechos, restaurando el orden a su ropa, no asi a sus sentidos.
–Siéntate. – La empujó contra el canapé que estaba contra la pared, y empezó a caminar por la pequeña oficina.
Clary sacudió su cabeza. Esto no podría detenerse. La sensación palpitante de necesidad sólo se intensificaba.
– ¿Qué es lo que me has hecho? – Jadeó, sacudiendo la cabeza. – Esto no se detiene.
Él hizo una pausa, volviéndose a verla.
– ¡Qué? – Frunció el ceño, mirando fijamente a sus ojos, con la confusión reflejada en su cara.
–Esto no se detiene, – Repitió, luchando por recuperar el control de si misma –Algo me hiciste. Debes arreglarlo.
Jace se acercó al sofá, mirando fijamente sus ojos, viéndola con el ceño fruncido. Una risa trémula escapó de su garganta.
–Maldito, Jace, realmente tienes que cuidar tus besos. Son peligrosos. –
–Nunca he tenido problemas con ellos antes, – gruño, tocándose su frente como si comprobara que tenía fiebre.
– ¡Y esperas que te lo crea? – Preguntó, castañeando sus dientes. – No me gusta esto. Pienso que voy a llamar a mis hermanos para que vengan y te pateen el trasero.
No lo haría. No realmente. Ellos le darían la bienvenida a su rendición, sobre todo Fuerzas Especiales Sebastian quien estaba a punto de regresarla.
– ¿Qué es lo que sientes? – Le preguntó silenciosamente. – ¿Además de lo obvio? –
–Lo obvio multiplicado por una cantidad mas alta como tu puedas llegar, – ella rechinó los dientes, juntando sus muslos. – ¿Sabes que soy virgen? Seriamente, las vírgenes no deberían ser tan calientes. Esto tiene que ser malo para su salud o algo así. ¿Somos una especie en peligro de extinción?, ¿Lo sabías?
Ella no hizo caso de su atónita expresión.
Él inclinó su cabeza, su mirada fija en su cuello, entonces le apartó el cuello de la camisa otra vez, examinando su pecho. Clary miró hacia abajo sonriendo abiertamente, al ver un moretón en el pezón.
–Jace, tu lengua es peligrosa. – Ella gimió cuando su pulgar acarició la carne sensible.
Ella oyó su ronco gemido un instante antes de que él cubriera el otro pico con su boca. Sus manos fueron a su cabello, sosteniéndolo mas cerca, sintiendo que su lengua la acariciaba con cuidado, su boca que la chupaba fuerte. Ella se retorció contra él, moviendo su cuerpo más abajo, queriendo presionarse apretada y difícil contra la erección que amenazaba con reventar las costuras de sus vaqueros.
–Dios, te huelo. Tan caliente y dulce, – él jadeó cuando se retiró, acomodó su cabeza, en el valle de sus senos. – Quiero probarte desesperadamente Clary, estoy que no puedo más.
– ¿Qué? – Se sobresaltó mientras ondas de placer electrificaron su cuerpo.
–Quiero enterrar mi boca en tu pequeña parte caliente, – gimió. –Quiero beber a lengüetadas cada partícula de tus líquidos y acariciarte con mi lengua hasta que me des más.
Los fluidos en cuestión fluían despacio de su vagina en muda súplica por que hiciera justo esto. Su parte seguía palpitante, su matriz se contrajo. Le mordió los labios, su lengua acariciándoles, inflamándoles, necesitándole.
– Por favor, haz algo, – gimió, con los muslos apretados contra su miembro, al mismo tiempo que el empujaba las caderas – Juro, Jace, que tu toque parece droga.
Él se detuvo. Ella sintió sus músculos tensos, luego un juramento salió de su boca cuando puso distancia entre ellos.
–Voy a lamentar preguntar. ¿Pero qué pasa ahora? – Dijo mientras se recostaba contra el canapé, respirando pesadamente mientras se acomodaba la blusa.
Ella podría oírlo luchando por recuperar el aliento también. Abrió los ojos, viendo como la miraba de pie frente a ella.
–Si no sales de aquí, voy a joderte, – sus palabras salieron entre sus apretados dientes. – Piensa en ello, Clary. No me conoces. Soy un extraño para ti. Un animal genético que esta preparado para rasgar la ropa de tu cuerpo y violarte sobre un sucio sofá. ¿Así es como quieres que sea tu primera vez?
