lunes, 18 de febrero de 2013

Tentanto a Jace/Capitulo 5 y 6



Clarisa Morgensten es la periodista que ha descubierto el secreto de Jace y que lo tentará hasta puntos insospechados. Pero lo que ambos no saben es que cuando un miembro de las castas encuentra a su compañera se ven sumergidos en un estado febril de lujuria que puede consumirlos a ambos y del que no hay escapatoria. Lenguaje Adulto y Escenas explicitas de Sexo

Historias contadas con personajes de diversas autoras juveniles en un mundo y contexto diferente.
 Escenas de sexo explicito y lenguaje adulto. Estan advertidos!




                   CAPÍTULO CINCO



Clary se despertó con dolor al día siguiente. No por la gripe o alguna enfermedad clásica de verano. El dolor completamente femenino de necesitar a un hombre. ¿Como una virgen, se suponía, conocía lo que aquel dolor significaba? Ella no estaba segura. Pero no había ninguna duda que era la causa de su incomodidad. Su parte íntima estaba húmeda y cremosa, sus panties también, demonios toda ella estaba húmeda. Sus pechos estaban hinchados, sus pezones sensibles y duros, y juraba que tenía sabor a canela en sus labios.
Sus labios estaban sensibles. Ella pasó su lengua sobre ellos. No estaban inflamados, solamente bastante sensibles para que ella estuviera muy consciente de ellos. Entonces ella recordó la noche anterior. Frunció el ceño, sus cejas uniéndose al instante con ira. Demonio de hombre. ¿Ni siquiera se había quedado el tiempo suficiente para despertarla?
Ella se giró repentinamente, y al momento sus músculos doloridos protestaron por el esfuerzo. Oh infiernos, ahora si que dolía. No había ninguna razón para que aquellos bastardos actuaran de esa manera. Gimió con aspereza cuando alcanzó su teléfono celular. Se suponía que Sebastian, tendría que haber cuidado de eso.
Marcó su número rápidamente mientras se ponía de pie. Mientras esperaba que Sebastian le respondiera, se quitó la ropa que traía puesta, cambiándosela por una camiseta grande y suave de algodón por mientras tomaba una ducha caliente.
¿Dónde infiernos estuviste anoche? – Su voz le llegó sobre la línea con un tono severo e irritable.

–Admirando a los soldados,– le informó tensamente, sabiendo que era mejor decirle la verdad. –Hay dos sobre la colina, encima de la casa de Wayland. Pensé que te ibas a encargar de eso.
Sus contactos en el sector privado y de gobierno lo ponían en un lugar donde él tendría, o debería haber sabido que aquellos hombres iban a ser enviados ahí. Se escuchó silencio a través de la línea.
–Maldición, – contestó finalmente. – Aléjate de ahí, Clary. Alguien se tomó el trabajo de ocultar a estos bastardos de mí. Iré por Papá y lo arreglaremos
–Y yo me dirigiré a Wayland con la oferta, – le cortó ella. –Tú no me vas a sacar de esto, Sebastian.
– ¡Caray!, Clary, ¡ya no estarás a salvo! –
–Averigua quienes son ellos y hazles una llamada. Diles que les arrancarás las pelotas y con ellas alimentarás a tu perro favorito o algo así, – sugirió. Hazlos que se retiren hasta que yo pueda terminar con esto. No comiences a buscar excusas, tampoco. Sé que puedes hacerlo.
Sebastian era amable, pero sabía ser duro cuando quería. Clary lo sabía. Nadie se metía con él, y la mayoría de la gente en su pequeño mundo lo debía bastantes favores los que él raras veces tenía que pedir.
– ¿Vamos, Clary, por qué solamente no te los quitas de encima tu misma si ya tienes todas las respuestas de mierda? – Ladró Sebastian.
Clary mordió sus labios, con mucho dolor, consciente de la contusión al lado izquierdo de su cara. Sí, ella había hecho un trabajó realmente bueno.
