lunes, 18 de febrero de 2013

Tentando a Jace/Epilogo




Clarisa Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo

Historias contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto diferente.
 Escenas de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!




                         EPÍLOGO


– Wayne Dubrow, reportando desde el Senado de Washington, sobre ingeniería de ADN e investigación. Jace Wayland, el hombre presuntamente manipulado genéticamente, creado por un grupo de científicos que trabajaban con ingeniería genética modificada, apareció ante el comité del Senado esta tarde. Lo acompañaba, su prometida Clary Morgenstern,  hija de Valentine Morgenstern dueño del periódico National Forum, así como también una docena de doctores, científicos y especialistas de ADN  que los esperaban desde hacía semanas para verificar su reclamo.
El Sr. Wayland, y cuatro  miembros más de su familia, quienes también experimentaron estas horrorosas pruebas, dieron un conmovedor testimonio ante los miembros del Senado y de la prensa. –
El reportero estaba de pie majestuoso, sombrío ante el edificio del senado, con voz ronca y emocionada,  detalló los testimonios dados, sobre todo por dos de las jóvenes. El mundo entero, estaba sujeto y embelesado por la rubia belleza tranquila, la debilidad tímida de la dorada morena. Pero era los hombres, sus rostros y  ángulos perfectos, los que los golpearon con la verdadera historia de su vida.
Jace Wayland, el jefe de la familia, orgulloso y firme, su mirada ámbar directa y franca,  informó a los Senadores y a varios legisladores de los horrores de los que habían escapado. Las muertes, las crueldades, las identidades de mercenarios, soldados, millonarios, figuras políticas y públicas complicadas. Aquellas figuras políticas estaban perceptiblemente ausentes.
Los científicos hablaron, entre ellos, el Doctor Martin, el especialista de ADN que había tratado a cada miembro desde su nacimiento y los había acompañado después de su atrevida fuga y la muerte de su propia familia. La propia familia Morgenstern, coopero con pruebas. Años de investigación y  evidencia habían sido reunidas. Ninguna piedra se dejó sin levantar. La historia era horrorosa, provocando compasión internacional y el apoyo para sus orgullosos miembros que habían luchado por vivir sus vidas en paz.


* * * * *
Sumergido en la selva africana, un enlace satélite recibía la historia, una pareja sentada la observaba silenciosa. El macho, una versión más vieja de Jace,  tranquilo, tenso. La mujer, una pequeña doctora de cabello oscuro  lloraba silenciosamente. Contaban su historia. Este macho, Jace Wayland, había logrado la victoria, cuando ellos no la habían conseguido.
Se tomaron de las manos, y el macho, Leo Vanderale, sabía que ellos harían su propio viaje pronto, y se reunirían con el hijo que habían procreado treinta años antes. Quizás su hijo finalmente fuera libre de su pasado entonces, y del peligro por el que ellos se habían ocultado de él por tanto tiempo.

* * * * *
Profundamente escondido en las montañas de México, un escenario diferente estaba ocurriendo. Agentes mexicanos y estadounidenses estaban rodeando un laboratorio oculto, el fuego estalló cuando los científicos intentaron destruir la evidencia de pruebas y vidas cuando los encontraron. Los bebés gritaban, con sonidos tanto  humanos como animales, los experimentos adultos cogieron a sus niños en la conmoción y huyeron hacia la salida. Luchando por salir entre el humo y el fuego, para evitar a los agentes de la ley que intentaban rodearlos, y a  los soldados que intentaban matarlos.
Unos duros ojos grises inspeccionaron la escena mientras media docena de hombres y mujeres, y cuatro niños evitaron la destrucción y escaparon. Él los siguió rápidamente,  podría ocultarlos mientras lo necesitaban. Se condenaría en los infiernos si dejaba que los atrapasen como animales.

* * * * *
El General Morris Goveny estaba de pie sobre el cadáver de su oficial de seguridad. Los agentes apuntaban sus armas contra él, los duros ojos de funcionarios mexicanos y estadounidenses lo condenaban.
Él era el orgullo del Consejo de Genética, su laboratorio era supuestamente el más secreto, los híbridos de lobo que habían criado eran  especimenes más excepcionales aún. Y todo esto se derrumbaba alrededor de sus propios ojos.
Su oficial de seguridad había muerto de un tiro  por los bastardos que asaltaron los laboratorios, el doctor a cargo había abandonado los laboratorios en la primera ronda de fuego. El General se consideraba mucho más listo. Levantó sus manos encima de sus hombros, mirando fijamente  las expresiones de condena de los que habían venido por él.
–Ellos son animales. Herramientas y nada más, – refunfuñó mientras la televisión zumbaba detrás de él, el reportero listando los rasgos de los que él llamó Híbridos Humanos Genéticos. –No son humanos. No realmente. –
Inhumanos, animales, creados para servir, para obedecer los dictados de sus amos. Sus ojos se estrecharon cuando, por  los monitores de la televisión vio los jeeps saliendo del complejo. Desde luego, ellos se habían escapado. Sus creaciones, sus animales domésticos. De momento estaba derrotado, pero juró que llegaría el día en que ellos pagarían.
–General Goveny, esta usted bajo arresto. – Un alto funcionario estadounidense dio un paso adelante con decisión.
Los labios de Goveny se torcieron como si se burlara de la censura que vislumbraba en la mirada del otro hombre.
–Aprenderán que ellos no son animales domésticos de sociedad, – mordió entredientes. –Son animales. Salvajes, inhumanos. Deben de ser entrenados, confinados… –
–Usted, Señor, será el único que estará confinado. – Dijo esposándolo. –Debido a su indiferencia criminal y sus locas órdenes, los laboratorios están destruidos, así como cada una de las especies. Sus clases están muertas, pero le prometo que usted pagará por el crimen de su nacimiento. –
Él ocultó su sonrisa. Ocultó sus planes. Ellos no estaban muertos. Pero él se prometió que pronto desearían estarlo.

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