Clary frunció el ceño. –Bien, esto no encabezaba mi lista de cosas por hacer el día de hoy. Pero yo siempre he sido buena para improvisar. –
No podría pensar en ninguna buena razón para no tenderse en el sofá y dejarlo que hiciese lo que quisiera con ella. No entendía cual era el problema y su cuerpo estaba tan molesto que realmente no le preocupaba.
– Clary, piensa, – murmuró entre dientes, moviéndose para sentarse en el otro extremo del sofá y pasando sus dedos entre el cabello. – Nunca has sido asaltada por la lujuria de tal modo. Esto no puede ser normal. –
– ¿Cómo lo sabría? – Frunció el ceño. – Te lo dije, nunca he hecho esto antes. ¿Tú lo has hecho?
– ¿He hecho qué? – Le preguntó con desconfianza.
– ¿Alguna vez has tenido sexo antes? – Preguntó ella con impaciencia. Pareces tan poco dispuesto, que me dio un poco de curiosidad.
–Desde luego que he tenido sexo antes. – Él frunció el ceño. –Era un sujeto requerido antes de mi fuga de los laboratorios. Tuve sexo a diario durante más de dos años.
El impacto explotó contra su sistema.
–Tenías dieciséis años cuando escapaste, – le dijo, horrorizada. –Eras demasiado joven.
La observó con un destello burlón en su mirada. –Fui recapturado a los 17 años y retenido hasta que tuve veinte años antes de destruir los laboratorios. Tienes que estar segura de tus fuentes, Clary.
– ¿Ellos te enseñaron cómo tener sexo? –No podía imaginarse nada tan barbárico.
–Desde luego, matar a alguien puede ser hecho de diferentes maneras. Ellos me enseñaron como dar placer y como infligir dolor. – Él se burló. – Conozco cada forma inimaginable para joder a un hombre o una mujer, con cualquier grado de cada sensación.
Clary tragó fuertemente, parpadeando al mirarlo.
–Esto es horrible, – susurró. – ¿Por qué harían eso?
Su lujuria se evaporo al pensar en el terrible dolor de este hombre. Él la miró asqueado, tanto de el como de lo que ella pensaba.
– Ellos hicieron esto para entrenarme, – le recordó con frialdad. – Yo debía ser un asesino. Clary Existen muchas maneras de matar, mutilar, obligar a que te den la información que quieres de tu víctima. Me enseñaron todas aquellas cosas. Pero esto no responde la pregunta de nuestro presente problema. No recuerdo ni una vez que mis besos alguna vez hayan drogado a una mujer.
–Tal vez sea eso justamente. – Respiró ásperamente. –Besas realmente bien, Jace.
Sus labios tirando de las comisuras de su boca y sus ojos llenos de un tipo cansado de humor.
–Eres una mujer peligrosa. ¿Cómo te sientes ahora?
–Caliente, – ella suspiró. – Muy caliente, Jace.
El latido caliente entre sus muslos amenazaba con empapar por sus pantalones cortos. Estaba tan lista, tan necesitada que se sentía lista para explotar.
–Esto podría ser un problema. – Suspiró.
– ¿Por qué, lo sientes tu también? – Rechino los dientes. – Sí, realmente complica tu existencia ¿No crees?
Clary se levantó del sofá. Estaba harta de esto. Si no se alejara de él, le iba a pedir que él le hiciera el amor hasta destrozarla Justo lo que necesitaba para comenzar su semana.
– ¿Dónde vas? – Él frunció el ceño cuando ella recogió su bolso del piso y suspiró.
–Regreso al campamento.
– ¿Campamento? – Él sonó incrédulo.
–Sí, al campamento. Declaró. –Armé una tienda debajo de tu propiedad hace unas horas. Puedes encontrarme allí si quieres hablar, o algo así.
La incredulidad cruzó su expresión
– ¿Acampas sobre mi cala? – Tronó. – Traspasas mi propiedad. ¿Cuándo hiciste esto? ¿Piensas que los malditos soldados no te encontrarán allí?
–La establecí esta mañana. Te dije, estoy harta de esperar. Me encontraré contigo mas tarde o más temprano si esto no me mata.
–Los soldados podrían hacer justamente eso, –.
–No puedes
quedarte allí, Clary. Estas traspasando propiedad privada Repitió.