–Bien, puedo hacer esto, – reflexionó ella pensativamente. –Ellos se ven demasiado grandes, pero ¡eh!, tal vez si menciono tu nombre…. – Debería haber pensado en esto ayer.
–Demonios, – maldijo. – Podrías, hacerlo, también. Esta bien. . Dame solamente unas horas y déjame ver lo que puedo encontrar aquí fuera. Aléjate de problemas, ¡caray!, hasta que yo pueda averiguar algo.
–Yo siempre me alejo de los problemas, – mintió suavemente. Si Sebastian supiera el problema en el que ella se encontraba él vendría, la ataría de pies y manos y arrastraría su trasero tan rápido a Nueva York, que ella ni siquiera se daría cuenta.
– Sí. Claro. – Gruñó ausente.
–Esperaré tus noticias. – Evidentemente él estaba ya trabajando duro en su pequeño y fiel ordenador.
– Lo harás, – masculló, luego se desconectó
Clary suspiró ásperamente tirando el teléfono sobre la cama. ¡Caray!. Como se iba a quedar varada en el motel mientras él buscaba información en el Internet. Contusión o no contusión, ella apenas estaba lastimada. Y se estaba cansando de este juego al que jugaba con Jace.
Echando un vistazo en el reloj, se estremeció al ver la hora. Era tarde. Definitivamente había dormido demasiado. Primero una ducha y el almuerzo, después buscaría a Wayland Jace, eso haría. Si fuera necesario lo esperaría en la gasolinera hasta que el infierno se helara. El teléfono sonó, interrumpiendo sus furiosos pensamientos.
–Bien, esto fue bastante rápido, – dijo cuando lo acercó a su oído. – ¿Les amenazaste sus pelotas o qué?
Solo se escucho silencio sobre la línea. Clary frunció el ceño.
– ¿Sebastian?
–Tal vez no necesitabas mucha ayuda ayer. – La voz masculina era baja. Cualquier mujer que pueda amenazar un área tan importante es bastante resistente para vencer a unos pocos mercenarios.
–O al estúpido que la dejo inconsciente toda la noche, – contestó rechinando los dientes. –Jace Wayland, no vamos a llegar a nada si continúas con esto.
Esto causó definitivamente una sonrisa.
– ¿Quien dijo que tenemos que llegar a algo, querida ’? Yo intentaba echar una mano. Aquel grito que diste arruinó mi descanso.
–Bien, muchacho grande, dime donde encontrarte y te daré las gracias personalmente. Como si se lo mereciera, después de ser tan condenadamente difícil.
– ¡Um!, tentadora oferta, – bajó su tono, haciéndolo más ronco.
Clary suspiró, larga y silenciosamente. Ah, lo que aquella voz hizo en su interior. De un momento a otro sus jugos mojarían nuevamente su entrepierna.
–No suenas nada tentado. – Sonrió ella abiertamente, igualando su bajo tono de voz, a efecto de hacerlo sedoso, íntimo. – ¿Vamos, Jace, seguramente no quieres tener que rescatarme otra vez? ¿No voy a rendirme, sabes? –
Nuevamente hubo silencio.
–Suenas suave, Clary, condenadamente suave para lo que estas proponiendo, – contestó finalmente.
–Jace, no puedo rendirme. – Ella se sentó sobre la cama, tomando fuertemente el teléfono. –Tienes que hablar conmigo. Tengo algunas cosas que mostrarte, cosas que tengo que decirte que sólo puedo hacer en persona.
– No soy una historia, preciosa, y sé que esto es lo que querrás después, –contestó el, su voz sonó sensible, ella se sintió acariciada, mimada.
–Quizás lo eres, – le contestó Clary. – ¿Por qué te ocultarías de mí si no lo fueras? Todo lo que quiero es hablar.