–Puedes demandarme, ya que no estas dispuesto a joderme. – Se encogió de hombros. –Esperaré, Jace. Pero soy una persona bastante impaciente, yo me apresuraría si estuviera en tu situación.
– ¿O harás qué? – Preguntó con desconfianza.
–O llamaré a mis hermanos y les dejaré tomar el trabajo después de todo, – Le dijo abriendo la puerta – Y confía en mí, ellos dejarían avergonzados a los soldados del consejo por su tenacidad. Soy la bienvenida, los siete hermanos Morgenstern juntos son el infierno.
Ella abandonó la oficina, dejando sólo su olor. Limpio, fresco, tan jodidamente caliente que hizo que latiera nuevamente su miembro. Se derrumbó contra el sofá mirando fijamente en el cuarto casi vacío, respirando entrecortadamente. ¡Caray!, esto no era bueno. Ella no había salido aún del edificio, y en todo lo que él podía pensar era en arrastrarla por el trasero y joderla en el maldito y sucio sofá.
Gimió, pensado en posar su cabeza entre aquellos muslos sedosos, su lengua bebiendo a lengüetadas la dulce humedad que producía aquel intrigante aroma, ufff…. era casi más que de lo que podría soportar. Lamió sus labios y soltó un juramento. Algo estaba mal. Esto no debería ser tan fuerte.
Levantandose del sofá, atravesó de un paso la oficina, llegó al escritorio y tomó el telefóno. Marcando rápidamente.
– Doc Martin. – Se escuchó la voz de Jesamine, cultivada y cálida.
–Consigue que el Doc vaya a la casa cuanto antes. Tengo un problema.
Hubo silencio sobre la línea.
– ¿Qué clase de problema? – Le preguntó con preocupación.
–Físico. Necesito algunas pruebas. Solamente dile que vaya ahí.
Él colgó el teléfono antes de que ella pudiera contestar. Palpitaba, su carne estaba sensible, su cuerpo exigiendo desesperadamente el alivio que se negó con Clary.
La lujuria no se parecía a esto. Él sabía de intensidad sexual, tenía experiencia en esa área, y sabía que no se parecía a esto. Esto no era droga, esto intoxicaba. Esto no cavó sus garras en sus lomos, exigiendo satisfacción. Lo cual pensó podría ser un problema. Un problema instintivo, genético al que solo hasta ahora había aparecido. Sacudió la cabeza, solo rezaba por estar equivocado cuando se dirigió en su camión a la paz de su hogar.
–Puedes demandarme, ya que no estas dispuesto a joderme. – Se encogió de hombros. –Esperaré, Jace. Pero soy una persona bastante impaciente, yo me apresuraría si estuviera en tu situación.
– ¿O harás qué? – Preguntó con desconfianza.
–O llamaré a mis hermanos y les dejaré tomar el trabajo después de todo, – Le dijo abriendo la puerta – Y confía en mí, ellos dejarían avergonzados a los soldados del consejo por su tenacidad. Soy la bienvenida, los siete hermanos Morgenstern juntos son el infierno.
Ella abandonó la oficina, dejando sólo su olor. Limpio, fresco, tan jodidamente caliente que hizo que latiera nuevamente su miembro. Se derrumbó contra el sofá mirando fijamente en el cuarto casi vacío, respirando entrecortadamente. ¡Caray!, esto no era bueno. Ella no había salido aún del edificio, y en todo lo que él podía pensar era en arrastrarla por el trasero y joderla en el maldito y sucio sofá.
Gimió, pensado en posar su cabeza entre aquellos muslos sedosos, su lengua bebiendo a lengüetadas la dulce humedad que producía aquel intrigante aroma, ufff…. era casi más que de lo que podría soportar. Lamió sus labios y soltó un juramento. Algo estaba mal. Esto no debería ser tan fuerte.
Levantandose del sofá, atravesó de un paso la oficina, llegó al escritorio y tomó el telefóno. Marcando rápidamente.
– Doc Martin. – Se escuchó la voz de Jesamine, cultivada y cálida.
–Consigue que el Doc vaya a la casa cuanto antes. Tengo un problema.
Hubo silencio sobre la línea.
– ¿Qué clase de problema? – Le preguntó con preocupación.
–Físico. Necesito algunas pruebas. Solamente dile que vaya ahí.
Él colgó el teléfono antes de que ella pudiera contestar. Palpitaba, su carne estaba sensible, su cuerpo exigiendo desesperadamente el alivio que se negó con Clary.
La lujuria no se parecía a esto. Él sabía de intensidad sexual, tenía experiencia en esa área, y sabía que no se parecía a esto. Esto no era droga, esto intoxicaba. Esto no cavó sus garras en sus lomos, exigiendo satisfacción. Lo cual pensó podría ser un problema. Un problema instintivo, genético al que solo hasta ahora había aparecido. Sacudió la cabeza, solo rezaba por estar equivocado cuando se dirigió en su camión a la paz de su hogar.
CAPÍTULO OCHO
–Esto puede tomar un par de días. – El Doctor Martin, el único científico que había quedado de los cinco que originalmente había trabajado en la creación de Jace y los demás, había puesto una docena o más de frascos en una pequeña caja y comenzaba a embalar sus instrumentos.
Él tenía muestras de sangre, muestras de saliva, infiernos, hasta una muestra de semen. A pesar de la relajación manual, Jace todavía se sentía palpitante. Su sangre bombeaba rápidamente por sus venas y él no podía alejar la esencia de aquella mujer maldita de su cuerpo.
– ¿Alguna sugerencia? –Preguntó Jace .
Doc se encogió de hombros. –Es posible que pueda ser algo, Jace, aunque yo creo que seguramente podremos reducirlo a un problema sexual. No tendré nada concluyente hasta que las pruebas sean terminadas. Y necesito muestras de la mujer también. Tienes que traerla aquí esta noche, dejarme conseguir sus muestras para probarlas junto con las tuyas.
–No. – Él no podía confiar en si mismo en ninguna parte que estuviera cerca de ella.
–Por lo que dices, ella esta afectada también, Jace, – dijo Jesamine que se encontraba al lado del doctor. –Tenemos que saber si esto continúa. Esto no es solamente por ti. Esto también podría afectarnos a todos nosotros.
La estupefacción apareció en su semblante, mientras los otros tres le miraban de forma sombría, más que un poco preocupados al darse cuenta de este nuevo problema que afrontaban.
–Vamos a esperar y ver lo que dicen mis análisis. Si ella todavía experimenta este problema, entonces veremos,– explicó Jace entredientes. –Hasta entonces, no tiene sentido alarmarla.– Ningún sentido habría en ser tentado nuevamente por ella.
–Es bastante mas peligroso que hayas sentido esta reacción con una persona normal,– dijo Dayan, Dayan era un ser alterado genéticamente también, pero de un puma, y se notaba meditabundo ante tan extraña situación, sus ojos negros inestables, enfadados, su expresión más salvaje que de costumbre.
–No somos monstruos, Dayan. – Al lado de él, Isabelle, la más joven del nido, también casta de puma, protestó suavemente.
– ¿Como habría que llamarlo entonces? ¿Quieres joder como un macho normal y tener la posibilidad de que nuestra naturaleza la destruya? – Se mofó Dayan .
Jace miró a Isabelle estremecerse, palidecer, con el miedo destellando en su expresión.
–Suficiente, – Gruño Jace. – ¿Qué pasa contigo, Dayan, quieres tu turno con la mujer ahora? Nada indica que nosotros le hagamos daño a alguien.
–Ella no es normal. Oculta algo.
Un gruñido salvaje estalló en la garganta de William. Era un alterado con ADN de tigre de Bengala, imprevisible, y feroz, protector de las mujeres, como un macho joven, su carácter a menudo era tempestuoso e impaciente.
–Suficiente, ¡demonios! – les dijo Jace ya que todos se estaban mirando entre si. Edward y William habían colocado Isabelle detrás de ellos y estaban frente a Dayan, con los colmillos hacia afuera, expresiones de cólera dibujadas en sus rostros.
–Están otra vez con esto, – suspiró Jesamine. –Esto no nos conducirá a ninguna parte.
–Esto no debería de suceder entre nosotros. – Dijo Jace con ira. – ¿Es esto lo qué hacen mientras alejo a los soldados del Consejo lejos de nuestro hogar? ¿Luchar entre ustedes?
–Sólo cuando Dayan intenta asumir el mando Exclamó William. –Tú dejaste a Edward a cargo, él no tiene ningún derecho de dar órdenes a Isabelle o Jesamine.