–Tal vez yo no me conformaría con hablar, – sugirió Jace. –No me conoces. Yo podría ser como aquellos soldados con los que te topaste anoche.
–Y tal vez yo no lucharía contra ti. – Ella cerró sus ojos, sabiendo que no lo haría. Solamente el sonido de su voz hacía latir su pulso furiosamente y a su cuerpo calentarse como un maldito horno.
¡Caray!, si su vagina se apretara un poco más ella lo estrangularía cuando finalmente estuviera dentro de ella. ¿Qué infiernos estaba mal con ella?
Ella podría oírlo respirando en el teléfono, profunda y ásperamente. Ella se preguntaba si él la escuchaba también.
–¿Como lo que viste el otro día? – Su pregunta fue deliberadamente hecha con voz ardiente y áspera.
Clary suspiró, pasó nerviosamente la lengua por sus labios resecos..
–¿Sabías que yo estaba allí?
–Ah, si, yo sabía. Yo podría sentir tus ardientes ojos sobre mí, Clary. ¿Piensas que el gato irá al infierno por ello? Soy un hombre adulto, no un niño. No me hago un buen polvo, en el césped, solamente por que si. –
Clary luchó contra el pequeño gemido que se atoró en su garganta. Juntó sus muslos, luchando contra el dolor que sentía justo allí.
– ¿Por qué? – Susurró. – ¿Por qué hiciste eso?
–Porque sabía que estabas mirando. Porque se que tu me deseas y no sabes la manera de pedírmelo.
– Yo te vi - –
–Soy un hijo de perra, – gruñó. Realmente gruñó las palabras. –Condenación, mujer. ¿Esto es una locura, lo sabes?, ¿verdad?
Ah, ella lo sabía. Ella sabía esta no era la historia que había querido. Había querido obtener la mejor historia de su carrera, revelando una gran conspiración, un crimen contra la naturaleza misma. Era más que eso ahora, y ella se sintió perdida por la complicación que había resultado.
–Yo podría devolverte el favor. – ¿De dónde habían salido aquellas palabras? Clary sintió su cara enrojecer, al instante en que salieron de su boca.
Hubo silencio nuevamente. Largo, espeso, tensionante
–Me tientas. – Su voz sonó estrangulada.
–Tu sabes donde estoy, – ofreció ella, asombrada de la profundidad de su voz.
– ¿Por qué haces esto? – Sonó tan ardiente como ella había estado cuando lo había visto.
– No estoy realmente segura. – Ella tragó fuerte, pasando sus manos por su cabello luchando contra la necesidad pulsando en su cuerpo ahora. –Porque yo quiero estar contigo, –Nada mas por eso.
Su respiración era áspera, como la suya. Ella podría oír el latido de deseo en él, de la misma manera en que corría por su cuerpo.
– Soy demasiado viejo para esto, – dijo el aunque su voz carecía de convicción.
– ¿Viejo para el sexo?
–Para ser voyeur. No hay manera, estaría en el infierno si no me permitieras tocarte, me quemarías vivo. – Nuevamente, se escuchó indeciso.
–Quiero que me toques. – Estaba confusa por la intensidad de su necesidad. –No se que hay de malo en mi, pero estoy sintiendo dolor por ti desesperadamente yo estoy de acuerdo en estar cerca de ti de cualquier forma. Esto no es normal para mí, Jace.
–Podrías buscar a un viejo amante.
–Tendría que tener uno primero, – tronó ella, ofendida por como se escuchó desesperada. –Olvídalo. No voy a rogar. –
–Pero yo podría -– murmuro el entredientes. – Dime que no eres una virgen de mierda.
–No, no soy una virgen de mierda. ¿Las vírgenes también tienen que joder no? –
Él maldijo. Bajo, áspero, pero se escuchó perfectamente por el teléfono su respiración ardiente.
–Quiero estar dentro de ti, estoy a punto de reventar, – dijo entre dientes. – Juegas peligroso.
–Espera, – gruñó. – No, espera un momento, primero. Quiero al menos mirar.
El colgó el teléfono. Clary lo lanzó a través del cuarto al mismo tiempo que un chillido estalló en su garganta. Demonio de hombre. Ella estaba sufriendo. En lo único que podía pensar era en su grueso miembro deslizándose dentro de ella, empujando fuerte y profundo en su vagina, acariciándolo de forma más profunda y más apretada que su mano el día anterior
Suficiente, había sido suficiente. El juego estaba terminado. Estaría loca, si se quedara aquí, esperando ardiente a un hombre que no la quería. Ella le daría el mensaje que su padre le envió y terminaría con esto. Pondría la oferta sobre la mesa entonces y se iría a casa. Ella no necesitaba esto, no lo necesitaba a él. Ahora, solamente debía convencer a su cuerpo de esto.


















                  CAPÍTULO SEIS


– ¿Has terminado de ocultarte de mí?
Jace sabía que estaba en problemas cuando la vio acercarse a él momentos antes. El siempre reconocía los problemas. Este problema en especial tenía un olor, un sentido, una vibración baja de advertencia que corría por sus venas. Este sentimiento se alborotaba a través su sistema ahora. Ella estaba de pie a su lado, mirándolo, como chapuceramente trataba de arreglar el motor poco dispuesto de su viejo camión nuevamente y trataba de mantener el control al mismo tiempo. Su aroma le llegaba con la brisa, el olor de mujer fresca, limpia, el calor que empezaba a despertar en el. Aquél aroma cerca de el ahora, tentándolo, atrayéndole.
– ¿Vas a contestarme? – Preguntó, inclinando su cabeza con irritación destellando en su expresión.
Al mismo tiempo su cabello rojo espeso y grueso se movió sobre sus hombros, acariciando la piel de seda y tentando a sus manos. ¡Caray!, él no necesitaba esta clase de problemas. No después de aquella llamada telefónica, no después de la oleada caliente de lujuria que le había golpeado con su oferta.
–Estoy a simple vista. ¿Por qué dices que me oculto? – Él probó una línea en el carburador. – ¿Ahora qué diablos quieres conmigo? No hiciste caso de la pequeña advertencia que te hicieron los soldados, Srita. Morgenstern. – Cuídate de ellos.
Ella claramente intentaba hacer caso omiso del peligro de la situación. Apoyó sus brazos desnudos contra un lado del camión, mirando detenidamente en el fondo como si supiera lo que hacía.
–Un amigo me envió. –  Se encogió de hombros. Aquel movimiento causó que la apacible curva de sus pechos se elevara por encima del escote del top sin mangas que llevaba.
Rojo. ¡Caray!, esto debería ser un crimen, que una mujer tan condenadamente hermosa como ella usara el color rojo. No bastaba con su cabello?
Él le echó un vistazo. Sus ojos negros, claros y límpidos, estudiaron el motor atentamente, en lugar de verlo a él. La dulce especia de su necesidad se enredó alrededor de él, haciéndolo endurecer demandante. Estaba en graves problemas, Pensó Jace. Literalmente.
– ¿Entonces, quien te envió? – Preguntó el con interés. – No tengo muchos amigos.
–Tal vez no. – Ella le echó un vistazo con sorpresa. – Pero tu madre tenía unos cuantos. Mi padre me envió para extender sus condolencias y ver si necesitabas algo.
Él echó un vistazo a la mujer otra vez. Encontrándose sus miradas. Lo había atrapado y ella era más que consciente de ello. Dejó la llave con la que trataba de arreglar el motor sobre el lado del camión y suspiró.
–Deberías volver a tu casa, Srita.Morgenstern, respondió con cuidado y en voz baja –Este no es lugar para ti o las preguntas de tu padre.
Clary miró alrededor en forma casual, cuidando de mantener un tono de voz bajo.