–Él a veces se descontrola, Jace, – la voz de Edward era menos violenta, pero su ferocidad palpitó justo bajo la superficie. La clase de jaguar con la que su ADN había sido mezclado podría ser tranquila y paciente, o ferozmente agresiva.
– ¿Dayan? – cuestionó Jace con fiereza.
Dayan sacudió su cabeza. –No somos normales. – Él se mostraba más tranquilo ahora, echándose hacia atrás. –Es una locura aparentar lo contrario.
–Ninguno de nosotros pretende fingir que somos normales. – Jace pasó sus dedos por el pelo con frustración. –Ve a casa. Veremos si puedes ser paciente hasta mañana por la noche. Quiero que Dayan y Edward hagan patrullaje por el campamento de los soldados. No podemos bajar la guardia, sobre todo ahora.
Dando una breve cabezada, Dayan no respondió, y salió del lugar con fuertes pisadas.
– ¿Isabelle? – La joven todavía parecía protegerse detrás de William y Edward. – Ven para acá, pequeña hermana. ¿Por qué estas todavía tan asustada? – Le preguntó Jace, pero al instante el mismo encontró la respuesta. Porque la sombra de sus recuerdos regresaban a ella, atormentándola. Él sabía muy bien por qué estaba temerosa.
Ella se movió lejos de la seguridad de los otros, quedando atrás de Edward como para reasegurarse.
– Dayan intenta obligarla a irse con él, – Dijo Jesamine cuando comenzó a ayudar a Doc embalar sus provisiones. – Su deseo por ella la asusta. –
Isabelle palideció. Jace respiro cansadamente. Había días en que el temía por su cordura.
–Llévala a casa contigo, Jesamine, – pidió Jace. – No quiero que este sola. –
Él ignoró la mirada de agradecimiento que le dio una sorprendida Isabelle.
–Mantenla a salvo, – continúo. – Tengo las manos ocupadas conla Srita. Morgenstern.
No necesito otras preocupaciones.
– Buena suerte, – Dijo el Doc cuando encontró una página de un grueso cuaderno que él había robado hacia algunos años en el laboratorio.
– ¿Qué ha encontrado? – Jace frunció el ceño, un poco mas aliviado ahora.
Jacob Martin sacudió la cabeza preocupadamente, su frente fruncida con concentración mientras leía la información que había encontrado.
– No había habido un caso como este, desde el primer león criado, esto fue aproximadamente diez años antes que tú. Él fue mantenido en otro laboratorio. Esto ocurrió con una científica, en realidad. – Él giró los ojos preocupados hacia Jace. – Esto te afecta no solamente a ti, Jace, también a la mujer. Los dos están en ‘un frenesí de acoplamiento ’.
– ¿Frenesí de Acoplamiento? – Preguntó cuidadosamente.
–Debo de haber omitido esto, porque nunca has mostrado los síntomas antes. – El científico sacudió la cabeza con turbación. –Esto es solamente una pequeña notación, realmente. Leo y la hembra fueron destruidos, así no se anotarían los resultados de las pruebas terminadas realizadas a los fenómenos. Pero la extrema angustia sexual, fiebre, sentidos aumentados, la capacidad de sentir el deseo sexual de la hembra, todo esta anotado y coincide. El científico lo calificó como ‘el frenesí de acoplamiento ’. Una condición similar a los de animales felinos.
Jace se tumbó en una silla respirando fatigadamente.
– ¿Las pruebas no dicen, si hay manera de saber que pasara al final?– dijo Jace.
El Doctor Martin sacudió su cabeza. –Menciona que varios científicos quisieron estudiarlos, para ver si Leo podía reproducirse con la mujer, pero los encargados del proyecto no lo permitieron. Los destruyeron a ambos.
Jace apoyó sus codos sobre sus piernas, sus manos colgando entre sus rodillas cuando bajó su cabeza, sacudiéndola con horror. Las decisiones de vida y muerte eran hechas tan fácilmente dentro del infierno en el que ellos habían sido creados.
–Alguien tiene que vigilar a la mujer. Necesito tener pruebas de ella, Jace, – le advirtió el Doctor. – Tenemos que rastrear esto, por los demás si no por cualquier otra razón. Si esto pasa contigo, entonces esto pasará con ellos. Y no sabemos si la mujer corre algún peligro por esto.
Jace se preguntó si la noche pudiera ponerse un poco peor.
–Tienes que vigilarla, Cal, – Le advirtió Jesamine . – O deja que lo haga uno de nosotros.
–Lo haré yo, – gruño, de ninguna manera querría otros machos alrededor de ella – Me llevo el celular. Doc, así usted y Jesamine siguen aquí investigando por ahora. Me pondré en contacto con usted si ella está todavía por aquí
Se encogió de hombros como resignado.–Esto puede tomar un par de días. – El Doctor Martin, el único científico que había quedado de los cinco que originalmente había trabajado en la creación de Jace y los demás, había puesto una docena o más de frascos en una pequeña caja y comenzaba a embalar sus instrumentos.
Él tenía muestras de sangre, muestras de saliva, infiernos, hasta una muestra de semen. A pesar de la relajación manual, Jace todavía se sentía palpitante. Su sangre bombeaba rápidamente por sus venas y él no podía alejar la esencia de aquella mujer maldita de su cuerpo.
– ¿Alguna sugerencia? –Preguntó Jace .
Doc se encogió de hombros. –Es posible que pueda ser algo, Jace, aunque yo creo que seguramente podremos reducirlo a un problema sexual. No tendré nada concluyente hasta que las pruebas sean terminadas. Y necesito muestras de la mujer también. Tienes que traerla aquí esta noche, dejarme conseguir sus muestras para probarlas junto con las tuyas.
–No. – Él no podía confiar en si mismo en ninguna parte que estuviera cerca de ella.
–Por lo que dices, ella esta afectada también, Jace, – dijo Jesamine que se encontraba al lado del doctor. –Tenemos que saber si esto continúa. Esto no es solamente por ti. Esto también podría afectarnos a todos nosotros.
La estupefacción apareció en su semblante, mientras los otros tres le miraban de forma sombría, más que un poco preocupados al darse cuenta de este nuevo problema que afrontaban.
–Vamos a esperar y ver lo que dicen mis análisis. Si ella todavía experimenta este problema, entonces veremos,– explicó Jace entredientes. –Hasta entonces, no tiene sentido alarmarla.– Ningún sentido habría en ser tentado nuevamente por ella.
–Es bastante mas peligroso que hayas sentido esta reacción con una persona normal,– dijo Dayan, Dayan era un ser alterado genéticamente también, pero de un puma, y se notaba meditabundo ante tan extraña situación, sus ojos negros inestables, enfadados, su expresión más salvaje que de costumbre.
–No somos monstruos, Dayan. – Al lado de él, Isabelle, la más joven del nido, también casta de puma, protestó suavemente.
– ¿Como habría que llamarlo entonces? ¿Quieres joder como un macho normal y tener la posibilidad de que nuestra naturaleza la destruya? – Se mofó Dayan .
Jace miró a Isabelle estremecerse, palidecer, con el miedo destellando en su expresión.
–Suficiente, – Gruño Jace. – ¿Qué pasa contigo, Dayan, quieres tu turno con la mujer ahora? Nada indica que nosotros le hagamos daño a alguien.
–Ella no es normal. Oculta algo.
Un gruñido salvaje estalló en la garganta de William. Era un alterado con ADN de tigre de Bengala, imprevisible, y feroz, protector de las mujeres, como un macho joven, su carácter a menudo era tempestuoso e impaciente.
–Suficiente, ¡demonios! – les dijo Jace ya que todos se estaban mirando entre si. Edward y William habían colocado Isabelle detrás de ellos y estaban frente a Dayan, con los colmillos hacia afuera, expresiones de cólera dibujadas en sus rostros.
–Están otra vez con esto, – suspiró Jesamine. –Esto no nos conducirá a ninguna parte.
–Esto no debería de suceder entre nosotros. – Dijo Jace con ira. – ¿Es esto lo qué hacen mientras alejo a los soldados del Consejo lejos de nuestro hogar? ¿Luchar entre ustedes?
–Sólo cuando Dayan intenta asumir el mando Exclamó William. –Tú dejaste a Edward a cargo, él no tiene ningún derecho de dar órdenes a Isabelle o Jesamine.
–Él a veces se descontrola, Jace, – la voz de Edward era menos violenta, pero su ferocidad palpitó justo bajo la superficie. La clase de jaguar con la que su ADN había sido mezclado podría ser tranquila y paciente, o ferozmente agresiva.