–Mi padre puede ayudarte, Jace. Es por eso que estoy aquí.
La frustración lo llenó ahora. La ingenuidad de los periodistas a menudo lo asombraba. Ellos creían tan profundamente en sus libertades, en el derecho del público de saber y sus convicciones de justicia que no podían ver el mal que estaba encubierto. La inocencia de esta periodista le cortó el maldito aliento.
–Ven conmigo. – La tomó del brazo, e hizo que lo siguiera.
– ¿A donde vamos? – Preguntó con sospecha en su voz. No le tenía miedo aunque el la estuviera probando para ver su coraje. Lo asombró que ella supiera que no le podía hacer ningún daño.
–Arriba. A la oficina. – Él la empujó por el garaje a la esquina trasera y la forzó a subir la escalera escarpada que conducía a la oficina de Edward.
El garaje y la tienda eran de su propiedad. Pero Edward aparecía como el dueño exclusivo en las escrituras. Esto era mejor así. Menos sospecha. Menos posibilidad de ser encontrado.
Jace tiró del pomo de la puerta y la empujó. Cerrándola con cuidado, le puso llave sintiéndose seguro ahora de que nadie les escucharía desde afuera. Él tendría una posibilidad de asustarla, solo una. Estaba pensando como hacerlo, cuando ella sacó un sobre de su monedero y le mostro la indiscutible evidencia.
–No te molestes en mentirme. – Había una poco de pena en su voz, como si ella supiera lo que él intentaba.
Jace cruzó los brazos sobre su pecho. Entrecerró sus ojos sobre ella y dejó salir su frustración en un áspero gruñido que él no había tenido intención de hacer. El gruñido bajo, como el peligroso sonido de un gato, llenó el aire.
Él vio como la mujer parpadeaba. Los papeles temblaron en su mano, el calor de su cuerpo se elevó, el aroma de ella se espeso, ahora por el miedo. Los papeles cayeron al suelo. Demonios, se había incriminado solo, como un niño, la piel gruesa de león cubría su cuerpo, sus ojos, color ámbar brillaban en la habitación. La piel despacio había desaparecido, hasta quedar solo con una apariencia ligera, el pelo casi invisible y suave en extremo. Lo demás solo era apariencia y Jace sabía que la información pertinente fue registrada. Grupo sanguíneo, secuencia de ADN, anomalías. Todo registrado. Todas las uñas clavadas en el ataúd que la periodista podría a ayudar construir.

* * * * *
Clary miró como el poderoso y alto hombre, bajaba la mirada hacia las fotografías en el piso. Su cara era inexpresiva, sus ojos duros, su rostro brillante en sus oscuros rasgos.
Ella no había tenido la intención mostrarle las pruebas que llevaba con ella, pero se dio cuenta que él estaba listo para mentirle. Se había dado cuenta de ello. Mentiras. La palabra se había escapado parecida a un susurro. Pero Clary tenía la prueba. Ella no había venido con suposiciones y verdades a medias. La evidencia, la que Celine Williams había enviado a Valentine Morgenstern había sido concluyente, irrefutable. Pero traer las pruebas y enseñárselas no había entrado en sus planes. Ella no había pensado mostrarle los papeles, pero el gruñido de advertencia de su garganta había sido más que una advertencia.
–Celine y sus pruebas suspiró, sacudiendo la cabeza y apartando la vista de los papeles.
El largo cabello, espeso, color oro flotó debajo de la nuca hasta su cuello, enmarcando una cara bruscamente delineada, salvaje en sus ángulos. Amplios y densos ojos rasgados, pómulos con ángulos marcados. Su nariz era aristocrática, pero estaba tan marcada como los pómulos.
Clary no hizo caso del rápido latido de su corazón cuando finalmente la miró. Su matriz apretada incómodamente, haciendo que empujara y protestara por el vacío existente. Esto era insólito, esta sensación. Ella estaba consciente del calor que se desprendía de ella. Esto hizo que sus pechos aumentaran de tamaño y sus pezones se endurecieran incómodamente, y aquellos ojos extraños se dieron cuenta de la reacción.