– ¿Dayan? – cuestionó Jace con fiereza.
Dayan sacudió su cabeza. –No somos normales. – Él se mostraba más tranquilo ahora, echándose hacia atrás. –Es una locura aparentar lo contrario.
–Ninguno de nosotros pretende fingir que somos normales. – Jace pasó sus dedos por el pelo con frustración. –Ve a casa. Veremos si puedes ser paciente hasta mañana por la noche. Quiero que Dayan y Edward hagan patrullaje por el campamento de los soldados. No podemos bajar la guardia, sobre todo ahora.
Dando una breve cabezada, Dayan no respondió, y salió del lugar con fuertes pisadas.
– ¿Isabelle? – La joven todavía parecía protegerse detrás de William y Edward. – Ven para acá, pequeña hermana. ¿Por qué estas todavía tan asustada? – Le preguntó Jace, pero al instante el mismo encontró la respuesta. Porque la sombra de sus recuerdos regresaban a ella, atormentándola. Él sabía muy bien por qué estaba temerosa.
Ella se movió lejos de la seguridad de los otros, quedando atrás de Edward como para reasegurarse.
– Dayan intenta obligarla a irse con él, – Dijo Jesamine cuando comenzó a ayudar a Doc embalar sus provisiones. – Su deseo por ella la asusta. –
Isabelle palideció. Jace respiro cansadamente. Había días en que el temía por su cordura.
–Llévala a casa contigo, Jesamine, – pidió Jace. – No quiero que este sola. –
Él ignoró la mirada de agradecimiento que le dio una sorprendida Isabelle.
–Mantenla a salvo, – continúo. – Tengo las manos ocupadas con
– Buena suerte, – Dijo el Doc cuando encontró una página de un grueso cuaderno que él había robado hacia algunos años en el laboratorio.
– ¿Qué ha encontrado? – Jace frunció el ceño, un poco mas aliviado ahora.
Jacob Martin sacudió la cabeza preocupadamente, su frente fruncida con concentración mientras leía la información que había encontrado.
– No había habido un caso como este, desde el primer león criado, esto fue aproximadamente diez años antes que tú. Él fue mantenido en otro laboratorio. Esto ocurrió con una científica, en realidad. – Él giró los ojos preocupados hacia Jace. – Esto te afecta no solamente a ti, Jace, también a la mujer. Los dos están en ‘un frenesí de acoplamiento ’.
– ¿Frenesí de Acoplamiento? – Preguntó cuidadosamente.
–Debo de haber omitido esto, porque nunca has mostrado los síntomas antes. – El científico sacudió la cabeza con turbación. –Esto es solamente una pequeña notación, realmente. Leo y la hembra fueron destruidos, así no se anotarían los resultados de las pruebas terminadas realizadas a los fenómenos. Pero la extrema angustia sexual, fiebre, sentidos aumentados, la capacidad de sentir el deseo sexual de la hembra, todo esta anotado y coincide. El científico lo calificó como ‘el frenesí de acoplamiento ’. Una condición similar a los de animales felinos.
Jace se tumbó en una silla respirando fatigadamente.
– ¿Las pruebas no dicen, si hay manera de saber que pasara al final?– dijo Jace.
El Doctor Martin sacudió su cabeza. –Menciona que varios científicos quisieron estudiarlos, para ver si Leo podía reproducirse con la mujer, pero los encargados del proyecto no lo permitieron. Los destruyeron a ambos.
Jace apoyó sus codos sobre sus piernas, sus manos colgando entre sus rodillas cuando bajó su cabeza, sacudiéndola con horror. Las decisiones de vida y muerte eran hechas tan fácilmente dentro del infierno en el que ellos habían sido creados.
–Alguien tiene que vigilar a la mujer. Necesito tener pruebas de ella, Jace, – le advirtió el Doctor. – Tenemos que rastrear esto, por los demás si no por cualquier otra razón. Si esto pasa contigo, entonces esto pasará con ellos. Y no sabemos si la mujer corre algún peligro por esto.
Jace se preguntó si la noche pudiera ponerse un poco peor.
–Tienes que vigilarla, Cal, – Le advirtió Jesamine . – O deja que lo haga uno de nosotros.