–Ella le pidió a mi padre que te ayudara, – dijo, intentando no mostrar su nerviosismo. – Él quiere que vengas conmigo. Tiene guardaespaldas para ti.
Él sonrió una sonrisa sin humor y con la amargura en el corazón. Sacudió la cabeza y la miró fijamente, con burla.
–Si esto es por lo que has venido aquí, Srita. Morgenstern, entonces has perdido tu tiempo. – Se había ido el buen muchacho ahora, en su lugar estaba una criatura dura y fría. Ella vio la tensa preparación de cuerpo, el destello de sus afilados incisivos en los lados de su boca.
–No estas a salvo, – le informó con preocupación. –Nuestra investigación ha descubierto un complot para matarte.
–Y eventualmente tendrán éxito. – Se encogió de hombros como si le fuera indiferente. –Cuando ellos lo hagan, pueden robar mi cuerpo, y escribir su historia, les deseo buena suerte. Hasta entonces, no necesito ninguna ayuda de ustedes.
La sorpresa llameó dentro de ella.
– ¿No tienes intención de detenerlos? ¿Impedir que esto pase?
–Esto ya ha pasado una y otra vez y otra vez, – le dijo con frialdad. – Ellos usaron lobos también. Según se, soy el único éxito conocido que han alcanzado.
Clary sacudió la cabeza. Ella había visto las fotografías de aquellas formas lamentables, habían nacido tan deformes que no había ninguna esperanza de vida. Sólo Jace, como él dijo, había sido un éxito.
–No puedes ocultarte siempre, – advirtió. – Si lo haces les dejas ganar, Sr. Wayland.
–Vivo. No soy un asesino; no sigo sus órdenes. Ellos no me han atrapado otra vez desde mi adolescencia. Los derrotaré hasta que ya no pueda más, Srita Morgenstern. Entonces, como te dije antes, el resto será historia.
–Mi padre te ofrece una alternativa, – le ofreció.
Ella luchó contra el temblor que se posó sobre su cuerpo cuando él se movió, atrayéndola más cerca de su cuerpo. El calor la empapo, haciendo que la carne entre sus muslos se humedeciera. Si el sentimiento no fuera tan extraño, ella se habría divertido.
Jace Wayland la miraba como haciéndole una pregunta cuando estuvieron mas cerca. Ella lo escuchó inhalar profundamente, sus ojos estrechándose sobre ella. Cuando el rozó su cuerpo, no pudo controlar un estremecimiento. Esto hizo que su cuero cabelludo, se estremeciera abajo de su cuello, luego siguió extendiéndose por todo su cuerpo poniéndole la carne de gallina.
Él se detuvo detrás de ella, su cuerpo caliente el calor pareció acercarse alrededor de ella. Podía sentir que su cuerpo quería relajarse contra él, queriendo ser rodeado por él. Sus muslos se debilitaron, y entre ellos ella podría sentir la humedad desprendiéndose de su interior, preparándola, poniéndola a punto. Era una locura.
Ella jadeó, asustada cuando sintió su amplio pecho contra su espalda, y sus labios que le murmuraron en su oído.
– Voy a abrir la puerta, Srita. Morgenstern. Cuando lo haga, quiero que salgas de aquí, llegues a tu vehículo y vayas a casa. ¿No hagas ninguna parada entre aquí y allí y no menciones mi nombre o lo qué sabes a alguien, me entiendes? Solo eso podrá mantenerte con vida.
Clary giró su cabeza, una sonrisa burlona asomando a sus labios.
–Esta usted tratando de intimidarme, Sr. ¿Wayland? – Bueno es gracioso, ¿De donde venía ese tono ronco de voz? Tal vez viene del mismo lugar que la contracción aguda de mi vagina..
Ella lo sintió tensarse detrás de ella. Su mano fue a sus brazos, pasando sus dedos por la espalda recorriendo suavemente a través de su carne.
– ¿Sabes lo que el Consejo hace a las mujeres hermosas como tú? – Cuestiono. – Ellos introducen en tu cuerpo su última hornada de células genéticamente cambiadas. Después comprueban diariamente tu progreso. Si tu cuerpo lo rechaza, entonces lo hacen una y otra vez hasta que tu cuerpo sostenga el feto, o estés demasiado débil para servirles. Entonces te entregan para que los soldados te usen hasta morir. Esta no es una bonita manera de morir, créelo.
Clary mordió sus labios cuando sintió el dolor, aplastante, intenso, golpeando en su pecho. Esto no era miedo, esto era horror, repulsión, dolor absoluto por las mujeres que habían pasado por esto, por el hombre que obviamente lo había visto.
–Lo siento, – susurró, mirando al frente, viendo la delgada línea de cólera que se había instalado en su boca.
–Arriesgas tu salud, solo por estar aquí. – Su aliento acarició su oído, un temblor le acarició su piel nuevamente cuando él le habló. –Tu salud y tu vida. Deberías marcharte.
Su voz retumbó con la amenaza. Ello despertó nuevamente su deseo. Espeso, fuerte que se enredó entre su piel, y viajó en espiral por todo su cuerpo.
–Tú lo has dicho. – Ella miró tercamente hacia el frente, cuando el se volvió a afrontarla. –Te lo dije, no estoy dispuesta a dejarlos seguir matando y mutilando, y tú no deberías tampoco. Podemos detenerlos. Mi tío, Samuel Morgenstern, es un Senador y esta cercano al Presidente. Él espera para hacer todo lo que es necesario. Tengo siete hermanos, cada uno haciendo su parte, y mi padre está dispuesto a poner cada recurso que el tiene en el periódico para cubrir tu trasero. Tenemos que hacer que se detengan.
– ¿Y piensas que eso los detendrá? – Preguntó con incredulidad. – Tu inocencia es envidiable, Srita. Morgenstern. Esto es en realidad bastante espantoso. No pueden detener a esta gente.
Ella lo temía. Pero también temía no poder vivir si ellos lograban matarlo. Él era orgulloso, decidido y demasiado notable en su misma humanidad para permitirles que lo asesinaran. Tenía que convencerlo de que su única seguridad sería revelar los horrores de los cuales el había escapado.
–Sabes quienes son. Lo sabes. Tienes el resto de las pruebas que necesitamos para detenerlos, – argumento determinadamente. –Tu madre murió a causa de esto.
–Mi madre fue víctima de un ladrón, – gruñó. –Si el consejo la hubiera matado, me hubieran devuelto su cuerpo en pedazos, el Consejo no la mató. –
–No había ningún signo de robo. – Clary había leído el informe de policía. –Esto fue un crimen personal, Sr. Wayland. Quienquiera que la haya atacado, la quería muerta.
Clary no había venido a este lugar sin estar preparada. Su padre tenía conocimiento de todo lo que estaba implicado en la muerte de Maria Morales y la evidencia que tenían contra el Consejo.
– Y tuvieron éxito. Pero no fue el Consejo. – Él apartó la vista de ella, sus ojos rojos, furiosos. – Conozco su olor, conozco el hedor de su mal. Como el amargo y el frío como el olor de tu excitación que es dulce y caliente. –
Clary abrió su boca para discutir hasta que sus últimas palabras penetraran en su cerebro. Ella sintió el rubor en su cara, el aumento en los latidos de su corazón. Lo miró fijamente con sorpresa. ¿Cómo lo sabía?
– ¿Explícame por qué una joven e inocente mujer está de pie ante mi, con su parte mojada y lista para un animal? Y soy un animal, dulzura, diferente a cualquier cosa que hayas conocido.

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