–Lo haré yo, – gruño, de ninguna manera querría otros machos alrededor de ella – Me llevo el celular. Doc, así usted y Jesamine siguen aquí investigando por ahora. Me pondré en contacto con usted si ella está todavía por aquí
– ¿Caliente? – Preguntó Jesamine sonriendo maliciosamente.
–Desesperado, – ladró. – Les avisaré cuando pueden marcharse.
* * * * *
Clary estaba tensa. Se encontraba en el saco de dormir dentro de su tienda, desnuda, con el cuerpo empapado de sudor, palpitante y afiebrado de pura lujuria. Sus manos ahuecando sus pechos, sus dedos apretando los duros pezones, no podía contener sus gemidos. Mmmmm…. esto se sentía tan bien. Casi tan bien como cuando Jace la había tocado allí. Apretó los pequeños y duros pezones entre sus dedos, y empezó a temblar. Sus pechos estaban tan hinchados y sensibles, que era casi doloroso.
Su piel zumbó. Con la otra mano recorrió el camino desde los contornos húmedos de su estómago a la palpitante carne entre sus muslos. El calor húmedo saludó a sus dedos. Su clítoris pulsaba y palpitaba. Se puso tan caliente cuando sus propios dedos tocaron ligeramente el pequeño botón. Destellos de electricidad inundaron su cuerpo hambriento necesitaba llegar a la consumación. Ella quería, necesitaba a Jace.
Admitió que estaba en un lío del infierno ahora. De algún modo, de alguna manera él la había hecho enloquecer por su toque, sus besos. Aquel beso había sido tan caliente, picante. El sabor de su boca se mantenía en la suya, haciéndola ansiar más de ella.
Sus dedos se deslizaron hacia abajo hacia la raja densamente poblada entre sus piernas. Sus muslos apretaron dolorosamente su mano, sus piernas temblaron. Ah, a ella le dolía. Sus dedos seguían pellizcando sus pezones, tirando de ellos, apretándose alrededor de ellos hasta que casi enloquecía de deseo. Sus caderas arqueadas contra sus dedos mientras estos seguían trabajando amasando su clítoris Ah, si..Esto se sentía bien. Pero no tan bien como Jace podría hacerla sentir. Ella quería sentir su boca sobre esa parte de su anatomía, quería que la lamiera con su lengua que la acariciara los pezones como ella misma estaba haciendo ahora.
Jadeó buscando aire ahora. Recordando el calor húmedo de su boca sobre ella, sus dedos se movieron más firmemente sobre su humedad, gemidos entrecortados salían de su garganta a consecuencia del ardor que aumentaba en ella, alrededor de ella. Ella era de fuego. Estaba muriéndose. ¿Qué le había hecho él?
– Jace, – susurró su nombre en forma trémula.
Se reiría, si no estuviera tan caliente. Si la necesidad que atravesaba por su cuerpo no fuera tan intensa, tan ardiente.
Se preguntó donde estaba Jace. ¿Tendría él idea de lo qué le pasaba? ¿Era este su castigo por haberse atrevido a venir aquí e intentar arrastrarlo a la conciencia pública?
Esto no estaba funcionando. Respirando con fuerza, sus dedos se detuvieron sobre su carne. Ella no iba a culminar, no en el modo en que ella lo hacía. ¡Caray!, sabía que debía haber leído lo que recomendaba el libro que había comprado sobre la masturbación. Pero no, se había convencido a si misma que podría encontrar algún hombre musculoso que pudiera hacer el trabajo por ella. Aquí estaba, perdida en algún jodido lugar en ninguna parte, tan desesperada que sentía que se quemaba viva, y sin ningún Dios musculoso que le ayudara a apagar el fuego.
– ¡Demonios!, – ella golpeó con la mano su saco de dormir, mientras lagrimas de frustración llenaban sus ojos. – Lo mataré cuando lo encuentre. Dejaré a Sebastian que se ensañe sobre el. Le arrancaré las bolas con mi pistola.
Gimió, dando la vuelta y quedando de lado, respirando aceleradamente. Podría con esto. Se repitió con fuerza, intentando rescatar algunos jirones de autocontrol. Podría hacerlo, pensó. Podría realmente esperar hasta mañana, entonces estaría afuera de aquel maldito garaje y el Sr. Jace Wayland, el extraordinario Niño gato, iba a tener que ocuparse de este maldito problema, de alguna u otra manera.
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